Por distintas razones que no vienen al caso aprendí a nadar tarde. Fue en un verano que pasé, como tantos otros, con parte de mi familia en Alicante (Alacant ahora). Mi tío pocos meses antes me había enseñado a montar en bicicleta por el paseo de Santa Eugenia, y tiempo después quizás se arrepintiera, cuando desaparecí de su casa de pueblo porque me escapé a otro pueblecito, me tomé una coca cola y volví horas más tarde. Mi tío, de nuevo, me enseñó a nadar mal que bien, a perder un poco de mi miedo al agua, que me ha seguido y me sigue aún.
El Mar Menor es un caldo de sopa, la piscina infantil, caliente, meada, de cualquier complejo deportivo o lúdico. Allí muchos veranos acuden pequeñas medusas molestas a no sé bien qué, además de a molestar a los veraneantes, casi siempre octogenarios en busca de barros en los que rebozar los pliegues de sus pieles.
Yo tenía un abuelo que vivía junto al Mar Menor y que tenía una mujer, más joven que él, que solía meterse en todo lo que decía. Y yo tenía un abuelo que hasta los ochenta años, cuando ya andaba con una muleta y le costaba hablar, era capaz de nadar en el mar durante horas. No sé por qué razón prácticamente flotaba. Apenas hacía esfuerzo. No es un mar con mucho oleaje, pero mar adentro, cuando tus pies buscan el fondo y no lo encuentran, resulta difícil mantenerse.
Mala combinación. Un abuelo con el que bajaba a la playa, un mal nadador con más miedo que vergüenza, un mar repleto de medusas y una mujer cotilla de la que había que alejarse. Yo disfrutaba en el agua, cuando veía la orilla, cuando apoyaba mis pies, nadando junto a mi abuelo, en compañía de mis hermanos o de mi pareja. Él estaba feliz. Pero la mía, mi felicidad, era exigua, se agotaba en minutos. A medida que aquel señor se alejaba de la orilla para alejarse también de su mujer, y así poder hablar tranquilamente con sus nietos de cualquier cosa, pequeñas sombras acechaban junto a nuestros cuerpos, cada vez más numerosas. Llegado a un punto, mi abuelo comenzaba a preguntar y, para mi desgracia en aquellos momentos, mi familia era más bien numerosa. Primero quería saber cómo estaban todos. ¿Para qué mentir? Lo mismo que me preguntaba a mí se lo preguntaría al siguiente que fuera a verle para enterarse de cualquier problema que la distancia le impidiera conocer. Uno, otro, cinco, diez familiares y él, flotando como si nada, y yo contestando mientras esquivaba todas las medusas y daba vueltas en círculo para no sumergirme.
Acabado el repaso, yo, ingenuo de mí, decía: “¿Quieres salir y tomamos un helado?”. A lo que él respondía, lento, despacio: “¿Cuánto ganas?”. “Tanto”. “¿Y cuánto pagas?”. “Tanto”. Y después, el silencio. El suyo, para calcular la viabilidad económica de mi vida, con gastos de coche, luz, agua, etc. El mío, el fatídico momento en el que creía que dejaría de verle, bien por una picadura mortal, bien por ahogamiento puro y duro, por mi incapacidad de mantenerme a flote.
Y entonces descubrí su secreto. “Las medusas no hacen nada” decía en otra ocasión mientras nos adentrábamos lejos de la orilla. “Tú las apartas y ya está” dijo dando un vulgar sopapo, casi con desprecio, a una de ellas que se le ponía enfrente. Yo me quedé asombrado. Un tortazo en toda regla, dos metros de avance al estilo perrito, y otro tortazo. Aquellas medusas debían de temer al anciano que nadaba en las playas de Los Alcázares.
Verano tras verano sobreviví a aquellos baños. Después los eché de menos. A veces, en los últimos años, cuando paseábamos por su paseo marítimo, primero en muletas, después en silla de ruedas, creo que añoraba aquellos momentos. Es quizás, lo único que hubiera deseado que la vida le hubiera respetado hasta sus últimos días.
Llegué a casa después de mi último viaje con sentido al Mar Menor. Mi abuelo murió un verano y aunque yo no me bañé en aquel momento, sí disfruté de un Ballantines con Coca Cola a las 3 de la mañana rodeado de mi familia en el Paseo Marítimo, frente a sus playas, junto al Tanatorio donde dormía aquella noche. Felices recuerdos. Mi niña, con sus tres añitos, se acercó a mí y me dijo que “cuando uno es viejecito, y tiene mucha pupa, se convierte en una estrella, y que la estrella que hay junto a la luna, que está loca porque a veces sale también de día, es el bisa. Ojalá. Ojalá todo fuera tan sencillo, como convertirse en una estrella para no morir, como apartar las medusas a guantazos.
No hay comentarios:
Publicar un comentario en la entrada