"A esa gentuza crítica, que se forma, que reflexiona, que actúa, que es sensible al dolor ajeno, y que lucha contra él. GRACIAS”

Entonces adiviné, Sonia, que el poder se da únicamente a quien se atreve a inclinarse y tomarlo

jueves, 31 de mayo de 2012

¿CUÁNTO CUESTA MATAR A UN BANQUERO?


Como no quiero que algunos piensen que esta reflexión esta politizada, voy a omitir hacer referencias a Dívar y esa cosa llamada CGPJ. Tampoco hablaré sobre el Juez Garzón. Al hablar de justicia justiciera no quiero hacer alusión al imprescindible post de El Teleoperador, llamado "Señoría" (http://elteleoperador.blogspot.com.es/2012/04/senoria.html) que explicaba cómo, a veces, determinadas conductas de Jueces y Fiscales vienen a ser recurrentes frente a determinados colectivos. Si no lo habéis leído, no dejéis de hacerlo.


Quiero presentar unos datos, para que cada cual, desde el prisma ideológico que tenga, valore en qué clase de sociedad vivimos, en qué se está convirtiendo, y qué clase de justicia y bajo qué criterios opera al respecto. Valgan estos ejemplos: 





  • En Murcia, un tipo violó y asesinó a una niña de trece años en el año 2001. Fue condenado a 7 años. Tras salir, en 2008 asesinó a una prostituta, y fue condenado a 20 años. Además, le añadieron recientemente otros 12 años por una nueva violación. Total, dos asesinatos y tres violaciones = 39 años. 

  • Viajamos a Oslo y a la matanza de Utoya. Breivik, el tarado neonazi, asesina a 77 personas en julio de 2011. El Fiscal le solicita 21 años de prisión, revisables en periodos de cinco años.

¿Por qué cuento esto? Ahora se me entenderá mejor. El pasado 29 de marzo se hizo en España una Huelga General. Durante las protestas en diferentes lugares, se realiza un acto simbólico de protesta frente a la Bolsa de Barcelona. Algunos de los participantes acuden encapuchados. Otros no. Uno de estos actos lo lleva a cabo Laura Gómez, que pertenece al Sindicato CGT. Consiste en quemar una caja de cartón con dinero de mentira dentro. 

Llibertat Laura GómezEl Director de la Bolsa de Barcelona interpone una denuncia. Usando las grabaciones de las cámaras de seguridad, se identifica a Laura. Pasados unos días, se la detiene e ingresa en Prisión Preventiva, algo que se justifica por la posibilidad de reincidencia o fuga. Laura tiene 46 años, un domicilio estable y un empleo estable. 

Pasados 23 días, el Juzgado decreta su puesta en libertad bajo fianza de 6.000 Euros.

En estos días, el Fiscal ha realizado su escrito de acusación. Por los hechos descritos, se le acusa de Desórdenes Públicos, Incendio, Coacciones, Daños y Delito contra los Derechos de los Trabajadores, y se piden 36 AÑOS de cárcel, según ha informado CGT Catalunya (podéis leer la noticia aquí: http://www.llibertat.cat/2012/05/laura-gomez-em-van-detenir-perque-soc-afiliada-a-la-cgt-18053).

Ya sé que algunos de los casos descritos más arriba se refieren a sentencias judiciales y no a escritos de acusación. Tal vez el Juez los rebaje, pero lo único que está garantizado es que no podrán ser más de 36. 

¿Por qué se hace esto? Yo lo tengo claro. Lo que me gustaría es que todas esas respuestas las facilitaran quienes confían en el Gobierno de Catalunya, en su Justicia, en  Felip Puig (un individuo con nombre de cerdito rosa de CLAN TV que parece haber regresado de los años de la Rosa de Foc). Que ellos expliquen por qué quemar un cartón en una jornada de protestas puede ocasionarle a uno 36 años de cárcel en España, mientras que matar a dos personas y violar a tres cuesta 39 años, o matar a tu propia madre cuesta 19 años. 

Por descontado, desde este Blog se transmite todo el apoyo y solidaridad a Laura, y se exige la condena quede en lo que dice el sentido común: NADA.

Con estas medidas algunos consiguen que otros echen cuentas. Por ejemplo, ¿Cuánto cuesta matar a un banquero? La cosa puede ponerse fea.   




lunes, 28 de mayo de 2012

¿HABLAMOS DE VIOLENCIA?









Vivimos rodeados de tabúes estéticos, prefabricados, que contribuyen de una manera eficiente al control social. Esto sucede, por ejemplo, con la violencia. 


España es un país muy tolerante con determinado tipo de violencia. Yo diría que asquerosa e inexplicablemente tolerante con, por ejemplo, la violencia de uno contra sí mismo (el suicido se cobra más de 3.000 muertos al año); la violencia contra los animales (una de sus vertientes, la de los toros, se exhibe, protege y financia con dinero público, de ese que no queda); o la violencia que ejercen instituciones supranacionales en las que participamos democráticamente como la OTAN (que asesina día sí y día también a inocentes en sus zonas de conflicto, siendo nuestra bandera una de las marcas que presumen de ello). Somos tolerantes con Gobiernos que se enriquecen vendiendo minas antipersona, somos tolerantes con la violencia entre jugadores de un partido de fútbol; somos tolerantes con la violencia verbal en determinados programas de televisión; etc.


¿Qué violencia no toleramos? Exactamente esa a la que determinados gobiernos o poderes se empeñan en dar una relevancia que no se corresponde con la realidad, que supera con creces su dimensión real, pero que les sirve para mantener a los ciudadanos en un permanente debate social que les desconecta de lo importante. Así, somos, por ejemplo, capaces de hablar de los grandes problemas que genera la delincuencia juvenil entre bandas latinas, que han generado una decena de muertes en toda su historia (algo irrisorio a nivel policial puesto en la balanza de otros tipos de violencia) porque así se mantiene un debate permanente sobre inmigración y crimen, que interesa a los sectores más conservadores. 


¿Y la violencia política? El poder, para ella, escogió una figura mayor, con el objeto de que no se produjeran fisuras en el discurso. El terrorismo es, dicen, lo más grave que puede ocurrirle a una sociedad. Y de ese discurso se han impregnado todos, los de derechas y los de izquierdas, de tal modo que cuando se quiere agravar un hecho, se acude directamente a este término. Por ejemplo, denominamos terrorismo machista en vez de violencia machista para atribuir un mayor componente de peligrosidad.Y eso produce errores a menudo graves en la concepción del problema.    


España, tras la Dictadura, ha tenido al GRAPO, el Terrorismo de Estado en distintas formas y fases, y a ETA que, en su afán asesino, ha ido reduciendo tozudamente el umbral de de la tolerancia hacia la expresión violencia de ideas con una finalidad política. Sí, por supuesto que hay quien ha rentabilizado enormemente esa violencia, pero sobre que ha sido violencia, que ha sido indiscriminada en ocasiones, y que se llama terrorismo no debería de quedar duda posible. En 2004, un atentado de células vinculadas a Al Qaeda mató, literalmente, ese umbral de tolerancia al terrorismo, dejando desde entonces a ETA sin argumentos para proseguir con la infame metodología que venía practicando. 


En España, hoy, solo se ejerce un tipo determinado de violencia colectiva: la económica. Con ella, el poder ha escogido atacar con todas sus armas, porque a la vez que priva de derechos sociales, criminaliza al que protesta contra los mismos. Y el poder, en este país, está deseando que haya cierto nivel de violencia controlada para seguir supervisando los temas de conversación y manejando los tiempos de esas protestas. En este sentido, la ingenuidad del 15M es flagrante. Basta con ponerles horarios para que los incumplan. Basta con que los incumplan, para que haya que desalojarles, haya enfrentamientos, y se entre en una dinámica de acción-reacción tan débil, tan intrascendente, que no pone en problemas no solo al Estado, sino tampoco a los policías que se extralimitan. Esta es y ha sido la tónica de este movimiento desde el 15 de Mayo de 2011. Un juego en el que, públicamente, el poder sale beneficiado.


Vivimos en tiempos en los que un policía empuña y amenaza con un arma, efectuando disparos al aire, para "enfrentarse" a un individuo "armado" (como dice la prensa) con una zapatilla, y menos de veinticuatro horas después tiene a la alcaldesa de Madrid mostrando explícitamente todo su respaldo a la actuación, sin ni siquiera haber efectuado una investigación interna. Vivimos en tiempos en los que son legales las "Amnistías Fiscales" para defraudadores, mientras que se desplazan decenas de policías y un helicóptero para garantizar el desahucio de una madre y su niño de 4 años. Los grupos ciudadanos que protestan contra esto lo hacen pacíficamente, y cualquier enfrentamiento solo sirve para jugar al despiste y favorecer nuevas medidas de violencia económica. Basta un dato. Con lo que ha llovido desde el inicio de la crisis, el único coche de la policía que ha ardido en Madrid fue en la previa de un partido de fútbol del Rayo Vallecano contra el Betis, cuando ambos equipos jugaban en Segunda División.

Hace un decenio, los denominados Black Bocs (Bloque Negro) pusieron en tremendas dificultades a la Policía en numerosas ciudades europeas. Los poderosos, sin que sirva de precedentes, tuvieron que anular sus agendas para garantizar su seguridad. Allá donde había una reunión del FMI o del Banco Mundial, miles de jóvenes, con este Bloque Negro dentro de ellos, protestaban y trataban de romper el cerco de protección de quienes desprotegían los derechos de los ciudadanos del mundo para salvaguardar sus intereses. Pero eso pasó, la policía aprendió esa lección, se especializó, añadió el concepto anti-sistema en sus Instrucciones de Seguridad y, cuando un movimiento cuasi espontáneo llenó las calles de España en mayo de 2011, todo quedó en nada. Para que haya un mínimo de violencia dentro de las concentraciones vinculadas al 15M, tienen que aparecer infiltrados que las provoquen. 



España tiene miedo a hablar de violencia. Por eso, quienes defienden esta estafa manifiesta, aluden a los violentos en cualquier concentración que se produzca, recordando a la aletargada y desencantada opinión pública, que detrás de los chicos del 15M hay grupos anti sistema peligrosos que preparan acciones violentas que, de producirse, finalmente son materializadas por la propia policía. Así, fácilmente, se consigue que gente que comparte inquietudes con este movimiento, se desligue de él. Se divide, como toda la vida, para ganar la batalla. Aunque en el fondo no hay nada más triste que ganar a alguien que no se defiende siquiera.


¿Qué ocurriría si en la España de hoy surgiera un grupo, o varios, que desarrollaran violencia contra las instituciones? ¿Cómo reaccionaríamos nosotros, vosotros, ellos, da igual, ante un acto de violencia con consecuencias graves? Rápidamente, los partidos políticos afines a esas ideas se desmarcarían, hablaríamos de terrorismo, y las protestas perderían apoyo popular. El poder posee toda la prensa. Como recordaba un amigo en Twitter hoy, La Razón y La Sexta tienen el mismo propietario que a unos les vende camisetas estampadas del Che Guevara y a otros de un cocodrilo o una banderola de España. Es pura mercancía, temas de conversación, para prefabricar la indignación o la adhesión al sistema, para conmover sentimiento patriótico entorno a Gibraltar, o entorno a que la iglesia pague el IBI. Da igual. El plato de cena, carne o pescado, es siempre el mismo y lo rentabilizan siempre los mismos. Es terreno vetado.      


No somos Grecia, dicen los poderosos. Allí, la violencia, que siempre es algo negativo, ha tenido un efecto positivo. Ha despertado a parte de la población, les ha llevado a darse cuenta de que no es tan fácil hablar de un desahucio o del suicido de un anciano, como de Gran Hermano o de Eurovisión. Allí, parte de la población comprendió que si la gente se echaba a la calle y asumía ese riesgo, es porque realmente estaba sucediendo algo grave. Y hubo elecciones y el bipartidismo sufrió tanto, que habrá nuevas elecciones. Y el vuelco será mayor. Y con esto no quiero inferir que la violencia sea el único factor que ha llevado a ese vuelco electoral, pero que los enfrentamientos han tenido un efecto sobre la población es evidente. España, estando en una situación similar a Grecia, no es Grecia. Y ese es el discurso que nos repetirán a la saciedad. Las razones son claras. Esa creciente concienciación ciudadana, en la que parte de ella se expresa de forma violenta, pone en verdaderos aprietos a los poderosos, que ven que pueden perder sus privilegios. 


Siempre es incómodo hablar de violencia. A uno pueden acusarle de no ser demócrata. Pero llamen democracia a lo que no lo es y llamen violento a quien no lo es. Los ciudadanos ya son receptores de violencia. Tal vez un día, ya en frío, les empiezan a doler los golpes recibidos. Y tal vez les tumbe el dolor. Y tal vez no. 


    

viernes, 11 de mayo de 2012

SOY UN MALEDUCADO

Soy un maleducado. Eso decís. 


Soy un maleducado porque estudié tres carreras y no terminé ninguna, o las tres, o tal vez no fui a la Universidad. Igual no quise, igual no pude. Y vuestras matrículas de honor me sirvieron para lo mismo que los suspensos, para irme al paro. 


Soy un maleducado porque aquí no solo hablamos de recortes. Hablamos de vuestras guerras, de vuestros intereses ocultos, de cómo dais por un lado para quitar por el otro, de cómo distribuis la agenda de la dignidad de vuestro país para colocarla en manos de intereses privados, siempre violentos, siempre destrozando las vidas de los más débiles.


Soy un maleducado porque pienso, porque hablo. 


Soy un maleducado porque no creo en vosotros, ni en vuestros juegos ni en vuestro sistema. Vivo en él, pero no me representa. Voto a quien no queréis que obtenga representación; leo a quien no queréis que lea; y pienso como no queréis que piense.


Soy un maleducado porque tuve la educación que tuve, en mi colegio público o privado, con mis padres o sin ellos, en la calle, en el barrio, en el pueblo, cada cual como tuviera que hacerlo. La suerte nada tiene que ver con el talento.


Soy un maleducado porque no me creo esta estafa, esta forma de engañarnos, esta absoluta ridiculez con la que justificáis, uno a uno, la pérdida de nuestros derechos. 


Soy un maleducado porque sueño, y eso escapa de vuestro control.


¿Y sabéis por qué?


Porque no me importan vuestros insultos, ni creo en vuestros "crecimientos negativos" ni en vuestros sistemas de adoctrinamiento a los que llamáis "educación". Somos mala gente, gentuza, indignados, maleducados, violentos, terroristas, lo que queráis decir, lo que vuestros vasallos deseen vender. 


Solo tenéis razón en una cosa: Nos tenéis enfrente y nos vais a seguir teniendo enfrente.


A TODA ESA GENTUZA CRÍTICA, QUE SE FORMA, QUE ACTÚA, QUE ES SENSIBLE AL DOLOR AJENO, Y QUE LUCHA CONTRA ÉL. GRACIAS.


Nos vemos en las calles. 


martes, 8 de mayo de 2012

ME GUSTA TU ABURRIMIENTO (COMPLETO)


Me he decidido a contar en este Blog una historia larga, o una novela corta, ambientada en una pequeña localidad de Murcia. Es una historia personal, mitad real mitad ficción. Suerte a los que quieran aburrirse con ella. Por cierto, se llama "Me gusta tu aburrimiento". 

"UNO
No volví a tener miedo a las pesadillas. Después de aquel verano, cuando estaba durmiendo y algún monstruo se abalanzaba sorpresivamente contra mí, como por arte de magia, como de la nada, aparecía ella, mi hada, mi magnífica e inconmensurable hada, disfrazada de Spiderman, de Batman, de cualquiera de los superhéroes que me gustaban entonces.

 Y me salvaba milagrosamente.

Te contaré un secreto. Mi hada era mi abuela. Déjame explicarte por qué.


DOS
Mi historia es sencilla. No tiene grandes pretensiones. Sucedió un mes de julio de 1993, en un caluroso lugar de la costa murciana. Ya ha llovido desde entonces y, a pesar de mi mala memoria, me siento capaz de recordar casi día por día lo que allí ocurrió. Pensarás, tal vez, que por qué te cuento esto, que por qué he decidido bucear en parte de mi pasado para presentártelo de esta extraña manera. Eso también es sencillo, porque contigo todo lo es, porque estoy enamorado de ti, porque quiero estar cerca de ti, porque no entiendo que sea capaz de seguir mi vida sin encontrarte a mi lado a cada minuto, y porque este cuento, que intentaré escribir lo mejor que pueda y sepa, quiero que represente para ti lo mismo que para mí significa cualquier servilleta en un bar, donde tomamos algo, y en la que coges un bolígrafo y me escribes que me quieres, o en la que me haces un dibujo de los que tú sabes, con un sol azul, tres nubes azules, dos pájaros azules que sobrevuelan el cielo y dos niños cogidos de la mano.

            Quizás te cueste creerme, a lo mejor en algún momento habrás dudado de mí, incluso es posible que a veces no merezca tu sonrisa, pero, después de todo, detrás de todo, hay algo que es inevitable, que no cambia, que no va a cambiar. Mi historia, la que ahora vas a conocer, me enseñó que el amor es exactamente lo que uno es capaz de ofrecer, a gritos y en silencio, con descaro o con sutileza, como una fórmula matemática que siempre, pase lo que pase, acaba ofreciendo el mismo resultado. El amor es pelear a pesar de todo, es no retirarse nunca del cuadrilátero, es seguir con las botas puestas hasta la última gota de tu sangre, es querer ganar aunque sepas que has perdido. No soy fuerte, normalmente me tumban de un simple puñetazo pero, todo lo que tengo, todo lo que soy, está a tu disposición, es tuyo, es nuestro, es para los dos.

