"A esa gentuza crítica, que se forma, que reflexiona, que actúa, que es sensible al dolor ajeno, y que lucha contra él. GRACIAS”

Entonces adiviné, Sonia, que el poder se da únicamente a quien se atreve a inclinarse y tomarlo

martes, 11 de junio de 2013

CARTA A UN MILITAR ESPAÑOL EN AFGANISTÁN

Sí, a mí también me impresionaron los atentados del once de septiembre. Recuerdo aquel día minuto a minuto, las semanas siguientes con movimientos internacionales que indicaban que Estados Unidos se dedicaría a dar caza y captura a todo el organigrama de aquella cosa que existía desde 1988 pero de la que poco nos habían hablado, llamada Al Qaeda. Casi toda la comunidad internacional comprendió entonces que Estados Unidos tenía derecho a defenderse así, atacando, porque además quien gobernaba en Afganistán se dedicaba a destruir el patrimonio artístico mundial, además de imponer normas rígidas, rigoristas del Islam más fundamentalista. 

Después vino Iraq, pero todos ya sabemos en qué consistía aquello. 

Han pasado doce años ya, la nómina de muertos en el país, incluyendo niños, es impresionante. También la de soldados españoles que respondían al mandato de la ONU. Pero es hora de hacer balance de por qué todas esas pérdidas. De, sobre todo, para qué. Más que nada porque me consta que hay militares españoles que deseaban hacer una buena labor, contribuir, a pesar de los condicionantes, a que los ciudadanos de aquel país mejoraran sus posibilidades de vida. 

El primer objetivo que tenía aquella guerra era vengar los atentados, pero ya hace años que acabaron con Bin Laden. Sin embargo, lejos de conseguir reducir la capacidad operativa de Al Qaeda, ahora se ha sobredimensionado. Sí, es cierto que no puede cometer grandes atentados en las ciudades europeas dicen, y que solo puede valerse de lone-wolf-shooters radicalizados y con escasos medios. Pero, sin embargo, la influencia del radicalismo sunita es mucho mayor. Mirad Yemen, mirad Iraq, mirad Túnez, Somalia, Malí, Niger, Libia o Egipto. Todas y cada una de las zonas en las que ha pisado la intervención extranjera de la que nuestros soldados forman parte directa o indirectamente, a través de la OTAN, han traído más y más radicalismo, hasta el punto de que ahora la cúpula de Al Qaeda comparte intereses con la OTAN en Siria, por poner un ejemplo. Al Qaeda es más fuerte porque está en más sitios y cada vez más cerca de nuestras fronteras. Si creías que yéndote a Afganistán ayudarías a que tus ciudadanos tuvieran más seguridad, el error ha sido claro. Esperemos que la consecuencias no lleguen nunca.

El segundo objetivo era eliminar a un régimen fundamentalista para intentar implantar una democracia y que los niños pobres del país mejorarán su esperanza y calidad de vida. Nada de eso ha ocurrido. La violencia sectaria, de sunitas a chiíes es diaria y se cobra decenas de vidas cada semana. Además, el gobierno que impuso Estados Unidos se va plegando a los intereses de los Talibanes. Poco a poco, paso a paso, vuelven al poder. Estados Unidos acepta negociar con ellos y Karzai adopta medidas políticas integristas.

Porque de eso se trata. Nos han vuelto a mentir y os tienen allí protegiendo un gobierno que ha legitimado la violación dentro del matrimonio para ganar votos. ¿Recordáis la oleada mediática para enseñarnos aquellos horribles burkas que vulneraban la dignidad de las mujeres? Pues ahora, con vuestra participación, con la de todos, estamos aún peor. Y ¿Por qué? Porque siempre  fue así, porque después de todo, ¿Qué podíamos esperar? Nuestros aliados siempre fueron las monarquías absolutistas sunitas. Sonreímos si el Rey firma contratos con Arabia Saudí, donde se sigue la tradición wahabista, aquella en la que se formó Bin Laden y en la que a las mujeres no se las permite ni conducir. Lo mismo sucede en Catar, ese demonio multimillonario que patrocina el terrorismo en todos los países que creyeron vivir una Primavera Árabe y en los que, como sucede en Siria, los liberadores se dedican a arrancar corazones y comérselos, o a ejecutar niños de 15 años por blasfemar.

