viernes, 7 de diciembre de 2012

EL FRANCÉS

http://www.bubok.es/libros/220301/EL-FRANCES

Me gustan los personajes que quedan atrapados en situaciones insostenibles, me gustan los personajes poco heroicos, y me gusta que el lector empatice con personas que tienen un fondo oscuro y que, a simple vista, podrían parecer unos sencillos hijos de puta.

Llevo algo más de un mes entreteniéndome con una novelita estática que transcurre desde la concentración "Rodea el Congreso" del 25 de septiembre de 2012 hasta mediados de noviembre. Aunque tiene contenido político, aparecen redes sociales y demás, no deja de ser, en realidad, una trama policíaca.También hay que ser capaz de entretenerse un rato para afrontar mejor las batallas diarias. 

Confío en que Cristina Cifuentes no se ofenda demasiado. 

Os dejo los dos primeros capitulitos que tiene (de un total de 60). 

LINK AL LIBRO COMPLETO: http://www.bubok.es/libros/220301/EL-FRANCES


I

El lenguaje es perverso. Marca los límites del ser humano. Aquello que uno puede o no hacer, la frontera de nuestros deseos. Allende queda la nada, el disparate, el capítulo de los sueños mal canalizados. Definitivamente, hay que rebelarse contra el lenguaje.

Y es que las personas no consiguen lo imposible porque sea imposible. Nos enseñan desde pequeños a dibujar estrellas para que creamos que son inalcanzables. Pero no cierto. Es solo una absurda mentira más.

No logramos lo imposible porque, en el camino, nos distraemos con lo superfluo, con lo urgente, con lo innecesario. Una mujer bonita que pasea una tarde de invierno esquivando los charcos; un teléfono nuevo con aplicaciones absurdas que detectan cada bache de una carretera por la que nunca circularemos; un partido de fútbol que paraliza un país para que no se hable de otra cosa; un nuevo asesinato tortuoso en los debates del atontamiento; un famoso que pacta amoríos para multiplicar sus ingresos y dar que hablar; una vidente que ve y habla con los muertos y duerme tranquila después de recoger el dinero estafado a los crédulos; e incluso ese recurrente dolor de cabeza que se te pone los días nublados; todo, absolutamente todo se interpone en el camino de lo imposible.

Y el cuerpo es una pila, recargable eso sí, pero nada más que una pila. Y con el paso de los años, de las desventuras, de los anhelos, de las fantasías no cumplidas, de los besos que no se dieron, de los abrazos insatisfechos, del tabaco y de qué se yo, las personas se convierten en obedientes animales de compañía para el sistema, fieles a la norma, leales hasta decir basta, con quimeras de escaparate en temporada de rebajas. El vecino que te producía morbo pasa a ser alguien demasiado lejano, aunque coincidas con él en un ascensor en el que, siempre, piensas que debería ocurrir otra cosa; la compañera de trabajo que revitalizaba tu excitación y que, sin embargo, ahora temes; el empeño por cambiar las cosas que se amortigua; o la soledad, ese rato tuyo, solo tuyo, que está tan pre-condicionado que no lo valoras, que no eres capaz de disfrutarlo. Lo vives como un horror sin darte cuenta de que es, en esencia, tu única escapatoria, el refugio en el que nada puede hacerte daño ni ponerte límites. Ni siquiera el lenguaje.

Muchos de los que gritan a los cuatro vientos en nombre de la libertad, morirían de miedo si pudieran acariciarla con sus dedos.

No busques en mi corazónse lo han comido las bestias” decía Baudeleire. Pues eso. Nacemos ingenuos, crecemos aprendiendo a mentir y, de repente, cuando echamos la vista atrás y nos damos cuenta de que llevamos haciendo el gilipollas toda la puñetera vida, nos morimos. Eso sí, a veces incluso dejamos nuestro sepelio bien preparado. Los matices importan.

Y mientras, los ricos defienden sus riquezas; los asesinos fabrican sus guerras para mostrar sus nuevos productos como si de una macabra exposición se tratara; y los medios nos distraen con sus basuras informativas para hacer que lo irrelevante parezca importante, al tiempo que diluyen, como una pastilla efervescente, las cosas que en realidad merecen la pena. Esta vida no tiene más misterio.

¿Y el corazón del mundo? ¿Qué hacemos con él?

Dejémoslo para otro día, porque está enfermo. Pronóstico reservado, dicen los dioses.

Han apagado la luz, así que descansen.

Yo, me quedaré vigilando.



II

Fue un viernes de otoño lluvioso, en un pequeño bar de la calle Cádiz, en el centro de Madrid. Fue así porque así tenía que ser. Uno no escoge dónde conocerá a sus amigos o a sus enemigos. Aparecen, ocurren, suceden. Y Eric era, en cierto modo, las dos cosas a la vez. Te miraba fijamente cuando posaba sus ojos sobre los tuyos, y parecía hacerlo también cuando retiraba la vista hacia cualquier otro lugar. Con su lenguaje corporal controlaba los movimientos de toda la mesa, aunque hubiera cervezas de por medio, a pesar de que fuese una simple cena entre amigos. No bajó la guardia nunca frente a nosotros. Parecía vivir en un estado de permanente alerta con todos, salvo con Sandra. Con ella sí sucumbió.

Creo que soy un hombre valiente. Ahora muchos piensan que no, que solo soy un maldito cobarde, un repugnante pusilánime que ha dado sus pasos por esta vida de nube en nube, sin remangarme ni una sola vez la camisa, esquivando cada charco que se interpusiera en mi camino, sin complicarme la vida. La memoria es un juguete verdaderamente dócil. Él era, justamente, el único contrincante con el que no hubiera deseado combatir nunca. Hubiese elegido al primero que pasara por la calle, al tonto que pita en el semáforo cuando ya se ha puesto en verde y uno anda distraído unas pocas décimas de segundo, al bruto de la clase, al malo del barrio, a cualquiera. Pero no a Eric.