            Esta mañana no fui a clase. Paseé por el cementerio, donde están enterrados mis abuelos. No les vi, pero les sentí felices. Me sigo preguntando si en realidad lo fueron, pero volví a casa contento, tranquilo, esperanzado. Porque cuando pierdo la esperanza, cuando me equivoco, cuando me salen las cosas mal y cuando, torpemente, digo algo que no siento, recuerdo esta historia y recobro la respiración, mi corazón vuelve a latir con fuerza. No puedo estar a la altura de mis abuelos. No sabría. De hecho, no creo que nadie nunca fuese capaz. Pero si, pasados los años, envueltos en la rutina, atormentados con las puñaladas que nos dará la vida y que hoy vemos aún tan lejos, tan ajenas a nosotros, si un día, por cualquier razón, echas la vista atrás, quiero que te sientas orgullosa de ti misma, que sonrías, que tengas la tranquilidad de saber que hiciste en todo momento lo que te susurró tu alma, que acertaste con aquel muchacho raro, solitario, que sonreía poco, que no sabía bailar, y que no se atrevía a pedirte salir.

            Si, después de todo, logro conseguir que pienses así, entonces tendré la seguridad de que mis abuelos estarían muy orgullosos de mí, de que todo valió la pena. Esta historia sencilla es únicamente un manual de intenciones, un propósito casi religioso, el ejemplo perfecto de lo que me gustaría ser capaz de hacerte sentir a mi lado. 

            Te quiero.




TRES
Algunas veces, papá me decía que no hiciera mucho caso a mamá, sobre todo cuando ella se enfadaba. Si por un casual le escuchaba, porque a veces papá era poco prudente con sus comentarios, avecinaba tormenta. Entonces, yo me retiraba a mis aposentos, una pequeña habitación de nueve metros cuadrados con una alfombra, una cama, muchos juguetes y cuentos, y un dinosaurio grande pegado a la pared. Mejor no molestar. Desde allí, me incomodaban tanto los gritos de mamá como los silencios de papá. Pasado un rato, asomaba la cabeza y caminaba sigiloso, como un espía, hasta dos pasos antes de entrar al comedor. A través del reflejo del cristal de la puerta, podía observar desde allí en qué había quedado la batalla. O bien mi madre se había puesto la televisión, sentándose en una esquina del sofá, mientras mi padre leía un libro, o tal vez habían hecho las paces y se sentaban el uno junto al otro.

            Pero aquel mes de junio de 1993, el arco iris salía pocas veces, el cielo parecía permanentemente encapotado y mi paraguas eran mis juguetes o mis dibujos. Cuando llegaba del colegio, merendaba viendo mis dibujos favoritos, hacía los deberes, pintaba un poco y jugaba con mamá y papá, o al menos con uno de los dos. La verdad es que papá casi siempre andaba a sus cosas. Algo le preocupaba, pero yo no podía saber el qué. Trabajaba en la sede Central de Correos, esa que ahora es el Ayuntamiento de Madrid. Madrugaba, iba a trabajar en transporte público siempre con un nuevo libro bajo el brazo, y llegaba a la hora de ir a buscarme al colegio. Después, comía y descansaba un rato. A media tarde, se ponía a jugar un rato conmigo o a cotillear mis deberes. Una ducha antes de que cenáramos los tres en la cocina y a relajarse un poco viendo en la televisión alguna película o un partido de fútbol. No se arreglaba demasiado para ir al trabajo. Todo lo más, una camisa y un pantalón vaquero. Yo había visto padres que llevaban traje y corbata, y la verdad es que no me lo imaginaba así disfrazado. Tenía el mismo problema que yo. Era hijo único y, por eso, se veía obligado a pasar la mayor parte del tiempo con la familia de mi mamá.

            Ella era distinta. Era mucho más guapa que mi papá y madrugaba un poco menos. Antes de ir al trabajo, que le quedaba muy cerca de casa, me dejaba donde la vecina ya vestido y desayunado, con lo que una hora antes de entrar al colegio yo ya podía jugar tranquilamente con Mario hasta que su madre nos llevaba. A diferencia de papá, mamá sí que se arreglaba para ir al banco, que era donde trabajaba. Cuando llegaba a casa, preparaba la comida para los dos y esperaba a que papá y yo regresáramos del colegio. Después, me ayudaba con los deberes y charlaba por teléfono con cualquiera de mis dos tías o con la vecina que me cuidaba. A veces se bajaba a comprar o a tomar un café con otras amigas. Hablaba mucho del trabajo, solo pensaba en prejubilarse a los cincuenta años, pero para llegar hasta allí aún la quedaba mucho camino por recorrer.

            No vivíamos mal. Normalmente veraneábamos una semana en el Norte y otra en el Sur, así los dos estaban contentos. Yo me lo pasaba bien en ambos sitios, la verdad. En la playa jugaba pero pasaba mucho calor. En la montaña jugaba aunque a veces refrescaba. Mientras pudiera jugar, el escenario era lo de menos. Después, en septiembre, solíamos ir antes de empezar las clases unos días a alguna ciudad europea. Ya había montado en avión muchas veces, y no me daba miedo. Al menos no tanto como a papá. Aún así, donde mejor me lo pasaba era en el pueblo de mis abuelos maternos, junto con mis primos. Coincidíamos en Semana Santa y en algún que otro puente. También jugaba con ellos en las celebraciones de los cumpleaños. Papá no podía con aquellas fiestas, le aburrían muchísimo. De cuando en cuando, también bajábamos hasta Los Alcázares, en Murcia, para ver un rato a mi abuelo paterno. Vivía allí desde hacía años, yo no sé cuántos. Una mujer, interna, le cuidaba día y noche porque estaba en una silla de ruedas.

Las vacaciones podían llegar a resultar aburridas. Jugaba con Mario al fútbol en la calle y algunas tardes mi madre me llevaba a la piscina. Para entonces, papá y mamá ya planificaban un largo mes de agosto que nos llevaría a las playas de Almería, previo paso por Murcia, a la costa gallega y a Praga. Sin embargo, una noche, tras una larga llamada de teléfono, se truncó todo.

Ivona era una mujer que aun no alcanzaba los cuarenta años. Había nacido en un pequeño pueblo de Ucrania, cuando aún formaba parte de la Unión de Repúblicas Socialistas Soviéticas. La falta de oportunidades en su tierra natal y el abandono de su marido, la trajo a España. Una prima había llegado antes, instalándose en Cartagena. En su tierra dejó, con todo el dolor de su corazón, y a cargo de su madre, a sus dos hijos pequeños, de seis y nueve años. Cinco años atrás, pocos meses después de arribar en la costa murciana, leyó un anuncio en un periódico local en el que se buscaba una mujer interna para cuidar de un anciano. Mi papá cogió unos días de asuntos libres en el trabajo para realizar varias entrevistas. Escogió a Ivona porque le causó buena impresión y porque le pareció una mujer fuerte, que podía desenvolverse adecuadamente con mi abuelo. Cobraba un sueldo estándar para ese tipo de servicios. Vivía con él todos los días, pero, tras dejarle todo organizado, aprovechaba las tardes del domingo para ir a ver a su prima. Le daba de comer, le bañaba, era escrupulosa con la medicación pautada y había aprendido a convivir con aquel hombre difícil que no podía levantarse de la silla de ruedas. Mi abuelo la apreciaba mucho y quería, a su modo, que se encontrase a gusto en aquella casa. Así, en el comedor había marcos con fotos de sus hijos y tres veces en semana llamaba a su tierra. En esa terrible soledad de dos, desde mundos y orígenes tan distintos, Ivona había aprendido a desahogarse mientras que mi abuelo, que hablaba poco, se había convertido en su confidente necesario. Ella soñaba con traerse a sus hijos a España, porque quería tenerles cerca. Pero no se daban las condiciones y solo podía aspirar a ir a verles en cuanto pudiera y a mandarles dinero para su manutención. Cuando llegaba el verano, o en otros periodos vacacionales, la prima era quien cuidaba de mi abuelo. Así se organizaba aquella pobre mujer.

            La llamada que provocó aquel brusco cambio de planes era de Ivona. Las noticias no podían ser peores. Su madre había sufrido un infarto y la familia extensa se hacía cargo, provisionalmente, de los hijos. Entre el llanto y la desesperación, informaba a papá que esa misma noche partía hacia Madrid para coger un vuelo con destino Kiev a primera hora de la mañana. Tenía que dejar, de forma abrupta, la casa de mi abuelo. Encontraron, a bote pronto, una solución provisional. Una amiga de su prima se encargaría de ella durante unos pocos días, con tal de dar algo de margen a papá para que buscara a otra persona. A primera hora de la mañana del día siguiente, papá acudió hasta el aeropuerto para despedirse de Ivona y agradecerla toda la atención y el cariño que había mostrado a mi abuelo.   

            Aquella tormenta fue la primera de un largo verano. Para mamá, la solución pasaba necesariamente porque, de una vez por todas, mi abuelo aceptara venir a Madrid con ellos para pasar sus últimos meses de vida. Pero el hombre, a sus ochenta y siete años, ya no deseaba más que morir en aquella tierra que le había adoptado. Además, nuestro tercer piso sin ascensor era una dificultad añadida. En tercer lugar, a mi papá no le entusiasmaba demasiado la idea de convivir de nuevo con él. Pensaba que lo mejor era desplazarse un par de semanas allí para encontrar a una persona adecuada y, mientras, cuidarle él mismo. Pero aquello suponía que tuviera que anticipar sus vacaciones, lo que obligaba a cancelar todos los planes previos. Mamá no podía ya modificar el calendario de su oficina y, por primera vez, no iban a coincidir. Además, yo era un problema añadido. Si papá marchaba hacia Murcia, a ver quién se quedaba conmigo. La vecina era una santa, pero todavía no había sido beatificada, según decía mamá cuando discutían. El caso es que, de un modo u otro, y tras varios días sin apenas dirigirse la palabra, decidieron que papá se marchara enseguida, la primera quincena de julio, para tratar de solucionarlo todo y mantener, al menos, otra semana más de vacaciones para poder disfrutarla todos juntos en agosto. Y yo con él.

Lo cierto es que aquel plan no me apetecía demasiado. Ni conocía a nadie allí ni había hablado con mi abuelo más de cinco o seis palabras en toda mi vida. Para mí era un completo desconocido. De pequeño, me asustaba su vozarrón grave, su dicción lenta aunque clara y esa vieja silla de ruedas que formaba parte permanente de su figura. No había jugado conmigo nada, porque no podía. La relación que tenía con mis abuelos de Madrid, más jóvenes, era completamente distinta. Además, la distancia era necesariamente otro problema añadido para haber podido estrechar lazos. Cuando íbamos, apenas lo hacíamos un par de días y, aunque teníamos la playa prácticamente enfrente, apenas podía disfrutarla con tranquilidad porque siempre teníamos que estar pendiente de él, de sus horarios, de sus comidas, de que uno permaneciera a su lado en el paseo marítimo porque con la silla no se podía acceder a la arena. Era un fastidio, la verdad. Íbamos a comer a algún restaurante, y yo me aburría enormemente. Los chicos de mi edad que veía en las casas cercanas, eran en su mayoría extranjeros y no lograba entenderme bien con ellos.

Además, marcharme suponía que no vería a mamá en quince días, nada menos. No recordaba haberla perdido de vista más de dos o tres en toda mi vida. Papá cocinaba mal y estaría muy ocupado con encontrar a la chica que cuidara a mi abuelo. No podría jugar con Mario. Era el aburrimiento garantizado, pero enseguida me di cuenta de que, tal y como estaban las cosas por casa, no valía la pena mostrar mucha oposición. Cosas de mayores.

El último fin de semana antes de irnos, mamá me llevó al parque de atracciones junto con la vecina y Mario. Papá se quedó en casa haciendo no se qué, ya iba a tener tiempo de cansarse de mí durante los días posteriores. Lo pasamos muy bien y mamá estaba especialmente cariñosa. Se montó en casi todo conmigo, aunque tuviera miedo o vértigo. De vuelta a casa, me dijo:

-       Quiero que ayudes mucho a papá estos días, que te portes bien con él, que le hagas caso y que seas cariñoso con el abuelo. Está muy mayor y, aunque le hayas visto poquito, te quiere mucho.

Yo vi el momento de plantear objeciones a aquellas inesperadas vacaciones.

-       Pero me voy a aburrir mucho, mamá. Con el abuelo no podemos ir a ningún sitio. Ni siquiera voy a poder meterme en la playa porque papá tendrá que estar con él en el paseo. No conozco a nadie, no tengo amigos…

-       Álvaro, Álvaro –Me dijo mamá cogiéndome de las manos- No tienes que ser egoísta. Tenemos un problema con la mujer que cuidaba al abuelo y hay que solucionarlo. Tienes que poner de tu parte. Seguro que te lo pasas bien y buscas la forma de entretenerte. A veces tenemos que hacer cosas que no queremos, que no están en nuestros planes, pero hay que aguantarse y buscarle la parte positiva. Seguro que tú la encuentras.

-       Pero, mamá –Yo seguía en mis trece- a ti tampoco te gusta que me marche, que no podamos ir de vacaciones como todos los años. Te he escuchado decírselo a papá.

-       Sí, es verdad, porque quiero estar todo el tiempo del mundo con los dos. Pero qué le vamos a hacer. Es importante que papá se dé cuenta de lo bien que te portas, que se lo pongas fácil porque él está muy preocupado con el abuelo. ¿De acuerdo?

-       De acuerdo, mamá.

Álvaro, se me olvidaba. Ese es mi nombre. ¿A que es bonito?"



CUATRO
            A mamá se le escapó alguna que otra lagrimita cuando la mañana del lunes cinco de julio se despidió de nosotros antes de salir de casa para ir a trabajar. Debo reconocer que a mí también. Me ponía triste verla así y sabía, además, que la iba a echar mucho en falta. Papá pensó que lo mejor era que madrugáramos nosotros también y que sobre las ocho de la mañana nos pusiéramos en carretera. Con el coche no solía correr mucho, pero los más de cuatrocientos kilómetros que nos separaban del lugar de destino nos llevarían algunas horas y quería llegar donde mi abuelo antes de la hora de comer.

De aquella casa recordaba detalles, nada más. Durante esos días tuve oportunidad de fijarlos en mi memoria y, hoy, reconocería con total seguridad incluso el olor de sus estancias. Se trataba de una planta baja, a modo de chalet adosado, en la calle París de una urbanización cercana a las playas de Mar Menor, en la localidad de Los Alcázares. Tenía una entrada abierta pero con rejas, con un patio no muy grande que se convertiría en el escenario habitual de mis juegos, con varias plantas junto a un pequeño naranjo y otro limonero. Bajo la ventana del comedor, dos cómodas sillas de plástico que uno podía convertir en tumbona si así lo deseaba. Una era la de mi abuelo. La otra, tal vez fuera de mi abuela, de Ivona, de mi padre, mía, de quien se sentara a acompañarle en cada momento. Aquel patio no tenía unas envidiables vistas al mar. Únicamente se podían observar los adosados de enfrente. El comedor era alargado y estrecho, con dos pequeños sofás, una mesa baja retirada a una esquina para facilitar el paso de la silla de ruedas, y un mueble de escayola en el que se encontraba un viejo televisor Philips. Por entonces ya se cogían las nuevas televisiones privadas con normalidad en casi cualquier lugar del país. Ese aspecto era fundamental para mí, porque los fines de semana emitían el Pressing Catch en Telecinco, que era mi programa favorito, además de los novedosos dibujos japoneses que poblaban las parrillas matinales. De las paredes colgaba una fotografía de mis abuelos cuando eran jóvenes y otra mía junto a mis padres cuando yo era aún un bebé, además de una lámina alegre con motivos florales. Por el mueble de escayola se repartían los dos marcos con las fotos de los hijos de Ivona, que mi abuelo no se había planteado retirar. Faltaba una mesa de comedor, apañada, para un máximo de cuatro personas pero con tres sillas.

Más adentro estaba la habitación de mi abuelo, amplia, con un armario que ocupaba todo el ancho de la pared; el baño, adaptado convenientemente para facilitar su acceso; y otra pequeña habitación con dos camas individuales, una para papá y otra para mí. Después estaba la cocina, coqueta, discreta pero moderna, desde la que se accedía a un pequeño patio interior con otra ducha abierta adaptada y una modesta alacena.

Cuando llegamos, el rostro de la prima de Ivona expresó alivio, la sensación de haberse quitado un enorme peso de encima. El de mi abuelo denotaba, sin embargo, tristeza, seguramente porque era consciente del cambio de planes que había generado en la familia aquella desafortunada situación. Porque, aunque yo no lo pensara en aquel momento, había algo mucho peor que portar una pesada carga a tus espaldas, y era sentirse como tal, saber que dependías de los sacrificios notables de otras personas para afrontar tu día a día, siendo conocedor, además, de la cruel verdad que es saber que no tendrás ni mucho tiempo, ni maneras suficientes para recompensar de algún modo ese esfuerzo.

