sábado, 24 de diciembre de 2011

El nacimiento de la criminología


I.       LA ESCUELA DE ANTROPOLOGÍA CRIMINAL ITALIANA

El nacimiento de la criminología, entendida como ciencia que tiene por objeto el estudio de la figura del criminal, así como los posibles criterios preventivos y  la reacción social con la que los grupos dominantes penalizan las acciones de los delincuentes, tiene en César Lombroso a su principal referencia inicial. Sus trabajos y los de algunos de sus compañeros italianos, se agruparán en torno a lo que se conoce como Escuela de Antropología Criminal italiana. Las condiciones fundamentales para que en efecto fueran considerados como Escuela, y no como una serie de aportaciones dispersas como sucedió desafortunadamente en España, las comenta Peset[1] al puntualizar que, entre otros factores, existía un acotamiento del terreno a investigar, en el que un grupo de expertos en sus materias habían establecido una serie de principios que aparecían como intocables. La existencia de resortes internos de poder, así como la defensa a ultranza de la Escuela con la que comenzaban casi todos sus trabajos (sobre todo las ediciones posteriores de sus primeras publicaciones) certifican de algún modo que en la Italia del último cuarto de siglo, Lombroso y su grupo elaboraron una serie sistematizada de conocimientos que sirvieron para que la criminología como disciplina nueva y muy oportuna a los tiempos que corrían, se asentase y se extendiese a otros países europeos.

Pero ninguna disciplina nace de la nada. Lombroso era un médico e investigador moderno que creyó encontrar la llave maestra en el cráneo de un conocido criminal italiano llamado Villella, pero en su misma dirección se trabajaba desde otros puntos de Europa, porque sin duda la formación había sido pareja. El cóctel de precedentes de los que derivó la criminología cuenta con, al menos, tres ingredientes fundamentales: en primer lugar, los avances de la Estadística, con el francés Quetélet como figura de referencia, que establecía a mediados de siglo la Ley térmica de la delincuencia, y que trataba de inaugurar una corriente que denominó Física social, pero que se acabaría llamando Sociología. Quetélet anticipa una noción de gran importancia para la criminología: la de que existen regularidades en determinados fenómenos sociales que hacen que puedan ser analizados estadísticamente con una alta probabilidad de acierto. En España sería Ramón de la Sagra quien sin duda trabajó mejor en este ámbito de investigación, alcanzando una importante resonancia en los círculos científicos más avanzados de Europa.

En segundo lugar, el desarrollo de la Frenología y de la Fisiognomía, con aportaciones como las de Lavater, Gall, Lauvergne (quien define por primera vez al asesino frío), Carus y Casper principalmente. En España cabe destacar a Mariano Cubí y Soler en los años 40.

Por último, la contribución de la Psiquiatría con Pinel, Esquirol, Morel (con su Teoría de la degeneración, cuya influencia en nuestro país sería muy elevada), Despine ó Pritchard (quien en 1835 acuñaba el concepto de moral insanity, locura moral, de gran éxito para las posteriores explicaciones criminológicas). Pedro Mata sería uno de los primeros investigadores de esta área en distinguir entre el acto de locura y el acto criminal, estableciendo igualmente una clasificación de monomanías en función de sus causas[2].

Ofrecer explicaciones desde el campo científico a la peligrosidad social de los distintos individuos que cometían crímenes inexplicables en toda la Europa de su tiempo, bajo la bandera de la burguesía así como del moderno positivismo, con Spencer o Darwin a las espaldas, era algo que bien podía ser aprovechado por la clase política para elaborar estrategias de control social sobre las clases populares, que en efecto se llevaron a cabo en numerosos países. Nadie como el italiano, burgués, progresista y laico, pero monista y defensor absoluto del orden social, supo comprender la utilidad manifiesta que una nueva disciplina como la que manaría entre otros trabajos de su libro El hombre delincuente de 1876, podía tener para describir a los sujetos desviados o discordantes con el aparente consenso moral que debía regir en la sociedad. “Este médico perteneció al abundante número de intelectuales que la rica burguesía del norte italiano supo comprar”[3] y estableció, bajo criterios médicos o antropológicos, una serie de argumentos que se fundamentaban en la idea organicista de la sociedad, según la cual determinadas partes de ella podían enfermar como cualquier otro organismo vivo. En los intelectuales, en los que poseían sentido moral e instrucción, estaba la clave para paliar los males producidos, como cualquier otro médico, y procurar la defensa de ese organismo social.

