A mamá se le escapó alguna que otra
lagrimita cuando la mañana del lunes cinco de julio se despidió de nosotros
antes de salir de casa para ir a trabajar. Debo reconocer que a mí también. Me
ponía triste verla así y sabía, además, que la iba a echar mucho en falta.
Papá pensó que lo mejor era que madrugáramos nosotros también y que sobre las
ocho de la mañana nos pusiéramos en carretera. Con el coche no solía correr
mucho, pero los más de cuatrocientos kilómetros que nos separaban del lugar de
destino nos llevarían algunas horas y quería llegar donde mi abuelo antes de la
hora de comer.
De
aquella casa recordaba detalles, nada más. Durante esos días tuve oportunidad
de fijarlos en mi memoria y, hoy, reconocería con total seguridad incluso
el olor de sus estancias. Se trataba de una planta baja, a modo de chalet
adosado, en la calle París de una urbanización cercana a las playas de Mar
Menor, en la localidad de Los Alcázares. Tenía una entrada abierta pero con
rejas, con un patio no muy grande que se convertiría en
el escenario habitual de mis juegos, con varias plantas junto a un pequeño
naranjo y otro limonero. Bajo la ventana del comedor, dos cómodas sillas de
plástico que uno podía convertir en tumbona si así lo deseaba. Una era la
de mi abuelo. La otra, tal vez fuera de mi abuela, de Ivona, de mi
padre, mía, de quien se sentara a acompañarle en cada momento. Aquel patio no
tenía unas envidiables vistas al mar. Únicamente se podían observar los
adosados de enfrente. El comedor era alargado y estrecho, con dos pequeños
sofás, una mesa baja retirada a una esquina para facilitar el paso de la silla
de ruedas, y un mueble de escayola en el que se encontraba un viejo televisor
Philips. Por entonces ya se cogían las nuevas televisiones privadas con
normalidad en casi cualquier lugar del país. Ese aspecto era fundamental para
mí, porque los fines de semana emitían el Pressing Catch en Telecinco, que era
mi programa favorito, además de los novedosos dibujos japoneses que
poblaban las parrillas matinales. De las paredes colgaba una fotografía de mis
abuelos cuando eran jóvenes y otra mía junto a mis padres cuando yo era
aún un bebé, además de una lámina alegre con motivos florales. Por el mueble de
escayola se repartían los dos marcos con las fotos de los hijos de Ivona, que
mi abuelo no se había planteado retirar. Faltaba una mesa de comedor, apañada,
para un máximo de cuatro personas pero con tres sillas.
Más
adentro estaba la habitación de mi abuelo, amplia, con un armario que ocupaba
todo el ancho de la pared; el baño, adaptado convenientemente para facilitar su
acceso; y otra pequeña habitación con dos camas individuales, una para papá y
otra para mí. Después estaba la cocina, coqueta, discreta pero moderna, desde
la que se accedía a un pequeño patio interior con otra ducha abierta adaptada y
una modesta alacena.
Cuando
llegamos, el rostro de la prima de Ivona expresó alivio, la sensación de
haberse quitado un enorme peso de encima. El de mi abuelo denotaba, sin
embargo, tristeza, seguramente porque era consciente del cambio de planes
que había generado en la familia aquella desafortunada situación. Porque,
aunque yo no lo pensara en aquel momento, había algo mucho peor que portar
una pesada carga a tus espaldas, y era sentirse como tal, saber que dependías
de los sacrificios notables de otras personas para afrontar tu día a día,
siendo conocedor, además, de la cruel verdad que es saber que no tendrás ni
mucho tiempo, ni maneras suficientes para recompensar de algún modo ese
esfuerzo.
Encontré
a mi abuelo envejecido, deteriorado, apagado, ausente. Siempre con la mirada al
frente, perdida, pero cuya retina reflejaba el patio del adosado que se
encontraba al otro lado de la carretera, y que alquilaban solo en verano. Me
costaba horrores apreciar un gesto amable en su semblante, todo, o casi todo en
él, me parecía lejano, ajeno, distante, frío, como si los hierros de su silla
de ruedas se hubieran adherido a su cuerpo, llegando a formar parte del mismo.
Hablaba más despacio que nunca y me costaba entenderle. A pesar de todo, me
acerqué y le besé discretamente en la mejilla y él, torpemente, quiso
aprovechar ese momento para cogerme la cara y lanzarme todos los besos que le
dio tiempo antes de que yo me retirara. Pero aquello, que sin duda debía
de poseer un significado, obedecer a algo, yo ni pude ni supe comprenderlo
entonces. Papá confirmó mi mala sensación inicial. Mostraba una cara de
preocupación que ya conocía, que me sabía de memoria, y que no lograba
disimular del todo con esa sonrisa forzada en el rostro. Después de comer junto
a la prima de Ivona, llamó a mi mamá por teléfono para decirla que habíamos
llegado bien. Habló en voz baja, pero yo conseguí escuchar la conversación:
- Hola (...) Sí, hemos llegado, todo
bien. Ya hemos comido (...) ¿Álvaro? Sí,
no se ha dejado nada. Está en la habitación ahora, un poco tristón, pero ya se
le irá pasando (...) Pues le he encontrado mal, muy deteriorado, le he notado
un bajón en estos tres meses que asusta (...) sí, la enfermedad se lo debe de
estar comiendo por dentro, tú ya sabes cómo es mi padre, pero ahora tiene una
delgadez, no sé cómo decirte, extraña, no natural, parece como si se estuviera
vaciando por dentro (...) esta tarde no, saldremos a pasear un rato por la
playa, la prima de Ivona se irá en un rato. Vendrá las mañanas de esta semana
para que yo me pueda mover. Mañana por la mañana pondré los anuncios y me
acercaré a los servicios sociales de la zona, a veces tienen listas de gente
que busca empleo, a ver si hay suerte y nos echan una mano (...) Ya, ya lo sé.
Pues si me dicen que lo normal es que me lo lleve a mi casa, entonces les
invitaré a que vengan aquí a tratar de explicárselo a él (...) Bueno, un beso,
el niño te llama a la noche. Chao.
Cuando
colgó papá, me acerqué hasta el comedor para preguntarle una duda.
- Papá, ¿Qué enfermedad tiene el abuelo?
- Vete a jugar un rato, Álvaro –Me respondió.
Las mañanas de esa semana acompañé a
mi padre a hacer mil gestiones. Puso anuncios en revistas locales y en
periódicos de la provincia, acudió dos veces a los servicios sociales del
pueblo y consiguió concertar sus primeras entrevistas. Pero nada parecía salir
como esperaba y seguía inquieto, tenso, nervioso. El viernes decidió acudir al
hospital de la zona, en una localidad cercana, para tomar de puño y letra
números de teléfono de gente que se ofrecía para cuidar enfermos en los corchos
de los pasillos. El sueldo era un problema relativo. Pero lo realmente difícil
era que en tan poco tiempo papá se quedara tranquilo, dejando al abuelo con
alguien a quien no conocía de nada dentro de su casa, con sus cuidados, con sus
necesidades y también con sus libretas de ahorro. Más sabiendo que su único
hijo residía en Madrid. Sentía duramente la responsabilidad de acertar o errar
en un momento crucial de la vida de su padre.
A mediodía comíamos siempre con la
prima de Ivona, que nos contaba las novedades que le habían llegado desde
Ucrania. Por las tardes, dormíamos un rato la siesta y, cuando el sofocante
calor que hacía en aquella tierra suavizaba un poco, salíamos a andar con el
abuelo por el paseo marítimo. Yo jugaba en unos columpios, corría por la arena,
no paraba quieto. Papá estaba especialmente generoso, y cuando no tomaba algún
refresco sin gas, tenía un enorme helado entre mis manos. Él charlaba y
charlaba con mi abuelo. Le contaba cosas de nuestra vida en Madrid, de sus
preocupaciones, de mi colegio, de todo. El abuelo siempre escuchaba y después
hacía las preguntas justas. Pero siempre me miraba a mí, no me quitaba ojo,
hiciera lo que hiciera, cuando volvía mi vista hacia ellos, mi mirada se
cruzaba con la suya. Y yo la apartaba enseguida. De un modo u otro, acabé
convencido de que él no hablaba mucho porque sabía que no le entendíamos bien
o, tal vez, porque no tenía demasiado que contar.
Al caer la tarde, volvíamos a casa y,
papá sentaba al abuelo en su silla. Después, se iba a preparar la cena de los
tres mientras yo jugaba en el patio. Me avisaba para que le ayudara a poner la
mesa. Después, me ponía el pijama, llamaba a mamá, me quedaba un rato viendo la
televisión, me cepillaba los dientes y me iba a la habitación con algún cuento.
Un rato más tarde, papá venía a apagarme la luz y a arroparme con una fina
sábana la tripa. Antes de dormirme, escuchaba cómo papá acostaba al abuelo en
su cama.
El sábado, mientras jugaba
en el patio, tuve la extraña sensación de que mi abuelo quería decirme
algo, aunque no parecía atreverse. Así que decidí empezar yo, tratando de
vencer el enorme respeto que me generaba.
- Abuelo, ¿Por qué miras todo el
tiempo aquella casa de enfrente?
A mi abuelo le sorprendió
mi pregunta, y su gesto serio se transformó, como de la nada, en una sonrisa
abierta, clara, desconocida para mí.
- ¿Tú te acuerdas de las cosas?
¿Tienes recuerdos del colegio, de tus amigos, de mamá?
- Claro –Respondí sorprendido,
porque de cerca le entendía mucho mejor de lo que imaginaba.
- Y cuando recuerdas cosas bonitas,
¿Cómo lo haces? ¿Con los ojos cerrados o abiertos?
- No sé –Respondí- puedo acordarme de cosas con los
ojos abiertos. Hoy me acordé que otro verano comimos paella en el mismo sitio
que lo hemos hecho hoy, y tenía los ojos abiertos mientras lo hacía.
- Álvaro, cuando yo miro aquella
casa, miro mis recuerdos. Me acuerdo de cuando tú naciste, de cuando eras
pequeño, de muchas cosas. También de cuando era pequeño tu padre y de cuando
conoció a tu madre. Incluso me acuerdo de cuando yo era pequeño y jugaba como
tú.
- ¿Tanto? –Respondí asombrado- ¿Los recuerdos no se olvidan?
- Hay recuerdos que se olvidan y
otros que no. Las cosas bonitas no se olvidan nunca, por ejemplo. Aunque pasen
muchos, muchos años.
