domingo, 25 de diciembre de 2011

¿Sobre qué hubiesen escrito Baroja o Valle-Inclán si hubieran vivido esta crisis?












A finales del Siglo XIX y comienzos del XX, los literatos de renombre daban rienda suelta a su pluma para describir de un modo pormenorizado la situación social de los ciudadanos de las grandes urbes y de las poblaciones rurales. Los autores del 98 y otros coetáneos tenían un compromiso con las consecuencias de los procesos migratorios (del campo a la ciudad), de la lenta industrialización, de las últimas batallas del Imperio perdiendo Cuba y Filipinas, y de la configuración de un estado con bases pseudodemocráticas basadas en un modelo turnista que hacía frente, de un modo u otro, a los nacionalismos catalán y vasco y a los movimientos obreros.


El auge positivista llevó a estos autores a creer con firmeza que la literatura podía ser un instrumento valioso de denuncia social, que más allá de las descripciones costumbristas había que hacer algo más. En este sentido, autores como Baroja o Valle-Inclán fueron sensibles con los movimientos obreros, con la crisis existencial que desembocó en el regeneracionismo, y con los nuevos frentes de oposición al poder establecido como el propio anarquismo.


En cualquier caso, lo que hicieron fue debatir mucho y plasmar las desigualdades del paisaje urbano, aunque fueran desde su atalaya burguesa. El hermano de Pío Baroja, por ejemplo, se embarcó en un simbólico viaje con científicos sociales como Bernaldo de Quirós por las calles de la Mala Vida en Madrid justo en el cambio de siglo, aportando dibujos y fotografías a un libro que fue publicado en 1901. Justo cuando, por otro lado, Pío Baroja escribía su trilogía "La Lucha por la vida", donde un menor inmigrante (de provincias) llega a Madrid para tratar de salir adelante, embarcándose en el robo, sufriendo abusos, aprendiendo de todas las injusticias que le rodeaban para, en la tercera parte de la saga, acabar filtreando con postulados anarquistas.


Todo esto, que está bien documentado, me llevaba a preguntarme estos días qué había cambiado un siglo después para que nuestros literatos de referencia, los más aclamados, olviden habitualmente las calles por las que transitan. Hace algunos años se puso de moda entre los que se las daban de progres, hacer alusión en cuanto tenían la menor ocasión a que frecuentaban el mestizaje, la riqueza, la multiculturalidad de Lavapiés. Este barrio humilde era una especie de referencia cultural absurda porque, si bien, el tejido vecinal y asociacional del barrio es fuerte y es muy digno, los menores indocumentados, con escasas oportunidades, a lomos del pegamento, y de diversas nacionalidades, se cruzaban por las calles con estos literatos de vanguardia siendo para ellos exactamente lo que son para el Estado: invisibles.


No soy un gran lector, pero tengo la sensación de que los grandes literatos de entonces, los Baroja, Pardo Bazán o Valle-Inclán, tenían una sensibilidad mucho mayor para captar historias novelescas en la vida cotidiana. Estoy convencido de que, en estos tiempos, a ellos no se les hubiera escapado la descripción crítica y violenta de uno de los casi trescientos desahucios diarios, o algunas de las actuaciones del 15M tomando las plazas y promoviendo asambleas vecinales, o la existencia de un hotel tomado por las bravas para desahuciados en el mismo centro de Madrid, o la pelea de los maestros por defender la Escuela Pública de los recortes de la estafa social (crisis) en que nos encontramos.


Mientras todo esto sucede, algunos literatos de referencia siguen instalados en lo que para ellos es la preocupación mundial: lo que se presupone que es la defensa de la cultura a través de la defensa de la venta de sus libros, derechos de autor y demás cosas, que reclaman que toda la sociedad defienda mientras que ellos, una y otra vez, solo se defienden a sí mismos.

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