viernes, 20 de enero de 2012

LA ROSA DE FOC. TERRORISMO PATRONAL Y PISTOLERISMO EN BARCELONA (PARTE 1)


MAX: ¿De qué te acusan?
PRESO: Es cuento largo. Soy tachado de rebelde (…) no quise dejar el telar por ir a la guerra y levanté un motín en la fábrica. Me denunció el patrón, cumplí condena, recorrí el mundo buscando trabajo, y ahora voy por tránsitos, reclamado de no se qué jueces. Conozco la suerte que me espera: cuatro tiros por intento de fuga. Bueno. Si no es más que eso.
MAX: Pues qué temes.
PRESO: Que se diviertan dándome tormento
(…)
EL EMPEÑISTA: ¿Qué ha sido, sereno?
SERENO: Un preso que ha intentado fugarse.
MAX: Latino, ya no puedo gritar…¡Me muero de rabia!...Estoy mascando ortigas. Ese muerto sabía su fin…Latino, vil corredor de aventuras insulsas, llévame al Viaducto, te invito a regenerarte con un vuelo”[1]

Entre 1917 y 1923, en las calles de Barcelona se vivió un nivel de violencia política y social con antecedentes pero sin precedentes en la historia contemporánea española. Por eso, a esta ciudad se la denominó como la rosa de foc (Rosa de fuego). Hoy en día, hay itinerarios turísticos que enseñan los lugares más representativos de aquella época, como los locales donde se editaba el periódico “Solidaridad obrera”, la sede operativa de la empresa conocida como “La Canadiense”, o el lugar en el que cayó asesinado el noi de sucre, como se conocía a Salvador Seguí.

El colapso de la Restauración española (1875-1923) estuvo gravemente marcado por el deterioro progresivo de la convivencia social, que fue aún más acuciante en Barcelona, y que acabó diluyéndose tras el golpe de Estado de Primo de Rivera. El pistolerismo como auténtico oficio, así como acciones vinculadas a lo que se denominó terrorismo parapolicial y terrorismo patronal, marcaron una espiral de acción y reacción en un escenario en que se dirimían cuestiones fundamentales de aquel momento histórico: la cuestión social, los ecos de la revolución bolchevique, la primera Guerra Mundial, el espartaquismo alemán, y toda una moral regeneracionista (cultural y científica) que habían acompañado el devenir social de la España del cambio de siglo, con la pérdida de las colonias, el auge del nacionalismo político y la aparición del terrorismo anarquista que difundía su propaganda por el hecho.

Valle-Inclán, en la cita inicial, aporta varios de estos pilares en una sola escena de su obra “Luces de Bohemia”. Por un lado, la cuestión social o, mejor dicho, la lucha social para obtener mejores condiciones laborales. La adquisición de conciencia social ciudadana, por parte de las clases obreras, tiene mucho que ver, para comprender el contexto, con el debate de ideas que se produjo en la segunda mitad de siglo, con el modelo turnista de Cánovas y Sagasta, con la aprobación de la Ley de Imprenta, con la lenta revolución industrial española (que trajo consigo el crecimiento industrial en los hasta entonces simbólicos núcleos urbanos) con las noticias que llevaban desde la esfera europea de otros movimientos que lograban avances, etc. Así, el anarquista de la obra era acusado de preparar una huelga.

Por otra parte, la Ley de Fugas, que venia a simplificar el proceso judicial a un detenido si el objeto era deshacerse literalmente de él. Bastaba con argumentar que quería huir. Como en los tránsitos con presos, éste caminaba por delante de los agentes, en cuanto el preso se alejaba más de la cuenta se le podía disparar justificando la tentativa de evasión. Un proceso extrajudicial que fue muy tomado en cuenta por determinados sectores policiales, y bajo cuya norma cayeron destacados líderes sociales y sindicales en aquella España que se acostumbró a un altísimo nivel de violencia social.