España, a día de hoy, con vuestra presencia allí, solo da cobertura a una ratonera de intereses ajenos a los de este país y, sobre todo, a los de aquellos niños y mujeres. Por encima de vuestras cabezas vuelan drones dispuestos a descargar su ira en zonas inaccesibles sin saber bien a quién matar. Porque sí, amigos, el asesinato extrajudicial, incluso el de Bin Laden, es una infamia. Todos merecen tener un juicio justo, como el que vosotros merecéis que un día se tenga en este país para poder demostrar que vuestro gobierno os subió a una avioneta infame donde perecieron decenas de compañeros. 

Ojalá lo consigáis.
Ojalá ningún dron mate a un niño más en aquella tierra en la que nuestro ejército legitima la brutalidad contra mujeres y niños, al contrario de lo que os dijeron que defenderíais.

Pensadlo, por favor. 

miércoles, 5 de junio de 2013

EL MAESTRO SHAOLÍN Y LA ESTUPIDEZ MEDIÁTICA

Cada cierto tiempo aparece un tipo al que la prensa decide prestar mucha atención. Interesados en los pormenores de su vida, en sus rarezas, en su día a día, muchos periodistas construyen un caso sobre el que se abren mesas de debate y se escriben artículos de todos los colores. Hablamos de un asesino y, tras la aureola mística del asesino, descuidamos a sus víctimas. 

A mí me interesa poco la trayectoria del individuo a nivel espiritual. Me interesa menos aún si fue glorificado por sus habilidades en el mundo de las artes marciales. Mientras que los psiquiatras no estimen lo contrario, estamos ante un asesino despiadado, que no solo mataba sino que lo hacía de una forma premeditadamente dolorosa para su víctima, mediante torturas y agresiones. 

Pónganse en ese papel. No estaría mal que alguno de estos periodistas tan dispuestos a hacer una comidilla de esto, lo hicieran también. Véanse sentados, atados de pies y de manos, también por el cuello, con un tipo que les conduce a la fuerza a un recinto en el que les maltrata hasta dejarles en coma. Sientan ese dolor por un momento, imagínenlo en ustedes o en alguno de sus familiares. Y, a partir de ahora, entiendan que adornar la vida de un vulgar asesino, en serie o no, es profundamente injusto para su víctima, que ya no está porque no puede estar, porque le han privado de su vida.

Dicen algunos que los asesinos en serie suelen escoger personas débiles como víctimas. Así lo hacía Juan Díaz de Garayo, el Sacamantecas, por poner un ejemplo. Pero más allá del interés criminológico que pueda tener la conducta de este agresor, a más de uno se le está olvidando que estos no son más que nuevos crímenes de género, y que este problema a los legisladores se les está yendo de las manos, mostrando una incapacidad que duele. y, no olviden, si duele es porque se mata, es porque se muere. No es una forma de hablar. 

Sí, ejercían la prostitución. Sí, eran inmigrantes además. Eran mujeres, eran personas, como todas las demás, y se merecen todo el respeto como víctimas. Más si cabe, por la debilidad, por la fragilidad que podían mostrar al no tener respaldo social detrás. Eso es lo que, precisamente, sí supo captar el asesino. Cuando una prostituta desaparece, a los medios de comunicación les interesa poco. Eso sí, si el asesino fue entrevistado por Eduardo Punset en un programa de Televisión Española, tenemos caso para meses.

Por respeto, cuiden sus bromas sobre este asesino, por muy pintoresco que sea. Hay mujeres que no podrán reír esas gracias nunca

domingo, 2 de junio de 2013

UNA MIRADA

I
Un pueblo de España. Año 1936. Un jornalero de dieciséis años despierta a las seis de la mañana. Su padre, jornalero como él, se lo lleva a trabajar desde hace dos años a las tierras del patrón, que tiene dinero, una hija y la casa al otro lado del puente.

