domingo, 25 de diciembre de 2011

Locura y crimen: Parte 2


(...)
II

Las vinculaciones científicas entre locura y crimen se producen a través de dos conceptos: El de monomanía y el de degeneración. El primero de ellos es expresado desde 1820 por Esquirol; el segundo es una reacción a sus deficiencias, y es desarrollado por Morel en el Traité des dégénérescences de 1857 y el Traité des maladies mentales de 1860.

El introductor del concepto de monomanía en España fue Pedro Mata, quien había diferenciado entre las monomanías homicidas, antropofágicas, suicidas, incendiarias o pirómanas de March, con tendencia al robo o cleptomanía, erótica, ninfomanía y ebriosa o dipsomanía. Su aplicación en procesos judiciales se desarrolla fundamentalmente en el periodo Isabelino y los primeros años de la Restauración, valiéndose de la exención de responsabilidad criminal para locos o dementes que no hubiesen obrado con un intervalo de razón, desarrollado en el Código Penal de 1870.

La monomanía alcanza éxito hasta la recepción y el desarrollo de la degeneración, que la sustituye porque se inserta mejor en las problemáticas básicas del pensamiento español de fin de siglo. Como comenta Álvarez-Uría, “es imposible comprender lo que ha supuesto el regeneracionismo en España, en tanto que movimiento social y cultural, sin referirse al concepto clave de degeneración”[1]Y las diferencias entre los requisitos de ambos conceptos no son notables. Para Pedro Mata los condicionamientos debían buscarse en la herencia, en el alcoholismo y en la vida viciosa, al igual que para buena parte de los teóricos del concepto Moreliano.

A los rasgos firmes y precisos de la monomanía, que siguió tan de cerca Lombroso para elaborar su teoría del criminal nato, se añaden con el de degeneracionismo otros que expanden la sospecha de locura a otros ámbitos. “Además de la monomanía se pasa a un estado de irritabilidad que puede desencadenarla. Estamos ante el nacimiento de las neurosis, es decir, ante un giro en el concepto de locura hasta entonces identificada fundamentalmente con el delirio. El enfermo mental se convierte en el nervioso, el que padece desequilibrios, el inestable psicológico. Neurosis y degeneración son las dos grandes vías que permitirán los nuevos avances de la psiquiatría”[2] . 

La introducción del condicionante neurótico asociado a la degeneración y la criminalidad es expuesta en España a finales de siglo por el Doctor en Medicina y Cirugía Vicente Ots y Esquerdo. Académico corresponsal de la Real Academia de Medicina de Madrid, ex médico del Manicomio de Carabanchel y colaborador de distintas revistas de ese campo, ya había escrito trabajos significativos como Locura epiléptica alcohólica en 1893 o La locura ante los tribunales en 1894. La tesis de que hay una “unidad patológica y dependencia estrecha e inmediata que las neurosis guardan con la degeneración mental”[3] es pretendidamente demostrada por el autor a través de la exposición de un caso real, anónimo eso sí, en el que ciertos síntomas desembocan en la conexión real de ambos conceptos. Habla el autor de un diagnóstico de afección nerviosa inveterada, profiere una densa descripción física del paciente, se toman como signos inequívocos que sea un hombre lento en dar respuestas e inseguro, concluyendo que se trata de un degenerado cerebral.

En el periodo de 1875-1900 los alienistas no prestaron demasiada atención a los postulados teóricos de Morel, con una salvedad: cuando se daba la ocasión de usarlos en un tribunal de justicia bajo el disfraz de peritos la cosa cambiaba. Apostaban por la patología social del acusado para pronunciarse finalmente por su internamiento en un manicomio que, a ser posible, sería privado y en numerosas ocasiones gestionado por el mismo perito o sus colegas. Con ello no se quiere lanzar la hipótesis de que estos científicos usasen su ciencia como herramienta para enriquecerse o gozar de una mejor posición social. El positivismo en España tuvo algo de triunfalista en la medida que, alarmados por el estado de retraso económico y social de su país, creyeron tener entre sus manos una solución perfecta. Eran optimistas y se creían no sólo en plena posesión de la verdad, sino que estaban convencidos de que podían obrar en consecuencia para contribuir seriamente a los logros patrióticos esperados y expresados por el movimiento regeneracionista.

Ya en el cambio de siglo “los alienistas españoles fueron abandonando la referida ambigüedad ante el degeneracionismo, llegando a aceptarlo en su globalidad. Las razones de este cambio de actitud se debieron a la extensión del degeneracionismo en Europa, a la caída de muchos establecimientos privados en el custodialismo, al fuerte impulso que tomó la teoría de la degeneración entre los médicos sociales y a una mayor vocación higienista del alienismo”[4]La atención prestada fue otra bien distinta fuera de los tribunales. Los aspectos médico-sociales de la obra de Morel, hasta entonces descuidados, pasan a cobrar protagonismo con la extensión de las Ligas de Higiene Mental y el planteamiento de reformas higiénico-sociales.