Mientras, papá
entrevistaba a dos mujeres en el interior de la casa. Les recordaba la
importancia de darle a mi abuelo la medicación puntualmente, contándolas no se
qué de que los médicos habían optado por no operarle ya, dada su edad. Por un
segundo, me pregunté si mi abuelo estaba sordo o simplemente se hacía el tonto,
no haciendo caso a lo que papá decía sobre él y esa enfermedad que tenía. De
repente, tres aviones rugieron en el cielo por encima de nuestras cabezas. Yo
miré embobado aunque mi abuelo ni siquiera levantó la vista. Puse los pies
sobre la silla, flexionando mis rodillas de tal modo que podía mordérmelas con
facilidad. Algún mosquito me había atacado por la noche, y sentía mucho picor
en una de ellas.
- ¿Tú sabes lo que es un hada? –Me
preguntó.
- Claro que sé lo que es un hada. Una mujer con alas, que vive en la
naturaleza, para protegerla, como los gnomos o los duendes.
- Veo que sí lo sabes. ¿Y has visto alguna?
Yo negué con la cabeza.
- Pues yo sí he visto una, y la he
visto muchas veces. ¿Quieres que te cuente cómo sucedió?
CINCO
El abuelo comenzó a contarme una
curiosa historia, que había acontecido más de cincuenta años atrás y se
desarrollaba en Suiza.
- Suiza es un país que está en el
centro de Europa. Fíjate, es muy pequeño, pero sin embargo en él se hablan tres
idiomas principalmente. En el norte, el alemán, porque hace frontera con
Alemania y Austria; en el sur el italiano, porque cerca está Italia; y en el
oeste, el francés, porque hace frontera con Francia.
- Como España entonces, ¿verdad? –maticé.
- Verdad. En Suiza están los Alpes,
unas montañas mucho más grandes que las de la Sierra de Madrid. Tienen mucha
nieve, mucho verde y enormes lagos…
- Abuelo, eso es Asturias, no Suiza –Le interrumpí.
Él se echó a reír. Estaba
disfrutando con aquella conversación.
- No. Asturias es muy bonito. Allí te
habrán llevado tus papás. Pero en Suiza las montañas son mucho más altas aún, y
los lagos, más grandes. Fíjate que las ciudades se construyen y crecen al borde
de esos preciosos lagos. ¿Tú sabes qué más cosas son típicas de Suiza?
- No.
- Pues el chocolate, que seguro que a
ti te gusta mucho. También muchos tipos de queso. Y los relojes. Y la Cruz
Roja. ¿Sabes lo que es la Cruz Roja?
- Sí. En el cole hacemos campañas a
veces de donativos para la Cruz Roja. También he visto muchas ambulancias que
la llevan. ¿Y tú, qué hacías en Suiza, abuelo?
Papá salió en ese momento de la casa,
acompañado de aquellas dos mujeres, que se despidieron amablemente. Entonces me
dijo:
- Hijo. Como hoy es sábado y hay mala
comunicación, voy a acercar a estas mujeres al centro del pueblo, porque de
allí salen los autobuses con más frecuencia. Tardaré veinte minutos. ¿Cuento
contigo para que cuides del abuelo?
- No te preocupes, papá. Estamos aquí
hablando –le dije con total
naturalidad, como si esa hubiera sido la fórmula habitual de toda la semana.
Papá me dio un beso en la frente y
subió a su coche a aquellas dos mujeres. El abuelo esperó a que se fuera para
seguir con su relato. Daba comienzo cuando había decidido realizar un viaje por
Centroeuropa, probablemente en plena Segunda Guerra Mundial. Yo, sin embargo,
ajeno completamente a esa parte de la historia contemporánea, no podía estimar
en modo alguno la verdadera credibilidad de su narración, a pesar de que Suiza
permaneciera neutral en la contienda. El contexto era solo la justificación del
dónde y del cuándo, pero a mí realmente lo que me importaba era el cómo había
sucedido aquello.
El caso es que mi abuelo viajaba solo,
empeñado en conocer de cerca aquellas montañas elevadas de Los Alpes. El
trayecto, lento, tortuoso, lo había realizado en tren, primero desde Madrid a
Barcelona y, después, desde Barcelona hasta Ginebra. Por alguna razón, había
decidido subir a más de tres mil metros de altura, ayudado por uno de los
funiculares que aquel país construía para salvar los grandes desniveles y
facilitar también la labor de aventureros o escaladores. Con lo que mi abuelo
era, por tanto, un aventurero más de aquellos, que se entendía por señas con la
gente, porque solo hablaba castellano, y que llevaba en el bolsillo lo justo
para poder comer y dormir. Pasó varias peripecias hasta llegar a su objetivo,
pero su astucia le iba librando de todo tipo de contratiempos. Al final, una
tarde logró ascender a dos mil novecientos metros de altura en aquel habitáculo
que pendía de un hilo, literalmente y, desde allí, se echó la mochila a la
espalda y comenzó a recorrer la zona.
El día era maravilloso. Estaba soleado
y, aunque la nieve sobrepasaba sus tobillos a cada paso, dejando su solitaria
huella a la espalda, nada hacía peligrar aquella idílica excursión. Las
temperaturas, a bajo cero, se toleraban gracias a la ropa de abrigo que había
acumulado, y a que no corría el viento. El paisaje colmaba todas las
expectativas generadas por el viaje. Un blanco infinito sobre un cielo azul, un
contraste de altísima belleza. La naturaleza en estado puro. Sin embargo,
cuando ya llevaba unos kilómetros andados, se dio cuenta de que empezaba a
oscurecer, aunque todavía era relativamente pronto. Aquello se debía a que por
el norte apareció un ancho y negro nubarrón que retiró el sol bruscamente, que
lo apartó como si nada, para hacer descender las temperaturas con brusquedad.
El silencio previo a la explosión de la tormenta, era estremecedor. En pocos
minutos comenzaba a nevar con fuerza, así que el abuelo pensó que lo más
prudente era desandar el camino cuanto antes, volver sobre sus pasos, para
ponerse a refugio. Sin embargo, no basta con ser un aventurero para poder
sobrevivir a una tormenta de nieve. Es preciso saber otras cosas y mi abuelo no
portaba nada más que una mochila cargada de ilusión y deseos de admirar aquel
paisaje de enorme belleza, para después desaparecer sin estorbarle, sin
entrometerse, sin alterar su naturaleza salvaje, para después conservarlo en su
memoria para siempre. Cuando quiso volver, la nieve había borrado sus pisadas,
como las migas de Hansel y Gretel. Se desorientó, se perdió y comenzó a sentir
frío y miedo.
Caminaba hacia la ladera de una
montaña convencido de que aquel había sido el recorrido anterior, pero después
de unos minutos de travesía, se daba cuenta que estaba equivocado. Terrible,
casi fatídicamente equivocado. Volvía al punto de partida y tomaba otro
itinerario distinto. Sin embargo, el problema real era que el punto de partida,
de por sí, ya era un lugar diferente cada vez. La altura impedía la entrada
natural de oxígeno a su cuerpo, con lo que fue sintiéndose cada vez más
cansado. Pensaba con dificultad y se sentía mareado. Eso le alteraba más, le
ponía más nervioso, con lo que no respiraba de forma adecuada. Casi dos horas
después, en noche cerrada, en medio de la nada, se dio cuenta de que tenía todo
perdido, bajó los brazos. No poseía más ropa de abrigo, apenas tenía algo de
comida y, para colmo, desconocía casi todo sobre supervivencia en ese medio.
Morir de frío, caer desmayado, aterido, era cuestión de tiempo. Comenzó a notar
cómo los dedos de sus pies se congelaban, y esa terrible sensación se fue
trasladando hacia la totalidad de sus piernas. Estaba agazapado en el suelo,
porque no podía mantenerse en pie. La noche era tan cerrada que era inútil
buscan cualquier tipo de refugio. El abuelo, definitivamente, se rindió,
sabedor de que solo un milagro le podría mantener con vida hasta que a la
mañana siguiente, con la luz del día, alguien pudiera encontrarle.
- Entonces –Dijo el abuelo
subiendo el tono de voz para atraer aún más la atención de su nieto que era yo,
embobado, absorto ante las palabras que danzaban juguetonas hasta mis oídos- sucedió el milagro, Álvaro.
- ¿Viste a un hada?
- Sí.
- Pero si no había luz, ¿Cómo la
pudiste ver?
- Porque ella era pura luz, Álvaro.
Se iluminaba sola. Era un resplandor en sí misma.
- ¿Y cómo era?
- Preciosa, perfecta, como un ángel.
Tenía el pelo muy largo y de color rubio, que caía sobre sus hombros como las
hojas sobre la tierra en el otoño. Sus ojos eran enormes, verdosos, a veces
azulados, como una de esas playas paradisíacas en las que a uno le gustaría
quedarse toda la vida. Tenía dos enormes alas y llevaba un precioso vestido
blanco.
Yo recreaba la figura del
hada en mi imaginación, como si de un dibujo animado se tratara. Las había
visto en cuentos, en la televisión, había oído contar historias sobre ellas,
pero mi abuelo, a tan solo medio metro de distancia, me relataba en primera
persona su encuentro real, y a mí me parecía, sencillamente, maravilloso.
- ¿Y qué te dijo, abuelo?
- Me dijo: “Tranquilo, Álvaro, que yo
te voy a cuidar”. Entonces, alargó su preciosa mano hacia mi cabeza, me
acarició levemente el pelo y, bajó con sus dedos suaves, calurosos, por mi
frente hasta mis ojos. Después me los cerró y, entonces, me quedé dormido, caía
desmayado, como cuando tu mamá te dormía cuando eras solamente un bebé.
En ese momento, el coche
de papá tomó la calle París, aparcando en un estrecho hueco que quedaba entre
dos coches. Yo pensé que se nos acababa el tiempo.
- ¿Y qué pasó cuando despertarse?
- Que estaba en la estación de tren
del pueblo en el que había cogido el funicular, sentado, calentito y vivo,
inexplicablemente vivo. Imagínate, para mí fue un milagro. ¿Sabes lo que más me
preguntaba, Álvaro?
- Dime, abuelo.
- Que por qué aquella cosa divina
había prestado atención a alguien como yo. Pensaba que, en definitiva, yo no
era nadie para merecer su ayuda. Cuando abandoné Suiza, lo hice convencido de
que no volvería a verla nunca, que tal vez fuera un hada de las montañas de
Suiza. Soñaba con ella, por las noches penetraba en mi mente y, por el día, no
podía quitármela de la cabeza…
- ¿Qué tal, chicos? –Interrumpió
papá.
Con su aparición, terminó la historia.