Huérfano de madre, perdió a tres de sus ocho hermanos, todos mayores que él, cuando tan solo eran unos bebés. La gripe, dijeron. Ahora, vivía con su padre en casa de su tío, soltero y maestro de la escuela del pueblo. Era un hombre culto, que había llegado al pueblo formando parte del programa de educación de la Segunda República, que se propuso acabar con el analfabetismo en España.

Desde las seis y media de la mañana y hasta las siete de la tarde, padre e hijo trabajaban las tierras del patrón. Comían en el campo lo que la sirvienta de este les daba. Respetaba mucho a su padre y ambos trabajaban en silencio, comían en silencio, regresaban a casa en silencio. Lunes, martes, miércoles, jueves, viernes y sábados. El domingo se descansaba porque era el día del Señor. Por las noches, después de cenar, el maestro enseñaba a leer y a escribir a su sobrino para, después, acostarse y comenzar un nuevo día.

El jornalero, sin embargo, era muy feliz. Todas las tardes, mientras cruzaba el puente de regreso a casa, giraba la vista para mirar a la hija del patrón, que le esperaba siempre a esa hora asomada desde la ventana de su habitación.

Esos ojos, esa mirada fugaz, merecía toda la jornada de trabajo. Y es que el joven jornalero sabía pocas cosas de la vida, pero, al cruzar el puente, sabía que los ojos de ella se clavaban en él. Más que suficiente.

II
La joven pareja de adolescentes encontró su hueco. Primero, el jornalero disgustó mucho a su padre cuando le dijo que acudiría a misa todos los domingos. Allí, entre sermón y sermón, entre salmos y eucaristías, las miradas se siguieron cruzando. Pero ya no era suficiente.

El joven jornalero quería estar más cerca de ella, rozarla, ver sus ojos, sentir su aliento. Tras varias semanas, comenzó a comulgar, colocándose justo detrás de ella en la fila de feligreses. Cuando ella tomaba el cuerpo de Cristo, él acariciaba su mano una décima de segundo, un instante tierno, dulce, que le transportaba al mismísimo cielo.

Por fin tras una misa, un domingo a principios de agosto, encontraron su momento en la parte de atrás de la iglesia. Ella le miró y se dirigió hacia allí. Él fue detrás. Tímido él, nerviosa ella, tuvieron durante unos segundos la oportunidad de mirarse abiertamente. No hablaron. Él sonrió, y ella se acercó apresuradamente para darle un beso en la mejilla. Después, desapareció.

Entró la madrugada y se oyó una fuerte explosión en el pueblo. Asustado, arrebatado de sus mágicos sueños, el joven jornalero se levantó, encontrándose a su padre en el pasillo de la casa.
-          Nos vamos –le dijo.
-          ¿Por qué? ¿Adónde? –respondió alterado.
-          Han volado el puente. Van a venir a matarnos.
-          ¿Quiénes? –inquirió- ¿Quién quiere matarnos, padre?
El maestro rodeó con sus brazos al joven jornalero, diciéndole:
-          Han volado el puente, ¿Lo entiendes? Te conozco bien. Eres valiente. Haz caso a tu padre y a mí. Guarda esos ojos que te han enamorado en tu memoria, porque si nos quedamos, perderás tus recuerdos también. Recoge y vámonos.

Una hora después, salieron del pueblo. A lo lejos, el joven jornalero, con lágrimas en los ojos, podía distinguir entre el humo de la explosión las luces de la casa del patrón, al otro lado de un puente que alguien había volado.

Pero no solo volaron el puente aquella noche.

III
1986. El joven jornalero se acababa de jubilar. Aceptó la invitación de su único hijo para regresar, por fin, a su tierra, a su pueblo, a su alma.

Emigrado a Suiza, formó familia no antes sin haber visto morir fusilado a su tío, por Maestro, y encarcelado y posteriormente desaparecido a su padre. Lucerna lo acogió bien. Tuvo trabajo y tranquilidad. Suiza, país neutral en la Segunda Guerra Mundial, permitió a los Republicanos que huían del fascismo llorar su derrota. Ese es el único consuelo del fracasado, que le dejen, al menos, llorar a gusto.