Encontré a mi abuelo envejecido, deteriorado, apagado, ausente. Siempre con la mirada al frente, perdida, pero cuya retina reflejaba el patio del adosado que se encontraba al otro lado de la carretera, y que alquilaban solo en verano. Me costaba horrores apreciar un gesto amable en su semblante, todo, o casi todo en él, me parecía lejano, ajeno, distante, frío, como si los hierros de su silla de ruedas se hubieran adherido a su cuerpo, llegando a formar parte del mismo. Hablaba más despacio que nunca y me costaba entenderle. A pesar de todo, me acerqué y le besé discretamente en la mejilla y él, torpemente, quiso aprovechar ese momento para cogerme la cara y lanzarme todos los besos que le dio tiempo antes de que yo me retirara. Pero aquello, que sin duda debía de poseer un significado, obedecer a algo, yo ni pude ni supe comprenderlo entonces. Papá confirmó mi mala sensación inicial. Mostraba una cara de preocupación que ya conocía, que me sabía de memoria, y que no lograba disimular del todo con esa sonrisa forzada en el rostro. Después de comer junto a la prima de Ivona, llamó a mi mamá por teléfono para decirla que habíamos llegado bien. Habló en voz baja, pero yo conseguí escuchar la conversación:

-       Hola (...) Sí, hemos llegado, todo bien. Ya hemos comido (...) ¿Álvaro?  Sí, no se ha dejado nada. Está en la habitación ahora, un poco tristón, pero ya se le irá pasando (...) Pues le he encontrado mal, muy deteriorado, le he notado un bajón en estos tres meses que asusta (...) sí, la enfermedad se lo debe de estar comiendo por dentro, tú ya sabes cómo es mi padre, pero ahora tiene una delgadez, no sé cómo decirte, extraña, no natural, parece como si se estuviera vaciando por dentro (...) esta tarde no, saldremos a pasear un rato por la playa, la prima de Ivona se irá en un rato. Vendrá las mañanas de esta semana para que yo me pueda mover. Mañana por la mañana pondré los anuncios y me acercaré a los servicios sociales de la zona, a veces tienen listas de gente que busca empleo, a ver si hay suerte y nos echan una mano (...) Ya, ya lo sé. Pues si me dicen que lo normal es que me lo lleve a mi casa, entonces les invitaré a que vengan aquí a tratar de explicárselo a él (...) Bueno, un beso, el niño te llama a la noche. Chao.

Cuando colgó papá, me acerqué hasta el comedor para preguntarle una duda.

-           Papá, ¿Qué enfermedad tiene el abuelo?

-           Vete a jugar un rato, Álvaro –Me respondió.

            Las mañanas de esa semana acompañé a mi padre a hacer mil gestiones. Puso anuncios en revistas locales y en periódicos de la provincia, acudió dos veces a los servicios sociales del pueblo y consiguió concertar sus primeras entrevistas. Pero nada parecía salir como esperaba y seguía inquieto, tenso, nervioso. El viernes decidió acudir al hospital de la zona, en una localidad cercana, para tomar de puño y letra números de teléfono de gente que se ofrecía para cuidar enfermos en los corchos de los pasillos. El sueldo era un problema relativo. Pero lo realmente difícil era que en tan poco tiempo papá se quedara tranquilo, dejando al abuelo con alguien a quien no conocía de nada dentro de su casa, con sus cuidados, con sus necesidades y también con sus libretas de ahorro. Más sabiendo que su único hijo residía en Madrid. Sentía duramente la responsabilidad de acertar o errar en un momento crucial de la vida de su padre.

         A mediodía comíamos siempre con la prima de Ivona, que nos contaba las novedades que le habían llegado desde Ucrania. Por las tardes, dormíamos un rato la siesta y, cuando el sofocante calor que hacía en aquella tierra suavizaba un poco, salíamos a andar con el abuelo por el paseo marítimo. Yo jugaba en unos columpios, corría por la arena, no paraba quieto. Papá estaba especialmente generoso, y cuando no tomaba algún refresco sin gas, tenía un enorme helado entre mis manos. Él charlaba y charlaba con mi abuelo. Le contaba cosas de nuestra vida en Madrid, de sus preocupaciones, de mi colegio, de todo. El abuelo siempre escuchaba y después hacía las preguntas justas. Pero siempre me miraba a mí, no me quitaba ojo, hiciera lo que hiciera, cuando volvía mi vista hacia ellos, mi mirada se cruzaba con la suya. Y yo la apartaba enseguida. De un modo u otro, acabé convencido de que él no hablaba mucho porque sabía que no le entendíamos bien o, tal vez, porque no tenía demasiado que contar.

         Al caer la tarde, volvíamos a casa y, papá sentaba al abuelo en su silla. Después, se iba a preparar la cena de los tres mientras yo jugaba en el patio. Me avisaba para que le ayudara a poner la mesa. Después, me ponía el pijama, llamaba a mamá, me quedaba un rato viendo la televisión, me cepillaba los dientes y me iba a la habitación con algún cuento. Un rato más tarde, papá venía a apagarme la luz y a arroparme con una fina sábana la tripa. Antes de dormirme, escuchaba cómo papá acostaba al abuelo en su cama.

El sábado, mientras jugaba en el patio, tuve la extraña sensación de que mi abuelo quería decirme algo, aunque no parecía atreverse. Así que decidí empezar yo, tratando de vencer el enorme respeto que me generaba.

-      Abuelo, ¿Por qué miras todo el tiempo aquella casa de enfrente?

A mi abuelo le sorprendió mi pregunta, y su gesto serio se transformó, como de la nada, en una sonrisa abierta, clara, desconocida para mí.

-      ¿Tú te acuerdas de las cosas? ¿Tienes recuerdos del colegio, de tus amigos, de mamá? 

-      Claro –Respondí sorprendido, porque de cerca le entendía mucho mejor de lo que imaginaba.

-      Y cuando recuerdas cosas bonitas, ¿Cómo lo haces? ¿Con los ojos cerrados o abiertos?

-      No sé –Respondí- puedo acordarme de cosas con los ojos abiertos. Hoy me acordé que otro verano comimos paella en el mismo sitio que lo hemos hecho hoy, y tenía los ojos abiertos mientras lo hacía.

-      Álvaro, cuando yo miro aquella casa, miro mis recuerdos. Me acuerdo de cuando tú naciste, de cuando eras pequeño, de muchas cosas. También de cuando era pequeño tu padre y de cuando conoció a tu madre. Incluso me acuerdo de cuando yo era pequeño y jugaba como tú.

-      ¿Tanto? –Respondí asombrado- ¿Los recuerdos no se olvidan?

-      Hay recuerdos que se olvidan y otros que no. Las cosas bonitas no se olvidan nunca, por ejemplo. Aunque pasen muchos, muchos años.

Mientras, papá entrevistaba a dos mujeres en el interior de la casa. Les recordaba la importancia de darle a mi abuelo la medicación puntualmente, contándolas no se qué de que los médicos habían optado por no operarle ya, dada su edad. Por un segundo, me pregunté si mi abuelo estaba sordo o simplemente se hacía el tonto, no haciendo caso a lo que papá decía sobre él y esa enfermedad que tenía. De repente, tres aviones rugieron en el cielo por encima de nuestras cabezas. Yo miré embobado aunque mi abuelo ni siquiera levantó la vista. Puse los pies sobre la silla, flexionando mis rodillas de tal modo que podía mordérmelas con facilidad. Algún mosquito me había atacado por la noche, y sentía mucho picor en una de ellas.

-      ¿Tú sabes lo que es un hada? –Me preguntó.

-      Claro que sé lo que es un hada. Una mujer con alas, que vive en la naturaleza, para protegerla, como los gnomos o los duendes.

-      Veo que sí lo sabes. ¿Y has visto alguna?

Yo negué con la cabeza.

-      Pues yo sí he visto una, y la he visto muchas veces. ¿Quieres que te cuente cómo sucedió?

CINCO
            El abuelo comenzó a contarme una curiosa historia, que había acontecido más de cincuenta años atrás y se desarrollaba en Suiza.

-   Suiza es un país que está en el centro de Europa. Fíjate, es muy pequeño, pero sin embargo en él se hablan tres idiomas principalmente. En el norte, el alemán, porque hace frontera con Alemania y Austria; en el sur el italiano, porque cerca está Italia; y en el oeste, el francés, porque hace frontera con Francia.

-   Como España entonces, ¿verdad? –maticé.

-   Verdad. En Suiza están los Alpes, unas montañas mucho más grandes que las de la Sierra de Madrid. Tienen mucha nieve, mucho verde y enormes lagos…

-   Abuelo, eso es Asturias, no Suiza –Le interrumpí.

Él se echó a reír. Estaba disfrutando con aquella conversación.

-   No. Asturias es muy bonito. Allí te habrán llevado tus papás. Pero en Suiza las montañas son mucho más altas aún, y los lagos, más grandes. Fíjate que las ciudades se construyen y crecen al borde de esos preciosos lagos. ¿Tú sabes qué más cosas son típicas de Suiza?

-   No.

-   Pues el chocolate, que seguro que a ti te gusta mucho. También muchos tipos de queso. Y los relojes. Y la Cruz Roja. ¿Sabes lo que es la Cruz Roja?

-   Sí. En el cole hacemos campañas a veces de donativos para la Cruz Roja. También he visto muchas ambulancias que la llevan. ¿Y tú, qué hacías en Suiza, abuelo?

            Papá salió en ese momento de la casa, acompañado de aquellas dos mujeres, que se despidieron amablemente. Entonces me dijo:

-   Hijo. Como hoy es sábado y hay mala comunicación, voy a acercar a estas mujeres al centro del pueblo, porque de allí salen los autobuses con más frecuencia. Tardaré veinte minutos. ¿Cuento contigo para que cuides del abuelo?

-   No te preocupes, papá. Estamos aquí hablando –le dije con total naturalidad, como si esa hubiera sido la fórmula habitual de toda la semana.

            Papá me dio un beso en la frente y subió a su coche a aquellas dos mujeres. El abuelo esperó a que se fuera para seguir con su relato. Daba comienzo cuando había decidido realizar un viaje por Centroeuropa, probablemente en plena Segunda Guerra Mundial. Yo, sin embargo, ajeno completamente a esa parte de la historia contemporánea, no podía estimar en modo alguno la verdadera credibilidad de su narración, a pesar de que Suiza permaneciera neutral en la contienda. El contexto era solo la justificación del dónde y del cuándo, pero a mí realmente lo que me importaba era el cómo había sucedido aquello.

            El caso es que mi abuelo viajaba solo, empeñado en conocer de cerca aquellas montañas elevadas de Los Alpes. El trayecto, lento, tortuoso, lo había realizado en tren, primero desde Madrid a Barcelona y, después, desde Barcelona hasta Ginebra. Por alguna razón, había decidido subir a más de tres mil metros de altura, ayudado por uno de los funiculares que aquel país construía para salvar los grandes desniveles y facilitar también la labor de aventureros o escaladores. Con lo que mi abuelo era, por tanto, un aventurero más de aquellos, que se entendía por señas con la gente, porque solo hablaba castellano, y que llevaba en el bolsillo lo justo para poder comer y dormir. Pasó varias peripecias hasta llegar a su objetivo, pero su astucia le iba librando de todo tipo de contratiempos. Al final, una tarde logró ascender a dos mil novecientos metros de altura en aquel habitáculo que pendía de un hilo, literalmente y, desde allí, se echó la mochila a la espalda y comenzó a recorrer la zona.

            El día era maravilloso. Estaba soleado y, aunque la nieve sobrepasaba sus tobillos a cada paso, dejando su solitaria huella a la espalda, nada hacía peligrar aquella idílica excursión. Las temperaturas, a bajo cero, se toleraban gracias a la ropa de abrigo que había acumulado, y a que no corría el viento. El paisaje colmaba todas las expectativas generadas por el viaje. Un blanco infinito sobre un cielo azul, un contraste de altísima belleza. La naturaleza en estado puro. Sin embargo, cuando ya llevaba unos kilómetros andados, se dio cuenta de que empezaba a oscurecer, aunque todavía era relativamente pronto. Aquello se debía a que por el norte apareció un ancho y negro nubarrón que retiró el sol bruscamente, que lo apartó como si nada, para hacer descender las temperaturas con brusquedad. El silencio previo a la explosión de la tormenta, era estremecedor. En pocos minutos comenzaba a nevar con fuerza, así que el abuelo pensó que lo más prudente era desandar el camino cuanto antes, volver sobre sus pasos, para ponerse a refugio. Sin embargo, no basta con ser un aventurero para poder sobrevivir a una tormenta de nieve. Es preciso saber otras cosas y mi abuelo no portaba nada más que una mochila cargada de ilusión y deseos de admirar aquel paisaje de enorme belleza, para después desaparecer sin estorbarle, sin entrometerse, sin alterar su naturaleza salvaje, para después conservarlo en su memoria para siempre. Cuando quiso volver, la nieve había borrado sus pisadas, como las migas de Hansel y Gretel. Se desorientó, se perdió y comenzó a sentir frío y miedo.

            Caminaba hacia la ladera de una montaña convencido de que aquel había sido el recorrido anterior, pero después de unos minutos de travesía, se daba cuenta que estaba equivocado. Terrible, casi fatídicamente equivocado. Volvía al punto de partida y tomaba otro itinerario distinto. Sin embargo, el problema real era que el punto de partida, de por sí, ya era un lugar diferente cada vez. La altura impedía la entrada natural de oxígeno a su cuerpo, con lo que fue sintiéndose cada vez más cansado. Pensaba con dificultad y se sentía mareado. Eso le alteraba más, le ponía más nervioso, con lo que no respiraba de forma adecuada. Casi dos horas después, en noche cerrada, en medio de la nada, se dio cuenta de que tenía todo perdido, bajó los brazos. No poseía más ropa de abrigo, apenas tenía algo de comida y, para colmo, desconocía casi todo sobre supervivencia en ese medio. Morir de frío, caer desmayado, aterido, era cuestión de tiempo. Comenzó a notar cómo los dedos de sus pies se congelaban, y esa terrible sensación se fue trasladando hacia la totalidad de sus piernas. Estaba agazapado en el suelo, porque no podía mantenerse en pie. La noche era tan cerrada que era inútil buscan cualquier tipo de refugio. El abuelo, definitivamente, se rindió, sabedor de que solo un milagro le podría mantener con vida hasta que a la mañana siguiente, con la luz del día, alguien pudiera encontrarle.

-   Entonces –Dijo el abuelo subiendo el tono de voz para atraer aún más la atención de su nieto que era yo, embobado, absorto ante las palabras que danzaban juguetonas hasta mis oídos- sucedió el milagro, Álvaro.

-   ¿Viste a un hada?

-   Sí.

-   Pero si no había luz, ¿Cómo la pudiste ver?

-   Porque ella era pura luz, Álvaro. Se iluminaba sola. Era un resplandor en sí misma.

-   ¿Y cómo era?

-   Preciosa, perfecta, como un ángel. Tenía el pelo muy largo y de color rubio, que caía sobre sus hombros como las hojas sobre la tierra en el otoño. Sus ojos eran enormes, verdosos, a veces azulados, como una de esas playas paradisíacas en las que a uno le gustaría quedarse toda la vida. Tenía dos enormes alas y llevaba un precioso vestido blanco.

Yo recreaba la figura del hada en mi imaginación, como si de un dibujo animado se tratara. Las había visto en cuentos, en la televisión, había oído contar historias sobre ellas, pero mi abuelo, a tan solo medio metro de distancia, me relataba en primera persona su encuentro real, y a mí me parecía, sencillamente, maravilloso.

-   ¿Y qué te dijo, abuelo?

-   Me dijo: “Tranquilo, Álvaro, que yo te voy a cuidar”. Entonces, alargó su preciosa mano hacia mi cabeza, me acarició levemente el pelo y, bajó con sus dedos suaves, calurosos, por mi frente hasta mis ojos. Después me los cerró y, entonces, me quedé dormido, caía desmayado, como cuando tu mamá te dormía cuando eras solamente un bebé.

En ese momento, el coche de papá tomó la calle París, aparcando en un estrecho hueco que quedaba entre dos coches. Yo pensé que se nos acababa el tiempo.

-   ¿Y qué pasó cuando despertarse?

-   Que estaba en la estación de tren del pueblo en el que había cogido el funicular, sentado, calentito y vivo, inexplicablemente vivo. Imagínate, para mí fue un milagro. ¿Sabes lo que más me preguntaba, Álvaro?

-   Dime, abuelo.

-   Que por qué aquella cosa divina había prestado atención a alguien como yo. Pensaba que, en definitiva, yo no era nadie para merecer su ayuda. Cuando abandoné Suiza, lo hice convencido de que no volvería a verla nunca, que tal vez fuera un hada de las montañas de Suiza. Soñaba con ella, por las noches penetraba en mi mente y, por el día, no podía quitármela de la cabeza…

-   ¿Qué tal, chicos? –Interrumpió papá.

            Con su aparición, terminó la historia. El abuelo no volvió a ella, no hizo referencia alguna a aquello delante de su hijo. Pero le mintió, le contó que habíamos estado hablando del colegio y de los amigos. También decía que era un chico muy listo y que estaba muy orgulloso de mí. Aquello lo escuchaba yo mientras acababa de cenar en el comedor, tras hablar con mamá. Papá estaba contento por ver cómo iba venciendo el miedo, esa absurda sensación de encontrarme ante alguien como él. Aquella tarde dejé de verle como un extraño, y mi estancia en su casa comenzó a cobrar sentido, trazó un bonito argumento que no olvidaría nunca.

            Después, papá explicó que no le habían convencido nada aquellas dos mujeres, que no sabía bien cómo solucionar el asunto. El abuelo le restaba importancia diciendo que no debía preocuparse, que cualquiera de ellas lo haría bien porque tampoco iba a ser cosa de mucho tiempo. Pero papá no estaba dispuesto a contratar a la primera que pasara por la puerta. Se trataba, en el fondo, de averiguar cuál era el perfil que realmente estaba buscando, de saber si eso era posible dadas las circunstancias y el poco tiempo de que disponía. El abuelo estaba convencido de que no.