Pero la Ley de Fugas es solo el ejemplo característico del momento al que en este trabajo se va a hacer referencia. La historia legislativa española, así como la de los Cuerpos y Fuerzas de Seguridad del Estado, se escribe a golpe de respuesta, es decir, de reacción ante los cambios en el modo de actuar de quienes desarrollaban actividades ilícitas. Así nació la Guardia Civil para combatir el bandolerismo y asegurar las comunicaciones entre los grandes núcleos urbanos. Así se desarrolló la policía en las ciudades, tras los sucesivos atentados anarquistas de la última década de siglo. La especialización de estos cuerpos debe mucho a los enemigos que querían combatir. Se aprendió de los servicios secretos extranjeros, de los avances científicos (con las aportaciones del Gabinete del Doctor Bertillón, el desarrollo de la estadística, el boom de la antropometría y la aparición de la fotografía) y de la novela policial (que encuentra su desarrollo en el último tercio de siglo con antecedentes en Edgar Alan Poe, Balzac o Dostoievski en su “Crimen y castigo”).

Tercer pilar básico de la referencia de Valle-Inclán: el regeneracionismo como idea de progreso, de avance cultural y social de un país con un enorme complejo de inferioridad desde el final de siglo. La incorporación del positivismo al campo de las ideas, la introducción de las ciencias sociales (criminología, sociología, antropología, psiquiatría, etc.) los foros científico-culturales (Ateneo, Institución Libre de Enseñanza, etc.) y el paso, definitivo a primeros de siglo, de parte sustancial de estos intelectuales a distintas esferas de la política pública, hacen del positivismo un elemento de referencia para comprender el momento histórico. El debate de ideas a este respecto no ha estado exento de polémica. El positivismo en lo político, o en órganos consultores de los políticos como el Instituto de Reformas Sociales, dio lugar a malos precedentes. Un ejemplo: Jaime Vera, co-fundador del Partido Socialista Obrero Español, era psiquiatra. En los años 80 en España se vivió una eclosión publicitaria de los crímenes a través de su difusión en la prensa y con la apertura de los procesos judiciales. Juicios pre-mediáticos en los que literatos como Azorín, Baroja, Pérez Galdós, Pardo Bazán y otros encontraron un auténtico filón narrativo. Y, como elemento común a todos ellos, el nuevo gurú de la ciencia, que traía una verdad irrefutable que venía a sustituir a los criterios teológicos: la ciencia y, con ella, la creencia de que lo que valía para los animales o las plantas, podían servir igualmente para comprender el modo de actuar de las personas. Jaime Vera, como otros, fue un perito habitual en procesos judiciales, donde trató de demostrar la inocencia de algunos criminales porque no estaban en su sano juicio. Estaban determinados desde su nacimiento. Las taras biológicas (como explicara Lombroso, fundador “oficial” de la criminología) les abocaban a la comisión de hechos criminales. Ciencia ingenua, desde luego, pero no tanto si servía para eliminar enemigos. Por eso, Lombroso escribió sobre el anarquismo, y por eso muchos de los científicos del positivismo trataron de demostrar que era viable el uso político de la ciencia, porque para la lucha burguesa contra la causa social cabía no solo el tradicional discurso de amo-señor, sino pruebas científicas que quitaban rigor a la idea. Mejor pensar que el anarquista era un loco que un mártir, para que diera risa o pena, para que no tuviera seguidores. Y para ello se podía sacar una larga lista de factores bio-físicos del autor del atentado que demostrarían lo dicho (tartamudeo, peculiaridades en el cráneo, etc.)[2].

Por último, la novela. En el fin de siglo es difícil encontrar una en la que no encontremos a un médico, a un firme creyente en la reforma del delincuente, a un higienista social preocupado por la forma de vida de los obreros de las incipientes industrias, etc. Incluso Manuel, el joven protagonista de la trilogía “La lucha por la vida” de Baroja, acabó vinculado a la lucha social de las clases obreras en el tercer episodio titulado “Aurora Roja”. Montseny, con el seudónimo de Federico Urales, retrató en “El castillo maldito” las torturas y procesos judiciales vividos tras la “Semana Trágica” de Barcelona de 1909, el gran antecedente al periodo objeto de análisis en este trabajo. Y a falta de investigaciones narrativas exhaustivas sobre la Rosa de foc, tuvieron que pasar décadas hasta que Eduardo Mendoza escribiera “La verdad sobre el caso Savolta”, donde recogía fielmente los acontecimientos vividos en la Barcelona de esos años, así como el clima, el ambiente en que se desenvolvieron. Savolta era el nombre que eligió para Barret, un patrono de un taller que producía para Francia, y que cayó asesinado en medio de una conspiración en la que se vieron involucrados cenetistas (miembros de la C.N.T.), el espionaje alemán y el Gobernador Civil de Barcelona. Un caso significativo dentro de la espiral de violencia que analizaremos posteriormente.