Pero otro factor que cobra relevancia es la notoriedad alcanzada en España por Max Nordau, quien redacta su “Degeneración” en dos tomos, extendiendo las nociones apuntadas por Morel al campo de la literatura o, dicho de otra manera, alargando la sombra de la locura a todo campo ajeno a su modo de interpretar la normalidad de los patrones del positivismo. Cabe decir de inicio que este trabajo está dedicado a Lombroso y es publicada su traducción en 1902 a manos de Nicolás Salmerón. La tesis defendida es clara: “Los degenerados no son siempre criminales, prostituidos, anarquistas o locos declarados; son muchas veces escritores o artistas”[5]Así, “algunos de estos degenerados de la literatura, de la música y de la pintura han obtenido en estos últimos años una boga extraordinaria y numerosos admiradores les exaltan como si fueran los creadores de un arte nuevo, los heraldos de los siglos por venir”[6]. Y los siglos por venir, el XX en este caso, estaban cargados de misticismo por ejemplo, palabra que designaba relaciones entre fenómenos para el autor inexplicables e imprecisas, insanas y anormales en definitiva, que precisaban de un diagnóstico médico más que una atención notable por parte de la población; estaban cargados de referencias al ensalzamiento de la obra de autores como Tolstoi (“el tolstoísmo es una aberración intelectual, una forma de degeneración”[7]) o Wagner (que para Nordau “está sobrecargado por sí solo de una mayor cantidad de degeneración que todos los degenerados juntos que hemos visto hasta aquí”[8]); cargados de decadentes y estetas como Baudelaire y Oscar Wilde (hombre que “ama la inmoralidad, el pecado y el crimen”[9]; llenos de interés hacia individuos como Nietzsche, a quien Nordau dedica un párrafo realmente interesante que conviene rescatar: “Cuando se leen uno tras otro los escritos de Nietzsche, se adquiere desde la primera a la última página la impresión de que se está en presencia de un loco furioso que con los ojos centelleantes y echando espuma por la boca, suelta una oleada ensordecedora de palabras, gesticulando salvajemente, y que en medio de sus vociferaciones, ora estalla en locas risotadas, ora lanza torpes injurias y maldiciones, ora se entrega a una danza vertiginosa o se precipita con el rostro amenazador y el puño levantado sobre los visitantes o adversarios imaginarios”[10]En resumen, todas las nuevas tendencias literarias, incluyendo el naturalismo de Zola, son aberrantes y susceptibles de ser tachadas de degeneradas, con algunos puntos en común: “un cerebro incapaz de trabajar normalmente, de donde debilidad de voluntad, inatención, predominio de la emoción, falta de conocimiento, ausencia de simpatía, de interés hacia el mundo y la humanidad, atrofia de la noción de deber y de moralidad”[11], valores clave para el mantenimiento de los privilegios sociales de la mediana burguesía.

El paso de la monomanía a la degeneración se puede seguir a través de distintos trabajos de autores españoles del momento. En 1881 por ejemplo, el Doctor Escuder escribe un trabajo titulado Locos impulsivos, expresado a modo de conferencia leída, donde habla extensamente de Vendrell, un asesino que como no podía ser de otra manera, al autor le pareció un loco rematado. Con antecedentes de locura en su familia, Vendrell buscó como cómplice a un pastorcillo imbécil que contribuyó desinteresadamente en el crimen. Mataron a un hombre y a dos mujeres dentro de una casa. No robaron nada. Su abogado defensor apostó con el concurso de la Academia de Medicina de Valencia por una locura epiléptica, pero finalmente fue sentenciado a muerte. Escuder, médico que iba ganando notoriedad social, no dudó en acercarse a prisión a conocerle. Comenta que se encontró con un hombre inestable, mal educado, que no miraba a la cara, “de aspecto cerrado y repulsivo, traidor llorón e hipócrita, no disimula el goce que le produce la efusión de sangre. Violento, inmoral, corrompido, lleno de vicios, aficionado a contraer deudas, mal equilibrado en sus facultades psíquicas, impetuoso, irreflexivo e irascible, arrebatado y obstinado”[12].

Con todos estos rasgos, Escuder se convence de su demencia: “Era un loco epiléptico porque deliraba en voz alta”[13], tenía alucinaciones, se sentía perseguido y quería matar a casi todo el que le rodeaba. Escuder defendió su demencia en la prensa cuando, poco después, en septiembre de 1879, Vendrell se fugó ingeniosamente del presidio huyendo a Buenos Aires. “Yo (Escuder) quedé desacreditado y puesto en ridículo por algunos periódicos”[14], mientras que el cómplice fue reajusticiado, y Vendrell conducido por la policía argentina a un manicomio, bajo el diagnóstico de monomanía de las persecuciones.


Sigue en parte 3 http://elblogderaskolnikov.blogspot.com/2011/12/locura-y-crimen-parte-3.html

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