Mucho se ha escrito sobre los postulados principales de Lombroso, por lo que aquí serán únicamente resumidos: el delincuente es un loco moral (moral insanity), y, como advirtió en la foseta occipital media del ladrón calavrés Vilella, se caracteriza por poseer rasgos atávicos, con lo que se produce una vuelta atrás en el tiempo. Los delincuentes natos, sujetos que morfológicamente tienen una serie de estigmas que evidencian su estado de retraso o infantilismo, no son otra cosa que seres salvajes biológica y anatómicamente, seres de otro tiempo, inadaptados para su actual sociedad. El tercer componente del peligroso criminal descubierto por Lombroso es la epilepsia. Como decía Maudsley, “cuando un homicidio es cometido sin motivo aparente y su causa es inexplicable, la instrucción puede descubrir que el autor del crimen está efecto de epilepsia”[4]cosa que el médico italiano incorpora de inmediato a su recién descubierta concepción del criminal nato.

De todo ello entresacamos que en Lombroso se manifiesta una equiparación entre locura y delincuencia, y la posibilidad de prevenir los delitos, mediante la búsqueda en los sujetos de determinados estigmas tanto físicos como sociales. Así, es posible evitar la comisión de asesinatos por sujetos delincuentes que, aunque en ese momento no manifiesten ningún tipo de conducta agresiva, estando biológicamente determinados, podían llevarlos a cabo en algún momento de su vida. Toda una ambiciosa serie de afirmaciones con finalidad claramente práctica, es decir, completamente aprovechable para ser aplicada a determinados sectores sociales molestos, que comenzaban a cuestionar el orden social burgués y capitalista de finales del siglo XIX.

Aquella Europa creyó fuertemente en el positivismo, y lo defendió a cualquier precio contra los residuos tradicionalistas. Como decía Ferrarotti, la sociedad “tuvo el positivismo como moda cultural, clima intelectual y social, en una palabra, como estilo de vida”[5]y en este sentido la equiparación entre ciencias naturales y ciencias sociales encontraba en Lombroso una ecuación casi perfecta. Y decimos casi, porque la llave mágica del delincuente nato no abría, ni mucho menos, todas las puertas que ayudaban a explicar y comprender el por qué de la delincuencia. Sus argumentos científicos eran deficitarios en numerosas ocasiones, faltaban datos, y otros no corroboraban lo dicho en sus investigaciones. Había mucha arbitrariedad en los conceptos, pero a pesar de ello, el autor quiso ir más allá, y englobó no sólo a anarquistas, sino también a genios y artistas en el saco de sus pacientes susceptibles de sufrir sus métodos antropométricos.

En 1876 se publicaba L´Huomo delincuente, exposición inicial de la noción de criminal nato y base para la conformación de la Escuela. Su respuesta en clave científica al mito del criminal como ser aparte, perteneciente a otra clase, como muy bien explica Maristany[6], pronto recibiría multitud de críticas y matizaciones desde distintos lugares de Europa. Incorporándose y paliando errores claros del maestro de la Escuela, Enrico Ferri vendría a ser el segundo del grupo, y finalmente guardaría para sí más credibilidad que el médico turinés.

Efectivamente Ferri matiza a Lombroso, a la par que expande su campo de visión hacia otras áreas de investigación. Sus presupuestos iniciales se resumen en el siguiente cuadro:

Cuadro Nº 2. Diferencia de postulados básicos entre la Escuela Clásica y la Positiva
ESCUELA CLÁSICA
ESCUELA POSITIVA
Criminal con mismas ideas y sentimientos que los demás
El delincuente no es un ser normal. Lo demuestra la antropología
Objetivo de pena: detener el aumento y desbordamiento de delitos
La estadística prueba que las causas del delito no tienen nada que ver con penas
Libre albedrío o libertad moral. Responsabilidad sobre actos
Negación del libre albedrío. Ilusión subjetiva

Fuente: FERRI, Enrico. La sociología criminal. Elaboración propia

Para Bernaldo de Quirós, Ferri hace “La composición más científica de los tiempos modernos”[7]Y podemos agruparla en distintos bloques: el primero de ellos explica la noción de anormalidad de la figura del delincuente. Para el criminólogo socialista, la antropología demuestra de forma clara que, frente a Durkheim o Albrecht, la criminalidad no puede considerarse como un fenómeno social perteneciente a la categoría de sociología normal, tratándose de una patología social, una desviación que es necesario tratar.