Su hijo hablaba poco español, pero conocía bien la historia de la Guerra Civil como signo de respeto a su abuelo, al que ni siquiera pudieron enterrar, del que no volvieron a saber nada. Desde la distancia, cooperaba con una asociación que trataba de reivindicar la memoria de los desaparecidos o, al menos, darles digna sepultura. Tras cincuenta años de trabajo sin descanso, y con la reciente jubilación, el hijo decidió acompañar a su padre a las entrañas de su infancia.

Su casa, no era nada. Tras la iglesia, había una estación de tren. El puente se volvió a levantar, pero ahora era moderno, de hierro. La casa del patrón seguía en pie, pero los extensos campos que había atrás ahora eran fábricas y cemento. Había aparcamientos, parques, de todo menos campo.

Padre e hijo pasearon por el pueblo. Hablaron, rieron, tomaron un café, pero todo seguía siendo extraño para él. Ya no olía igual. Ya no parecía quedar nadie. Pararon en lo alto del nuevo puente. Él, apoyado en la barandilla, contemplaba el río, que dividía al pueblo en dos, pero que no era ya riachuelo siquiera.

Tres ancianas cruzaron el río a espaldas del padre e hijo. Él sintió un terrible escalofrío, y volvió su mirada hacia ellas. Y pasó. Se detuvo el tiempo y, en un segundo, retrocedió cincuenta años volviendo a ser el joven jornalero frente a la hija del patrón.


Sin duda, eran sus ojos

lunes, 27 de mayo de 2013

JUGANDO A BUSCAR COMIDA EN LA BASURA

El terrorismo (financiero) no está ni en desiertos lejanos, ni en montañas remotas. En eso tenía razón Aznar.

No he podido viajar mucho. He visto rebuscar en la basura a niños de Estados Unidos, Senegal y Gambia, nada más. En España, en Madrid, en mi barrio, había visto a gente normal, adultos, incluso a ancianos, pero no a niños. El domingo 26 de mayo bajé a un mercadillo en el que mis pequeños colaboraban comprando y vendiendo productos para una Asociación que trata de ayudar a una niña enferma. Antes de acercarme, pasé a echar gasolina. Junto a unos contenedores que había frente a un McDonald´s, estaban dos niños de unos seis y cuatro años, jugando y riendo. Me fijé en la niña porque me recordaba a la mía. Dos coletas, una sudadera atada a la cintura y camiseta blanca que publicitaba no se qué marca comercial. Después, me di cuenta que el juego consistía en a ver quién encontraba antes algo que comer dentro de las bolsas de basura que su padre había sacado del contenedor. Tenían otra bolsa negra y grande, donde iban guardando lo que podían.

No soy fotógrafo y tampoco soy quien para robarles la intimidad retratando aquella desvergüenza. Parecían felices, y seguramente lo eran. Simplemente hacían lo que tenían que hacer y todos los niños encuentran diversión en cualquier parte, a cada cosa horrible saben sacarle un lado positivo. Pocas, muy pocas cosas, alteran la felicidad y la alegría de un niño. Aunque esas sonrisas duelan. Y mucho.

De vuelta a casa, leo en Twitter que siguen las disputas entre la izquierda, de las que sacan tanto partido esos terroristas financieros. Unos no quieren votar, porque quienes lo hacen legitiman el sistema o porque todos les parecen lo mismo. Otros piden el voto pero se enredan en batallas intestinas que tienen más que ver, a veces, con el propio ego, que con las propuestas que publicitan. Algunos, más despistados, confunden la justicia social con la caridad, cayendo en la eterna trampa del Estado Neoliberal.

Seré claro. Ningún partido político de izquierdas, ningún movimiento social de la calle, más o menos alineado con la política, merece el menor respeto mientras no tengan como único objetivo que esa niña no tenga que ser feliz rebuscando en la basura. Aquí no hay debates. No se trata de ser una cosa o la otra, de abrir unos frentes u otros. La izquierda no puede tener más programa que poner fin a lo que representa esa imagen que yo vi ese domingo y que otros muchos habrán visto otras tantas veces.

