sábado, 24 de diciembre de 2011

La aparición de la novela criminal en España


LA APARICIÓN DE LA NOVELA POLICIACA O CRIMINAL EN ESPAÑA

Buena parte de los expertos en novela policíaca de nuestro país, como es el caso de Salvador Vázquez de Parga[1], Román Gubern[2] o Vallés Calatrava[3], coinciden en que la novela criminal no aparece como tal en la literatura mundial antes del siglo XIX, y en España ya entrada la segunda mitad del siglo, con cierto retraso sobre las de otros países.The morder in the rue Morgue es para muchos expertos la primera novela del género como tal. Fue publicada en 1841 y su autor es Edgar Allan Poe. Antes ya se podían recoger muestras de la dirección que podían tomar estas narraciones, como sucede con Caleb Williams or the things as they are de Williams Goldwin en 1794, o Das Fraülein von Scuderi de Hoffman al comienzo de la segunda década del siglo XIX. Lord Lytton o Gilmore Simas hicieron interesantes aportaciones, al igual que Balzac, a quien podemos atribuir Argot le pirate, de 1824, Maître Cornelius, de 1831, Histoire des tríese, ya en los años treinta al igual que Le pére Gorrito, para hacer coincidir una de sus principales aportaciones al tiempo que el relato citado de Poe, con Une ténébrose affaire. Pero no sólo literatos de la talla de Poe o Balzac quedan seducidos por el crimen. También Dostoievski en su Crimen y castigo, que parece rememorar las noticias de un juicio real, donde se condenaba a un hombre por haber matado a dos mujeres a hachazos, y que además aporta el conocimiento personal sobre la mente del asesino, fruto en buena medida de observaciones llevadas a cabo en su estancia en la cárcel. Otro ejemplo es el de Dickens, en el que “la fascinación con la criminología y la penología es constante”[4].

En palabras de Boileau y Narcejac, la novela policial “es indudablemente una investigación que tiene por objeto aclarar un misterio aparentemente incomprensible, inexplicable para la razón”[5]. Se trata, como se dice, de una investigación, de la aplicación de técnicas o métodos, para tratar de resolver algún acontecimiento de contenido abstruso, desconocido. Y todo ello a través de un sexto sentido, de la sagacidad, de la misteriosa inteligencia de un investigador solitario, por norma general.

Los principales historiadores del género apuntan que las condiciones generales para favorecer la aparición del género son: Mayores concentraciones urbanas, auge de la delincuencia, desarrollo policial como consecuencia, desarrollo de la prensa amarilla y desarrollo científico de las técnicas de investigación (estudio de la escena del crimen y aplicación de técnicas como  la antropometría, las técnicas de identificación, los trabajos del gabinete del Doctor Bertillón, el impulso de Galton y de la fotografía, las huellas dactilares, etc.)

El género detectivesco o policíaco por tanto tiene unas características particulares que la definen y delimitan como tal, y de ellas debemos desmarcar todos los antecedentes de causas célebres, muy difundidos en España. El modelo principal de este tipo de relato sería el del francés Gayot de Pitaval de 1738, o ya dentro de nuestras fronteras los anónimos Dramas judiciales de 1849, que abren una tradición de novelas o folletos por entregas, fórmula de éxito durante el siglo XX en colecciones como  La sombra de Caín, dirigida por J. A. Porto, o series televisivas como La huella del crimen. Series de relatos sobre bandoleros famosos como el Niño de Écija, Diego Corrientes, Francisco Estevan, o el Rey de Sierra Morena, descritos por Fernández y González en 1861, los trabajos de Vicente Caravantes, o múltiples narraciones escritas ya en la Restauración sobre El Sacamantecas, El asesinato del estanco de la calle de la Unión, El misterioso crimen de Bihar, El crimen de la calle Moncada, o El crimen de la calle Fuencarral que luego retomaremos[11]. Sobre todas ellas destaca El clavo de Pedro Alarcón, en 1853.

La novela criminal como género en España se presenta de un modo muy irregular. Durante la Restauración, podemos contar con las aportaciones de Joaquín Belda, con ¿Quién disparó? en 1909 o Una mancha de sangre en 1915, o J. Francés con El misterio del Kursaal en 1924, que vienen a complementar una tarea mucho más productiva como la presentada por Doña Emilia Pardo Bazán. A esta mujer la cabe sin duda “el honor de ser la iniciadora de este tipo de historias en España pese a basarse más en la imitación de los modelos extranjeros que en la posibilidad real de crear una literatura criminal autóctona, y no tener por ello su intento ninguna continuidad demasiado positiva”[13]Con El aljófar De un nido en 1902, El misterio en 1903, La cita en 1909, Presentido en 1910, La cana Nube de paso en 1911, o En coche cama de 1914, Pardo Bazán elabora toda una serie de interesantes acercamientos al género, acompañados de numerosos cuentos con títulos como Crimen libre, Pena de muerte, La puñalada En el presidio.