En segundo lugar, y frente a los postulados clásicos, Ferri declara la total ineficacia de las penas para reprimir los delitos, estableciendo así otra dimensión diferenciada de la mantenida por ilustrados como Beccaría un siglo antes. El método es el positivo, basado en la observación y la experiencia, y por tanto, el uso de la estadística se convierte en imprescindible para profundizar en el conocimiento de esos fenómenos sociales.

El tercero, más complejo y polémico, niega el libre albedrío, y con él todos los pilares del Derecho Penal clásico, basado en el concepto cristiano de culpa. No existe libertad moral porque hay determinismo biológico y social, porque sobre los individuos y su responsabilidad al obrar cotidianamente, se sitúa una oscura nube de estigmas físicos y sociales, heredados o contraídos, que limita la capacidad de actuación de la persona, convirtiendo la idea clásica en una pura ilusión objetiva.

Ampliando lo dicho por Lombroso, que sólo prestaba atención al apartado biológico de la criminalidad, Ferri establece una Teoría de múltiples factores que amplia las causas que desembocan en la delincuencia a los factores sociales y físicos. Por tanto, lo antropológico o biológico, junto con éstos, conforman un conglomerado de causas y consecuencias cuyo denominador común es el delito[8]. “El medio social, pues, da forma al delito, que tiene su base en el factor biológico”[9].

Así, el papel preponderante para Ferri lo tiene la sociología criminal, tal y como lo expresa su autor: “De hoy para siempre la ciencia criminal, quedando como una ciencia jurídica en sus resultados y en su fin, debe, no obstante, en su base y en sus medios de investigación, llegar a ser una rama de la sociología, y por lo tanto, tener como fundamento el estudio preliminar de la antropología y de la estadística, en la parte de estas ciencias que estudia al hombre criminal y su actividad antisocial”[10]Del conocimiento de la realidad social mediante los criterios científico-positivistas se deriva el optimismo del italiano: “la sociología criminal, como ciencia, acabará por perder su importancia. En efecto, ella abrirá su propia tumba, porque, con el diagnóstico científico y positivista de las causas de la criminalidad, y en consecuencia con la indicación de los remedios parciales y generales, individuales y sociales, que la combatirán de una manera eficaz, reducirá el número de los delincuentes al mínimum irreductible a que pueda descender en la organización futura y siempre ante las modificaciones diarias de las sociedades civilizadas, en las que existirá tanta menos justicia penal cuanta mayor sea la justicia social”[11].

La sociología criminal, que procura los mecanismos de defensa social apropiados,  debe tener en cuenta tanto la Ley de sobresaturación criminal, como los diferentes caracteres de la delincuencia. No todos los delitos cometidos forman parte de un grupo homogéneo de delincuentes. Tienen distintas motivaciones y son producto de muy dispares causas. Y Ferri distingue cinco tipos, representados por los delincuentes locos, los delincuentes natos incorregibles, los delincuentes habituales o por hábito adquirido, los delincuentes de ocasión, y por último, los delincuentes por pasión, cada uno de ellos con sus propias particularidades, lo que exhorta en el científico social ese conocimiento específico que le permita afrontar tanto desde la prevención como desde la ejecución de penas, una serie de medidas concretas para cada cual.

A esta tipología se le debe superponer otra, y es la de las distintas clases sociales, punto en el que Ferri cae torpemente en los criterios burgueses del momento, haciendo decaer la credibilidad de sus aseveraciones. Con respecto a las clases elevadas, lo tiene claro: “no cometen delitos porque es honrada en razón de su constitución orgánica, por efecto de su sentido moral, sin otra sanción que la de su propia conciencia o de la opinión pública”[12]En consecuencia, se asocia directamente criminalidad y pobreza, lo cual justifica la mayor presión social de las autoridades sobre los grupos populares. Esa clase baja está “compuesta por individuos refractarios a todo sentimiento de honradez porque, privados de toda educación, sujetos siempre por la miseria material y moral a la condición de una lucha feroz por la existencia, reciben de sus antepasados por herencia y transmiten a sus descendientes por el matrimonio con individuos de igual categoría, una organización anormal que une, como hemos visto, una constitución patológica y degenerada a un verdadero retroceso por atavismo al estado salvaje”[13]. Una clase intermedia, estaría compuesta de individuos no nacidos para el delito, no privados de sentido moral, pero que no resisten las tentaciones para entrar en la espiral del crimen.