Esto no tiene nada de manifiesto antipolítico sino, más bien, todo lo contrario. Esto es solo un recordatorio de que lo que nos une es realmente eso: la justicia y la igualdad social, sin peros, sin nombres, sin caretas. Y no me cabe duda de que hay gente, tanto en los partidos como en los movimientos sociales, que opinan como yo.

Pues, amigos, dejémonos de gilipolleces. 

domingo, 12 de mayo de 2013

CRECER ENTRE TUS ENEMIGOS

Formamos parte de una eterna minoría. Siempre fuimos pocos, dicen. Insolentes, radicalizados, extremistas, trasnochados y demás.

Somos una eterna minoría que antepone la resolución urgente de los problemas de quien más lo necesita, a las disputas políticas, que de nada sirven. No creemos en la antipolítica de la que hacen gala de un modo absurdo tanto los políticos del PP como algunos sectores del abstencionismo. La política lo es todo. Es la calle, es el asociacionismo, es hacer frente en las instituciones, tomarlas para cambiarlas. Dicen que el poder corrompe y, como asumimos que tal vez ocurriera eso, tendemos a renunciar a ser mayoritarios cometiendo una grave injusticia con los ciudadanos que, de verdad, están necesitando que políticas de izquierda palíen su sufrimiento. Porque hablamos de eso, de sufrimiento.

Miremos las encuestas con escepticismo. Dicen los que saben que IU está creciendo de una forma constante, progresiva, y que se acerca peligrosamente a la segunda franquicia del modelo que nos ha traído hasta aquí (el PSOE). Creo que tras las encuestas de Demoscopia o de Sigma 2, para El País o El Mundo respectivamente, lo que hay es miedo. El miedo de unos a que la izquierda ponga en jaque sus privilegios, y el miedo de parte de la propia izquierda a seguir creciendo.

No es momento de conformarse con que algunos Concejales o Diputados de IU sean las moscas cojoneras de todos los Parlamentos. Eso no ayuda a los parados, eso no frena la privatización de la sanidad, eso no soluciona el asesinato del senegalés de Mallorca, tampoco para de raíz los desahucios, ni erradica esa reforma de la educación que quiere convertir a nuestros hijos en vehículos sin dirección, para que se encaminen siempre hacia donde ellos quieran.

Creo sinceramente que tras los datos del PP en las encuestas, hay un voto oculto que les apoyará, que les volvería a votar, pero que ahora no lo dice. Con el PSOE tengo más dudas. Lo único real es que, a pesar de ese discurso de la radicalidad, de la seducción del poder, de los malos ejemplos, de las comparaciones odiosas y de las malas gestiones pasadas, hay algo que une a poderosos y a quienes rechazan de plano dar su voto a un partido como IU a pesar de ser de izquierdas. Y es muy grave, porque entre unos y otros, sí que hay una diferencia fundamental: para los poderosos la solidaridad no es nada; para la izquierda lo es todo.

Los votos deben de ser ideológicos, pero no por ello deben dejar de tener un sentido pragmático. El crecimiento de IU asusta a los poderosos, eso ya se puede constatar. Pero los sustos no frenan los recortes. Se debe de tener una inequívoca voluntad mayoritaria. Es hora de seguir creciendo entre todos esos enemigos, de dejar de mirar unas siglas o la historia de un partido que igual en algún momento nos pudo defraudar o enfadar, y mirar a nuestro alrededor. Sobre todo, porque la situación es insostenible. Y las preguntas son sencillas: ¿Qué política es capaz de paliar el sufrimiento de la gente? La izquierda. ¿Quién está en condiciones de aplicarla, dando un histórico revés a "la izquierda que nunca lo fue" (PSOE)? Izquierda Unida.

Bien. Adelante entonces. Sigamos creciendo. Dentro y fuera de las instituciones.