SEIS
            El domingo amaneció más caluroso que nunca. Yo desperté contento pero papá lo hizo mucho más apagado que en días anteriores. Aun así, me regaló una mañana de playa. En la prensa local ya había aparecido el anuncio, y papá esperaba expectante que la gente llamara, para tener más posibilidades de encontrar a la persona adecuada. Comimos en un chiringuito, a la sombra y con una ligera brisa que al menos nos permitía a papá y a mí respirar con normalidad, recuperar el aliento y evitar un golpe de calor. El abuelo estaba como si nada, aquel era su clima y se había impregnado en su color de piel. Ya eran muchos años soportando veranos asfixiantes con lo que parecía que la cosa no iba con él.

    Cuando hablaba con mamá, la notaba triste. Le preocupaba que yo estuviera entretenido y haciendo una adecuada interpretación de la situación real que nos había llevado hasta Los Alcázares. Pero yo sabía lo que sabía. Que mi abuelo se encontraba enfermo, que tenía algo realmente malo, que era muy mayor y que la persona que le cuidaba se había tenido que marcharse corriendo. Y que eso había que solucionarlo.      

            El martes por la tarde, papá concertó tres nuevas entrevistas que tanto él, como yo por mis propios motivos, entendimos como una nueva oportunidad. Después de comer cambié de hábitos. Dejé de echarme la siesta en la cama para hacerlo en el sofá del comedor, junto a papá. Tras recoger la mesa, se sentaba allí para ver el Tour de Francia. Le emocionaba el esfuerzo sobrehumano que hacían los corredores. Llegaban las etapas de los Alpes, y con ellas, mi cabeza volvía a la historia del hada entre la nieve, porque precisamente se desarrollaban allí, en la frontera entre Francia y Suiza. A mi abuelo también le gustaba el ciclismo, pero solía quedarse dormido antes de llegar a los kilómetros finales. Se perdía lo emocionante, saber quién era el ganador. Cuando despertaba, preguntaba su nombre. Tal vez fuera un velocista ruso, italiano o belga. Tal vez no lo conociera de nada pero, en el fondo, eso tenía poca importancia.   

            Por la tarde de aquel martes organicé un campeonato de Pressing Catch entre mis muñecos. Escogí ocho y preparé un cuadro de cruces de combate, como unos cuartos de final. Unos lucharían contra los otros, pasando eliminatorias, hasta llegar a la gran final. Por supuesto, yo tenía claro quiénes serían los finalistas. El último Guerrero y Hulk Hogan. Y después, ya veríamos si escogería al indio que representaba a aquel pueblo represaliado y al que le daba extraños ataques, entrando en trance, y tras los que cobraba una fuerza inusitada en los momentos más difíciles; o el americano típico, honesto, bueno e imperialista. Todavía no había desarrollado criterio de afinidad política alguno. Pasado el tiempo, me doy cuenta que de esa es una, entre otras muchas, de las claves de la felicidad de la infancia, porque cuando adviene, cuando uno se postula políticamente, se comienza a transitar inexorablemente la senda de la decepción y la desesperanza, de la sensación de fraude y estafa continuo.

            Después llegó la primera de las tres mujeres a las que entrevistaría papá en el comedor. Para entonces, yo completaba mi segunda semifinal. La había planteado como una batalla dura, larga, pero al darme cuenta de que mi abuelo seguía sentado en su silla, y que la de al lado había quedado vacía, decidí resolverla por la vía rápida. Después, dejé los muñecos acumulados en el ring y me senté junto a mi abuelo.

            En ese momento, sentí un poco de vergüenza. No sabía cómo pedirle que siguiera contándome sus cosas, así que decidí quedarme callado durante unos minutos, poniéndome de tal forma que de nuevo podía morderme las rodillas. Mi abuelo, cuando volvió a verme a su lado, cambió el gesto. De nuevo esa media sonrisa. Pero como también permanecía callado, yo acabé armándome de valor para no perder más tiempo.

-   Abuelo, ¿Qué pasó después? Me gustaría saberlo.

-   ¿Después de qué, Álvaro? –Respondió.

Por un momento, pensé que había olvidado todo, que se lo había inventado para contentarme y nada más.

-   Después de lo de las montañas, cuando despertarse en la estación de Suiza.

-   ¿Quieres que te hable de eso, Álvaro?

-   Sí. Claro que sí.

            No podía disimular una sonrisa tímida, que no quería exteriorizar del todo. En ese momento me di cuenta de que mi abuelo se sentía, como de repente, una persona importante, útil, al ser reclamado nada menos que por su nieto de ocho años.

-     Álvaro, yo no quiero aburrirte con mis historias. Soy muy viejo.

-   Me gusta tu aburrimiento, abuelo.

            Entonces, al escucharme, le brillaron los ojos, parecía que iba a llorar, sintió mucha emoción. Yo, en aquel momento, no entendía bien por qué. Han tenido que pasar muchos veranos para que fuera consciente de que, involuntariamente, llevé de paseo a mi abuelo por sus recuerdos, por sus paisajes favoritos, por sus sueños pasados. Algo que, además, hice encantado, porque disfruté de ellos tanto como él. Los hice míos. Son míos y nunca dejarán de ser ya míos. Acercarme a ellos fue su gran regalo.

            El abuelo, de repente, se sintió el capitán del barco y quiso sentar las bases, las normas, para que nadie nos estorbara.

-   Hijo, ¿Puedes venir un segundo?

-   Estoy ocupado, papá –Respondió desde el comedor, donde se encontraba realizando la entrevista.

-   Será solo un segundo, por favor.

Papá apareció un instante después, pensando que ocurría algo.

-   Tengo que comunicarte que, si no resulta mucha molestia, a mi nieto y a mí nos gustaría emprender un viaje –Papá miraba extrañado, pero a mí me hacía mucha gracia y el tono de su voz se mezclaba con mis carcajadas- Lo que quiero decirte es que, a no ser que sea imprescindible, mi nieto y yo no nos encontraremos en este patio, sino en un país lejano, haciendo cosas que solo nos incumben a ambos, porque son secretas, ¿Verdad? –Dijo dirigiéndose a mí.

            Yo asentí, sin poder parar de reírme. Papá se dio cuenta de que el abuelo había terminado y, poniendo cara de no haber entendido nada, volvió al comedor sin decir ni mú. Entonces, el abuelo me volvió a llevar de viaje, al encuentro con su hada.

SIETE
            Tras despertar en la estación de aquella localidad suiza, el abuelo decidió permanecer unos días más en el país para, a continuación, pasar a Francia y participar en los movimientos de resistencia. Faltaba mucho aún para recuperar el país, tras la ocupación nazi. Mientras Hitler se reunía con Franco en Hendaya, como dos buenos amigos, muchos españoles que habían salido del país represaliados tras el fin de la fratricida contienda, se encontraron en plena Segunda Guerra Mundial. Algunos de los que sobrevivieron a las balas fascistas españolas, perecieron después en nuevas zonas de guerra o en campos de concentración del vanguardista y delirante nacionalsocialismo. Y el abuelo no permaneció ajeno a esta situación. De un modo u otro, meses más tarde iba armado con un fusil con un grupo de foráneos, viviendo en zonas boscosas y de difícil acceso en el país galo, para desde allí lanzar ataques breves, seleccionados, contra las tropas de ocupación.  

            La madrugada de un jueves, el grupo decidió bajar por las montañas para atacar una Gendarmería local que se encontraba a varios kilómetros. Todo transcurrió según lo previsto y, cuando llevaron a cabo la acción, fueron vitoreados por varios vecinos, que les ofrecieron comida y medicinas, antes de regresar a las montañas. Sin embargo, el responsable militar de la zona se sintió muy molesto y emprendió una violenta búsqueda de los responsables, asesinando a varias personas del pueblo tras no obtener la información del paradero del grupo. Se valieron de aviones para quemar parte del bosque en el que se encontraban. Pasada una semana desde el comienzo de la operación, los atacantes y el grupo de mi abuelo tuvieron las primeras escaramuzas. Las fuerzas eran desiguales, y más de cincuenta hombres les asediaron frente a una colina en el alba. Todo parecía perdido y los miembros del grupo que quedaban aún con vida, emprendieron la huída a pie, de manera desesperada. Estaban ya desarmados.

            Un francés corría junto a mi abuelo, pero lo hacía más rápidamente. Él le seguía como podía, escuchando el ruido de los fusiles a su espalda. Nervioso, exaltado, asumiendo el devenir que iba a acontecer, por un momento percibió la misma sensación que en aquellas montañas nevadas. De repente, la historia parecía repetirse. Al tratar de esquivar un tronco talado en el suelo, chocó con unas ramas que le rajaron el antebrazo. Lanzó un grito ahogado y cayó al suelo. El corazón le palpitaba a mil revoluciones, sentía el fuerte latido, la taquicardia, en el cielo de la boca. No podía resistir el dolor, pero debía de permanecer callado si quería tener la más mínima opción de sobrevivir. Su compañero francés se dio la vuelta, quiso ayudarle llevarle en volandas si era necesario, con tal de no dejarle a la suerte de sus perseguidores. Pero el abuelo le pidió encarecidamente que se marchara, que no entregara su vida por él, porque no se lo podría perdonar. Entre lágrimas, el francés desapareció por entre las ramas y el abuelo quedó allí, preso de la angustia. Pasados unos minutos, consiguió recobrar la respiración. Por un momento, el ruido de los fusiles se había apagado, las voces resultaban más lejanas. Tal vez, hubieran dado la operación por concluida. Se recostó sobre el suelo, tapándose con unas ramas, a unos cincuenta metros del lugar donde había tenido el percance. Los segundos parecían horas y la esperanza era un interrogante al que no sabía si debía agarrarse tan pronto.

            Cuando todo parecía haberse tranquilizado, escuchó que un soldado daba unas voces cerca de donde se encontraba. Presagió lo peor. Habían encontrado un reguero de sangre que procedía del punto exacto en el que el abuelo había caído. El soldado esperó a otros dos compañeros y, lentamente, de manera sigilosa, fueron siguiendo la ruta que había dejado tras de sí, el corte de su antebrazo. Ironías del destino, en las montañas no pudo desandar el camino porque sus huellas se borraron y aquello le llevaba a enfrentarse a la muerte y, en esta ocasión, las de su sangre no habían desaparecido, delatándole frente a sus captores. De nuevo, el abuelo se sintió perdido, rendido. Era cuestión de minutos que los tres soldados dirigieran sus armas hacia él, para fusilarle en aquel mismo lugar o, peor aún, detenerle y llevarle hasta un campo de concentración.

-   Y, de nuevo, ocurrió, Álvaro.

-   Apareció tu hada –Respondí conteniendo la respiración.

-   Sí. Apareció otra vez, y yo no podía creerlo. Pensaba que era una visión, una alucinación que tenía deseando agarrarme a cualquier oportunidad de seguir con vida. Pero volvía a estar frente a mí, con su belleza, con su increíble delicadeza, con aquel vestido blanco con el que llevaba soñando semanas, con su pelo rubio y largo, con sus ojos, con sus manos. Todo lo que había visto en la otra ocasión, pero más aún. Tenía los labios más bonitos del mundo. Sonreía levemente, como quien quiere reprochar algo a un niño que ha hecho las cosas mal. Y, de nuevo, su voz.

-   ¿Qué te decía, abuelo? ¿Qué te dijo esta vez?

-   Me dijo: “Tranquilo, Álvaro, que no me moveré de tu lado”. Entonces volvió a acariciarme el pelo y, con sus dedos, volvió a cerrarme los ojos. Cuando lo hacía, noté cómo sus labios besaban mi frente. Me sentí prendido, enamorado, feliz. Estaba vivo y ella volvía a salvarme.

-   Entonces no era un hada de las montañas de Suiza. Era tu hada, abuelo, iba salvándote solamente a ti, ¿No?

-   Cada uno tiene su hada particular, Álvaro. Tú encontrarás la tuya, estoy seguro.

            El abuelo despertó en un hospital de Reims. Allí permaneció unos días, hasta que los médicos le dieron el alta. Sin embargo, tras aquellos acontecimientos, había cambiado para siempre. La primera vez que se encontró con ella lo entendió como un capricho del cielo, como una cuestión de fortuna, casi mística, que le había permitido sobrevivir. Pensó que tal vez no hubiera sido real, que quizás ni siquiera subiera a aquella montaña y se quedase dormido en la misma estación, soñando con lo sucedido. Pero al repetirse la historia, al volver a ser salvado por aquel precioso ángel, decidió que nada podía hacer de nuevo en su vida que no fuera buscarla para agradecerla lo que había hecho por él. Necesitaba hacérselo saber, explicarla que nada podía ser igual después de haberla visto, ponerse a su disposición, confesarla un amor que cabalgaba sobre su cabeza y sobre su corazón con gran fuerza.

            El abuelo volvió a una España siniestra, que acababa de dar por concluida un año antes la escena más violenta que se recordaba, la guerra entre hermanos. Los vencedores, aún con sed de venganza, querían culminar su obra sangrienta. Los vencidos, en cárceles, en cunetas de carreteras de pueblo, en el exilio o en el silencio más amargo dentro de sus casas, ocultándose, marrando su fe ciega por la libertad. Pero para entonces, papá había dado por concluidas las tres entrevistas y era momento de retornar a la realidad de aquel patio, que se iba oscureciendo. Tocaba bañarse, cenar y hablar con mamá. Era el momento de guardar el secreto del hada bajo llave y contarle a papá cualquier milonga cuando me preguntó, mientras me enjabonaba el pelo, por las cosas que me estaba contando el abuelo. Por la noche, al irme a la cama, no conseguía conciliar el sueño. Estaba deseando saber más de aquella historia, desentrañar de una vez por todas lo que mi abuelo había decidido contarme. Sin embargo, caí redondo. En sueños descubrí un hada, que venía a ayudarme con mis deberes. Tal vez la hubiera encontrado porque llevaba un vestido blanco, su pelo caía sobre sus hombros, tenía una voz deliciosa y me besaba en la frente también. Pero cuando observé su rostro, me di cuenta que era el de mamá. Y aunque yo pensaba que mi hada debía de ser otra persona desconocida, me sirvió para pasar una noche feliz en su regazo.

            A la mañana siguiente, el abuelo se sintió indispuesto. Acudimos a urgencias en el coche de papá y allí pasamos la mañana. El médico dijo que en condiciones normales debería de quedarse ingresado en observación pero que, dada la ausencia de camas en planta y la edad de mi abuelo, no merecía la pena. Lo mandaron a casa y papá tenía un enorme enfado. Durante la comida, comenzó a proferir insultos y palabras despreciativas hacia la sanidad pública, pero también hacia la privada. Hacia todo lo que encontró en su camino. Las entrevistas de la tarde anterior tampoco habían salido como esperaba. Se desesperaba por momentos. Quería volver a Madrid, estar con mamá, desahogarse un poco. Seguía preocupado por mí, por lo que pudiera estar pensando sobre toda aquella situación. Sin embargo, por nada del mundo yo quería marcharme sin saber cómo terminaba aquella preciosa historia, de boca de mi abuelo.

            Tras la etapa del Tour y la siesta de rigor, papá tenía dos nuevas citas en el comedor de casa. Antes, le acompañé a comprar. Entonces, quiso saber cómo me encontraba.

-   Álvaro, hijo, el abuelo está malito. Perdóname por haber hablado tan mal durante la comida, pero es que a veces me cuesta callarme lo que pienso, y me da mucha rabia que por ser tan mayor en el hospital no nos hagan mucho caso. ¿Lo entiendes?

-   No te preocupes, papá. Sé que el abuelo está muy malito, pero no te preocupes por mí. Yo estoy bien.

-   ¿Seguro? Me encantaría bajarte a la playa un rato todos los días, pero ya ves, quiero estar seguro de que la persona que cuide al abuelo cuando nos vayamos será buena con él.

-   No pasa nada, papá. Mira, el abuelo está muy contento porque hablamos mucho. Sonríe, está acompañado y se divierte viéndote a ti y viéndome a mí. Yo no le había visto nunca tan contento.    

Papá suspiró. Él tampoco recordaba haberle visto así en muchas ocasiones. Desde que murió la abuela, había sido muy difícil encontrar esa sonrisa en su rostro que ahora me dedicaba a mí. En cierto modo, a papá le reconfortaba aquella situación pero, por otro lado, su sorprendente tranquilidad le preocupaba enormemente. Sus sentimientos eran ambivalentes y, por momentos, se sentía solo. Echaba de menos a mamá, y aunque eso le pusiera triste, a mí me gustaba, porque a pesar de las discusiones que tenían muchas veces, de la diferencia de gustos que se evidenciaba en casi cualquier situación, se querían mucho, se necesitaban siempre.  

            Tenía pendiente aún una finalísima de Pressing Catch en el ring. La excusa perfecta para esperar a que papá recibiera a aquellas dos mujeres, y volviera a dejar libre la silla que estaba junto al abuelo.
                

OCHO

-   Álvaro, ¿quieres aburrirte hoy un poco más? –Dijo el abuelo.

            Yo solté mis muñecos y me senté a su lado. Entonces, el abuelo prosiguió con su relato.