Una última aportación digna de ser reseñada para el campo de la criminología que lega Ferri a través de sus trabajos, es la noción y desarrollo de los sustitutivos penales. El criminólogo italiano es socialista y entiende que, para reducir las cifras que conforman los actos delictivos, hay que plantear, como se ha dicho, soluciones sociales principalmente. Algunos ejemplos son la abolición de los monopolios para evitar sobre todo el contrabando, la construcción de habitaciones con precios baratos para gente desfavorecida, las instituciones de previsión y auxilio para inválidos, el ensanchamiento de las calles y el mejoramiento de los alumbrados públicos, la censura a las publicaciones de noticias que exhiban los crímenes, la vigilancia en la fabricación de armas, o la aprobación del matrimonio entre los eclesiásticos, por poner sólo parte de los más significativos[14]. Tras ellos, será posible reducir la delincuencia a un mínimo, lo cual no significa su completa desaparición. El determinismo biológico y social impide la total erradicación de la violencia, y por ello, con letra pequeña, Ferri se guarda un as en la manga, que forma parte de las estrategias lógicas de defensa social: “en todo caso, en la clínica preservativa del delito y en la de enfermedades comunes o en la locura, es preciso necesariamente hacer un lugar a la eliminación social de aquellos que están menos adaptados a la vida”[15]

Pero como en el caso de Lombroso, toda la argumentación científica se ve acompañada de criterios que, si bien no se alejan de las mismas formas de actuación pregonadas por ellos, sí demuestran cierta arbitrariedad, como en el siguiente ejemplo: “Yo recordaré siempre que mientras estudiaba uno a uno 700 soldados, frente a 700 delincuentes, un día se presentó a mí y al médico que asistía a estos reconocimientos, un soldado evidente del tipo del homicida nato, con los maxilares enormes, con los temporales desarrollados en extremo, con la tez pálida y terrosa, con la fisonomía fría y feroz. Entonces, aún sabiendo muy bien que no se admite en el ejército a aquellos que han sido condenados por transgresiones graves, me atreví a decir al médico que este hombre debía ser un homicida. Algunos instantes después, y ante mis indirectas preguntas, respondió aquel soldado que había sufrido ¡quince años de prisión por una muerte cometida en su infancia! El médico me miró con aire de profunda extrañeza, y yo me dije a mi mismo: “¡que vengan ahora los críticos que jamás han estudiado en vivo a un criminal a razonar a larga vista y a decir que la antropología criminal no tiene fundamento!”[16].

Garófalo completa el triángulo de aportaciones de la Escuela positivista italiana. Si Lombroso, el más importante, representa la parte médico-antropológica, y Ferri, más completo, aborda la sociológica, en este tercer autor encontramos al jurista, que marcó, dicho sea de paso, los argumentos más propicios para ser utilizados por el fascismo posteriormente. El delincuente nato está muy presente en sus trabajos, y contra ellos arroja lo más relevante de sus aportaciones: la represión de sus delitos por medio de la eliminación (física o mediante la deportación). Con frases como “El Estado debe coadyuvar a la selección”[17] ya que “hay sujetos incompatibles con todo medio civilizado”[18]Garófalo desarrolla dos formas de represión idóneas para frenar la delincuencia de su tiempo: la deportación, aplicada a ladrones de profesión, vagabundos y malhechores habituales; y la eliminación, ya no en letra pequeña como Ferri, sino en amplios titulares, para todos los que obedezcan a esa definición científica de delincuente nato. Todo ello justifica su ataque feroz a quienes defienden la abolición de la máxima pena, ya que es un instrumento que los Estados “pueden necesitar imperiosamente”[19].

De cierto mérito es, por otra parte, su intento de buscar una definición del delito, algo de lo que las diferentes escuelas y grupos de trabajo, no sólo el italiano, hablaban sin llegar a precisar. Su noción de delito natural encontrará algunas semejanzas con los postulados de una figura de mucha mayor relevancia, como la representada por Durkheim. En ese empeño de dar con una definición apropiada participará posteriormente Tarde, e incluso nuestro literato Azorín[20].

