domingo, 25 de diciembre de 2011

¿Qué hay de nuevo, Lombroso?: La búsqueda del asesino nato en el siglo XXI



Lombroso fue el fundador de la antropología criminal y principal integrante de la Escuela Positivista Italiana, junto a Ferri y Garófalo. Es numerosísima la bibliografía que se puede encontrar acerca de sus teorías en internet. A día de hoy, la mayor parte de sus propuestas han dejado de tener sentido. Sin embargo, hay muchos científicos empeñados en demostrar científicamente la existencia del "asesino nato", ese mismo que Lombroso creyó descubrir encontrando una particularidad en el cráneo de un viejo delincuente. 



Lombroso aplicó las modernas teorías de la evolución. Como buen positivista, creyó en la resolución de los misterios sociales a través de la ciencia. Asoció delincuencia a locura y, con ello, puso en tela de juicio el concepto de responsabilidad penal basado en la idea de culpa. Era fácil, "si está loco, no puede ser nunca responsable de lo que hace" venía a decir. 


Esta tarde estaba echando un vistazo al primer número de la revista Criminología y Justicia (http://issuu.com/josemanuelservera/docs/cyjnumero1septiembrev2y me ha llamado la atención un artículo de Rodolfo Gordillo, en el que trata de acercar al lector las teorías que, aún hoy, siguen rastreando la idea de inicio de Lombroso. Como dice el autor, "hoy en día se ha pasado de la hipótesis de la fosa occipital a la teoría del cerebro frontal propuesta por los psiconeurólogos". Así, determinados daños en la corteza orbitofrontal que no sé explicar bien pero que Gordillo lo sabe hacer mucho mejor en su artículo, hacen que la emoción que prevalezca sea la ira y que esta sea muy difícil de inhibir. Así, la pregunta clave que se hace es cuánta responsabilidad puede imputarse a una persona por sus acciones cuando ha desarrollado un proceso evolutivo traumático, sufriendo diversos factores de riesgo, que le han imposibilitado desarrollar eficazmente sus procesos cerebrales de inhibición. La respuesta es sencilla, creo: la misma que un niño que ha nacido en Somalia y nunca tendrá posibilidad de hacerse este tipo de preguntas: ninguna. 





Pero saber que algo está mal, no ayudará a cambiarlo. Las sociedades son tozudas a este respecto y, parafraseando a un amigo, perseveran y perseveran en el error. No interesa y no se abrirá un debate sobre la responsabilidad penal. Ese sueño, el de ser capaz de prevenir el delito analizando al delincuente e, incluso curarle médicamente de sus dolencias, pasó y trajo muchos disgustos, la verdad. Del positivismo italiano naif se extrajeron muchas de las teorías del fascismo y del nacionalsocialismo. No es broma. Incluso de los sueños ilustrados de gente progresista, respetable y buena como el penólogo salmantino Pedro Dorado Montero, que apostaban por la aplicación de una sentencia indeterminada a los delincuentes que permitiera dotar de un carácter exclusivamente educativo a la pena impuesta para que durase lo justo hasta la curación, se derivaba una abusiva cadena perpetua encubierta. Por no hablar de eugenesia social. 


El sueño de la razón, claro, produce monstruos. Y mal vamos si a estas alturas volvemos a jugar al determinismo biológico de finales del siglo XIX, para acabar interpretando erróneamente lo que pasa a nuestro alrededor, para culpar a la parte del cerebro de cada uno del incremento de, por ejemplo, el número de presos en las cárceles españolas. 

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