La aportación más notable de la gallega es La gota de sangre, escrita en 1911, donde se relata la historia de Selva, hombre de buena posición y con pocas ocupaciones que, por circunstancias azarosas, se ve implicado en un crimen del que parece el único sospechoso. Su posición le permite establecer un compromiso con la policía para tratar de resolverlo en pocos días. El personaje razona la toma de esa decisión del siguiente modo: “me he propuesto ser yo quien lo descubra, y se me figura que sólo yo lo he de lograr. Quizá me ha sugerido tal propósito la lectura de esas novelas inglesas que ahora están de moda, y en que hay policías de afición, o sea, detectives de sport”[14]. Y es que, efectivamente, a principios de siglo se comienzan a distribuir por España traducciones de novelas policíacas extranjeras, que provienen tanto de Inglaterra como de Francia o Estados Unidos, como son las de Conan Doyle. Todo ello consigue tener su influencia en algunos de sus lectores, y la autora gallega parece establecer una parodia en el personaje de su relato.

Desde el primer momento, el punto de mira del detective apunta en la dirección afortunada, desmintiendo teorías de algunos policías que le acompañan y vigilan como sospechoso al tiempo, a quien parece faltarles cierto conocimiento intuitivo que se deriva de la instrucción científica moderna. Todo ello da lugar a una curiosa mezcla de método racional e irracional, apelando a este último cuando el primero no le daba los resultados esperados o cuando parecía encontrarse en un callejón sin salida: “de nuevo llamé en mi auxilio a la extraña facultad de semiadivinación que sobre una base insignificante en lo real, me había guiado al través del laberinto del sombrío crimen”[15], y con él parece encontrar la llave que desentraña el misterio. Selva, el ocioso lector de novelas detectivescas, reflexiona sobre su futuro más inmediato tras el éxito obtenido en la resolución del caso: “después de esta aventura, he comprendido que desde la cuna, mi vocación es la de policía aficionado”[16].

Por otra parte, son destacables algunas aportaciones de Benito Pérez Galdós, que cabe matizar de inicio. Nos referimos a la publicación de La incógnita Realidad, escritas ambas en 1889, a pesar de que la segunda vio la luz posteriormente. Estamos ante dos relatos que no siguen formalmente los parámetros que conforman la novela criminal de un modo estricto. Así, en La incógnita encontramos nada menos que la primera novela epistolar que escribe Galdós. Más allá de la novedad literaria introducida, el autor nos presenta a un personaje llamado Manuel Infante, burgués, diputado en Madrid, que se cartea periódicamente con un amigo llamado Equis, del que sólo podemos leer unas líneas finales para anticipar la publicación de Realidad. La incógnita no es única, son varias realmente, tanto amorosas, como relacionadas con el mundo criminal. Para Gonzalo Sobejano, la deuda que Galdós contrae en sus páginas con Tolstoi o Ibsen es plausible[17]. Junto a la complejidad y discrepancias amorosas cruzadas entre personajes como el de Augusta, Leonor, Cisneros, Malibrán o Viera, aparece la opinión pública como juez popular en la resolución de un asesinato célebre que afecta a la ciudad por aquellos días: el crimen de la calle del Baño, que no parece ser otro que el de la calle de Fuencarral, cometido en el mes de julio de 1888, y cuya resonancia será preciso analizarla pormenorizadamente. La opinión pública y la opinión particular de cada uno[18], la variación de los criterios, la fragilidad de los argumentos y la insostenibilidad de determinadas hipótesis, ponen en el centro de la novela a la cultura popular, sobre la que Infante hace llegar significativas reflexiones a su amigo de Orbajosa: “fácilmente comprenderás que un asunto de tal naturaleza, formado de misterio y escándalo, ha de excitar vivamente la chismografía del mundo; raza dotada de fecundidad prodigiosa para poner variantes a los hechos y adornarlos hasta que no los conoce la madre que los parió; raza esencialmente artista y plasmadora, que crea casos y caracteres, formando una realidad inverosímil dentro y encima de la realidad auténtica. Ante un suceso de gran resonancia, todo español se cree humillado si no da sobre él opinión firme, tanto mejor cuanto más distinta de las demás[19]