De entre el numeroso grupo de seguidores que tuvo la Escuela en su propio país, cabe destacar a un Alfredo Nicéforo que, sin abandonar en ningún momento la idea del delincuente nato, desarrolló en sus trabajos principalmente la vertiente sociológica. Una de sus aportaciones más significativas es la de que el delito no desaparece nunca, sino que se transforma, toma nuevos caracteres a medida que la sociedad progresa. Así, por ejemplo, explica en su trabajo La transformación del delito en la sociedad moderna[21] cómo se ha producido un descenso en la violencia, a la par que un aumento del fraude en las actividades ilícitas. El robo es menos violento, y no implica necesariamente la agresión o muerte, como sucedía de un modo habitual en los asaltos de bandoleros, sino que se adapta profesionalizando sus métodos. Las variaciones en la geografía del delito son parejas a las de la civilización, es decir, hay un desplazamiento hacia las ciudades, donde se emplean diferentes métodos, necesariamente más sutiles cuanto más visibles. Ligando estas transformaciones al desarrollo económico, es destacable que, frente a Ferri, hable como novedad de los delitos característicos de las clases ricas, como la corrupción o los bancarios, que cometen según el autor por la impunidad que disfrutan.

Ferreira Desudado afirmaba que si bien el Congreso Internacional de Antropología Criminal de Roma de 1885 había servido como afirmación de las tesis de la antropología criminal imperante en la Escuela italiana, el de 1889 en París había supuesto la negación de sus postulados, y con ello, la caída de buena parte de los argumentos que mantenía Lombroso. Aquel parecía ser el principio del fin de la credibilidad de sus aseveraciones[22].

II.      OTRAS TEORÍAS CRIMINOLÓGICAS DESARROLLADAS EN EUROPA

Habitualmente se ha optado por determinar que la Escuela italiana se caracterizaba de sobremanera por su perfil antropológico, a la par que la escuela francesa se centraba en la parte sociológica. Pero analizadas las aportaciones, encontramos que no queda tan clara esa diferenciación. Baste el ejemplo que pone Bernaldo de Quirós, al argumentar que una de las publicaciones más relevantes de los criminólogos franceses, se llama Archivos de Antropología Criminal, dirigida por Lacassagne, mientras que Sociología criminal es una de las obras clave de Enrico Ferri. En las diferentes formas de investigar los crímenes, los factores desencadenantes son defendidos de forma variada por autores de muy distinta procedencia. El autor de Las nuevas teorías de la criminalidad realiza las siguientes distinciones:

Entre las teorías antropológicas, generalmente se pueden distinguir dos líneas diferenciadas, las que siguen las aportaciones de Lombroso y las anti-lombrosianas, que provienen fundamentalmente de Alemania y de de la pluma del profesor Näcke. “Las investigaciones superficiales, los métodos insuficientes y las conclusiones apresuradas de Lombroso, apartan a los sabios de esta rama de la antropología” dirá el alemán[23]. Dentro del planteamiento antropológico, destacan las teorías atávicas, defendidas por Bordier en Francia o Ferrero en Italia, a través de las cuales el delincuente está detenido en su evolución humana, y por tanto se queda retrasado como en una continua etapa infantil; las teorías degenerativas, que actualizan los postulados de Morel, y que son planteados en autores como Magnan, Feré, Laurent, Dalemagne, Robot o Virgilio, incluyendo casi siempre el concepto de moral insanity; y las teorías patológicas, que se centran en la epilepsia, con Lewis, Ronconori o Ottolenghi, la neurastenia, seguida por Frank Von Listz, Braga o Benedikt, o las que destacan otras anomalías diversas, como el caso de Ingegnieros, quien, si bien recibe gran influencia del grupo positivista italiano, decide adoptar la distinción alemana sobre la división de posibles causas del delito[24].

Por otro lado se encuentran las teorías sociológicas. La sociología recibe las aportaciones antropológicas de dos modos: por un lado, hay autores que rechazan absolutamente cualquier tipo de influencia, independientemente de los resultados que puedan producir; por otro, quienes los aceptan, pero tomándolos no como factores, sino como síntomas desencadenantes, como ocurre con la explicación de la miseria económica como generadora de delincuencia[25].