            De vuelta a España, se instaló en un pequeño pueblo del norte de Jaén, en el que rápidamente encontró trabajo como jornalero en las tierras de un cacique local, que no solo había recuperado, sino que había ampliado su fortuna a costa de los ajustes de propiedades derivados de la Guerra. Terminar con la vida de una familia entera en aquellos años de locura, tenía un sentido económico para los vencedores. Sin propietarios, parcelas y casas quedaban deshabitadas. No era complicado, teniendo influencia y buenas relaciones con la Guardia Civil y el clero, apoderarse del legado de los muertos. Aquel terrateniente tenía fama de arisco, había simpatizado y militado en la Falange, y en el pueblo gozaba de fama de estricto. Un hombre riguroso con las creencias y necesidades de la patria. Para poder comer, el abuelo tenía no solo que trabajar de sol a sol de lunes a sábado, sino que no faltar la mañana del domingo a misa, en la iglesia del pueblo, y siempre con sus mejores galas.

            La vida en la casucha que le ofrecieron era comedida, sin ningún alarde, con pan y algo de queso para las cenas y, tal vez una sopa con pan para las comidas. A veces disponía de otros embutidos y algo de leche. Eso era todo.

-   Mira mis manos, Álvaro. ¿Las ves? El trabajo en el campo es muy duro.

            El trabajo en el campo tenía que ser muy duro, claro. Yo me fijaba en la dureza de la palma de sus manos, en sus dedos hinchados, en la aspereza de la piel del dorso, y aún así no podía imaginar cuántas horas habrían trabajado para poder satisfacer sus necesidades más básicas.

            Por otra parte, el abuelo me contaba que había tenido que dejar sus libros, su pasado, para no resultar sospechoso y ser encarcelado. Se volvió un hombre prudente. Contaba ya con treinta y cinco años y siempre había estado solo. De más joven, en los años veinte, había tenido varias novias según me contaba, pero sus deseos de vivir aventuras le llevaron a no querer formalizar ninguna relación. Desde el primer encuentro con su hada, ya habían pasado dos años. El tiempo necesario para convencerse de que nadie más en el mundo, ninguna otra mujer, ocuparía un lugar comparable en su cabeza. Nada podía ser ya equiparable al rastro dejado por aquella belleza.

            Pasaban los meses, y la soledad hacía mella en él. Siempre había sido un alma inquieta y luchadora, y ese estilo de vida le había llevado a dos caminos opuestos, pero perfectamente reconciliados dadas las experiencias vividas. Había estado al borde de muertes espantosas, pero sin ese riesgo elevado no hubiera tenido nunca la oportunidad de encontrarse con ella. Su vida tranquila, austerísima en aquella casona, no solo le aburría enormemente, sino que le restaba opciones de volver a encontrarla. Semana a semana, se iba convenciendo de que algo tenía que cambiar. Era muy consciente de que marcharse de allí sin ofrecer explicación alguna, e intentar salir del país, podía convertirse en una trampa salvaje, en algo que le llevara a la cárcel sin más, donde tal vez ni siquiera corriera un peligro real, padeciendo largos años en una celda. Pero quedarse era morir en vida, renunciar a lo que era y a lo que añoraba.

            Entonces cometió un pequeño error que le abrió las puertas del ansiado cambio, de comenzar una nueva aventura. Un día, la pastoral del patrón del pueblo, el cacique tuvo a bien invitar a todos sus jornaleros a comer a su casa, enseñándoles, en un simple ejercicio de ostentación y poder, las lujosas dependencias. El abuelo permaneció largo rato en la biblioteca, porque en ella pudo encontrar textos republicanos, escritores prohibidos por el franquismo, ajenos a la moral cristiana. Y eso le sorprendió mucho.

-   ¿Qué te sorprende, jornalero? ¿Puedo saber qué miras con tanta curiosidad?–Dijo el bibliotecario, encargado del apoyo en la enseñanza y profesor de música de los hijos del cacique.

            El abuelo se asustó, porque justo en ese momento tenía sus ojos puestos en obras escritas por anarquistas en francés, del que había aprendido nociones, cometiendo el error de traducir los títulos en voz alta.

-   ¿Cómo un jornalero pobre como tú, sin otra cosa que hacer que estar en el campo puede traducir del francés? –Preguntó de nuevo.

-   Las palabras no son difíciles, Señor. Estaba probando a traducirlas, porque se parecen a las castellanas. No sé yo si lo estaría haciendo bien –Respondió justificándose.

El bibliotecario se echó a reír.

-   No es pecado haber vivido en la España traidora, jornalero. Todos lo hemos hecho. Esas obras que lees han sido requisadas de algunas bibliotecas de casas que quedaron… como le diría… desiertas hace dos años. Escucha, si vous êtes un traître, nous vous tuerons, ¿Me has entendido, jornalero?

Aquella amenaza directa, que el abuelo me tradujo a continuación, le puso nervioso y aquel bibliotecario se lo notó. Enseguida comprendió que le había entendido perfectamente. Quedó, pues, en evidencia, así que, rápidamente, pensó en algún otro tipo de justificación, tal vez un familiar de origen francés que pudiera haberle enseñado aquel idioma en el pasado, pero decidió guardar silencio.

-   Vuelve con el resto –Concluyó tajantemente aquel hombre.

El domingo siguiente, después de misa, el bibliotecario se presentó en la casucha de mi abuelo.

-   Escucha jornalero. He hecho averiguaciones sobre tu identidad, sobre quién eres. Tarde o temprano te detendrán, tarde o temprano sabrán que estuviste en la resistencia francesa. Debes marcharte. No vengo para amenazarte, vengo para facilitarte las cosas. Este próximo miércoles, cuando caiga la noche, deberás de abandonar el pueblo para siempre, y dirigirte hasta Portugal, para intentar tomar un barco a las Américas. Es tu única salida. El Señor se enterará y te matará con sus propias manos para demostrar su poder.

El sentido común le decía a mi abuelo que debía de seguir aquellas indicaciones, pero huir significaba perder una nueva oportunidad de vivir un peligro, que le facilitara un posible reencuentro con su hada. Además, su desconfianza hacia el bibliotecario era enorme, no entendía en absoluto por qué estaba queriéndole ayudar.

-   ¿Por qué debo de confiar en Usted? No tendré oportunidad alguna de salir. Portugal no es un país favorable, ni mucho menos. Me cogerán y Usted lo sabe.
-   Mira, jornalero, muchos de los que somos hijos de Dios, también hemos creído en los valores de la República. En sus valores, pero no en sus excesos. No quiero ver derramada más sangre en este pueblo. El miércoles te facilitaré una nueva identidad, que te permitirá pasar desapercibido. Es tu única opción. Mi obligación será, si no lo haces, comunicárselo al patrón sin tardar un solo día más. Buena suerte.

El día citado, el abuelo abandonaba el pueblo. A la mañana siguiente, consiguió llegar en autobús de línea hasta Badajoz. Hasta ese momento, todo había resultado sorprendentemente fácil. Tanto, que no podía mostrarse contento. Estaba vivo, iba creyendo firmemente en la oportunidad de salir de Europa y vivir una nueva aventura, pero aquello le alejaba cada vez más de sus sueños. Era la noche del día siguiente cuando pasó el último control fronterizo antes de entrar en tierras lusas. Uno de los Guardias Civiles revisaba su documentación con minuciosidad, tratando de comprobar que no fuera falsa. Todo estaba correcto. El abuelo salió de la garita y en tan solo quince metros pisaría finalmente territorio portugués. De repente, algo le dijo que no debía de dejar escapar otra oportunidad y, sin pensar en nada más, dio la vuelta y se dirigió corriendo de nuevo hacia el control. Cargado de adrenalina, abrió la puerta bruscamente ante el asombro de los Guardias y exclamó:

-   ¡Viva la República!

                     A continuación, el abuelo corrió monte arriba, siendo perseguido por uno de los Guardias Civiles, que disparaba a la vez que corría, con mala puntería. Aquella burla sin igual había violentado a los agentes, que se pusieron en contacto con otros compañeros de un puesto cercano para que se unieran a la persecución. Sin embargo, el abuelo corría mucho y había acumulado gran experiencia desenvolviéndose en aquel medio. La oscuridad le facilitaba pasar desapercibido pero, cuando daba la vuelta, observaba que los tres Guardias Civiles, porque el otro se quedó garantizando la seguridad del puesto fronterizo, se encontraban lejos y disparaban a cualquier lugar menos hacia donde realmente estaba. Pensó que aquello era una decepción, que si no incrementaba el peligro real de perder la vida, su hada no entraría en escena, y todo podía llegar a quedar en nada. Entonces paró y, escondido tras los árboles, se permitió apedrear a corta distancia a uno de sus perseguidores, alcanzándole en el cuerpo. Aquello era un desafío, una provocación de locos.

            Desde entonces, la persecución quedó más igualada. Le pisaban los talones y el abuelo, corriendo monte arriba como un desesperado, reclamaba la presencia de su hada para poner fin al peligro y poder contemplarla de nuevo. Pero solo escuchaba cómo, ahora sí, el sonido de las balas zumbaba en sus oídos. Tal vez aquello se le hubiera escapado de las manos.

-   ¡Ven! ¿Dónde estás? ¡Quiero verte! ¡Necesito verte! –Decía el abuelo.
-   ¡Alto a la Guardia Civil! –Gritaban a su espalda.

            Finalmente, en un claro, decidió parar de correr y esperar a sus captores. Quedó de rodillas en el suelo, mirándoles de frente. Nada había salido como esperaba, solo faltaba que aquello sucediera en el último instante y, de no ser así, terminar de una vez por todas como decidieran hacer los Guardias. En tan solo treinta segundos, uno de ellos, el que había sido agredido con la piedra, disponía su arma para fusilarle. Se encontraba a cinco metros de distancia. Cuando apuntó hacia él, cuando todo ya estaba visto para sentencia, otro compañero empujó el arma justo cuando apretó el gatillo, desviando el disparo.

-   ¿Qué estás haciendo? ¿No puedes matarle? Estamos en terreno portugués, ¡Hemos sobrepasado la frontera! ¿Quieres que nos encarcelen?

            Los Guardias Civiles se marcharon, dejándole allí, de rodillas en el suelo, llorando y con sus manos sumergidas en la tierra.

            Papá había terminado sus entrevistas. Tampoco esta vez salió con buena cara. Aquel relato, en el que el hada no había aparecido, me dejó una sensación de tristeza, de abatimiento. Pensaba en la pena que pudo sentir en aquel momento mi abuelo, creyendo que el hada le había abandonado para siempre.

NUEVE
            Esa noche descargó una tormenta de verano sobre Los Alcázares. A mí no es que me asustasen especialmente los truenos, o el resplandor de los rayos, pero lo cierto es que la fuerza con la que arreciaron me impidió dormir con tranquilidad. Mi cama era la que estaba debajo de la ventana y papá, por la claridad que entraba tras cada relámpago, me vio en más de una ocasión con los ojos abiertos, ya entrada la madrugada. Acercó su cama a la mía, apartando la mesilla que separaba los cabeceros, y yo me sentí más tranquilo. Pero no solo pensaba en aquello. Mi cabeza se había detenido en el monte, con el mismo abuelo que roncaba en la habitación de al lado, varios decenios atrás. Lo imaginaba de rodillas en el suelo, cayendo en la cuenta de que tal vez ya no tuviera ocasión de reencontrase con su hada. Pensé en la terrible sensación de estar solo, de no tener al lado a papá o a mamá. Pensé, también, en lo valiente que habría sido a lo largo de toda su vida para decidir afrontar tantos retos, tantos peligros, sin la compañía de sus seres queridos. El abuelo nunca me había mencionado a sus padres, pero tampoco a otros hermanos. Sabía que aunque yo fuera hijo único, por lo que veía en los compañeros de clase, eso no era lo normal. Mis abuelos maternos venían de familias muy numerosas, y en aquellos años, así era como normalmente se hacían las cosas. ¿Por qué? Vete tú a saber.

            En la mañana de aquel jueves, mientras desayunábamos, papá comentó que estaba comenzando a darse cuenta de que aquella búsqueda resultaría más difícil de lo esperado. Como el abuelo no respondía, insistió en hacerle ver las grandes dificultades que existían. Estaba intentando de alguna manera que su padre se posicionara en el asunto, cosa que el abuelo no quería hacer, porque sabía que terminaría mal y porque yo estaba delante. Pero, finalmente, ante la presión continua de papá, se decidió a hablar:

-   Mira, hijo. Siento decirte que no vas a encontrar lo que estás buscando. Te agradezco en el alma lo que estás haciendo, pero no lo vas a encontrar. Lo que buscas para mí, ya no existe –Comentó en tono tranquilo, sin ánimo de polemizar.

-   ¿Y tú cómo sabes lo que yo estoy buscando? ¿Has pensado en facilitarnos las cosas de alguna manera? ¿Has pensado que a lo mejor lo más razonable es que vinieras a Madrid? –Contestó ofensivamente papá.

            El abuelo calló. Se sintió incómodo en general, pero más contando con mi presencia. Papá se dio cuenta y me pidió que saliera al patio a retirar las hojas caídas por la tormenta. Obedecí, pero no perdí detalle de aquella discusión.

-   Es que lo pones muy difícil, papá. Muy difícil. Estamos intentando ayudarte, hemos cambiado todos nuestros planes para estar cerca de ti y que te puedan cuidar ya que no quieres venir con nosotros, no sé qué más quieres que hagamos. No lo sé. ¡No pienso dejarte con cualquiera! ¡No podrías defenderte si pasara algo!

-   Hijo, Ivona se ha marchado y no va a volver. Esa mujer tenía cosas que me recordaban a tu madre, ¿Sabes? Tu problema es que estás buscándola a ella, y eso es imposible de encontrar. No vas a encontrar a nadie como ella, asúmelo, y entonces te será más fácil decidirte. Encuentra a alguien que no te dé malas sensaciones, simplemente eso, y marcharos a Madrid, que tu mujer está sola, y yo me siento muy culpable por eso. Aunque esté disfrutando de Álvaro, que es el último gran regalo que me voy a llevar a la tumba…

-   ¡Cállate! ¡No digas eso, hombre! –Interrumpió papá- ¿Ya estás con eso? Sería mucho más fácil si vinieras a Madrid. Así podría estar yo con mi mujer, Álvaro con su madre y tú con todos nosotros. Lo pondrías mucho más fácil.

-   Hijo, No quiero irme ¿No puedes entenderlo? De aquí salió tu madre, y de aquí solo quiero salir para irme con ella. No queda mucho, necesito que lo entiendas.

            Papá, al escuchar las palabras del abuelo, cerró el armario donde guardaba una bolsa de magdalenas de un portazo, de un violento portazo, justamente cuando por el patio aparecía la prima de Ivona, descubriéndome cómo espiaba desde detrás de la puerta. Aquella mujer me dio un beso y entró para adentro, justo a tiempo de que papá dirigiera al abuelo una frase que debió de dañarle el corazón, porque rompió a llorar como un bebé.

-   ¡Vas a acabar consiguiendo que odie esta maldita casa!

            La escena era triste. En cuanto papá vio al abuelo sollozar, sin ni siquiera poder taparse o disimular nada, atado a esa estúpida silla de ruedas que le impedía tener la más mínima intimidad, papá se puso a su lado, de pie, y acariciándole el poco pelo que le quedaba y el hombro izquierdo, apoyó la cabeza del abuelo contra su tripa, tratando de consolarle. Pero, a continuación, papá también comenzó a llorar, tal vez sintiéndose culpable de haberle hablado así, quizás sintiéndose desafortunado al estar viviendo aquella situación, o al no poder contar con la suerte necesaria para que se resolviera con rapidez. Yo, que nunca había visto llorar a papá, comencé a hacer lo propio. En silencio, sorbiendo los mocos como odiaba mamá que hiciera, pero intentando que papá y el abuelo no se preocuparan por mí para que tuvieran esa pequeña reconciliación juntos, comencé a recoger las hojas del patio. La prima de Ivona debió de pensar que al mal tiempo, mejor ponerle buena cara. Enchufó el radiocasete, puso música a buen volumen y lanzó unas cuantas bromas para que todos nos fuéramos relajando. Tal vez, aquella mujer sabía lo que era verse en situaciones parecidas. Al fin y al cabo, su familia se encontraba muy lejos.

            Papá se vistió enseguida y me preguntó si le quería acompañar. Yo pensé que lo mejor, visto lo visto, es que me quedara en casa. Así podía animar al abuelo y, a la vez, él tener un rato de tranquilidad, sin necesidad de que estuviera pendiente de mí. No le pareció mala idea. La prima de Ivona aseó a mi abuelo y lo sacó al patio a tomar el poco fresco que quedaba ya. El sol cogía altura y se preparada una auténtica caldera para el resto del día. Yo salí con él, y mientras que la prima de Ivona preparaba la comida y hacía las tareas domésticas, me senté a su lado de nuevo.

-   ¿No quieres acabar la pelea que tus dos soldados emprendieron ayer? –Me preguntó.

-   Prefiero saber si volviste a ver a tu hada, abuelo.

-    Sí, por supuesto que la volví a ver. Tan solo unas horas después de que aquellos Guardias Civiles se marcharan.

            De repente, volvimos a aquel monte, ya en Portugal, y olvidamos lo ocurrido por la mañana. El abuelo me contó que tras quedarse solo en aquel claro, estuvo llorando largo rato, lamentando que su hada no hubiera aparecido. Cuando recobró fuerzas, se puso en pie y comenzó a caminar monte abajo, adentrándose en el país vecino. Andando, se le hizo de día. Como estaba hambriento, se acercó hasta un pueblo fortificado que había avistado de lejos y que se llamaba Elvas. Se encontraba en lo alto de una colina y tenía un precioso acueducto para que el agua llegara hasta su zona más elevada. Tras conseguir algo que llevarse a la boca, se sentó en las postrimerías del cementerio de los Ingleses, a descansar un poco.