Barcelona no fue el escenario de estos enfrentamientos sociales por azar. La neutralidad de España en la guerra, su cercanía con Francia, la falta de mano de obra en los países en confrontación porque tenían a la mayor parte en los frentes y la necesidad de exportar productos llevó a que esta ciudad tuviera un auge en la producción que llevó a incrementar fuertemente los beneficios de los patronos (no así de los obreros), y a que por sus calles se movieran sin dificultades los servicios secretos alemanes, británicos y franceses, alentando el conflicto social según sus intereses, fueron las causas principales. Si a esto le añadimos la dura represión policial, el auge del catalanismo, el descontento por la guerra con Marruecos y el reflejo de la revolución bolchevique, así como de otros movimientos que habían obtenido mejoras en los colectivos más desfavorecidos, tenemos la receta de una explosión de violencia que se cobró la vida de cientos de personas.


[1] VALLE INCLÁN, Ramón Del. (1997, reedición de 1920). Luces de bohemia. Esperpento. Colección Austral. Editorial Espasa. Pág. 102-104.
[2] Afortunadamente para el desarrollo científico de nuestro país, no todos se plegaron a este juego de intereses. Conocidos republicanos en el exilio, como Bernaldo de Quirós o Jiménez de Asúa, que a su vez eran reputados criminólogos, fueron introduciendo matices a la vertiente más ortodoxa del positivismo, aunque coquetearon a menudo con ideas como la eugenesia social. Aún hay debates pendientes. Hay quien se llevó las manos a la cabeza cuando Tierno Galván hablaba de Joaquín Costa como un precursor del franquismo. Por aportar un pequeño granito de arena, de cómo conocidos intelectuales de la izquierda política de primeros de siglo contribuyeron con sus aportaciones a ideas peligrosas como el fascismo, valgan estas palabras del primer Catedrático de Sociología Manuel Sales y Ferré, vinculado a las ideas progresistas, que señalaba que el momento en el que España empezó a mostrar un comportamiento degenerado fue cuando “el gran caudal de sangre semita se vertió en España (…) La raza semita ha realizado grandes empresas, ha fundado Estados duraderos y extensos, ha contribuido notablemente a la obra de la cultura (…) no puede negarse que, en facultades conceptivas y aptitudes sociales, es de condición inferior a los arios (…) los gobernantes españoles conciben el Estado y la sociedad como el semita, no como el ario”. En SALES Y FERRÉ, M. (1912) Problemas sociales. Librería de Victoriano Suárez. Madrid. 1912.
[3] http://www.espacioalternativo.org/node/2271
[4] http://www.cgtandalucia.org/spip.php?article502
[5] Letra de una canción cuyo título es “Terrorismo Patronal”, interpretada por el grupo musical Sociedad Alcohólica.
[6] En José Luis Rodríguez-Villasante. Actos de terror y derecho internacional humanitario. www.uclm.es/cursosdeverano/2006/pdf/otono/curso_otono_1.pdf -
[7] MALDONADO, Claudia. De qué hablamos cuando hablamos de terrorismo: uso y abuso de un concepto de moda. Un asunto de deontología periodística. www.ust.cl/ medios /Biblioteca2/ Publicaciones/ Revistas/ Revista%20Informacion%20Publica_Vol%201_%20N1.pdf
[8] BENEGAS, José Mª. (2004) Terrorismo. Diccionario Espasa. Madrid.

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