Una aportación relevante la encontramos en Lacassagne, autor de una máxima de gran éxito en su tiempo, que decía que la sociedad tienen los criminales que se merecen. Otra, en Paul Aubry, que cree en el contagio social, mediante la sugestión y la imitación. Para Vaccaro, la clave se encuentra en un problema de inadaptación social, que lleva consigo la presencia de estigmas físicas. Auber elabora dos conceptos que Bernaldo de Quirós aplicará y desarrollará con cierto éxito a su visión de la historia del bandolerismo en España: por un lado en el criminal se produce la apocenosis, que extrae al individuo del medio social, lo aleja; después se produce la enantobiosis, en la que ese individuo diferenciado del medio social organiza su vida de tal forma que queda normalizada, y que elabora sus propios códigos y otorga una particular legitimidad a esa situación de alejamiento del medio social[26]. En Nordau y en Salillas se encuentran nociones cercanas al parasitismo, incorporando la noción de lesión nutritiva. Tanto Turati, como Loria y Colajanni, cercanos al socialismo, elaboran una explicación que toma como factor desencadenante de la comisión de actos delictivos la miseria provocada por las desigualdades económicas. La pésima situación social de los obreros en la mayor parte de Europa, así como el aumento del consumo del alcoholismo y el influjo de teorías como la de la degeneración, llevan a estos autores junto con el propio Ferri a encontrar los culpables en la estructura económica dominante. Girardín, Hamon o Kropotkin, por último, también elaboraron explicaciones más o menos afortunadas que se podrían incluir dentro del precoz campo de la sociología.

Mención aparte merece Tarde, uno de los más destacados sociólogos del fin de siglo, defensor a ultranza del crimen como hecho social, que elabora una arquitectura explicativa en torno a la imitación. “Toda semejanza social tiene como causa la imitación”[27], es decir, unas personas toman buena nota de los actos de las otras que, conociendo nuevos recursos, no dudan en ponerlos a la práctica en determinadas situaciones. Así, su definición del grupo social pasa por ser “una reunión de seres, en cuanto están dispuestos a imitarse entre sí o en cuanto, sin imitarse actualmente, se asemejan, y sus rasgos comunes son antiguas copias de un mismo modelo”[28] . Con todo ello, Tarde expresa la idea de que los hombres han sido mucho menos originales de lo que se piensan, y que lo que distingue lo democrático es “el periodo que se abre a partir del momento en que, por diversas causas, se ha disminuido la distancia entre todas las clases hasta el punto de llegar a ser compatible con la imitación exterior de los más elevados, aún por los más ínfimos”[29]. En cierto modo, la exhibición reiterada de los crímenes en prensa y literatura contribuyen a la imitación de sus formas, como demostraría en España Bernaldo de Quirós en un  trabajo titulado El doble suicidio por amor[30].

Conocido el sociólogo francés por el desarrollo de la interpsicología y por sus disputas con Durkheim, Tarde se introdujo en el campo de la criminalidad discrepando duramente con Lombroso, pero compartiendo con él el ideario positivista que le llevaba a creer firmemente en los elementos físicos, e incluso en las mediciones antropométricas. “El método del Señor Lombroso –dirá- consiste en no limitar ni circunscribir nunca las nociones que emplea (…) cierto es que el Señor Lombroso descubre a centenares verdades por este estilo: el mínimum de genialidad coincide con el maximum de terrenos cretáceos”[31]Asimismo, introduciéndose en el debate sobre el libre albedrío, tratará de mantener una difícil postura intermedia, que defiende la relativa libre voluntad del individuo, frente al determinismo y la absoluta capacidad de obrar tradicional. Más cercanos a trabajos de importancia sociológica serán monografías como las que le llevan a indagar sobre los pormenores de los duelos, que aún sobrevivían en las sociedades europeas, sobre todo entre el elenco de periodistas y políticos vinculados a los medios[32].

Las diferentes líneas de investigación, junto con el profundo debate sobre la normalidad o anormalidad del delito[33], son discutidas en los Congresos Internacionales de Antropología Criminal inaugurados en Roma en 1885, y desarrollados en París en 1889, Bruselas en 1892, Ginebra en 1896, Ámsterdam en 1901, o Turín en 1906. 