El abuelo no volvió a ella, no hizo referencia alguna a aquello delante de su
hijo. Pero le mintió, le contó que habíamos estado hablando del colegio y de
los amigos. También decía que era un chico muy listo y que estaba muy orgulloso
de mí. Aquello lo escuchaba yo mientras acababa de cenar en el comedor, tras
hablar con mamá. Papá estaba contento por ver cómo iba venciendo el miedo, esa
absurda sensación de encontrarme ante alguien como él. Aquella tarde dejé de
verle como un extraño, y mi estancia en su casa comenzó a cobrar sentido, trazó
un bonito argumento que no olvidaría nunca.
Después, papá explicó que no le habían
convencido nada aquellas dos mujeres, que no sabía bien cómo solucionar el
asunto. El abuelo le restaba importancia diciendo que no debía preocuparse, que
cualquiera de ellas lo haría bien porque tampoco iba a ser cosa de mucho
tiempo. Pero papá no estaba dispuesto a contratar a la primera que pasara por
la puerta. Se trataba, en el fondo, de averiguar cuál era el perfil que
realmente estaba buscando, de saber si eso era posible dadas las circunstancias
y el poco tiempo de que disponía. El abuelo estaba convencido de que no.
SEIS
El domingo amaneció más caluroso que
nunca. Yo desperté contento pero papá lo hizo mucho más apagado que en días
anteriores. Aun así, me regaló una mañana de playa. En la prensa local ya había
aparecido el anuncio, y papá esperaba expectante que la gente llamara, para
tener más posibilidades de encontrar a la persona adecuada. Comimos en un
chiringuito, a la sombra y con una ligera brisa que al menos nos permitía a
papá y a mí respirar con normalidad, recuperar el aliento y evitar un golpe de
calor. El abuelo estaba como si nada, aquel era su clima y se había impregnado
en su color de piel. Ya eran muchos años soportando veranos asfixiantes con lo
que parecía que la cosa no iba con él.
Cuando
hablaba con mamá, la notaba triste. Le preocupaba que yo estuviera entretenido
y haciendo una adecuada interpretación de la situación real que nos había
llevado hasta Los Alcázares. Pero yo sabía lo que sabía. Que mi abuelo se encontraba
enfermo, que tenía algo realmente malo, que era muy mayor y que la persona que
le cuidaba se había tenido que marcharse corriendo. Y que eso había que
solucionarlo.
El martes por la tarde, papá concertó
tres nuevas entrevistas que tanto él, como yo por mis propios motivos,
entendimos como una nueva oportunidad. Después de comer cambié de hábitos.
Dejé de echarme la siesta en la cama para hacerlo en el sofá del comedor, junto
a papá. Tras recoger la mesa, se sentaba allí para ver el Tour de Francia. Le
emocionaba el esfuerzo sobrehumano que hacían los corredores. Llegaban las
etapas de los Alpes, y con ellas, mi cabeza volvía a la historia del hada entre
la nieve, porque precisamente se desarrollaban allí, en la frontera entre Francia
y Suiza. A mi abuelo también le gustaba el ciclismo, pero solía quedarse
dormido antes de llegar a los kilómetros finales. Se perdía lo emocionante,
saber quién era el ganador. Cuando despertaba, preguntaba su nombre. Tal vez
fuera un velocista ruso, italiano o belga. Tal vez no lo conociera de nada
pero, en el fondo, eso tenía poca importancia.
Por la tarde de aquel martes organicé
un campeonato de Pressing Catch entre mis muñecos. Escogí ocho y preparé un
cuadro de cruces de combate, como unos cuartos de final. Unos lucharían contra
los otros, pasando eliminatorias, hasta llegar a la gran final. Por supuesto,
yo tenía claro quiénes serían los finalistas. El
último Guerrero y Hulk Hogan. Y después, ya
veríamos si escogería al indio que representaba a aquel pueblo represaliado y
al que le daba extraños ataques, entrando en trance, y tras los que cobraba una
fuerza inusitada en los momentos más difíciles; o el americano típico, honesto,
bueno e imperialista. Todavía no había desarrollado criterio de afinidad
política alguno. Pasado el tiempo, me doy cuenta que de esa es una, entre otras
muchas, de las claves de la felicidad de la infancia, porque cuando adviene,
cuando uno se postula políticamente, se comienza a transitar inexorablemente la
senda de la decepción y la desesperanza, de la sensación de fraude y estafa
continuo.
Después llegó la primera de las tres
mujeres a las que entrevistaría papá en el comedor. Para entonces, yo
completaba mi segunda semifinal. La había planteado como una batalla dura,
larga, pero al darme cuenta de que mi abuelo seguía sentado en su silla, y que
la de al lado había quedado vacía, decidí resolverla por la vía rápida.
Después, dejé los muñecos acumulados en el ring y me senté junto a mi abuelo.
En ese momento, sentí un poco de
vergüenza. No sabía cómo pedirle que siguiera contándome sus cosas, así que
decidí quedarme callado durante unos minutos, poniéndome de tal forma que de
nuevo podía morderme las rodillas. Mi abuelo, cuando volvió a verme a su lado,
cambió el gesto. De nuevo esa media sonrisa. Pero como también permanecía
callado, yo acabé armándome de valor para no perder más tiempo.
- Abuelo, ¿Qué pasó después? Me
gustaría saberlo.
- ¿Después de qué, Álvaro? –Respondió.
Por un momento, pensé que
había olvidado todo, que se lo había inventado para contentarme y nada más.
- Después de lo de las montañas,
cuando despertarse en la estación de Suiza.
- ¿Quieres que te hable de eso,
Álvaro?
- Sí. Claro que sí.
No podía disimular una sonrisa tímida,
que no quería exteriorizar del todo. En ese momento me di cuenta de que mi
abuelo se sentía, como de repente, una persona importante, útil, al ser
reclamado nada menos que por su nieto de ocho años.
- Álvaro, yo no quiero
aburrirte con mis historias. Soy muy viejo.
- Me gusta tu aburrimiento, abuelo.
Entonces, al escucharme, le brillaron
los ojos, parecía que iba a llorar, sintió mucha emoción. Yo, en aquel momento,
no entendía bien por qué. Han tenido que pasar muchos veranos para que fuera
consciente de que, involuntariamente, llevé de paseo a mi abuelo por sus
recuerdos, por sus paisajes favoritos, por sus sueños pasados. Algo que,
además, hice encantado, porque disfruté de ellos tanto como él. Los hice míos.
Son míos y nunca dejarán de ser ya míos. Acercarme a ellos fue su gran regalo.
El abuelo, de repente, se sintió el
capitán del barco y quiso sentar las bases, las normas, para que nadie nos
estorbara.
- Hijo, ¿Puedes venir un segundo?
- Estoy ocupado, papá –Respondió desde el comedor, donde se
encontraba realizando la entrevista.
- Será solo un segundo, por favor.
Papá apareció un instante
después, pensando que ocurría algo.
- Tengo que comunicarte que, si no
resulta mucha molestia, a mi nieto y a mí nos gustaría emprender un viaje –Papá miraba extrañado, pero a mí me
hacía mucha gracia y el tono de su voz se mezclaba con mis carcajadas- Lo que quiero decirte es que, a no
ser que sea imprescindible, mi nieto y yo no nos encontraremos en este patio,
sino en un país lejano, haciendo cosas que solo nos incumben a ambos, porque
son secretas, ¿Verdad? –Dijo
dirigiéndose a mí.
Yo asentí, sin poder parar de reírme.
Papá se dio cuenta de que el abuelo había terminado y, poniendo cara de no
haber entendido nada, volvió al comedor sin decir ni mú. Entonces, el abuelo me
volvió a llevar de viaje, al encuentro con su hada.
SIETE
Tras despertar en la estación de aquella
localidad suiza, el abuelo decidió permanecer unos días más en el país para, a
continuación, pasar a Francia y participar en los movimientos de resistencia.
Faltaba mucho aún para recuperar el país, tras la ocupación nazi. Mientras
Hitler se reunía con Franco en Hendaya, como dos buenos amigos, muchos
españoles que habían salido del país represaliados tras el fin de la fratricida
contienda, se encontraron en plena Segunda Guerra Mundial. Algunos de los que
sobrevivieron a las balas fascistas españolas, perecieron después en nuevas
zonas de guerra o en campos de concentración del vanguardista y delirante
nacionalsocialismo. Y el abuelo no permaneció ajeno a esta situación. De un
modo u otro, meses más tarde iba armado con un fusil con un grupo de foráneos,
viviendo en zonas boscosas y de difícil acceso en el país galo, para desde allí
lanzar ataques breves, seleccionados, contra las tropas de ocupación.
La madrugada de un jueves, el grupo
decidió bajar por las montañas para atacar una Gendarmería local que se
encontraba a varios kilómetros. Todo transcurrió según lo previsto y, cuando
llevaron a cabo la acción, fueron vitoreados por varios vecinos, que les
ofrecieron comida y medicinas, antes de regresar a las montañas. Sin embargo,
el responsable militar de la zona se sintió muy molesto y emprendió una
violenta búsqueda de los responsables, asesinando a varias personas del pueblo
tras no obtener la información del paradero del grupo. Se valieron de aviones
para quemar parte del bosque en el que se encontraban. Pasada una semana desde
el comienzo de la operación, los atacantes y el grupo de mi abuelo tuvieron las
primeras escaramuzas. Las fuerzas eran desiguales, y más de cincuenta hombres
les asediaron frente a una colina en el alba. Todo parecía perdido y los
miembros del grupo que quedaban aún con vida, emprendieron la huída a pie, de
manera desesperada. Estaban ya desarmados.
Un francés corría junto a mi abuelo,
pero lo hacía más rápidamente. Él le seguía como podía, escuchando el ruido de
los fusiles a su espalda. Nervioso, exaltado, asumiendo el devenir que iba a
acontecer, por un momento percibió la misma sensación que en aquellas montañas
nevadas. De repente, la historia parecía repetirse. Al tratar de esquivar un
tronco talado en el suelo, chocó con unas ramas que le rajaron el antebrazo.
Lanzó un grito ahogado y cayó al suelo. El corazón le palpitaba a mil
revoluciones, sentía el fuerte latido, la taquicardia, en el cielo de la boca.
No podía resistir el dolor, pero debía de permanecer callado si quería tener la
más mínima opción de sobrevivir. Su compañero francés se dio la vuelta, quiso
ayudarle llevarle en volandas si era necesario, con tal de no dejarle a la
suerte de sus perseguidores. Pero el abuelo le pidió encarecidamente que se
marchara, que no entregara su vida por él, porque no se lo podría perdonar.
