sábado, 24 de diciembre de 2011

NADANDO ENTRE MEDUSAS

¿Conocen el Mar Menor? Es un infame caldo de sopa, la piscina infantil, caliente, meada, de cualquier complejo deportivo o lúdico. Dicen que sus profundidades están llenas de urnas de cenizas de fallecidos. Allí muchos veranos acuden pequeñas medusas molestas a no sé bien qué, además de a molestar a los veraneantes, casi siempre octogenarios en busca de barros en los que rebozar los pliegues de sus pieles.

Yo tenía un abuelo que vivía junto al Mar Menor y que tenía una mujer, más joven que él, que solía meterse en todo lo que decía. Y yo tenía un abuelo que hasta los ochenta años, cuando ya andaba con una muleta y le costaba hablar, era capaz de nadar en el mar durante horas. No sé por qué razón flotaba solo. Apenas hacía esfuerzo. No es un mar con mucho oleaje, pero mar adentro, cuando tus pies buscan el fondo y no lo encuentran, resulta difícil mantenerse.

Mala combinación para mí. Un abuelo con el que bajaba a la playa, un mal nadador con más miedo que vergüenza, un mar repleto de medusas y una mujer cotilla de la que había que alejarse. Yo disfrutaba en el agua, cuando veía la orilla, cuando apoyaba mis pies, nadando junto a mi abuelo, en compañía de mis hermanos o de mi pareja. Él estaba feliz. Pero la mía, mi felicidad, era exigua, se agotaba en minutos. A medida que aquel señor se alejaba de la orilla para alejarse también de su mujer, y así poder hablar tranquilamente con sus nietos de cualquier cosa, pequeñas sombras acechaban junto a nuestros cuerpos, cada vez más numerosas. Llegado a un punto, mi abuelo comenzaba a preguntar y, para mi desgracia en aquellos momentos, mi familia era más bien numerosa. Primero quería saber cómo estaban todos. ¿Para qué mentir? Lo mismo que me preguntaba a mí se lo preguntaría al siguiente que fuera a verle para enterarse de cualquier problema que la distancia le impidiera conocer. Uno, otro, cinco, diez familiares y él, flotando como si nada, y yo contestando mientras esquivaba todas las medusas y daba vueltas en círculo para no sumergirme.

Acabado el repaso, yo, ingenuo de mí, decía: “¿Quieres salir y tomamos un helado?”. A lo que él respondía, lento, despacio: “¿Cuánto ganas?”. “Tanto”. “¿Y cuánto pagas?”. “Tanto”. Y después, el silencio. El suyo, para calcular la viabilidad económica de mi vida, con gastos de coche, luz, agua, etc. El mío, el fatídico momento en el que creía que dejaría de verle, bien por una picadura mortal, bien por ahogamiento puro y duro, por mi incapacidad de mantenerme a flote.

Y entonces descubrí su secreto. “Las medusas no hacen nada -decía en otra ocasión-Tú las apartas y ya está" dijo dando un vulgar sopapo, casi con desprecio, a una de ellas que se le ponía enfrente. Yo me quedé asombrado. Un tortazo en toda regla, dos metros de avance al estilo perrito, y otro tortazo. Aquellas medusas debían de temer al anciano que nadaba en las playas de Los Alcázares.

Verano tras verano sobreviví a aquellos baños. Después los eché de menos. A veces, en los últimos años, cuando paseábamos por su paseo marítimo, primero en muletas, después en silla de ruedas, creo que añoraba aquellos momentos. Es quizás, lo único que hubiera deseado que la vida le hubiera respetado hasta sus últimos días.

Llegué a casa después de mi último viaje con sentido al Mar Menor. Mi abuelo murió un verano y aunque yo no me bañé en aquel momento, sí disfruté de un Ballantines con Coca Cola a las 3 de la mañana rodeado de mi familia en el Paseo Marítimo, frente a sus playas, junto al Tanatorio donde dormía aquella noche. Felices recuerdos. Mi niña, que entonces tenía tres años, se acercó a mí y me dijo que cuando uno es viejecito, y tiene mucha "pupa", se convierte en una estrella, y que la estrella que hay junto a la luna era mi abuelo. 

Pues Ojalá. Ojalá todo sea tan sencillo como convertirse en una estrella para no morir Y ojalá que aprendamos a apartar las dificultades que nos vamos encontrando en la vida como mi abuelo hacía con las medusas.

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