Mención aparte merece el entorno de investigación sociológica que se desarrolla en Chicago, al amparo de su Universidad, con figuras de la talla de Small, Thomas, Park, Burguess, Giddins, Cooley, Ward, Ross o Sumner, comenzando su tarea ya desde el año 1895. Las precondiciones de investigación son muy similares a la mayor parte de las grandes urbes europeas, es decir, rápida industrialización, fuerte crecimiento de la población, flujos de inmigración constantes, guettización de determinados entornos urbanos, y necesidad de dar cuenta tanto de las desigualdades, como de la conformación de subculturas dentro de las mismas ciudades por la variedad étnica de la población. En Chicago ciertamente todo esto se halla sobredimensionado. Pasa de cinco mil habitantes en 1840 a tres millones en 1920. Pero el factor que hace que, llegando a conclusiones similares, sean las aportaciones norteamericanas las que se han tomado como referencia en la historia de la criminología, y sobre todo de la sociología del delito o de la desviación, hasta el punto de eclipsar e incluso condenar al olvido a muchas de las escuelas antes mencionadas, junto con las aportaciones españolas, es la estabilidad institucional, la existencia de estructuras sólidas y duraderas de investigación, de que dispusieron en las aulas de la Universidad de Chicago[34]




[1] PESET, J. L.; PESET, M. (1975). Lombroso y la Escuela positivista italiana. Clásicos de la Medicina. Ediciones Castilla. Madrid.
[2] Según el autor de mediados de siglo, existe la monomanía homicida, la antropofágica, la suicida, la incendiaria o pirómana de March, la cleptomanía de March, la erotomanía, la ninfomanía o satiriasis, y, por último, la monomanía ebriosa o dipsomanía. De todo ello trata en su Tratado de Medicina y Cirugía Legal. Referencias sobre la obra, en ÁLVAREZ-URÍA, Fernando. (1983). Miserables y locos. Medicina mental y orden social en la España del siglo XIX. Colección Cuadernos ínfimos. Editorial Tusquets. Madrid.
[3] PESET, 1975, 36.
[4] En su obra El crimen y la locura. La cita puede encontrarse en PESET, 1975, 97.
[5] FERRAROTTI, Franco. (1975). El pensamiento sociológico de Augusto Comte a Max Horkheimer. Editorial Península. Barcelona. Cita extraída de GALERA, Andrés. (1991). Ciencia y delincuencia: el determinismo antropológico en la España del siglo XIX. Cuaderno Galileo de Historia de la Ciencia. CSIC. Sevilla.
[6] MARISTANY, Luis. (1973). El gabinete del Doctor Lombroso. Delincuencia y fin de siglo en España. Cuadernos Anagrama. Barcelona.
[7] Teniendo en cuenta que su obra está escrita en 1898 y que la edición corregida que aquí se utiliza es de 1908. Sin duda, el quehacer criminológico del madrileño está fuertemente influenciado tanto por Ferri, como, por otro lado, por los trabajos de Gabriel Tarde. En BERNALDO DE QUIRÓS, 1908, 31.
[8] Ferri señala para su teoría de la multiplicidad de factores, entre otros, los siguientes: como factores antropológicos, sexo, edad, estado civil, clase social, nivel educativo o constitución orgánica y psíquica del delincuente; como factores sociales, el movimiento de la población, la religión, la educación pública, la opinión pública, la emigración, o la producción industrial o financiera; como factores físicos, la raza, el clima, las estaciones o los meteoros.
[9] FERRI, Enrico. (s/f). La sociología criminal. Tomo I. Nueva Biblioteca Universal. Centro Editorial Góngora. Madrid. Pág. 91.
[10] FERRI, Enrico. (s/f). La sociología criminal Tomo II. Nueva Biblioteca Universal. Centro Editorial Góngora. Madrid. Pág. 335.
[11] FERRI, s/f, 353.
[12] FERRI, s/f, Tomo I. 274.
[13] FERRI, s/f, Tomo I. 274-275.
[14] Citados por BERNALDO DE QUIRÓS, 1908, 37.
[15] FERRI, s/f, Tomo II, 77.
[16] FERRI, s/f, Tomo I, 72.
[17] GARÓFALO, R. (s/f). El delito como fenómeno social. La España Moderna. Madrid. Pág. 198.
[18] GAROFALO, R. (s/f). La criminología. Estudio sobre el delito y sobre la teoría de la represión. Biblioteca de Jurisprudencia, Filosofía e Historia. La España Moderna. Madrid. Pág. 235.
[19] GARÓFALO, s/f, La criminología…, 236.