            Horas después cogía un autobús en dirección a Lisboa. Llegó a aquella hermosa ciudad a orillas del Tajo cuando anochecía. Deambuló por su centro histórico y decidió dormir en una zona de campo, apartada, oscura, cerca de la Torre de Belem. La humedad del río penetraba en su costado y tenía frío. Comenzó a toser. Notaba cómo le ardía la garganta y le subía la fiebre. Se sintió mareado y, solo después, consiguió quedarse dormido.

            De repente, notó cómo un resplandor penetraba en sus ojos cerrados. Aun sin abrirlos, reconoció el olor de su hada y sobre su rostro se iluminó una amplia sonrisa. Después, la contempló como las otras veces, alada, con su traje blanco, con el tacto cariñoso de sus manos, con unos ojos que le llevaban al mismo cielo, con su pelo acariciando sus hombros, y con su boca, su preciosa boca.   

-   Me volvía loco por verte de nuevo. Muchas gracias por haber venido –Dijo el abuelo.

Pero el hada se mostró muy enfadada. Por un momento, yo pensé en aquello y quise satisfacer mi curiosidad antes de que el abuelo continuara.

-   Abuelo, ¿Las hadas se enfadan?

-   Claro, Álvaro. Pero solo cuando hacemos las cosas mal.

-   Entonces, ¿Te echó una buena bronca?

-   Sí. Me dijo que lo que había hecho el día anterior había sido una estupidez, que la vida valía mucho, que siempre había que ser fuerte y mirar para adelante, incluso cuando más débiles y tristes nos sintiéramos. Yo la contesté que lo sentía mucho, pero que quería hacer cualquier cosa con tal de atraer su atención, de tener otro momento para verla. Ella me respondió que si volvía a hacer una cosa similar, no volvería a tenerla delante de mí nunca, que siguiera mi camino que siempre me iba a proteger.

-   ¿Y tú que la dijiste, abuelo?

-   Que haría lo que ella me decía, que seguiría peleando hasta el final, que tomaría aquel barco rumbo a América, que intentaría no volver a ponerme en peligro pero que, por favor, solo quería tener la ocasión de verla alguna otra vez, que me hacía feliz con su presencia, que nunca me había sentido tan lleno, tan protegido, tan querido como cuando ella apareció en mi vida, para cambiarla para siempre. Entonces, como en las otras dos ocasiones, posó su mano sobre mi pelo, cerró mis ojos, me besó en la frente y yo me quedé profundamente dormido. Soñé con cosas bonitas de mi infancia con mi madre y, al despertar, nada quedaba de mis dolores de garganta, de la tos, de los mareos. Ella me los había curado.

Papá llegó a la casa del abuelo a la hora de comer. Venía ya más tranquilo. Había tomado una decisión. Nos contó que había concertado tres entrevistas más para la tarde del viernes y que, entre todas las candidatas que había visto durante esos días, elegiría a una el fin de semana para que comenzara a trabajar de inmediato. Eso significaba que en pocos días volvería a Madrid con mamá, con Mario, con la piscina por las tardes y los juegos por las mañanas. En parte me hacía ilusión, sobre todo por mamá. Pero solo en parte. Me daba pena dejar a mi abuelo allí solo. Como poco o nada podía decidir, lo único que quedaba claro es que tenía poco tiempo por delante para averiguar todo lo que pudiera sobre aquella hada.

Durante la tarde, me eché una gran siesta y después salimos los tres a pasear y tomar un helado. Tal vez aquella noche volviera la tormenta, así que, después de bañarme y cenar, no quise tardar mucho en acostarme, para ver si conseguía roncar tanto como mi abuelo y no enterarme de nada.

DIEZ

            De madrugada, el abuelo llamó a papá porque se encontraba indispuesto. Él le llevó al baño y se asustó mucho. Estaba sangrando de manera abundante, así que me despertó, me vistió y nos fuimos al hospital. La tormenta había quedado en nada y se podía salir a la calle en manga corta sin ningún problema. Yo desconocía la dimensión del problema. Es cierto que papá iba muy asustado y que el abuelo no hablaba nada, pero yo lo que tenía era mucho sueño. En urgencias nos pidieron que nos quedáramos fuera, porque solo podía entrar un acompañante y papá no quería dejarme solo. Allí estuvimos tres largas horas, en las que yo dormía acurrucado como podía en aquellas incómodas sillas de plástico ancladas a la pared, y en las que papá no paraba de pasear por la sala y preguntar en recepción si se disponía de alguna información. Sobre las siete de la mañana, cuando estaba amaneciendo en aquel centro hospitalario que se encontraba en primera línea de playa, nos dijeron que el abuelo quedaría ingresado, y que en un rato lo subirían a una habitación, por lo que podríamos verle. Entonces, papá se colgó de la cabina de teléfonos, habló largo rato con mamá y después con la prima de Ivona, que se puso inmediatamente en camino. Fuimos a desayunar churros en un chiringuito del paseo marítimo.

            Sobre las nueve y media de la mañana de aquel viernes, nos dijeron en qué habitación se encontraba. Papá me dijo que me iría a casa con la prima de Ivona para descansar un poco, pero yo insistí en que quería verle antes de marcharme. Siempre es un fastidio que los padres intenten quitarnos de en medio en los momentos que se sobreentiende que somos pequeños para ver. Evitar el dolor de un hijo es algo natural, pero ocultar permanentemente las recetas que ofrece la vida es como no comprar un paracaídas adecuado para cuando de verdad tengamos que caer al vacío. Yo me salí con la mía y, aunque esperaba encontrármelo peor, haciendo abstracción de cables y máquinas, tenía enfrente a mi abuelo durmiendo plácidamente, tal vez soñando con su hada, sin gestos de dolor, sin tristeza alguna. Me fui más tranquilo.

            Ya en casa, mientras disputaba la finalísima del campeonato de Pressing Catch, me preguntaba cómo era posible que un hada pudiera ponerse a regañar a nadie. Estaba claro que mi abuelo había llevado al límite las cosas con tal de verla, pero yo recordaba a aquellos seres mágicos como callados o tímidos, que llegaban, hacían lo que tenían que hacer y desaparecían misteriosamente. El hada del abuelo tenía genio, eso estaba claro.

            Al mediodía, me llevé una sorpresa fantástica. Cuando llegó la hora de comer, y la prima de Ivona y yo esperábamos que papá se escapara un rato para después volver corriendo al hospital, quien apareció por la calle París fue mamá. Debí de pasarme cinco minutos abrazándola. Como la daban días por la hospitalización, había decidido avisar en el trabajo y venir en cuanto tuvo noticia. Mientras comíamos, porque papá no vino al final, pensé en otra cosa que ya no resultaba tan divertida. Si mamá, después de casi dos semanas, había viajado a Murcia sola, con lo poquito que la gustaba conducir, era porque las cosas con el abuelo estaban peor de lo que yo imaginaba. Así que me surgieron sentimientos ambivalentes con su presencia. Era feliz solo mirándola, pero un gusanillo en la tripa me susurraba que algo no iba nada bien. Sin embargo, yo estaba del todo convencido de que el abuelo volvería a su silla del patio, para acabar de contarme su historia.

            A la tarde, la prima de Ivona se marchó, y mamá y yo fuimos hasta el hospital haciendo el relevo a papá, que tenía entrevistas pendientes. El abuelo estaba despierto, con peor aspecto que a la mañana, pero ilusionado por ver entrar por la puerta de la habitación a mamá junto a mí. Mamá fue cariñosa con él, le preguntó muchas cosas sobre cómo se encontraba, los tratamientos, el clima o Ivona. A la vez, de vez en cuando salía al pasillo para indicar alguna cosa a la enfermera o preguntar por si había llegado ya el médico, para consultar algunas cuestiones sobre los resultados de las pruebas que le habían realizado a la mañana.

            Llevábamos dos horas allí, cuando mamá me comentó que saldría a buscar un cajero y comprar algunas cosas para la cena. Papá, supuestamente, estaba al llegar, y no quería demorarse más para evitar que le cerraran las tiendas. Cuando iba a salir me di cuenta de que no la había entendido bien, porque daba por hecho que la acompañaría. Yo no quería, porque encontraba la ocasión perfecta de seguir charlando con mi abuelo, de seguir disfrutando de su aburrimiento. Finalmente, y tras comentarlo con una enfermera simpática, me salí con la mía. El abuelo sabía de sobra lo que yo estaba esperando, así que puso en marcha su narración sin perder un minuto.

            El abuelo había despertado junto a la torre de Belem sin dolor de garganta, totalmente repuesto. Estaba muy optimista, porque si bien había encontrado a su hada muy enfadada con él, sabía que ahora estaba en su mano el volver a verla, aunque no supiera cuáles eran las palabras mágicas que debía pronunciar para que apareciera de repente. Solo tenía que dejar de hacer tonterías, de no volver a cometer la estupidez de ponerse en peligro. Suficiente peligrosa era la vida misma ya.

            Se dirigió al puerto de Lisboa y allí supo que un gran barco saldría con destino Nueva York a la mañana siguiente, para acometer una travesía de más de una semana. El pasaje era caro, pero escogiendo el camarote más económico podía afrontarlo, eso sí, siendo consciente de que llegaría a Estados Unidos con una mano por delante y otra por detrás. Hubiera preferido partir hacia algún país centroamericano o latinoamericano, lugares donde el núcleo de exiliados se comenzaban a organizar con redes de apoyo y colaboración, y donde el idioma no supondría una barrera. Pero el objetivo era salir cuanto antes, abandonar Europa, para evitar que la situación se torciera.

            A la mañana siguiente, sin el menor problema con la nueva identidad que le ofreció el bibliotecario, comenzó su recorrido por el Océano Atlántico, con la sensación de estar llevando a cabo algo casi poético. Viajar en barco a las Américas tenía una magia indudable, una épica de descubridores y un halo de aventura que escondía tantas desgracias, tantos dramas, muchas rupturas provocadas por la espantosa guerra perdida. El camarote era espantoso, un cuchitril que se balanceaba y en que olía a permanentemente mal. Pero todo lo compensaba salir a pasear, apoyado en la barandilla del barco, y contemplar el mar eterno y el cielo estrellado con el vaivén de un barco que parecía no avanzar al no existir punto de referencia alguno en el horizonte.

            Conoció gente que viajaba con historias de huida, similares a las suyas, pero a las que les faltaba la magia de un hada para que todo resultara más sencillo, para que la vida fuera mucho menos triste. Una noche, a solas, frente a un mar que se iba embraveciendo, y con un cielo encapotado que anunciaba la peor de las tormentas, se reencontró con su hada, y esta vez no quiso dejar escapar su oportunidad.

-   Quería hablarte –Dijo el abuelo.

-   Lo sé, por eso estoy aquí. Dime, ¿Qué necesitas?

            El abuelo tragó saliva, tratando de escoger las palabras adecuadas. Estaba a punto de llevar a cabo otro ejercicio más de valentía personal.

-   Ya que eres mi hada, aunque yo no sepa por qué soy merecedor tuyo, o qué tengo para que me ayudes y cuides siempre, debo de hacerte una petición. Creo que no hay un lugar más maravilloso en el mundo que este para hacerlo, en la proa de un barco, surcando el océano y camino de una nueva vida.

-   Dime, entonces. ¿qué quieres pedirme? –Respondió el hada sonriendo tímidamente, como si por un solo momento pareciera completamente humana.

-   Me gustaría pedirte que dejaras de ser un hada. Necesito que dejes de serlo. Eso es todo.

-   ¿Y por qué me haces esa petición?

-   Porque estoy enamorado de ti, por eso. Como en una poesía de Antonio Machado, con un infante ante su juguete más preciado, como un orate que arrastra la mayor de las locuras. Me siento un botarate esperando a que aparezcas, y cuando lo haces, tiemblo de alegría. Pero no solamente cuando me has salvado, hada. También cuando sueño dormido, cuando lo hago despierto, cuando me levanto, cuando trabajo, cuando hago cualquier cosa, por estúpida e irrelevante que parezca. Estás presente en todo lo que soy. Por eso, porque quiero estar a tu lado, cuidarte y que me cuides, quiero que dejes de ser mi hada, que vivas conmigo. Quiero ser capaz de hacerte feliz, y necesito saber si pido una locura, o si es mi locura la que me lleva a hacerte esta petición. Necesito tener la seguridad de que no estoy cometiendo un grave pecado por mirar tan bellos tus ojos, tus labios, tus manos y tu pelo. Y, sobre todo, necesito dormir tranquilo, sabiendo que hice todo cuanto pude para atraer a mi lado a la persona más bella y buena del mundo, que es quien está iluminada en este momento enfrente de mí, escuchando mi legión de tonterías.

            Al abuelo, cuando acabó de declarar su amor por el hada, le temblaba todo el cuerpo. Con tantas aventuras recorridas, tenía la sensación de haberse mostrado más denodado que nunca. Pero si unas las había desarrollado por pura satisfacción personal, y otras por defender sus ideas de justicia y libertad, esta andanza quijotesca la hacía únicamente en nombre del amor.

            El hada miró fijamente al abuelo, y comenzó acariciarle el rostro suavemente, con el dorso de sus dedos.

-   Me halaga mucho tu petición. Lo que he me has dicho es muy bonito, es lo más bonito que he escuchado nunca. Pero no es fácil. No hay nada fácil nunca. Ahora descansa, te hace falta.

            De nuevo, el hada posó sus dedos sobre los ojos del abuelo, que se quedó plácidamente dormido.

            Había anochecido y trajeron la cena a la habitación. A continuación, entraron papá y mamá ya juntos. Parecían contentos. La enfermera les dijo delante de mí que el abuelo había estado contándome no se qué cosas durante todo el tiempo, y que con el cansancio que debía de tener no entendía cómo había aguantado tanto tiempo de charla. Ciertamente, se había quedado agotado. Tras cenar un poco, se durmió enseguida. Entonces, los tres nos fuimos a hacer lo propio en una pizzería de la calle que había junto al mar. Por un momento, era como estar de vacaciones. Después, tomando un helado, dimos un paseo por la orilla de la playa. No podía haber mayor distancia entre la idea que había dibujado en mi cabeza sobre aquel océano donde se declaró el abuelo a su hada, momentos antes de la tormenta, y la charca sin oleaje que representaba el Mar Menor.

            Papá se quedó a dormir en el hospital. Mamá y yo, volvimos a la casa.

ONCE
            Por la mañana, mamá dio el relevo a papá, y me bajé con él a la playa. Estuvimos un par de horas jugando dentro del agua. Fue como si los dos estuviéramos deseando desquitarnos tras lo exiguos baños de días anteriores. Las palas, la barca de pedales, nadar, hacerle aguadillas, hicimos todo lo que se nos ocurrió. Sin embargo, aunque la cosa había podido dar para más, papá se encontraba agotado.

            Al terminar, nos dimos un baño en casa del abuelo, y fuimos al hospital. Allí, mamá le contó a papá que había estado con el médico. Mientras yo toqueteaba una máquina de refrescos en la planta baja del hospital a una distancia prudente de ambos, mamá le contaba que las pruebas realizadas seguían diciendo lo que ya sabían, pero que el tratamiento había surtido efecto. Tras tres transfusiones de sangre, más otra que dejaban para la tarde, el abuelo había recuperado la energía perdida. Probablemente, al día siguiente, le mandarían para casa, porque solo valían ya cuidados paliativos, con lo que una vez en semana se desplazarían a su domicilio para verle. A papá no le convencieron del todo aquellas explicaciones, pero solo le quedaba resignarse. Los tres comimos abajo y, después, mamá convenció a papá para que se fuera a casa a dormir un rato, ya que por la noche repetiría la guardia.

            El abuelo no tenía buena cara aquella tarde. Le dolía la espalda de estar tumbado y se quejaba de fuertes dolores de estómago. Sin embargo, sacó de nuevo su sonrisa en cuanto me vio. Incluso mamá estaba sorprendida de la complicidad que habíamos desarrollado en esos diez días de convivencia. Claro, que ella no sabía cuál había sido el nexo de unión, el método del abuelo para captar mi atención, para verle de otro modo completamente distinto a como lo venía haciendo. La frialdad, el gesto serio y la incomodidad que me producía, se revirtió de manera fulgurante. Sus facciones eran tiernas, su sonrisa generosa y a su lado me encontraba a resguardo, protegido, a pesar de aquella maldita silla de ruedas.

            Cansado de esperar que a mamá le surgiera cualquier cosa para salir un rato de la habitación y poder seguir escuchando la historia del abuelo, decidí proponérselo yo mismo.

-   Mamá, no te enfades pero, ¿Te importaría salir un poquito de la habitación?

            Mamá me miró sorprendida.

-   Es que verás, el abuelo me estaba contando una historia de cuando era pequeño, y como le han traído al hospital, pues nos quedamos a medias el otro día. Además, es un secreto entre los dos, ¿Me entiendes? 

            La sorpresa de mamá seguía in crescendo, por lo que giró la vista hacia el abuelo que, a pesar de sus terribles dolores, casi suelta una carcajada al escucharme hablar así. Entonces mamá sonrió y dijo que se marchaba a tomar un helado y que luego venía, pero yo sabía que no se movería de la sala de espera. Así, volvíamos a estar solos por fin. El abuelo no necesitó preguntarme nada, sabía exactamente lo que estaba deseando escuchar.  