Siempre es una temeridad pelear a muerte frente a un púgil que no teme al dolor, que no muestra empatía por su propia piel, que está dispuesto a dejarse el alma si resulta necesario. Él, sin embargo, ya no boxeaba. Colgó los guantes cuando nadie esperaba que lo hiciera, del mismo modo que sonrió cuando lo único razonable era llorar. Creí tenerle comiendo en la palma de mi mano desde el primer día que le conocí. Pero solo fue una ilusión infundada. Era imprevisible y, para colmo, estaba enamorado. Era como un día nublado permanente, donde uno no sabe qué es lo que encontrará tan solo cinco pasos más adelante. No le idolatro, porque del miedo a la veneración hay una pequeña vereda por la que apenas penetra el sol, que siempre amanece escarchada. Es peligroso idolatrar a la gente porque uno se vuelve sumiso. Sus pensamientos quedan en inferioridad. Aunque, para ser franco, no soy capaz de encontrar una palabra diferente.

Teníamos ganas de ver a Sandra de nuevo. La conocíamos poco, eso sí, pero la respetábamos mucho. Tenía ganas de aprender, de conocer gente, de involucrarse. Era peleona y su obcecación a menudo era un bálsamo entre tanto engreído. Era sensible y eficiente. Mantenía un Blog de combate, en el que combinaba la labor de denuncia con la delicadeza de pequeños relatos personales. Se humanizaba porque era desorganizada en sus emociones, y eso la diferenciaba de nosotros, que éramos unos engreídos que, sin haber hecho ningún máster en sufrimiento, nos creíamos con la capacidad de empatizar con los más débiles desde nuestras posiciones ortodoxas.

Cruzaron la puerta de acceso al local. Sandra tenía aún unas copiosas ojeras y el pómulo ligeramente hinchado y enrojecido. No habíamos ido a verla al hospital, pero si unas semanas después aun mantenía aquellas marcas, no podíamos hacernos una idea de cómo la habían dejado aquella noche. Llevaba su melena rubia recogida con una pinza. Caminaba con una muleta y, a pesar de todo, se desenvolvía bien. Portaba un bolso ligero y colorido sobre el brazo izquierdo, aún vendado, pero que movía ya con la suficiente agilidad. Representaba la belleza sencilla, aunque provisionalmente rota, la lucidez, la sensualidad. Su facciones eran dulces, algo apenadas, transmitían luz y fuerza. A pesar de sus esfuerzos, parecía haber perdido la sonrisa.

Eric llevaba unos pantalones vaqueros ajustados, una sudadera negra de capucha sin estampados y unas deportivas de color rojo. Antes de tomar asiento, escrutó los cuadros que decoraban aquella taberna. Podía parecer prepotente en las formas pero yo, sin embargo, le recuerdo tímido. Seguro en sus afirmaciones, pero apocado en las formas.

Parecían solamente amigos. Desconozco si, por entonces, ya eran pareja, aunque e en cualquier caso, era lo de menos.

Tomaron asiento. El camarero se acercó hasta la mesa y nos ofreció una silla auxiliar para que Sandra pudiera apoyar su pierna. Declinó la oferta con amabilidad, estirándola por debajo de la mesa. Después pidió una cerveza. Él no bebía alcohol y optó por una Fanta de naranja. Y yo, sabedor de que aquella reunión la había convocado ella, sin un fin claro, pero que revelaba cierta importancia, quise romper el hielo.

·         ¿Sabes quién inventó la Fanta? –Dije dirigiéndome a Eric.

·         No, no lo sé –Respondió.

·         Los nazis.

Me miró sorprendido.

·         ¿Los nazis?

·         A los alemanes, en los años treinta, les privaba la Coca Cola –Expliqué- Tenían su propia fábrica y se consumía muchísimo en aquel país. Por encima de la media de otros europeos. Tras estallar la Segunda Guerra Mundial, con la participación de Estados Unidos, la empresa decidió dejar de exportar el producto, y los nazis tuvieron que buscar una alternativa. Usaron otros compuestos de inicio, frutas, y no siempre sabía igual porque dependía de los excedentes que llegaban a la fábrica. No está claro si el empresario cooperaba con el Tercer Reich, pero allí dentro debía de ser muy complicado no hacerlo. Cuando acabó la guerra, se siguió fabricando hasta que, años después, Coca Cola la compró.

·         Curioso –Me respondió.


·          ¿Y el nombre de Fanta? ¿De dónde viene? –Preguntó Sandra.

·         Escuché que decían que provenía de “Fantasie”, fantasía en alemán –Comentó Raúl, mi acompañante en aquella mesa.

El camarero interrumpió la conversación de forma inconsciente, al servir los refrescos sobre la mesa.

·         Bueno. Disculpadme. Esto son tonterías. Ya sé cómo estás porque hemos hablado por teléfono. Pero cuéntame, ¿Qué ocurre? Me sorprendió la urgencia de la convocatoria, la verdad.

·         Necesitamos ayuda –Dijo Sandra.

·         ¿Por qué? ¿Qué ha pasado? -Respondió Raúl, impulsivo e ingenuo, como siempre.

·         ¿En qué podemos ayudaros? -Insistí.

Eric me miró, apoyó los brazos sobre la mesa y respondió:

·         Fui yo"

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