Entre lágrimas, el francés desapareció por entre las ramas y el abuelo quedó
allí, preso de la angustia. Pasados unos minutos, consiguió recobrar la
respiración. Por un momento, el ruido de los fusiles se había apagado, las
voces resultaban más lejanas. Tal vez, hubieran dado la operación por
concluida. Se recostó sobre el suelo, tapándose con unas ramas, a unos
cincuenta metros del lugar donde había tenido el percance. Los segundos
parecían horas y la esperanza era un interrogante al que no sabía si debía
agarrarse tan pronto.
Cuando todo parecía haberse
tranquilizado, escuchó que un soldado daba unas voces cerca de donde se
encontraba. Presagió lo peor. Habían encontrado un reguero de sangre que
procedía del punto exacto en el que el abuelo había caído. El soldado esperó a
otros dos compañeros y, lentamente, de manera sigilosa, fueron siguiendo la
ruta que había dejado tras de sí, el corte de su antebrazo. Ironías del
destino, en las montañas no pudo desandar el camino porque sus huellas se
borraron y aquello le llevaba a enfrentarse a la muerte y, en esta ocasión, las
de su sangre no habían desaparecido, delatándole frente a sus captores. De
nuevo, el abuelo se sintió perdido, rendido. Era cuestión de minutos que los
tres soldados dirigieran sus armas hacia él, para fusilarle en aquel mismo
lugar o, peor aún, detenerle y llevarle hasta un campo de concentración.
- Y, de nuevo, ocurrió, Álvaro.
- Apareció tu hada –Respondí
conteniendo la respiración.
- Sí. Apareció otra vez, y yo no podía
creerlo. Pensaba que era una visión, una alucinación que tenía deseando
agarrarme a cualquier oportunidad de seguir con vida. Pero volvía a estar
frente a mí, con su belleza, con su increíble delicadeza, con aquel vestido
blanco con el que llevaba soñando semanas, con su pelo rubio y largo, con sus
ojos, con sus manos. Todo lo que había visto en la otra ocasión, pero más aún.
Tenía los labios más bonitos del mundo. Sonreía levemente, como quien quiere
reprochar algo a un niño que ha hecho las cosas mal. Y, de nuevo, su voz.
- ¿Qué te decía, abuelo? ¿Qué te dijo esta vez?
- Me dijo: “Tranquilo, Álvaro, que no me
moveré de tu lado”. Entonces volvió a acariciarme el pelo y, con sus dedos,
volvió a cerrarme los ojos. Cuando lo hacía, noté cómo sus labios besaban mi
frente. Me sentí prendido, enamorado, feliz. Estaba vivo y ella volvía a salvarme.
- Entonces no era un hada de las
montañas de Suiza. Era tu hada, abuelo, iba salvándote solamente a ti, ¿No?
- Cada uno tiene su hada particular,
Álvaro. Tú encontrarás la tuya, estoy seguro.
El abuelo despertó en un hospital de
Reims. Allí permaneció unos días, hasta que los médicos le dieron el alta. Sin
embargo, tras aquellos acontecimientos, había cambiado para siempre. La primera
vez que se encontró con ella lo entendió como un capricho del cielo, como una
cuestión de fortuna, casi mística, que le había permitido sobrevivir. Pensó que
tal vez no hubiera sido real, que quizás ni siquiera subiera a aquella montaña
y se quedase dormido en la misma estación, soñando con lo sucedido. Pero al
repetirse la historia, al volver a ser salvado por aquel precioso ángel,
decidió que nada podía hacer de nuevo en su vida que no fuera buscarla para
agradecerla lo que había hecho por él. Necesitaba hacérselo saber, explicarla
que nada podía ser igual después de haberla visto, ponerse a su disposición,
confesarla un amor que cabalgaba sobre su cabeza y sobre su corazón con gran
fuerza.
El abuelo volvió a una España
siniestra, que acababa de dar por concluida un año antes la escena más violenta
que se recordaba, la guerra entre hermanos. Los vencedores, aún con sed de
venganza, querían culminar su obra sangrienta. Los vencidos, en cárceles, en
cunetas de carreteras de pueblo, en el exilio o en el silencio más amargo
dentro de sus casas, ocultándose, marrando su fe ciega por la libertad. Pero
para entonces, papá había dado por concluidas las tres entrevistas y era
momento de retornar a la realidad de aquel patio, que se iba oscureciendo.
Tocaba bañarse, cenar y hablar con mamá. Era el momento de guardar el secreto
del hada bajo llave y contarle a papá cualquier milonga cuando me preguntó,
mientras me enjabonaba el pelo, por las cosas que me estaba contando el abuelo.
Por la noche, al irme a la cama, no conseguía conciliar el sueño. Estaba
deseando saber más de aquella historia, desentrañar de una vez por todas lo que
mi abuelo había decidido contarme. Sin embargo, caí redondo. En sueños descubrí
un hada, que venía a ayudarme con mis deberes. Tal vez la hubiera encontrado
porque llevaba un vestido blanco, su pelo caía sobre sus hombros, tenía una voz
deliciosa y me besaba en la frente también. Pero cuando observé su rostro, me
di cuenta que era el de mamá. Y aunque yo pensaba que mi hada debía de ser otra
persona desconocida, me sirvió para pasar una noche feliz en su regazo.
A la mañana siguiente, el abuelo se
sintió indispuesto. Acudimos a urgencias en el coche de papá y allí pasamos la
mañana. El médico dijo que en condiciones normales debería de quedarse
ingresado en observación pero que, dada la ausencia de camas en planta y la
edad de mi abuelo, no merecía
la pena. Lo mandaron a casa y papá tenía un enorme enfado. Durante la
comida, comenzó a proferir insultos y palabras despreciativas hacia la sanidad
pública, pero también hacia la privada. Hacia todo lo que encontró en su
camino. Las entrevistas de la tarde anterior tampoco habían salido como
esperaba. Se desesperaba por momentos. Quería volver a Madrid, estar con mamá,
desahogarse un poco. Seguía preocupado por mí, por lo que pudiera estar
pensando sobre toda aquella situación. Sin embargo, por nada del mundo yo
quería marcharme sin saber cómo terminaba aquella preciosa historia, de boca de
mi abuelo.
Tras la etapa del Tour y la siesta de
rigor, papá tenía dos nuevas citas en el comedor de casa. Antes, le acompañé a
comprar. Entonces, quiso saber cómo me encontraba.
- Álvaro, hijo, el abuelo está
malito. Perdóname por haber hablado tan mal durante la comida, pero es que a
veces me cuesta callarme lo que pienso, y me da mucha rabia que por ser tan mayor
en el hospital no nos hagan mucho caso. ¿Lo entiendes?
- No te preocupes, papá. Sé que el
abuelo está muy malito, pero no te preocupes por mí. Yo estoy bien.
- ¿Seguro? Me encantaría bajarte a la
playa un rato todos los días, pero ya ves, quiero estar seguro de que la
persona que cuide al abuelo cuando nos vayamos será buena con él.
- No pasa nada, papá. Mira, el abuelo
está muy contento porque hablamos mucho. Sonríe, está acompañado y se divierte
viéndote a ti y viéndome a mí. Yo no le había visto nunca tan contento.
Papá suspiró. Él tampoco
recordaba haberle visto así en muchas ocasiones. Desde que murió la abuela,
había sido muy difícil encontrar esa sonrisa en su rostro que ahora me dedicaba
a mí. En cierto modo, a papá le reconfortaba aquella situación pero, por otro
lado, su sorprendente tranquilidad le preocupaba enormemente. Sus sentimientos
eran ambivalentes y, por momentos, se sentía solo. Echaba de menos a mamá, y
aunque eso le pusiera triste, a mí me gustaba, porque a pesar de las
discusiones que tenían muchas veces, de la diferencia de gustos que se
evidenciaba en casi cualquier situación, se querían mucho, se necesitaban
siempre.
Tenía pendiente aún una finalísima de
Pressing Catch en el ring. La excusa perfecta para esperar a que papá recibiera
a aquellas dos mujeres, y volviera a dejar libre la silla que estaba junto al
abuelo.
OCHO
- Álvaro, ¿quieres aburrirte hoy un
poco más? –Dijo el abuelo.
Yo solté mis muñecos y me senté a su
lado. Entonces, el abuelo prosiguió con su relato.
De vuelta a España, se instaló en un
pequeño pueblo del norte de Jaén, en el que rápidamente encontró trabajo como
jornalero en las tierras de un cacique local, que no solo había recuperado,
sino que había ampliado su fortuna a costa de los ajustes de propiedades
derivados de la Guerra. Terminar con la vida de una familia entera en aquellos
años de locura, tenía un sentido económico para los vencedores. Sin
propietarios, parcelas y casas quedaban deshabitadas. No era complicado,
teniendo influencia y buenas relaciones con la Guardia Civil y el clero,
apoderarse del legado de los muertos. Aquel terrateniente tenía fama de arisco,
había simpatizado y militado en la Falange, y en el pueblo gozaba de fama de
estricto. Un hombre riguroso con las creencias y necesidades de la patria. Para
poder comer, el abuelo tenía no solo que trabajar de sol a sol de lunes a
sábado, sino que no faltar la mañana del domingo a misa, en la iglesia del
pueblo, y siempre con sus mejores galas.
La vida en la casucha que le
ofrecieron era comedida, sin ningún alarde, con pan y algo de queso para las
cenas y, tal vez una sopa con pan para las comidas. A veces disponía de otros
embutidos y algo de leche. Eso era todo.
- Mira mis manos, Álvaro. ¿Las ves?
El trabajo en el campo es muy duro.
El trabajo en el campo tenía que ser
muy duro, claro. Yo me fijaba en la dureza de la palma de sus manos, en sus
dedos hinchados, en la aspereza de la piel del dorso, y aún así no podía
imaginar cuántas horas habrían trabajado para poder satisfacer sus necesidades
más básicas.
Por otra parte, el abuelo me contaba
que había tenido que dejar sus libros, su pasado, para no resultar sospechoso y
ser encarcelado. Se volvió un hombre prudente. Contaba ya con treinta y cinco
años y siempre había estado solo. De más joven, en los años veinte, había
tenido varias novias según me contaba, pero sus deseos de vivir aventuras le
llevaron a no querer formalizar ninguna relación. Desde el primer encuentro con
su hada, ya habían pasado dos años. El tiempo necesario para convencerse de que
nadie más en el mundo, ninguna otra mujer, ocuparía un lugar comparable en su
cabeza. Nada podía ser ya equiparable al rastro dejado por aquella belleza.
Pasaban los meses, y la soledad hacía
mella en él. Siempre había sido un alma inquieta y luchadora, y ese estilo de
vida le había llevado a dos caminos opuestos, pero perfectamente reconciliados
dadas las experiencias vividas. Había estado al borde de muertes espantosas,
pero sin ese riesgo elevado no hubiera tenido nunca la oportunidad de
encontrarse con ella. Su vida tranquila, austerísima en aquella casona, no solo
le aburría enormemente, sino que le restaba opciones de volver a encontrarla.