-   Recuérdame qué te conté ayer, no sé bien dónde me quedé. Me falla la memoria y estas máquinas me atontan un poco, Álvaro.

-   Abuelo, te declaraste a tu hada y la pediste que dejara su cargo como hada para irse contigo. Por cierto, ¿Quién otorga los cargos de hada? ¿Los votan? No sé cómo funciona eso…

-   Álvaro, yo tampoco lo sé, la verdad. Además, yo estoy muy enfadado con los jefes de mi hada, ya te contaré por qué.

            Cuando el abuelo despertó en su estrecho camarote, a la mañana siguiente, sentía una gran liberación. Estaba orgulloso de haber encontrado las palabras adecuadas para expresar a su hada lo que el corazón le dictaba. Solo quedaba esperar, aunque ese proceso, hasta que reapareciera para darle una respuesta, fuera un verdadero suplicio.

            Quedaban varios días aún para pisar tierra norteamericana. La tormenta había quedado atrás porque se dirigía hacia el norte de Europa y el barco se mecía con suavidad sobre las aguas. Estrechó amistad con otro español, que viajaba en ese medio por negocios. Podía resultar un buen contacto inicial para aquella nueva aventura, en la que sabía que iba a pasar muchas penurias hasta afianzar algún trabajo que le permitiera poder comer y dormir bajo techo. Pero eso no suponía ni mucho menos un grave problema. Lo que no podía saber era, si el hada se decantaba positivamente, cómo se articularía su vida de nuevo. Daba igual dónde, era prescindible el cómo, solo importaba el quién, si ella iba o no a acompañarle para siempre.  

            Por las noches, su nuevo compañero le invitaba a cenar porque sabía que el abuelo pasaba relativa hambre, y luego le animaba a participar en algún juego de cartas en las salas nobles del transatlántico. Normalmente, rechazaba amablemente la solicitud, porque sabía que todo el tiempo que permaneciera acompañado, sería un inconveniente para el reencuentro, que de aparecer, su hada lo haría cuando estuviera solo. Pero los días pasaban y no había forma. Había vuelto a pasear por la proa del barco, apoyado en la barandilla, esperando, minutos, después horas. El cansancio y la frustración le llevaban de nuevo al camarote a altas horas de la madrugada.

            Tan solo un día antes de arribar en Nueva York, el abuelo estaba convencido de que el hada ya no aparecería; que, quizás, hubiera sido muy osado haciendo aquella proposición; que simplemente el hada le quería cuidar, pero que no renunciar a sus poderes; que, tal vez, el hada se ocupara de otras personas a la vez, y no las podía abandonar. Cualquiera de las explicaciones que giraban como un carrusel sobre su cabeza, resultaban razonables, comprensibles. El abuelo deseaba más que nada en el mundo estar con ella, pero no la iba a reprochar una negativa. Enfadarse no sería lo más sensato pero, precisamente porque nada de lo que le había pasado con ella había sido demasiado coherente, mantenía una mínima línea de esperanza, de fe en que su amor fuera correspondido.

            Ocurrió en el momento que menos esperaba. Un murmullo general se escuchaba en todo el barco, porque a lo lejos se apreciaban los altos rascacielos de Nueva York, haciendo que todos los viajeros salieran de sus camarotes para acumularse en uno de los laterales del barco. El abuelo no se movió de su camarote. Recogía sus pertenencias pacientemente, porque sabía que faltaban aún varias horas para el desembarco. No le entusiasmaban los jolgorios populares, las multitudes, mejor esperar. Además, estaba triste, apagado, desesperanzado por el paso de los días sin noticias de ella. Miraba dentro de su modesta maleta, cuando su hada apareció a su espalda.

-   Hola –Dijo el hada.

            El abuelo dio la vuelta como un resorte y la encontró allí, radiante y bella como siempre, pero sin la luminosidad de otras veces. Era de esperar. No era de noche, no estaban en un oscuro monte ni en una montaña nevada. Estaban en su pequeña habitación gris, pobre, sucia, pero el candil alumbraba suficientemente. El hada no precisaba mostrar su aura, su halo mágico. La belleza de sus facciones, vistas así, parecía más natural, más imperfecta y, por tanto, mucho más cercana.

-   Creí que nunca volverías a aparecer –Respondió el abuelo, alegre pero tremendamente nervioso- Ansío una respuesta, hada, algo que deje tranquilo a mi corazón, ya sea para saberse correspondido o para iniciar su duelo. El alma se me va a salir por la boca en cualquier momento, créeme.

-   Yo te voy a dar esa respuesta que me pides, para eso he venido. Pero antes, quiero saber una cosa. Pronto empezarás una nueva vida, en la que apenas recordarás lo que has hecho en los últimos años, en la que afrontarás nuevos retos y grandes dificultades. Quiero saber si serás fuerte, quiero que me prometas que lucharás todo lo que puedas para salir adelante, como has hecho hasta ahora. Quiero saber que seguirás siendo tú.

-   Yo no puedo prometerte lo que seré, preciosa hada, pero sí que lucharé con todas mis fuerzas para seguir siendo lo que soy hoy.

            Ella sonrió y se sentó en la cama, mirando al abuelo.

-   Quiero vivir contigo.

            El abuelo, apoyado a la puerta del camarote, rompió a llorar de felicidad al escuchar aquellas palabras. Tuvo que sentarse en el suelo para, sin fuerzas, afrontar lo que el hada quería expresarle.

-   Quiero salir de este barco a tu lado, quiero estar a tu lado todos los días de mi vida, quiero morirme a tu lado, quiero cuidarte y que tú me cuides a mí. Te he observado, te he observado mucho, muchas horas, muchos días, mientras dormías, mientras luchabas. Eres la persona más maravillosa que he conocido, la que tiene el corazón más grande. Y eso es más que suficiente para que alguien como yo quiera desprenderse de estas alas que tú me has regalado, y de esta luz que tú siempre creíste que tenía a mi alrededor, para compartirlo todo contigo.

            Cuando, desde la cama del hospital, el abuelo me recordaba aquellas palabras, hacía inevitablemente lo mismo que el personaje de su narración: llorar. Yo, sentado junto a él, le miraba viendo al tiempo al abuelo joven frente a su hada, no dando crédito a su fortuna.

-   Entonces –Me dijo el abuelo- me pidió que me sentara a su lado. Yo cogí fuerzas de donde no las tenía, y me puse junto a ella, apoyando mi cabeza en su hombro. Mis lágrimas humedecieron su vestido blanco. Estaba a mi lado, ya no como un hada, sino como una persona real, que podía tocar, cuyo latido podía sentir, que respiraba entrecortada, porque ella también estaba emocionada con todo aquello. Pasamos así un largo rato, sin decirnos nada, simplemente mirando al infinito, a nuestro propio infinito particular. Después, retiró levemente mi cabeza de su hombro, y me pidió que la besara, porque solo así, con un tierno beso, sus alas abandonarían su espalda, desaparecían para siempre. Y así lo hice, la besé en los labios con los ojos cerrados, y al posar mis manos sobre su espalda, me di cuenta de que ya no estaban.

            Yo estaba tremendamente sorprendido, aquel final era muy bonito. Todo podía haber salido peor, mucho peor. Pensaba en una vida llena de retos y aventuras, de dolor y sufrimiento, incluso de hambre y, de repente, mi abuelo encontraba la mejor recompensa posible. Pero, en el fondo, había en la historia algo que no me encajaba del todo bien. Creía en las hadas, creía en la magia, creía firmemente en la historia de mi abuelo, pero lo que no acababa de entender era qué pintaba mi abuela en toda esta historia, porque yo había tenido una abuela que vivía con él. Así que no dudé en preguntárselo.

-   Mi hada, Álvaro, era tu abuela. Era un hada y se convirtió en mi mujer, en la mamá de papá, y en tu abuela, aunque no te llegara a conocer –Explicó el abuelo, ya visiblemente cansado- ¿Cuánto sabes de tu abuela, Álvaro? ¿Qué te ha contado papá de ella?

-   La verdad es que poco, muy poco. Como no la conocí, pues hemos hablado poco de eso. De mis otros dos abuelos sí que sé muchas cosas.

-   Entonces, si quieres saber más de ella, recuérdamelo cuando tengamos otro ratito, porque están repartiendo las bandejas de la cena. Aquí nos dan de comer poco y malo. Estoy deseando ir a casa.

            Yo salí al pasillo para avisar a mamá de que ya podía entrar si quería. Ella me pidió que un día, más adelante, le contara esa historia que me tenía tan intrigado. Pero casi todas mis dudas se habían resuelto esa tarde, solo me faltaba saber un poquito más de mi abuela-hada. Estaba contento por tener una línea ascendente tan chula en el árbol genealógico de mi familia pero, sobre todo, por saber que a mi abuelo le salieron las cosas bien, de una vez por todas.

DOCE

            Papá escogió a Marina, para cuidar al abuelo. Tenía cincuenta y seis años, había nacido en Cartagena. Su padre trabajaba en el Puerto de la ciudad, tan vinculado siempre al campo militar. Escogieron aquel nombre para la primogénita por esa razón. Marina tuvo otros dos hermanos, ambos varones, que en cuanto tuvieron ocasión, desaparecieron de la ciudad. Fueron a trabajar uno a Argentina y el otro a Barcelona. Ella se quedó a cargo de sus padres cuando envejecieron.

            Se casó con un hombre de la ciudad que trabajaba en el sector de la metalurgia. La relación no era mala, pero tampoco excesivamente buena. Convivían con la premisa cultural de que él, como era quien trabajaba, hacía y deshacía mientras que ella, ama de casa, se encargaba de que todo estuviera a su gusto. Al fin y al cabo, así sucedía en la mayor parte de las familias españolas. Tuvo dos hijos, los crió, los cuidó y los perdió de vista cuando alcanzaron la mayoría de edad. Ambos habían terminado en Madrid.

            Su marido enfermó cerca de la cincuentena, los médicos la dijeron que tenía el hígado hecho añicos y quedó en cama hasta 1991, fecha en la que, finalmente, murió. Sola, con los hijos lejos, con una pensión que le permitía sobrevivir modestamente y con un férreo patrón de pensamiento tradicional, no se había planteado rehacer su vida. Una vez en semana acudía al cementerio a limpiar la tumba de su marido y, todo lo más, charlaba de vez en cuando con algunas vecinas. Decidió invertir su tiempo, ya que para entonces nadie lo fiscalizaba, en ayudar a los demás. Así, comenzó a colaborar con los Servicios Sociales de la zona, acompañando a ancianos a realizar gestiones cotidianas o ir a los médicos. Salvo la satisfacción personal, le generaban más gastos que otra cosa, porque solía renunciar a que un determinado anciano, tal vez con mayores dificultades económicas que ella, le pagara el transporte público en los acompañamientos.

            Como nada la ataba especialmente a su casa, le llamó la atención un anuncio que había visto en el tablón del hospital de referencia, y decidió llamar. Sin un especial ánimo de obtener grandes remuneraciones económicas, sino con un deseo real de estructurar su tiempo, acudió a la entrevista con papá como quien quiere probar una cosa nueva, para conocer las condiciones y después, en caso de ser seleccionada, tomar una decisión definitiva. Le gustó la casa, papá le pareció una persona honesta cuyos ojos contaban involuntariamente que tenía un grave problema entre manos. Empatizó, pensando en la situación de sus hijos, también en Madrid, cuando dentro de unos años les tocara pasar por lo mismo con ella. Además, aunque a primera vista el abuelo pudiera parecer poco agradable, el comentario que realizó mientras se entrevistaban en el comedor, pidiendo que no le molestase nadie porque estaba con su nieto, le pareció enternecedor, la hizo sentirse cómoda.

            El domingo a mediodía dieron el alta al abuelo y volvió a casa. Había recobrado energías, aunque algunos dolores seguían siendo recurrentes a pesar de la medicación. Papá y Mamá se vieron con Marina después de comer y estuvieron charlando largo rato. Finalmente aquello no fue una entrevista sin más, sino una charla amena en la que mamá buscaba desesperadamente que papá pudiera quedarse tranquilo a su marcha, que encontrara en ella una persona sensible y atenta, que sabía la labor que le iba a corresponder con el abuelo porque ya la había padecido anteriormente con su propio marido. Y lo consiguió, porque buena parte de la conversación sirvió para que Marina pusiera en bandeja el relato de su vida hasta ese momento y la aceptación y el apoyo de los hijos, que implicaba el cambio de residencia, al menos por un tiempo. No era del todo así, sus hijos hubieran preferido otra cosa. Una nueva relación, una oportunidad distinta que no fuera cuidar a quien todo lo tenía ya perdido. Pan para hoy y hambre para mañana debían pensar. No les faltaba razón.

            Yo aproveché aquella distendida charla para estar con mi abuelo. Hoy nos perdíamos una de las etapas clave de Tour de Francia, pero teníamos entre manos menesteres de mayor importancia.

            Mi abuelo y mi abuela-hada bajaron la escalerilla del barco juntos. Para todo el mundo, era un misterio de dónde había salido aquella compañera inesperada del hombre solitario. En Nueva York permanecieron algunos años, los suficientes como para regalarse besos en el desfile de la victoria, tal y como hizo aquella otra pareja de novios que quedó inmortalizada en una fotografía famosa. Los dos estaban muy contentos y consiguieron algún trabajo que les permitía vivir humildemente. Sin embargo, ambos tenían en su cabeza la idea de volver a España. Cuando las cosas estaban más calmadas y la sed de venganza inicial de vencedores a vencidos fue saciándose muy poco a poco, decidieron retornar a Madrid.

            Se instalaron en una modesta casa del barrio de San Blas. Ella no podía trabajar, no estaba bien visto. Allí, decidieron que naciera papá. De vez en cuando, mi abuela-hada seguía en contacto con otras compañeras de su antigua profesión. Sus antiguos jefes la habían tentado muchas veces para que volviera a ser un hada, pero ella solo quería estar con el abuelo y con su hijo, cuidarles, abrazarles, hacerles sentir bien.

            Cuando el abuelo se jubiló, a mediados de los años setenta, propuso a la abuela-hada ir juntos cerca del mar. Compraron aquella casa para pasar su vejez juntos, ser felices, pasear por la playa y disfrutar del resto de sus vidas. Papá se quedó estudiando en Madrid y allí conoció a mamá. Años después se casaron y enseguida me tuvieron a mí.

-   Pero no todo fue felicidad, Álvaro –Dijo el abuelo, entristeciendo la mirada- porque un antiguo jefe de la abuela, de mi hada, la exigió que volviera a trabajar porque necesitaban más hadas. Le explicó no se qué de que el mundo se estaba torciendo y que necesitaban trabajadoras con experiencia.

-   ¿Con experiencia en hada, abuelo? –Pregunté extrañado.

-   Exactamente. La abuela tuvo que marcharse, tuvo que irse para siempre, de nuevo. Me dolió mucho, muchísimo.

            En ese momento, el abuelo se quedó sin palabras. Se me ocurrían varias preguntas que hacerle, pero algo me dijo por dentro que debía esperar a que se repusiera, para que pudiera seguir hablando.

-   Se tuvo que marchar, rápidamente, casi sin despedirse. Yo no puedo arrepentirme de nada. Siempre fue muy buena conmigo. Aunque fuera mi mujer, siempre fue mi hada. Me cuidó toda su vida. Pero, Álvaro, la abuela era un hada, eso yo no podía cambiarlo. Y tenía que ir a ayudar a otra gente que lo necesitara.

-   ¿Y por eso yo no llegué a conocerla, abuelo?

-   Sí, cariño, por eso no pudiste conocerla. A ella la hubiera encantado, desde luego. La hubieras hecho muy feliz.

-   Vaya fastidio, abuelo. Entonces… -pensaba yo- ¿Cuando te sentaste en esa silla de ruedas?

El abuelo dudó un instante y volvió sus ojos, como siempre, hacía el adosado de enfrente. Él solo, sin decirme nada, sonrió. Después me contestó.

-      Uno, Álvaro, tiene que defender sus derechos y los de los demás siempre que pueda, siempre que uno esté seguro que lleva razón, que es justo hacerlo. Yo no podía quedarme quieto tras la decisión de sus jefes. Tenía que protestar de alguna manera, ya que no podía oponerme. Entonces, mi forma de protesta fue sentarme en esta silla de ruedas. Decidí quedarme sentado toda la vida reivindicando que la abuela se fuera para siempre de mi lado. Así que, ¡O bien me la traen aquí ahora mismo! O ¡Que me lleven con ella! Pero yo de aquí, Álvaro, no me levanto. 

            Me encantó la idea de protestar tan a lo bestia. Y yo que pensaba que papá era un poco cabezón. Por fin mi abuelo me había puesto todas las cartas encima de la mesa, por fin podía saber quién era y a qué se dedicó toda su vida. El misterio estaba resuelto. Era un hombre bueno y se dedicó a amar siempre a mi abuela. Y como los jefes siempre lo complicaban todo, pues toma protesta. Casi veinte años allí sentado. Eso, también, era tener mucho valor.

            Cuando acabaron la entrevista, Marina estuvo un rato hablando con el abuelo y haciéndome carantoñas. Después se marchó. Empezaría a trabajar el día siguiente y, según escuché, nosotros abandonaríamos Murcia el martes. Mamá, sin embargo, tuvo que volver sola en el coche aquella misma tarde. 

