domingo, 8 de enero de 2012

El Soñador



Había una vez, un soñador que soñaba sueños hermosos, cálidos y alegres. No solo soñaba cuando dormía, también mientras paseaba su carro de la compra por las calles frías de Madrid. Su objeto más preciado era un bolígrafo. Gracias a él, en un trozo de cartón, en cualquier servilleta, al dorso de una hoja de publicidad, escribía sus sueños para luchar contra la memoria, para acordarse, para percibir la felicidad que encontraba en ellos.

El soñador se hizo famoso en el barrio porque a cualquier persona le contaba sus sueños. Quería regalar felicidad. Y soñaba con mil vidas distintas, con viajes al Amazonas, luchando contra anacondas; con su periplo como cruzado, cautivo por sus creencias; con gorro de capitán de un barco en busca del Nuevo Mundo; con ser tripulante del “Enola Gay” y estrellar su avión antes de sobrevolar Hiroshima; o con ser aquel conspirador que quiso matar a Hitler, cuando ya era demasiado tarde.

También soñaba con una sonrisa, siempre la misma; con amar a Dulcinea; con ser el hombre que besaba a aquella mujer que inmortalizó en fotografía el desfile de la victoria con el que terminó la Segunda Guerra Mundial; con amar aunque no fuera amado; con una boda preciosa, entre mil entierros; con ser el hombre de todos sus sueños.

Después, emocionado, acudía a un parque a leer sus sueños en voz alta, a adolescentes que festejaban con júbilo la ecuación perfecta de su cotidianeidad. O a ancianos que, sentados en bancos, mataban el tiempo entre recuerdos. Incluso a parejas que se enamoraban con aquel relator a escasos metros.

A veces, cuando llovía, cuando las hojas caían sobre el césped y ni siquiera volaban las palomas, el soñador leía los sueños que soñaba en voz alta, aunque el viento robara su voz como un ladrón silencioso, como el amante que se esconde en el armario.

Una noche dejó de soñar.

Al amanecer, se encontraba desconcertado, no encontraba explicación. Recogió sus cartones, dobló aquella manta que una vecina le había facilitado, y salió del cajero de la sucursal bancaria a pasear por las calles de Madrid. Sus sueños, su equipaje, todo en aquel carro del supermercado. Tenía ganas de llorar, pero no se acordaba de cómo hacerlo. Saludó de forma tímida, apagada, a quien amablemente le sonreía. Entró al bar de siempre, y pidió lo de siempre: 

“¿Puedo usar su lavabo?”.

El camarero, que le conocía, asintió y le preparó un café y unos bollos.

Se mojó el pelo y la cara. Las gotas se deslizaban por su cuello, por su nuca, por sus mejillas. Se miró fijamente al espejo durante cinco minutos. De repente, no se reconocía, no era él. No se odiaba, pero tampoco se sentía orgulloso de quien tenía delante. Muchos errores, mucha injusticia, mucha mala suerte, mucha obcecación. 

"Se acabó" dijo en voz alta.

El soñador no volvió a soñar, pero, ese día, en ese preciso instante, comenzó a vivir de nuevo.

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