Semana a semana, se iba convenciendo de que algo tenía que cambiar. Era muy
consciente de que marcharse de allí sin ofrecer explicación alguna, e intentar
salir del país, podía convertirse en una trampa salvaje, en algo que le llevara
a la cárcel sin más, donde tal vez ni siquiera corriera un peligro real,
padeciendo largos años en una celda. Pero quedarse era morir en vida, renunciar
a lo que era y a lo que añoraba.
Entonces cometió un pequeño error que
le abrió las puertas del ansiado cambio, de comenzar una nueva aventura. Un
día, la pastoral del patrón del pueblo, el cacique tuvo a bien invitar a todos
sus jornaleros a comer a su casa, enseñándoles, en un simple ejercicio de
ostentación y poder, las lujosas dependencias. El abuelo permaneció largo rato
en la biblioteca, porque en ella pudo encontrar textos republicanos, escritores
prohibidos por el franquismo, ajenos a la moral cristiana. Y eso le sorprendió
mucho.
- ¿Qué te sorprende, jornalero?
¿Puedo saber qué miras con tanta curiosidad?–Dijo el bibliotecario,
encargado del apoyo en la enseñanza y profesor de música de los hijos del
cacique.
El abuelo se asustó, porque justo en
ese momento tenía sus ojos puestos en obras escritas por anarquistas en
francés, del que había aprendido nociones, cometiendo el error de traducir los
títulos en voz alta.
- ¿Cómo un jornalero pobre como tú,
sin otra cosa que hacer que estar en el campo puede traducir del francés? –Preguntó de nuevo.
- Las palabras no son difíciles,
Señor. Estaba probando a traducirlas, porque se parecen a las castellanas. No
sé yo si lo estaría haciendo bien –Respondió
justificándose.
El bibliotecario se echó a
reír.
- No es pecado haber vivido en la
España traidora, jornalero. Todos lo hemos hecho. Esas obras que lees han sido
requisadas de algunas bibliotecas de casas que quedaron… como le diría…
desiertas hace dos años. Escucha, si vous êtes un traître, nous vous tuerons, ¿Me has entendido,
jornalero?
Aquella amenaza directa,
que el abuelo me tradujo a continuación, le puso nervioso y aquel bibliotecario
se lo notó. Enseguida comprendió que le había entendido perfectamente. Quedó,
pues, en evidencia, así que, rápidamente, pensó en algún otro tipo de
justificación, tal vez un familiar de origen francés que pudiera haberle
enseñado aquel idioma en el pasado, pero decidió guardar silencio.
- Vuelve con el resto –Concluyó tajantemente aquel hombre.
El domingo siguiente,
después de misa, el bibliotecario se presentó en la casucha de mi abuelo.
- Escucha jornalero. He hecho
averiguaciones sobre tu identidad, sobre quién eres. Tarde o temprano te
detendrán, tarde o temprano sabrán que estuviste en la resistencia francesa.
Debes marcharte. No vengo para amenazarte, vengo para facilitarte las cosas.
Este próximo miércoles, cuando caiga la noche, deberás de abandonar el pueblo
para siempre, y dirigirte hasta Portugal, para intentar tomar un barco a las
Américas. Es tu única salida. El Señor se enterará y te matará con sus propias
manos para demostrar su poder.
El sentido común le decía
a mi abuelo que debía de seguir aquellas indicaciones, pero huir significaba
perder una nueva oportunidad de vivir un peligro, que le facilitara un posible
reencuentro con su hada. Además, su desconfianza hacia el bibliotecario era
enorme, no entendía en absoluto por qué estaba queriéndole ayudar.
- ¿Por qué debo de confiar en Usted?
No tendré oportunidad alguna de salir. Portugal no es un país favorable, ni
mucho menos. Me cogerán y Usted lo sabe.
- Mira, jornalero, muchos de los que
somos hijos de Dios, también hemos creído en los valores de la República. En
sus valores, pero no en sus excesos. No quiero ver derramada más sangre en este
pueblo. El miércoles te facilitaré una nueva identidad, que te permitirá pasar
desapercibido. Es tu única opción. Mi obligación será, si no lo haces,
comunicárselo al patrón sin tardar un solo día más. Buena suerte.
El día citado, el abuelo
abandonaba el pueblo. A la mañana siguiente, consiguió llegar en autobús de
línea hasta Badajoz. Hasta ese momento, todo había resultado sorprendentemente
fácil. Tanto, que no podía mostrarse contento. Estaba vivo, iba creyendo
firmemente en la oportunidad de salir de Europa y vivir una nueva aventura,
pero aquello le alejaba cada vez más de sus sueños. Era la noche del día
siguiente cuando pasó el último control fronterizo antes de entrar en tierras
lusas. Uno de los Guardias Civiles revisaba su documentación con minuciosidad,
tratando de comprobar que no fuera falsa. Todo estaba correcto. El abuelo salió
de la garita y en tan solo quince metros pisaría finalmente territorio portugués.
De repente, algo le dijo que no debía de dejar escapar otra oportunidad y, sin
pensar en nada más, dio la vuelta y se dirigió corriendo de nuevo hacia el
control. Cargado de adrenalina, abrió la puerta bruscamente ante el asombro de
los Guardias y exclamó:
- ¡Viva la República!
A continuación, el abuelo corrió monte
arriba, siendo perseguido por uno de los Guardias Civiles, que disparaba a la
vez que corría, con mala puntería. Aquella burla sin igual había violentado a
los agentes, que se pusieron en contacto con otros compañeros de un puesto
cercano para que se unieran a la persecución. Sin embargo, el abuelo corría
mucho y había acumulado gran experiencia desenvolviéndose en aquel medio. La
oscuridad le facilitaba pasar desapercibido pero, cuando daba la vuelta,
observaba que los tres Guardias Civiles, porque el otro se quedó garantizando
la seguridad del puesto fronterizo, se encontraban lejos y disparaban a
cualquier lugar menos hacia donde realmente estaba. Pensó que aquello era una
decepción, que si no incrementaba el peligro real de perder la vida, su hada no
entraría en escena, y todo podía llegar a quedar en nada. Entonces paró y,
escondido tras los árboles, se permitió apedrear a corta distancia a uno de sus
perseguidores, alcanzándole en el cuerpo. Aquello era un desafío, una
provocación de locos.
Desde entonces, la persecución quedó
más igualada. Le pisaban los talones y el abuelo, corriendo monte arriba como
un desesperado, reclamaba la presencia de su hada para poner fin al peligro y
poder contemplarla de nuevo. Pero solo escuchaba cómo, ahora sí, el sonido de
las balas zumbaba en sus oídos. Tal vez aquello se le hubiera escapado de las
manos.
- ¡Ven! ¿Dónde estás? ¡Quiero verte!
¡Necesito verte! –Decía el abuelo.
- ¡Alto a la Guardia Civil! –Gritaban a su espalda.
Finalmente, en un claro, decidió parar
de correr y esperar a sus captores. Quedó de rodillas en el suelo, mirándoles
de frente. Nada había salido como esperaba, solo faltaba que aquello sucediera
en el último instante y, de no ser así, terminar de una vez por todas como
decidieran hacer los Guardias. En tan solo treinta segundos, uno de ellos, el
que había sido agredido con la piedra, disponía su arma para fusilarle. Se encontraba
a cinco metros de distancia. Cuando apuntó hacia él, cuando todo ya estaba
visto para sentencia, otro compañero empujó el arma justo cuando apretó el
gatillo, desviando el disparo.
- ¿Qué estás haciendo? ¿No puedes
matarle? Estamos en terreno portugués, ¡Hemos sobrepasado la frontera! ¿Quieres
que nos encarcelen?
Los Guardias Civiles se marcharon,
dejándole allí, de rodillas en el suelo, llorando y con sus manos sumergidas en
la tierra.
Papá había terminado sus entrevistas.
Tampoco esta vez salió con buena cara. Aquel relato, en el que el hada no había
aparecido, me dejó una sensación de tristeza, de abatimiento. Pensaba en la
pena que pudo sentir en aquel momento mi abuelo, creyendo que el hada le había
abandonado para siempre.
NUEVE
Esa noche descargó una tormenta de
verano sobre Los Alcázares. A mí no es que me asustasen especialmente los
truenos, o el resplandor de los rayos, pero lo cierto es que la fuerza con la
que arreciaron me impidió dormir con tranquilidad. Mi cama era la que estaba
debajo de la ventana y papá, por la claridad que entraba tras cada relámpago,
me vio en más de una ocasión con los ojos abiertos, ya entrada la madrugada.
Acercó su cama a la mía, apartando la mesilla que separaba los cabeceros, y yo
me sentí más tranquilo. Pero no solo pensaba en aquello. Mi cabeza se había
detenido en el monte, con el mismo abuelo que roncaba en la habitación de al
lado, varios decenios atrás. Lo imaginaba de rodillas en el suelo, cayendo en
la cuenta de que tal vez ya no tuviera ocasión de reencontrase con su hada.
Pensé en la terrible sensación de estar solo, de no tener al lado a papá o a
mamá. Pensé, también, en lo valiente que habría sido a lo largo de toda su vida
para decidir afrontar tantos retos, tantos peligros, sin la compañía de sus
seres queridos. El abuelo nunca me había mencionado a sus padres, pero tampoco
a otros hermanos. Sabía que aunque yo fuera hijo único, por lo que veía en los
compañeros de clase, eso no era lo normal. Mis abuelos maternos venían de
familias muy numerosas, y en aquellos años, así era como normalmente se hacían
las cosas. ¿Por qué? Vete tú a saber.
En la mañana de aquel jueves, mientras
desayunábamos, papá comentó que estaba comenzando a darse cuenta de que aquella
búsqueda resultaría más difícil de lo esperado. Como el abuelo no respondía,
insistió en hacerle ver las grandes dificultades que existían. Estaba
intentando de alguna manera que su padre se posicionara en el asunto, cosa que
el abuelo no quería hacer, porque sabía que terminaría mal y porque yo estaba
delante. Pero, finalmente, ante la presión continua de papá, se decidió a
hablar:
- Mira, hijo. Siento decirte que no
vas a encontrar lo que estás buscando. Te agradezco en el alma lo que estás
haciendo, pero no lo vas a encontrar. Lo que buscas para mí, ya no existe –Comentó
en tono tranquilo, sin ánimo de polemizar.