TRECE
            Marina se apañaba sorprendentemente bien con las tareas de la casa y con las cosas del abuelo. Pasaba más apuros cuando le tenía que coger. Las primeras horas, si mi abuelo necesitaba ir al baño, por ejemplo, papá le ofrecía su ayuda pero ella la desestimaba rápidamente. Quería adaptarse cuanto antes a la nueva situación. Todo aquello dejó tranquilo y contento a papá, que decidió que fuéramos de nuevo a la playa para despedirnos de ella hasta más ver. Se sentía liberado en cierto modo. Preocupado por el estado de salud que tenía, pero confiado en que iba a estar bien atendido.

            Esa tranquilidad la percibí rápidamente en el agua, porque papá estuvo más juguetón que nunca, enseñándome, por ejemplo, distintos estilos de natación. Compramos unas gafas de bucear y me enseñó a mirar por debajo del agua desde la superficie. A mí me daba un miedo espantoso abrirlos a pesar de llevarlas puestas pero, por un momento, pensé en qué tontería más grande sabiendo las cosas a las que se había enfrentado mi abuelo, y allí estaba. Finalmente, pude disfrutar de un fondo marino desalentador y sucio, por el que, muy de vez en cuando, pasaban un grupito de peces aburridos. Tal vez papá me quisiera concienciar de lo mal que cuidamos el medio ambiente, siguiendo la poderosa regla de aprende jugando.

            Por la tarde, hubo muchos silencios. Estábamos los tres, así que no tuve ocasión de hablar nada más con mi abuelo. Él estaba apenado con nuestra marcha, lo que no significaba que no la entendiera. Suficiente culpable se sentía ya con que papá y mamá hubieran tenido que rehacer todos los planes veraniegos. Todos nos acostamos rápidamente.

            Por la mañana, Marina estaba en casa con la maleta a cuestas, cuando prácticamente no habíamos comenzado a desayunar. Nosotros hicimos lo propio con la nuestra. Solo cuando vi aquella mochila llena y el patio sin rastro de mis juguetes es cuando realmente me di cuenta de que nos marchábamos, de que no volvería a ver al abuelo hasta vete tú a saber cuándo. Papá se acercó a por el coche y lo dejó en la misma puerta. Era el momento de la despedida.

-   Abuelo. Muchas gracias por haberme dejado tu patio para jugar y, sobre todo, por haberme contado tus secretos. Siempre que tenga una pesadilla en la que me vaya a pasar algo malo, pediré a mi hada que venga a salvarme. No se me olvidará nunca.

            El abuelo no era capaz de contener las lágrimas. Yo tampoco. Recordé el primer día que le vi, aquel cinco de julio, y me sentía estúpido cuando le di un beso por compromiso mientras él intentaba darme más. Ahora era yo quien le dio cinco, diez, quince, hasta que papá me dijo que me metiera en el coche y le esperara allí. 

            Subí al asiento del copiloto. Las lágrimas me caían por las mejillas y volvía a moquear. Siempre que me pasaba temía la cara de disgusto de mamá, pero como estaba solo en ese momento, moqueé a gusto. Mirando por la ventanilla, veía al abuelo llorando. Marina le agarraba de la mano, como si le conociera de toda la vida. Papá le hablaba muy de cerca, casi podían chocar las narices. Algo importante le estaba diciendo. Algo que yo no podía entender.

            Cuando papá subió al coche, arrancó rápidamente. No quiso perder más el tiempo. Yo bajé la ventanilla con el moderno sistema automático del coche, y grité:

-   ¡Adiós abuelo! ¡No te levantes nunca de la silla, sigue protestando!

            Papá no entendió nada, pero la verdad es que tampoco me hizo mucho caso. Los primeros veinte minutos de trayecto, el silencio era total. La cara de papá estaba tensa, parecía estar aguantando la respiración. Finalmente, decidí decirle algo:

-   Papá, si tienes que llorar, pues llora. No pasa nada.

            Entonces él me sonrió, me dijo que me durmiera un rato, y yo lo hice.

            El cartel rezaba que faltaban aún sesenta kilómetros para Madrid. Hacía ya un rato que me había despertado. Papá había decidido no parar a descansar, pero yo me estaba haciendo pis, así que le fastidié los planes. Cuando entramos al bar, me dejó tomarme un Trinaranjus de Naranja mientras él tomaba un botellín de cerveza. Era buen momento para satisfacer más curiosidades, porque le veía más tranquilo.

-   Papá, ¿Desde cuándo está el abuelo en esa silla de ruedas?

-   ¿No te lo ha contado? ¿Con todas las cosas que habéis estado hablando, que miedo me dan, no te ha contado eso? –Preguntó sorprendido.

Yo negué con la cabeza.
               
-   Pues toda la vida.

-   ¿Toda la vida? ¿Cómo que toda la vida, papá?

-   Álvaro, cuando el abuelo tenía unos treinta años más o menos, trabajaba en una fábrica donde todo era muy duro. Un día tuvo un grave accidente, y quedó en coma.

-   ¿Qué es quedarse en coma?

-   Quedarse en coma es estar vivo, pero dormido, sin poder hablar, sin poder comer, sin poder ver nada, sin poder oír, sin poder ir al baño…

-   ¿Como si estuvieras muerto, papá? –Dije interrumpiendo.

-   Deja eso, Álvaro. Es estar muy malito, pero como tu abuelo era muy fuerte, se recuperó, pero no del todo. No pudo volver a andar y entonces tuvo que llevar una silla de ruedas siempre.

Me quedé un rato pensando. Antes de volver a subir al coche, pregunté otra cosa.

-   ¿Y la abuela? ¿Qué fue de ella? Porque yo no la he conocido…

-   La abuela, Álvaro, murió hace muchos años.

-   ¿Y cómo murió? ¿Qué la pasó?

-   Tuvo una enfermedad muy mala, se fue muy rápidamente, ni se enteró ella, ni nos enteramos nosotros. ¿Tú no sabes eso de que cuando uno se muere se convierte en una estrella? Tu abuela es una estrella, Álvaro, una estrella del cielo.

-   No, papá –evidentemente o estaba mal informado o no se había enterado del todo bien- la abuela se convirtió en un hada, en el hada del abuelo.

            No volví a hablar en todo el camino. Estaba un poco enfadado. Mi abuelo se había inventado todo, aunque, en el fondo, la historia era tan bonita que no hubiera podido reprocharle nada.

            El resto de mi verano en Madrid lo pasé jugando con Mario y en la piscina con mamá. Un fin de semana fuimos a ver a mis primos, y la verdad es que lo pasé estupendamente. Pero echaba de menos estar con el abuelo. Pronto comenzaría el curso, pero antes, todavía nos quedaban unos días de vacaciones juntos por delante.

            Una mañana de agosto, el día veinticuatro, sonó el teléfono de casa. Era Marina y lo cogió mamá. Enseguida se puso a llorar. Papá se asustó mucho y mamá le contó que el abuelo había sido ingresado y que se encontraba muy mal, que los médicos habían pedido que los familiares viajaran cuanto antes allí. Tenía que pasar.

            Prepararon las cosas a toda prisa y, con los nervios, no cayeron en la cuenta de que no sabían muy bien qué hacer conmigo. Comenzaron a discutir. Mamá pensaba que no debía de ir con ellos, que mejor que me quedara con los otros abuelos. Papá pensaba parecido pero en el fondo no se regañaban entre ellos. Eran sus nervios los que estaban a flor de piel. Yo, entre las voces de ambos, levanté la voz.

-   ¡Quiero ir! ¡Dejadme ir a ver al abuelo!

            Los dos se quedaron parados por un momento. Por lo menos sirvió para que se callaran un instante.

-   No puedes venir, cariño. El abuelo está muy malito.

-   Pues si está muy malito, me quedo. Pero si se va a morir, quiero ir, mamá. Tenéis que dejarme ir.

            No llegamos a tiempo, aunque lo cierto es que papá corrió más de lo habitual. Mamá le decía que estuviera tranquilo y le acariciaba la mano y el pelo mucho. Pero al llegar al hospital, prácticamente de noche, el abuelo se había marchado con su hada, por fin, para siempre.

            Recuerdo el llanto de papá, la supuesta entereza de mamá y la sensibilidad de Marina, que era en definitiva quien le había visto marcharse. Papá fue muy cariñoso con ella en el tanatorio, del que no se movió ni un solo instante. Recuerdo el frío que hacía en la sala de espera, y también las caras de los vecinos del abuelo. Recuerdo que llegaron, al día siguiente, mis abuelos, y que acompañé a papá a recoger unas cosas a la casa del abuelo. Le dejé que paseara por dentro, a solas, para que hiciera todo lo que tuviera que hacer. Yo, me senté en la silla de al lado, como siempre, mirando hacia el adosado de enfrente. Miraba al lado, pero no estaba. Volvía a hacerlo, pero era inútil. Después, como quien hace una travesura, me senté en su silla y me sentí él, me deseé la misma valentía, la misma bondad y la misma capacidad de amar que él había tenido toda la vida. Papá me regañó cuando me vio, pero yo estaba muy orgulloso por haberlo hecho.

            Del entierro, no consigo recordar casi nada pero, en cambio, sí del trayecto de regreso a Madrid.

-    Papá, el abuelo sabía mucho de sitios, de viajes, de guerras, ¿Verdad?

-   Sí, cariño, el abuelo sabía muchas cosas –Me respondió.

-   ¿Y cómo podía saber tanto si nunca pudo viajar a ninguna parte porque estaba en esa silla de ruedas?

-   Álvaro, leyendo se puede viajar a cualquier parte. Y el abuelo leía mucho. Por cierto, ¿Me contarás alguna vez que historia os traíais el abuelo y tú cuando estuvimos en julio, o es un secreto tan secreto que no me lo dirás nunca?

            Yo me eché a reír, y mi risa les contagió a los dos.

-   A mi es que me gustaba su aburrimiento.

-   ¿El qué? –Preguntó mamá sin entender mis palabras.

-   Nada, mamá, cosas mías –Dije sin querer darle importancia- Además, el abuelo siempre me contaba la misma historia, de una manera, de otra, una vez, otra vez, pero siempre lo mismo.

-   ¿Y qué era si puede saberse?

-   Sí, que quería mucho a la abuela, que la amaba con locura.


CATORCE
            ¿Sabes una cosa? Mi abuelo no me mintió, no lo hizo nunca, no se inventó esa historia que debía aburrirme y que me llenó el corazón. Fue real, y yo lo supe años más tarde.

            El abuelo trabajaba en una fábrica que se dedicaba a montar máquinas para obras. Era duro y llevaba desde los dieciséis. No había conocido a su padre o, al menos no lo recordaba. Su madre le tuvo a él y a cuatro hijos más. Dos de sus hermanos cayeron a comienzos de la Guerra Civil peleando por lo que creían. Otro más, también varón, salió del país y de Europa cogiendo un barco en Lisboa. A los pocos años, cayó enfermo. La única hija se exilió a comienzo de la contienda. ¿Adivinas adónde se fue? A Suiza.  

            Él decidió no separarse de su madre. No se involucró en política y, como único sustento económico para ella, le permitieron no ir obligado al frente. Siguió trabajando desde la retaguardia. Sin embargo, un día, antes de terminar la Guerra, sufrió un gravísimo accidente. Salvó la vida milagrosamente pero, en el hospital, cayó en coma profundo. Aunque había pocos medios entonces, consiguieron mantenerle así, con los cuidados mínimos. Al cabo de cinco años, seguía en la misma cama del mismo hospital, pero España había cambiado muchísimo. Había épocas en las que todo estaba perdido, y la obcecación sobre todo de una de sus enfermeras hacía que no se tomaran medidas drásticas que, si bien la moral cristiana rechazaba tajantemente, se practicaban de manera habitual en muchos hospitales.

            Aquella enfermera era su hada, por eso llevaba siempre un vestido blanco. Hubo numerosos momentos durante aquel periodo en el que estuvo a punto de morir, de apagarse de manera sencilla. Su enfermera no se despegaba ni un momento, le hablaba, le contaba cosas, buenas y malas, pero cosas, pensando que tal vez podría escucharlas. Había entablado una relación muy afectuosa con la madre de mi abuelo. A través de ella, supo en secreto, ya que por las implicaciones políticas no podía ser de otro modo, qué había ocurrido con el resto de hermanos. Y después, a solas, por las mañanas, se sentaba a su lado y le contaba las historias que se inventaba sobre ellos en Suiza, en Portugal, en las Américas. También añadía las propias, explicando su vida en un pequeño pueblo del norte de Jaén. En todo aquel proceso, que duró cerca de siete años, mi abuelo se quedó sin madre también.

            Una mañana, como si se tratara de un milagro, el abuelo dio mayores muestras de estar vivo. Abrió los ojos. Su enfermera, en ese momento, el acariciaba el pelo. Sorprendida, entusiasmada, avisó a los médicos, que la explicación que había que ser cauteloso. Pasó varios días sin dar nuevas muestras. Sin embargo, ella, que se había enamorado perdidamente de aquel cuerpo que yacía sobre la cama semimuerto, tras conocer su historia y haber visto marcharse antes a su madre, volvió a ser testigo de cómo emitía un leve sonido para, a continuación, abrir los ojos de par en par y encontrar sus ojos, sus manos, su pelo rubio cayendo sobre los hombros y su sonrisa de nuevo.

            Durante los tres años siguientes, el milagroso proceso de recuperación tuvo altibajos grandes. La enfermera le fue enseñando a hablar, a comer, a mover los brazos, a absolutamente todo. Sin embargo, a medida que fue retomando el habla, comenzó a hacer preguntas. La enfermera tuvo que ser honesta y explicarle todo. El abuelo fue capaz de aprender a volver a llorar por sí mismo, sobre todo, cuando escuchó cómo su madre había muerto, sin separarse un solo día de su lado en aquel hospital. Una noche que no estaba la enfermera, preso de la angustia, incrédulo ante los zarpados que había recibido al reabrir los ojos, al volver a ser consciente de la crudísima realidad familiar, intentó como pudo quitarse la vida. No lo consiguió. Aquel día mi abuelo soñaba que estaba en un monte y que provocaba a la Guardia Civil para que lo mataran de una vez por todas. Cuando ella, su enfermera, su hada, se enteró, le echó una terrible bronca. Le dijo que si volvía a intentarlo, dejaría el hospital para siempre. Sí, tenía mucho genio.

            A mi abuelo solo le ataba a la vida ella, realmente. En otra ocasión, poco tiempo después, sufrió una neumonía que casi da al traste con su vida después de tanta lucha. Mi abuelo me habló de aquello ese verano, cuando tosía frente a la Torre de Belem y el hada apareció calmándole, curándole, con paciencia y con mucho amor.


                Finalmente salió adelante, aunque quedó inmovilizado de por vida. Sus piernas habían muerto definitivamente en el proceso. Tras casi diez años en aquel hospital, llegaba el momento de abandonarlo y, antes de hacerlo, mi abuelo quiso declararla su amor. Para entonces, su enfermera llevaba largo tiempo sabiendo que aquel era el hombre de su vida, al que debía cuidar, al que debía amar. Horas, días, semanas y meses observándole, hablándole, dentro y fuera de su horario laboral. Porque ella, que fue mi abuela, también fue el hada que con su magia, con su luz, le sacó adelante y le dio ganas de vivir de nuevo. Le sacó de la muerte y construyó una vida con él.

            El tiempo había pasado, mi abuelo pasaba los cuarenta años y mi abuela tenía treinta y ocho. Tuvieron un hijo, mi papá, mi padre. Leía mucho, sobre todo acerca de la Segunda Guerra Mundial, que había dejado millones de muertos mientras él solamente dormía, en manos de su hada. Le dieron una pensión con la que se mantenían mal que bien. Sin embargo, quisieron apostar fuerte y marcharse a vivir juntos a una casa en la playa, en una zona tranquila. No llevaban mucho tiempo allí, cuando sobrevino la desgracia. Porque la enfermera aceptó la propuesta de mi abuelo, y los dos salieron juntos de la mano de aquel hospital. Pero estaban juntos de la mano también, cuando una enfermedad se la llevó de manera fugaz, casi imprevisible.

            Mi abuelo perdió a su hada, pero luchó. Luchó por no morirse de pena; luchó porque era lo único que sabía hacer; luchó porque después de haber contemplado la bronca que le echó cuando intentó suicidarse, cualquiera iba a aguantar la que viniera después si tenían ocasión de reencontrarse en la otra vida. Luchó porque era mi abuelo, porque era él y porque eso era lo que ella hubiera querido.

            Mi abuelo no me mintió. Tal vez soñase, tal vez en su inconsciente su enfermera tuviera alas, seguro que ideó el viaje en barco de su hermano, aprendió muchas cosas sobre Suiza, donde huyó su hermana. Tal vez, pensase mucho en el final desesperado de sus dos hermanos, perseguidos por los fascistas en zonas boscosas que él situó en el centro de Francia o en la frontera con Portugal. Quizás residió en su imaginación un tiempo en el Norte de Jaén porque realmente escuchaba a su enfermera hablarle de su infancia en aquel pueblo. No lo sé, no puedo saberlo. Pero no me mintió.   

            No quiso marcharse de esa casa hasta el último día. No hay nada que más me alegre, que haber tenido la oportunidad de escuchar su historia tan solo un mes antes de que se marchara con su hada.

            ¿Recuerdas lo que te dije al principio? Mi historia es sencilla, no tiene grandes pretensiones. Pero ahora que tú la sabes, ahora que has buceado conmigo por ella, quiero recordarte que es mi manual de intenciones, mi propósito casi religioso, el ejemplo perfecto de lo que me gustaría ser capaz de hacerte sentir a mi lado.

            Te quiero, mi hada.