domingo, 25 de diciembre de 2011

Locura y crimen: Parte 3


Última parte del artículo sobre Locura y Crimen.

(...)
III
El periódico “El anunciador vitoriano” publicaba una crónica el 3 de Diciembre de 1879 donde se decían cosas como las siguientes: “El terror dominaba en todo el país y poco a poco se formó una extraña leyenda. Decíase que un personaje fantástico andaba errante por los campos y que tenía la misión de castigar a las mujeres infieles y a las jóvenes extraviadas. Se le había divisado una tarde caminando a través de los campos con una carrera más rápida que la del viento que sopla en las cimas de las montañas cántabras. Sus cabellos flotaban sobre sus espaldas, como los de una mujer, sus ojos brillaban como dos puntos fosforescentes y dejaban tras sí como una corriente de azufre. Se llamaba el sacamantecas, arranca-hígados o arranca-grasas a este personaje fabuloso, al cual se le atribuía un poder prodigioso. Se creía entre otras cosas, en el país, al ver que las víctimas todas ofrecían las mismas clases de heridas, que estos crímenes repetidos tenían por objeto el quitarles el hígado y las partes grasas a fin de preparar yo no sé qué medicamentos y qué clase de pócimas para curar enfermedades especiales”[1].

Ésta es solamente una de las manifestaciones de la cultura popular vinculada a los crímenes del siglo XIX. Es además, una de las diferentes interpretaciones que se le dio al conocido como Sacamantecas. También debió ser un monstruo infrahumano o un feroz violador. Pero cuando Pío Fernández de Pinedo detuvo a Juan Garayo, arrestó a un hombre humilde con unas determinadas características y circunstancias personales, que desembocarían en el más conocido proceso judicial, tal vez junto al de la Calle de Fuencarral, de toda la Restauración.

Garayo había sido criado y jornalero. Se casó varias veces pero, salvo la última de sus mujeres que le sobrevivió, todas perecieron a los pocos años de matrimonio. La mayor parte de sus crímenes no fueron demostrados. A tenor de las descripciones físicas sobre su persona, debió ser un hombre poco atractivo, pero en cualquier caso un individuo que vivía de y para el campo. En abril de 1870, tuvo lugar el primero de los sucesivos crímenes que se le imputaron con mejor o peor suerte. Propuso un trato a una prostituta, y ésta no accedió, arremetiendo contra ella, desnudándola y asfixiándola. Once meses después ocurrió algo muy parecido. Los hasta entonces hechos aislados se entrelazan en agosto de 1872, cuando viola y asesina a una niña de quince años. Estábamos ya ante el asesino de lecheras, profesión de la víctima, que expandía su radio de acción a los despoblados de los alrededores de Vitoria. Unos pocos días después se repitió el suceso, nuevamente con una prostituta.

A partir de 1873, el peligroso criminal perdió eficacia. En una ocasión tuvo que salir huyendo, sin poder consumar sus propósitos. En otra, fue reconocido por la víctima, a la que después sobornaría para evitar la denuncia. En 1878 fue denunciado por una molinera por intento de abuso sexual y pasó un mes preso. El 7 de septiembre de 1879 mató otra vez, y pocos días después se denunció un nuevo crimen. Un mes más tarde, Garayo se encontraba detenido y confesaba parte de los atroces hechos consumados en el transcurso de la última década.

Con el objeto de realizar un informe pericial, se desplazaron a Vitoria Alonso Martínez, y José María Esquerdo. Estos fueron únicamente dos de los once médicos que analizaron al acusado. Su examen se justificaba en lo expresado por el Artículo 8 del Código Penal de 1870, titulado De las circunstancias que eximen de responsabilidad criminal. Dice así: “No delinquen, y, por consiguiente, están exentos de responsabilidad criminal: 1. El imbécil y el loco, a no ser que éste haya obrado en un intervalo de razón”[2]. El desacuerdo entre algunos de estos doctores llevó la polémica a los Ateneos. Primero fue el propio Doctor Esquerdo, quien apostó por la locura de Garayo, y por tanto, por la aplicación del eximente penal. Después el Doctor Apraiz, defensor de la capacidad y libre arbitrio del acusado.