[20] El español hace un pequeño desarrollo de los intentos por definir el crimen de distintos autores, acercándose a la de Tarde y llegando a la siguiente conclusión: “Crimen es todo acto consciente que hiera la libertad de obrar de un individuo de la misma especie que el autor del acto” En MARTÍNEZ RUIZ, J. (1899). La sociología criminal. Librería de Fernando Fé. Madrid. Pág. 193.
[21] NICÉFORO, Alfredo. (1902). La transformación del delito en la sociedad moderna. Librería de Victoriano Suárez. Madrid.
[22]Curiosamente, cuando nadie parece acordarse de diagnósticos como los del delincuente nato, en nuestra propia realidad cotidiana podemos encontrar ejemplos donde no queda tan clara esa superación científica. Un pequeño ejemplo: el pasado 24 de junio de 2003 un programa de televisión en la cadena autonómica madrileña debatía sobre la figura de Piotr Arkan, un ladrón que cometió un robo con asesinato y ensañamiento en una vivienda unifamiliar de las afueras de Madrid. Entre los expertos en el tema, un conocido psiquiatra forense, Andrade, haciendo referencia a la personalidad del homicida, comentaba que era frío, muy frío, que era más correcto usar el concepto de locura moral para hacer referencia a él, que los asesinos como éste nacen, no se hacen, y que tal vez Lombroso tuviera razón cuando hablaba del delincuente nato. Concepciones como ésta siguen formando, lamentablemente, parte significativa de las explicaciones sobre delincuencia y crimen aún en nuestro tiempo.
[23] Prólogo de Näcke a BERNALDO DE QUIRÓS, 1908, 13.
[24] Como vimos antes, desde Italia tras Ferri quedó fijada la distinción entre factores individuales, físicos y sociales. Por el contrario, desde Alemania se promovió la diferenciación entre factores exógenos y endógenos.
[25] BERNALDO DE QUIRÓS, 1908, 61.
[26] El medio social aparece publicado en 1902 en París. En él encontramos algunas de las bases más firmes de las teorías de las subculturas norteamericanas, que, como se ha dicho, también fueron aplicadas y adaptadas a las particularidades de distintas formas de delincuencia organizada en Andalucía, como en el caso del bandolerismo.
[27] TARDE, Gabriel. (1907). Las leyes de la imitación (Estudio sociológico). Biblioteca Científico-Filosófica. Daniel Jorro. Madrid. Pág. 60.
[28] TARDE, 1907, 93.
[29] TARDE, 1907, 260.
[30] BERNALDO DE QUIRÓS, Constancio. (1910). El doble suicidio por amor. Viuda de Rodríguez Serra. Madrid.
[31] TARDE, Gabriel. (1999). El delito político. El duelo. Jiménez Gil Editor. Pamplona. Pág. 266-270.
[32] En España tenemos las referencias que Álvarez Junco dio sobre los diferentes duelos de Lerroux, aportándonos una realidad del momento que la gente tiende a considerar muy lejana, si no fuera por la conocida mala experiencia de Valle-Inclán.
[33] Sólo dos autores osaron defender la normalidad del delito a finales del siglo XIX. El primero, Albrecht, argumentaba que se trataba de un fenómeno de normalidad biológica, mientras que una de las figuras más relevantes para la sociología, Emile Durkheim, sufrió duras acusaciones al considerar en sus Reglas del método sociológico el delito como un hecho social completamente normal, e incluso sano. Los años, y el desarrollo de la sociología de la desviación norteamericana, le acabarían dando una simbólica victoria sobre las nociones un tanto apasionadas a este respecto del propio Gabriel Tarde. Sobre el debate que mantuvieron ambos autores, se puede leer NEBREDA, J. (2003). Presentación de Texto Clásico, en la Revista Española de Investigaciones Sociológicas (REIS), en su número 101. 
[34] La serie de investigaciones entorno a la criminalidad en las grandes ciudades europeas, como La mala vida en Roma  de Nicéforo, o La mala vida en Madrid  de Bernaldo de Quirós y Llanas Aguilaniedo, muestran la preocupación por el crecimiento urbano y la formación de barrios complicados en la periferia, al igual que en el caso norteamericano. Por otra parte, es bien sabido que las aportaciones sociológicas de autores como Ward o Giddins fueron bien conocidas en España con relativa rapidez, gracias a figuras de la talla de Adolfo Posada. Por último, sobre el desarrollo de esta Escuela de Chicago, se puede consultar Voz Escuela de Chicago, en GINER, S., LAMO DE ESPINOSA, E., TORRES, C. (1998). Diccionario de sociología. Ciencias Sociales. Alianza Universidad. Madrid.

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