- ¿Y tú cómo sabes lo que yo estoy
buscando? ¿Has pensado en facilitarnos las cosas de alguna manera? ¿Has pensado
que a lo mejor lo más razonable es que vinieras a Madrid? –Contestó ofensivamente papá.
El abuelo calló. Se sintió incómodo en
general, pero más contando con mi presencia. Papá se dio cuenta y me pidió que
saliera al patio a retirar las hojas caídas por la tormenta. Obedecí, pero no
perdí detalle de aquella discusión.
- Es que lo pones muy difícil, papá.
Muy difícil. Estamos intentando ayudarte, hemos cambiado todos nuestros planes
para estar cerca de ti y que te puedan cuidar ya que no quieres venir con
nosotros, no sé qué más quieres que hagamos. No lo sé. ¡No pienso dejarte con
cualquiera! ¡No podrías defenderte si pasara algo!
- Hijo, Ivona se ha marchado y no va
a volver. Esa mujer tenía cosas que me recordaban a tu madre, ¿Sabes? Tu
problema es que estás buscándola a ella, y eso es imposible de encontrar. No
vas a encontrar a nadie como ella, asúmelo, y entonces te será más fácil
decidirte. Encuentra a alguien que no te dé malas sensaciones, simplemente eso,
y marcharos a Madrid, que tu mujer está sola, y yo me siento muy culpable por
eso. Aunque esté disfrutando de Álvaro, que es el último gran regalo que me voy
a llevar a la tumba…
- ¡Cállate! ¡No digas eso, hombre! –Interrumpió
papá- ¿Ya estás con eso? Sería
mucho más fácil si vinieras a Madrid. Así podría estar yo con mi mujer, Álvaro
con su madre y tú con todos nosotros. Lo pondrías mucho más fácil.
- Hijo, No quiero irme ¿No puedes
entenderlo? De aquí salió tu madre, y de aquí solo quiero salir para irme con
ella. No queda mucho, necesito que lo entiendas.
Papá, al escuchar las palabras del
abuelo, cerró el armario donde guardaba una bolsa de magdalenas de un portazo,
de un violento portazo, justamente cuando por el patio aparecía la prima de
Ivona, descubriéndome cómo espiaba desde detrás de la puerta. Aquella mujer me
dio un beso y entró para adentro, justo a tiempo de que papá dirigiera al
abuelo una frase que debió de dañarle el corazón, porque rompió a llorar como
un bebé.
- ¡Vas a acabar consiguiendo que odie
esta maldita casa!
La escena era triste. En cuanto papá
vio al abuelo sollozar, sin ni siquiera poder taparse o disimular nada, atado a
esa estúpida silla de ruedas que le impedía tener la más mínima intimidad, papá
se puso a su lado, de pie, y acariciándole el poco pelo que le quedaba y el
hombro izquierdo, apoyó la cabeza del abuelo contra su tripa, tratando de
consolarle. Pero, a continuación, papá también comenzó a llorar, tal vez
sintiéndose culpable de haberle hablado así, quizás sintiéndose desafortunado
al estar viviendo aquella situación, o al no poder contar con la suerte
necesaria para que se resolviera con rapidez. Yo, que nunca había visto llorar
a papá, comencé a hacer lo propio. En silencio, sorbiendo los mocos como odiaba
mamá que hiciera, pero intentando que papá y el abuelo no se preocuparan por mí
para que tuvieran esa pequeña reconciliación juntos, comencé a recoger las
hojas del patio. La prima de Ivona debió de pensar que al mal tiempo, mejor
ponerle buena cara. Enchufó el radiocasete, puso música a buen volumen y lanzó
unas cuantas bromas para que todos nos fuéramos relajando. Tal vez, aquella
mujer sabía lo que era verse en situaciones parecidas. Al fin y al cabo, su
familia se encontraba muy lejos.
Papá se vistió enseguida y me preguntó
si le quería acompañar. Yo pensé que lo mejor, visto lo visto, es que me
quedara en casa. Así podía animar al abuelo y, a la vez, él tener un rato de
tranquilidad, sin necesidad de que estuviera pendiente de mí. No le pareció
mala idea. La prima de Ivona aseó a mi abuelo y lo sacó al patio a tomar el
poco fresco que quedaba ya. El sol cogía altura y se preparada una auténtica
caldera para el resto del día. Yo salí con él, y mientras que la prima de Ivona
preparaba la comida y hacía las tareas domésticas, me senté a su lado de nuevo.
- ¿No quieres acabar la pelea que tus
dos soldados emprendieron ayer? –Me preguntó.
- Prefiero saber si volviste a ver a
tu hada, abuelo.
- Sí, por supuesto que la volví a
ver. Tan solo unas horas después de que aquellos Guardias Civiles se marcharan.
De repente, volvimos a aquel monte, ya
en Portugal, y olvidamos lo ocurrido por la mañana. El abuelo me contó que tras
quedarse solo en aquel claro, estuvo llorando largo rato, lamentando que su
hada no hubiera aparecido. Cuando recobró fuerzas, se puso en pie y comenzó a
caminar monte abajo, adentrándose en el país vecino. Andando, se le hizo de
día. Como estaba hambriento, se acercó hasta un pueblo fortificado que había
avistado de lejos y que se llamaba Elvas. Se encontraba en lo alto de una
colina y tenía un precioso acueducto para que el agua llegara hasta su zona más
elevada. Tras conseguir algo que llevarse a la boca, se sentó en las
postrimerías del cementerio de los Ingleses, a descansar un poco.
Horas después cogía un autobús en
dirección a Lisboa. Llegó a aquella hermosa ciudad a orillas del Tajo cuando
anochecía. Deambuló por su centro histórico y decidió dormir en una zona de
campo, apartada, oscura, cerca de la Torre de Belem. La humedad del río
penetraba en su costado y tenía frío. Comenzó a toser. Notaba cómo le ardía la
garganta y le subía la fiebre. Se sintió mareado y, solo después, consiguió
quedarse dormido.
De repente, notó cómo un resplandor
penetraba en sus ojos cerrados. Aun sin abrirlos, reconoció el olor de su hada
y sobre su rostro se iluminó una amplia sonrisa. Después, la contempló como las
otras veces, alada, con su traje blanco, con el tacto cariñoso de sus manos,
con unos ojos que le llevaban al mismo cielo, con su pelo acariciando sus
hombros, y con su boca, su preciosa boca.
- Me volvía loco por verte de nuevo.
Muchas gracias por haber venido –Dijo
el abuelo.
Pero el hada se mostró muy
enfadada. Por un momento, yo pensé en aquello y quise satisfacer mi curiosidad
antes de que el abuelo continuara.
- Abuelo, ¿Las hadas se enfadan?
- Claro, Álvaro. Pero solo cuando
hacemos las cosas mal.
- Entonces, ¿Te echó una buena bronca?
- Sí. Me dijo que lo que había hecho
el día anterior había sido una estupidez, que la vida valía mucho, que siempre
había que ser fuerte y mirar para adelante, incluso cuando más débiles y
tristes nos sintiéramos. Yo la contesté que lo sentía mucho, pero que quería
hacer cualquier cosa con tal de atraer su atención, de tener otro momento para
verla. Ella me respondió que si volvía a hacer una cosa similar, no volvería a
tenerla delante de mí nunca, que siguiera mi camino que siempre me iba a
proteger.
- ¿Y tú que la dijiste, abuelo?
- Que haría lo que ella me decía, que
seguiría peleando hasta el final, que tomaría aquel barco rumbo a América, que
intentaría no volver a ponerme en peligro pero que, por favor, solo quería
tener la ocasión de verla alguna otra vez, que me hacía feliz con su presencia,
que nunca me había sentido tan lleno, tan protegido, tan querido como cuando
ella apareció en mi vida, para cambiarla para siempre. Entonces, como en las
otras dos ocasiones, posó su mano sobre mi pelo, cerró mis ojos, me besó en la
frente y yo me quedé profundamente dormido. Soñé con cosas bonitas de mi
infancia con mi madre y, al despertar, nada quedaba de mis dolores de garganta,
de la tos, de los mareos. Ella me los había curado.
Papá llegó a la casa del
abuelo a la hora de comer. Venía ya más tranquilo. Había tomado una decisión.
Nos contó que había concertado tres entrevistas más para la tarde del viernes y
que, entre todas las candidatas que había visto durante esos días, elegiría a
una el fin de semana para que comenzara a trabajar de inmediato. Eso
significaba que en pocos días volvería a Madrid con mamá, con Mario, con la
piscina por las tardes y los juegos por las mañanas. En parte me hacía ilusión,
sobre todo por mamá. Pero solo en parte. Me daba pena dejar a mi abuelo allí
solo. Como poco o nada podía decidir, lo único que quedaba claro es que tenía
poco tiempo por delante para averiguar todo lo que pudiera sobre aquella hada.
Durante la tarde, me eché
una gran siesta y después salimos los tres a pasear y tomar un helado. Tal vez
aquella noche volviera la tormenta, así que, después de bañarme y cenar, no
quise tardar mucho en acostarme, para ver si conseguía roncar tanto como mi
abuelo y no enterarme de nada.
DIEZ
De madrugada, el abuelo llamó a papá
porque se encontraba indispuesto. Él le llevó al baño y se asustó mucho. Estaba
sangrando de manera abundante, así que me despertó, me vistió y nos fuimos al hospital.
La tormenta había quedado en nada y se podía salir a la calle en manga corta
sin ningún problema. Yo desconocía la dimensión del problema. Es cierto que
papá iba muy asustado y que el abuelo no hablaba nada, pero yo lo que tenía era
mucho sueño. En urgencias nos pidieron que nos quedáramos fuera, porque solo
podía entrar un acompañante y papá no quería dejarme solo. Allí estuvimos tres
largas horas, en las que yo dormía acurrucado como podía en aquellas incómodas
sillas de plástico ancladas a la pared, y en las que papá no paraba de pasear
por la sala y preguntar en recepción si se disponía de alguna información.
Sobre las siete de la mañana, cuando estaba amaneciendo en aquel centro
hospitalario que se encontraba en primera línea de playa, nos dijeron que el
abuelo quedaría ingresado, y que en un rato lo subirían a una habitación, por
lo que podríamos verle. Entonces, papá se colgó de la cabina de teléfonos,
habló largo rato con mamá y después con la prima de Ivona, que se puso
inmediatamente en camino. Fuimos a desayunar churros en un chiringuito del
paseo marítimo.