Pero Galdós se tiene guardado un as en la manga, y es lograr que su personaje Infante tenga que vivir de primera mano todo ese extraño mundo de la fantasía popular. En la carta XXVIII informa a su testigo mudo del asesinato de su amigo Viera. Entonces el crimen de la calle del Baño desaparece y su única preocupación pasa por resolver qué es lo que le ha ocurrido realmente a su amigo. Como Selva en La gota de sangre, a pesar de ser este relato posterior, se siente en la necesidad de descubrir por sí mismo lo acontecido, y se introduce en la maraña de relaciones amorosas, engaños e intimidades tanto del fallecido como de su entorno más cercano. Escucha auténticas cábalas de vecinos y conocidos que han oído a su vez opiniones diversas, y él trata de seguir su propio método. Finalmente, al contrario que Selva y, eso sí, sin la estética de investigador profesional con que rodea Pardo Bazán a Selva, fracasa. Desalentado, sin haber descubierto la verdad, regresa a su pueblo natal, y su amigo Equis le anuncia la Realidad, entresacada de las variadas hipótesis que pasan por sus ojos a través de las epístolas.

Realidad es una novela de influjo shakespeareiniano, que da otra vuelta de tuerca más a lo presentado en su predecesora. También muestra algo novedoso en Benito Pérez Galdós: estamos ante su primera novela hablada, que sería llevada al teatro poco tiempo después. Ahora Infante y su investigación quedan completamente al margen y se centra en la vida de Viera y los acontecimientos previos a su muerte. Incluso llega a sufrir alucinaciones, viendo a una especie de Hamlet padre que le indica por donde debe enfocar las cuestiones que se le presentan. El crimen se convierte en suicidio, las tramas amorosas se vuelven transparentes y las incógnitas quedan resueltas para el lector.

De todo ello podemos extraer al menos dos conclusiones: que si bien una buena parte de La incógnita en nada se parece a una novela característica del género policíaco o detectivesco, y que a pesar de que sus parámetros no son los de este tipo de relatos, la transformación del amigo de la víctima en un investigador que quiere conocer la verdad a toda costa, pone la novela de forma indudable en la órbita del género; y que aunque la resolución final en Realidad se presenta de un modo cercano a lo esotérico, ello no se distancia del todo con el uso del método irracional y las adivinaciones e intuiciones imposibles de los investigadores protagonistas de ese tipo de novelas. En Galdós, y en esta fase de su producción literaria, tenemos, sin lugar a dudas, a un buen conocedor del género, que extrapola sus límites, que prescinde de su cientificismo de modo notorio, pero que sabe crear una atmósfera de misterio muy importante, y ésta no es sino la clave o el pilar sobre el que se sustentan los argumentos de los relatos policíacos o detectivescos.






[1] VÁZQUEZ DE PARGA, Salvador. (1981). Los mitos de la novela criminal. Planeta.
[2] GUBERN, Román, Compilador. (1970) La novela criminal. Cuadernos ínfimos, Tusquets editor.
[3] VALLÉS CALATRAVA, José R. (1990) La novela criminal. Cuadernos monográficos. Instituto de Estudios Almerienses de la Diputación de Almería.
[4] LIDA, Denah. (1973). Galdós, entre crónica y novela. En Anales Galdosianos, Año VIII, University of Texas. Pág. 64.
[5]En VALLÉS CALATRAVA, José R. 1990Pág. 39.
[6] En GUBERN, R. 1970. Pág. 10.
[7] Se puede ver OLÓRIZ AGUILERA, Federico. (1909). Guía para extender la tarjeta de identidad. Lecciones dadas en la Escuela de Policía de Madrid. Imprenta de los Hijos de M. G. Hernández. Madrid.
[8] En GUBERN, R. 1970, Pág. 52.
[9] En GUBERN, R. 1970, Pág. 53.
[10] En GUBERN, R. 1970, Pág. 29.
[11] Comentarios a estas y otras obras se pueden encontrar en VALLÉS CALATRAVA, José R. 1990Pág. 92.
[12] VALLÉS CALATRAVA, José R. 1990Pág. 79.
[13] VALLÉS CALATRAVA, José R. 1990Pág. 91.
[14] PARDO BAZÁN, Emilia. (1998, reedición de 1911). La gota de sangre. Ediciones Internacionales Universitarias. Madrid. Pág. 48.
[15] PARDO BAZÁN, Emilia. 1998. Pág. 97.
[16] PARDO BAZÁN, Emilia. 1998. Pág. 101.
[17] SOBEJANO, Gonzalo. (1967) Forma literaria y sensibilidad social en “La incógnita” y “Realidad” de Galdós. En Forma literaria y sensibilidad social. Editorial Gredos. Madrid.
[18] SOBEJANO, Gonzalo (1967) Pág. 69.
[19] PÉREZ Galdós, Benito. (1976, reedición de 1889). La Incógnita. Taurus, Madrid. Pág. 200.

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