Vayamos por partes: Para el primero, que dedicó al caso Garayo unas conferencias en el Ateneo de Madrid[3], el acusado tenía unos antecedentes familiares con claros síntomas clínicos hereditarios. El padre, muerto por una apoplejía cerebral, había sido un hombre violento y alcohólico toda su vida. La madre tenía frecuentes ataques de histeria. Entre los hermanos, el alcoholismo y la mala vida eran cosa habitual. Además, el examen craneal de Garayo presentaba anomalías significativas como la depresión del occipital y el abultamiento del parietal derecho con respecto al izquierdo. Todo ello acercaba de forma definitiva al diagnóstico de imbecilidad. En tercer lugar, el examen de sus capacidades intelectuales reforzaba su teoría. Carecía Garayo de espontaneidad y todo tipo de energía. “¿Queréis formaros una idea de los ojos de Garayo? –decía el médico- Pues recordad las aves de rapiña, colocadlos en la parte superposterior de la órbita, escondidos a la mirada extraña, convergentes hacia dentro cual si estuviera acechando una pieza palpitante y a sus pies, y tendréis cabal idea de los ojos de Garayo (…) ¿Y esto es un hombre cabal?¡Esto es una mueca horrible de la humanidad!”[4].

Apraiz usó argumentos médicos similares para justificar exactamente lo contrario, y lo hizo públicamente, en el Ateneo de Vitoria, en una conferencia titulada “Garayo, el Sacamantecas, ¿es cuerdo o loco?”[5] y pronunciada en Febrero de 1881. Así, en su relectura de los antecedentes familiares del criminal no encuentra anomalía manifiesta. Por ejemplo, en el caso de su madre, justificaba sus ataques de histeria como consecuencia de una penosa alimentación y del número de partos que vivió. Con respecto a sus deseos sexuales, hace coincidir las fechas en las que menor satisfacción matrimonial encuentra, con las de sus agresiones más violentas. Sus anormalidades craneales no resultaban prueba definitiva de imbecilidad, y sus capacidades intelectuales no estaban mermadas. Se trataba de un hombre de mediana inteligencia, acorde a la del campesino español del momento, con conocimientos regulares y estructurados sobre agricultura. En definitiva, Apraiz no encontraba indicios suficientes que justificaran la aplicación del eximente expuesto en el Código Penal. Era pues un asesino que obraba sin determinación alguna, y por tanto debía ser juzgado como cualquier otro criminal.

 La disputa médica fue más allá de los Ateneos, y se convirtió en una guerra política mal disimulada. La intervención de según qué prensa, mostró apoyos diversos a unas tesis y otras. Apraiz era un reconocido médico vitoriano, conservador, y fue apoyado sin reservas por “El anunciador vitoriano”. El periódico liberal de aquella provincia (“El Gorbea”) apostó fuertemente por Esquerdo. En las páginas nacionales fueron “El Liberal” “El Globo” quienes más interés mostraron. Editados desde Madrid, apostaron por la relevancia de una figura como la de Esquerdo para criticar el injustificado agarrotamiento de locos juzgados como cuerdos. En su pequeño fortín, “El anunciador vitoriano” se defendía: “No hay peor sordo que quien no quiere oír. Las razones expuestas en las conferencias del Ateneo demuestran que el Garayo descrito en Madrid dista tanto del real como las creaciones fantásticas de una imaginación febril”[6].

El moderno alienismo mental sufriría una severa derrota. Juan Díaz de Garayo fue agarrotado en mayo de 1881[7], quedando su cadáver expuesto al público. Pero al tiempo encontró el mártir idóneo para su causa. Ahora ya había material sobrado para justificar la necesidad de ahondar en el conocimiento científico de los criminales. El Estado estaba nada menos que aplicando la máxima francesa que decía que los locos se curan en la plaza del Gréve. Ya no se trataba de tomar posiciones dentro de un campo que otorgaba reconocimiento y posibilidades económicas. Ahora se luchaba contra una novedosa forma de injusticia social.

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