Sobre las nueve y media de la mañana
de aquel viernes, nos dijeron en qué habitación se encontraba. Papá me dijo que
me iría a casa con la prima de Ivona para descansar un poco, pero yo insistí en
que quería verle antes de marcharme. Siempre es un fastidio que los padres
intenten quitarnos de en medio en los momentos que se sobreentiende que somos
pequeños para ver. Evitar el dolor de un hijo es algo natural, pero ocultar permanentemente
las recetas que ofrece la vida es como no comprar un paracaídas adecuado para
cuando de verdad tengamos que caer al vacío. Yo me salí con la mía y, aunque
esperaba encontrármelo peor, haciendo abstracción de cables y máquinas, tenía
enfrente a mi abuelo durmiendo plácidamente, tal vez soñando con su hada, sin
gestos de dolor, sin tristeza alguna. Me fui más tranquilo.
Ya en casa, mientras disputaba la
finalísima del campeonato de Pressing Catch, me preguntaba cómo era posible que
un hada pudiera ponerse a regañar a nadie. Estaba claro que mi abuelo había
llevado al límite las cosas con tal de verla, pero yo recordaba a aquellos
seres mágicos como callados o tímidos, que llegaban, hacían lo que tenían que
hacer y desaparecían misteriosamente. El hada del abuelo tenía genio, eso
estaba claro.
Al mediodía, me llevé una sorpresa
fantástica. Cuando llegó la hora de comer, y la prima de Ivona y yo esperábamos
que papá se escapara un rato para después volver corriendo al hospital, quien
apareció por la calle París fue mamá. Debí de pasarme cinco minutos
abrazándola. Como la daban días por la hospitalización, había decidido avisar
en el trabajo y venir en cuanto tuvo noticia. Mientras comíamos, porque papá no
vino al final, pensé en otra cosa que ya no resultaba tan divertida. Si mamá,
después de casi dos semanas, había viajado a Murcia sola, con lo poquito que la
gustaba conducir, era porque las cosas con el abuelo estaban peor de lo que yo
imaginaba. Así que me surgieron sentimientos ambivalentes con su presencia. Era
feliz solo mirándola, pero un gusanillo en la tripa me susurraba que algo no
iba nada bien. Sin embargo, yo estaba del todo convencido de que el abuelo
volvería a su silla del patio, para acabar de contarme su historia.
A la tarde, la prima de Ivona se
marchó, y mamá y yo fuimos hasta el hospital haciendo el relevo a papá, que
tenía entrevistas pendientes. El abuelo estaba despierto, con peor aspecto que
a la mañana, pero ilusionado por ver entrar por la puerta de la habitación a
mamá junto a mí. Mamá fue cariñosa con él, le preguntó muchas cosas sobre cómo
se encontraba, los tratamientos, el clima o Ivona. A la vez, de vez en cuando
salía al pasillo para indicar alguna cosa a la enfermera o preguntar por si
había llegado ya el médico, para consultar algunas cuestiones sobre los
resultados de las pruebas que le habían realizado a la mañana.
Llevábamos dos horas allí, cuando mamá
me comentó que saldría a buscar un cajero y comprar algunas cosas para la cena.
Papá, supuestamente, estaba al llegar, y no quería demorarse más para evitar
que le cerraran las tiendas. Cuando iba a salir me di cuenta de que no la había
entendido bien, porque daba por hecho que la acompañaría. Yo no quería, porque
encontraba la ocasión perfecta de seguir charlando con mi abuelo, de seguir disfrutando
de su aburrimiento. Finalmente, y tras comentarlo con una enfermera simpática,
me salí con la mía. El abuelo sabía de sobra lo que yo estaba esperando, así
que puso en marcha su narración sin perder un minuto.
El abuelo había despertado junto a la
torre de Belem sin dolor de garganta, totalmente repuesto. Estaba muy
optimista, porque si bien había encontrado a su hada muy enfadada con él, sabía
que ahora estaba en su mano el volver a verla, aunque no supiera cuáles eran
las palabras mágicas que debía pronunciar para que apareciera de repente. Solo
tenía que dejar de hacer tonterías, de no volver a cometer la estupidez de
ponerse en peligro. Suficiente peligrosa era la vida misma ya.
Se dirigió al puerto de Lisboa y allí
supo que un gran barco saldría con destino Nueva York a la mañana siguiente,
para acometer una travesía de más de una semana. El pasaje era caro, pero
escogiendo el camarote más económico podía afrontarlo, eso sí, siendo
consciente de que llegaría a Estados Unidos con una mano por delante y otra por
detrás. Hubiera preferido partir hacia algún país centroamericano o
latinoamericano, lugares donde el núcleo de exiliados se comenzaban a organizar
con redes de apoyo y colaboración, y donde el idioma no supondría una barrera.
Pero el objetivo era salir cuanto antes, abandonar Europa, para evitar que la
situación se torciera.
A la mañana siguiente, sin el menor
problema con la nueva identidad que le ofreció el bibliotecario, comenzó su
recorrido por el Océano Atlántico, con la sensación de estar llevando a cabo
algo casi poético. Viajar en barco a las Américas tenía una magia indudable,
una épica de descubridores y un halo de aventura que escondía tantas
desgracias, tantos dramas, muchas rupturas provocadas por la espantosa guerra
perdida. El camarote era espantoso, un cuchitril que se balanceaba y en que
olía a permanentemente mal. Pero todo lo compensaba salir a pasear, apoyado en
la barandilla del barco, y contemplar el mar eterno y el cielo estrellado con
el vaivén de un barco que parecía no avanzar al no existir punto de referencia
alguno en el horizonte.
Conoció gente que viajaba con
historias de huida, similares a las suyas, pero a las que les faltaba la magia
de un hada para que todo resultara más sencillo, para que la vida fuera mucho
menos triste. Una noche, a solas, frente a un mar que se iba embraveciendo, y
con un cielo encapotado que anunciaba la peor de las tormentas, se reencontró
con su hada, y esta vez no quiso dejar escapar su oportunidad.
- Quería hablarte –Dijo el abuelo.
- Lo sé, por eso estoy aquí. Dime,
¿Qué necesitas?
El abuelo tragó saliva, tratando de
escoger las palabras adecuadas. Estaba a punto de llevar a cabo otro ejercicio
más de valentía personal.
- Ya que eres mi hada, aunque yo no
sepa por qué soy merecedor tuyo, o qué tengo para que me ayudes y cuides
siempre, debo de hacerte una petición. Creo que no hay un lugar más maravilloso
en el mundo que este para hacerlo, en la proa de un barco, surcando el océano y
camino de una nueva vida.
- Dime, entonces. ¿qué quieres
pedirme? –Respondió el hada sonriendo tímidamente, como si por un solo
momento pareciera completamente humana.
- Me gustaría pedirte que dejaras de
ser un hada. Necesito que dejes de serlo. Eso es todo.
- ¿Y por qué me haces esa petición?
- Porque estoy enamorado de ti, por
eso. Como en una poesía de Antonio Machado, con un infante ante su juguete más
preciado, como un orate que arrastra la mayor de las locuras. Me siento un
botarate esperando a que aparezcas, y cuando lo haces, tiemblo de alegría. Pero
no solamente cuando me has salvado, hada. También cuando sueño dormido, cuando
lo hago despierto, cuando me levanto, cuando trabajo, cuando hago cualquier
cosa, por estúpida e irrelevante que parezca. Estás presente en todo lo que
soy. Por eso, porque quiero estar a tu lado, cuidarte y que me cuides, quiero
que dejes de ser mi hada, que vivas conmigo. Quiero ser capaz de hacerte feliz,
y necesito saber si pido una locura, o si es mi locura la que me lleva a
hacerte esta petición. Necesito tener la seguridad de que no estoy cometiendo
un grave pecado por mirar tan bellos tus ojos, tus labios, tus manos y tu pelo.
Y, sobre todo, necesito dormir tranquilo, sabiendo que hice todo cuanto pude
para atraer a mi lado a la persona más bella y buena del mundo, que es quien
está iluminada en este momento enfrente de mí, escuchando mi legión de
tonterías.
Al abuelo, cuando acabó de declarar su
amor por el hada, le temblaba todo el cuerpo. Con tantas aventuras recorridas,
tenía la sensación de haberse mostrado más denodado que nunca. Pero si unas las
había desarrollado por pura satisfacción personal, y otras por defender sus
ideas de justicia y libertad, esta andanza quijotesca la hacía únicamente en nombre del amor.
El hada miró fijamente al abuelo, y
comenzó acariciarle el rostro suavemente, con el dorso de sus dedos.
- Me halaga mucho tu petición. Lo que
he me has dicho es muy bonito, es lo más bonito que he escuchado nunca. Pero no
es fácil. No hay nada fácil nunca. Ahora descansa, te hace falta.
De nuevo, el hada posó sus dedos sobre
los ojos del abuelo, que se quedó plácidamente dormido.
Había anochecido y trajeron la cena a
la habitación. A continuación, entraron papá y mamá ya juntos. Parecían
contentos. La enfermera les dijo delante de mí que el abuelo había estado
contándome no se qué cosas durante todo el tiempo, y que
con el cansancio que debía de tener no entendía cómo había aguantado tanto
tiempo de charla. Ciertamente, se había quedado agotado. Tras cenar un poco, se
durmió enseguida. Entonces, los tres nos fuimos a hacer lo propio en una
pizzería de la calle que había junto al mar. Por un momento, era como estar de
vacaciones. Después, tomando un helado, dimos un paseo por la orilla de la
playa. No podía haber mayor distancia entre la idea que había dibujado en mi
cabeza sobre aquel océano donde se declaró el abuelo a su hada, momentos antes
de la tormenta, y la charca sin oleaje que representaba el Mar Menor.
Papá se quedó a dormir en el hospital.
Mamá y yo, volvimos a la casa.
ONCE
Por la mañana, mamá dio el relevo a
papá, y me bajé con él a la playa. Estuvimos un par de horas jugando dentro del
agua. Fue como si los dos estuviéramos deseando desquitarnos tras lo exiguos
baños de días anteriores. Las palas, la barca de pedales, nadar, hacerle
aguadillas, hicimos todo lo que se nos ocurrió. Sin embargo, aunque la cosa
había podido dar para más, papá se encontraba agotado.
Al terminar, nos dimos un baño en casa
del abuelo, y fuimos al hospital. Allí, mamá le contó a papá que había estado
con el médico. Mientras yo toqueteaba una máquina de refrescos en la planta
baja del hospital a una distancia prudente de ambos, mamá le contaba que las
pruebas realizadas seguían diciendo lo que ya sabían, pero que el tratamiento
había surtido efecto. Tras tres transfusiones de sangre, más otra que dejaban
para la tarde, el abuelo había recuperado la energía perdida. Probablemente, al
día siguiente, le mandarían para casa, porque solo valían ya cuidados
paliativos, con lo que una vez en semana se desplazarían a su domicilio para
verle. A papá no le convencieron del todo aquellas explicaciones, pero solo le
quedaba resignarse. Los tres comimos abajo y, después, mamá convenció a papá
para que se fuera a casa a dormir un rato, ya que por la noche repetiría la
guardia.
El abuelo no tenía buena cara aquella
tarde. Le dolía la espalda de estar tumbado y se quejaba de fuertes dolores de
estómago. Sin embargo, sacó de nuevo su sonrisa en cuanto me vio. Incluso mamá
estaba sorprendida de la complicidad que habíamos desarrollado en esos
diez días de convivencia. Claro, que ella no sabía cuál había sido el nexo de
unión, el método del abuelo para captar mi atención, para verle de otro modo
completamente distinto a como lo venía haciendo. La frialdad, el gesto serio y
la incomodidad que me producía, se revirtió de manera fulgurante. Sus facciones
eran tiernas, su sonrisa generosa y a su lado me encontraba a resguardo,
protegido, a pesar de aquella maldita silla de ruedas.
Cansado de esperar que a mamá le
surgiera cualquier cosa para salir un rato de la habitación y poder seguir
escuchando la historia del abuelo, decidí proponérselo yo mismo.
- Mamá, no te enfades pero, ¿Te
importaría salir un poquito de la habitación?
Mamá me miró sorprendida.
- Es que verás, el abuelo me estaba
contando una historia de cuando era pequeño, y como le han traído al hospital,
pues nos quedamos a medias el otro día. Además, es un secreto entre los dos,
¿Me entiendes?
La sorpresa de mamá seguía in crescendo, por lo que giró
la vista hacia el abuelo que, a pesar de sus terribles dolores, casi suelta una
carcajada al escucharme hablar así. Entonces mamá sonrió y dijo que se marchaba
a tomar un helado y que luego venía, pero yo sabía que no se movería de la sala
de espera. Así, volvíamos a estar solos por fin. El abuelo no necesitó
preguntarme nada, sabía exactamente lo que estaba deseando escuchar.
- Recuérdame qué te conté ayer, no sé
bien dónde me quedé. Me falla la memoria y estas máquinas me atontan un poco,
Álvaro.
- Abuelo, te declaraste a tu hada y
la pediste que dejara su cargo como hada para irse contigo. Por cierto, ¿Quién
otorga los cargos de hada? ¿Los votan? No sé cómo funciona eso…
- Álvaro, yo tampoco lo sé, la
verdad. Además, yo estoy muy enfadado con los jefes de mi hada, ya te contaré
por qué.
Cuando el abuelo despertó en su
estrecho camarote, a la mañana siguiente, sentía una gran liberación. Estaba
orgulloso de haber encontrado las palabras adecuadas para expresar a su hada lo
que el corazón le dictaba. Solo quedaba esperar, aunque ese proceso, hasta que
reapareciera para darle una respuesta, fuera un verdadero suplicio.
Quedaban varios días aún para pisar
tierra norteamericana. La tormenta había quedado atrás porque se dirigía hacia
el norte de Europa y el barco se mecía con suavidad sobre las aguas. Estrechó
amistad con otro español, que viajaba en ese medio por negocios. Podía resultar
un buen contacto inicial para aquella nueva aventura, en la que sabía que iba a
pasar muchas penurias hasta afianzar algún trabajo que le permitiera poder
comer y dormir bajo techo. Pero eso no suponía ni mucho menos un grave
problema. Lo que no podía saber era, si el hada se decantaba positivamente,
cómo se articularía su vida de nuevo. Daba igual dónde, era prescindible el
cómo, solo importaba el quién, si ella iba o no a acompañarle para
siempre.
Por las noches, su nuevo compañero le
invitaba a cenar porque sabía que el abuelo pasaba relativa hambre, y luego le
animaba a participar en algún juego de cartas en las salas nobles del
transatlántico. Normalmente, rechazaba amablemente la solicitud, porque sabía
que todo el tiempo que permaneciera acompañado, sería un inconveniente para el
reencuentro, que de aparecer, su hada lo haría cuando estuviera solo. Pero los
días pasaban y no había forma. Había vuelto a pasear por la proa del barco,
apoyado en la barandilla, esperando, minutos, después horas. El cansancio y la
frustración le llevaban de nuevo al camarote a altas horas de la madrugada.
Tan solo un día antes de arribar en
Nueva York, el abuelo estaba convencido de que el hada ya no aparecería; que,
quizás, hubiera sido muy osado haciendo aquella proposición; que simplemente el
hada le quería cuidar, pero que no renunciar a sus poderes; que, tal vez, el
hada se ocupara de otras personas a la vez, y no las podía abandonar.
Cualquiera de las explicaciones que giraban como un carrusel sobre su cabeza,
resultaban razonables, comprensibles. El abuelo deseaba más que nada en el
mundo estar con ella, pero no la iba a reprochar una negativa. Enfadarse no
sería lo más sensato pero, precisamente porque nada de lo que le había pasado
con ella había sido demasiado coherente, mantenía una mínima línea de
esperanza, de fe en que su amor fuera correspondido.
Ocurrió en el momento que menos
esperaba. Un murmullo general se escuchaba en todo el barco, porque a lo lejos
se apreciaban los altos rascacielos de Nueva York, haciendo que todos los
viajeros salieran de sus camarotes para acumularse en uno de los laterales del
barco. El abuelo no se movió de su camarote. Recogía sus pertenencias pacientemente,
porque sabía que faltaban aún varias horas para el desembarco. No le
entusiasmaban los jolgorios populares, las multitudes, mejor esperar. Además,
estaba triste, apagado, desesperanzado por el paso de los días sin noticias de
ella. Miraba dentro de su modesta maleta, cuando su hada apareció a su espalda.
- Hola –Dijo el hada.
El abuelo dio la vuelta como un
resorte y la encontró allí, radiante y bella como siempre, pero sin la
luminosidad de otras veces. Era de esperar. No era de noche, no estaban en un
oscuro monte ni en una montaña nevada. Estaban en su pequeña habitación gris,
pobre, sucia, pero el candil alumbraba suficientemente. El hada no precisaba
mostrar su aura, su halo mágico. La belleza de sus facciones, vistas así, parecía
más natural, más imperfecta y, por tanto, mucho más cercana.
- Creí que nunca volverías a aparecer
–Respondió el abuelo, alegre pero tremendamente nervioso- Ansío una respuesta, hada, algo que
deje tranquilo a mi corazón, ya sea para saberse correspondido o para iniciar
su duelo. El alma se me va a salir por la boca en cualquier momento, créeme.
- Yo te voy a dar esa respuesta que
me pides, para eso he venido. Pero antes, quiero saber una cosa. Pronto
empezarás una nueva vida, en la que apenas recordarás lo que has hecho en los
últimos años, en la que afrontarás nuevos retos y grandes dificultades. Quiero
saber si serás fuerte, quiero que me prometas que lucharás todo lo que puedas
para salir adelante, como has hecho hasta ahora. Quiero saber que seguirás
siendo tú.
- Yo no puedo prometerte lo que seré,
preciosa hada, pero sí que lucharé con todas mis fuerzas para seguir siendo lo
que soy hoy.
Ella sonrió y se sentó en la cama,
mirando al abuelo.
- Quiero vivir contigo.
El abuelo, apoyado a la puerta del
camarote, rompió a llorar de felicidad al escuchar aquellas palabras. Tuvo que
sentarse en el suelo para, sin fuerzas, afrontar lo que el hada quería
expresarle.
- Quiero salir de este barco a tu
lado, quiero estar a tu lado todos los días de mi vida, quiero morirme a tu
lado, quiero cuidarte y que tú me cuides a mí. Te he observado, te he observado
mucho, muchas horas, muchos días, mientras dormías, mientras luchabas. Eres la
persona más maravillosa que he conocido, la que tiene el corazón más grande. Y
eso es más que suficiente para que alguien como yo quiera desprenderse de estas
alas que tú me has regalado, y de esta luz que tú siempre creíste que tenía a
mi alrededor, para compartirlo todo contigo.
Cuando, desde la cama del hospital, el
abuelo me recordaba aquellas palabras, hacía inevitablemente lo mismo que el
personaje de su narración: llorar. Yo, sentado junto a él, le miraba viendo al
tiempo al abuelo joven frente a su hada, no dando crédito a su fortuna.
- Entonces –Me dijo el abuelo- me pidió que me sentara a su lado.
Yo cogí fuerzas de donde no las tenía, y me puse junto a ella, apoyando mi
cabeza en su hombro. Mis lágrimas humedecieron su vestido blanco. Estaba a mi
lado, ya no como un hada, sino como una persona real, que podía tocar, cuyo
latido podía sentir, que respiraba entrecortada, porque ella también estaba
emocionada con todo aquello. Pasamos así un largo rato, sin decirnos nada, simplemente
mirando al infinito, a nuestro propio infinito particular. Después, retiró
levemente mi cabeza de su hombro, y me pidió que la besara, porque solo así,
con un tierno beso, sus alas abandonarían su espalda, desaparecían para
siempre. Y así lo hice, la besé en los labios con los ojos cerrados, y al posar
mis manos sobre su espalda, me di cuenta de que ya no estaban.
Yo estaba tremendamente sorprendido,
aquel final era muy bonito. Todo podía haber salido peor, mucho peor. Pensaba
en una vida llena de retos y aventuras, de dolor y sufrimiento, incluso de
hambre y, de repente, mi abuelo encontraba la mejor recompensa posible. Pero,
en el fondo, había en la historia algo que no me encajaba del todo bien. Creía
en las hadas, creía en la magia, creía firmemente en la historia de mi abuelo,
pero lo que no acababa de entender era qué pintaba mi abuela en toda esta
historia, porque yo había tenido una abuela que vivía con él. Así que no dudé
en preguntárselo.
- Mi hada, Álvaro, era tu abuela. Era
un hada y se convirtió en mi mujer, en la mamá de papá, y en tu abuela, aunque
no te llegara a conocer –Explicó el abuelo, ya visiblemente cansado- ¿Cuánto sabes de tu abuela, Álvaro?
¿Qué te ha contado papá de ella?
- La verdad es que poco, muy poco.
Como no la conocí, pues hemos hablado poco de eso. De mis otros dos abuelos sí
que sé muchas cosas.
- Entonces, si quieres saber más de
ella, recuérdamelo cuando tengamos otro ratito, porque están repartiendo las
bandejas de la cena. Aquí nos dan de comer poco y malo. Estoy deseando ir a
casa.
Yo salí al pasillo para avisar a mamá
de que ya podía entrar si quería. Ella me pidió que un día, más adelante, le
contara esa historia que me tenía tan intrigado. Pero casi todas mis dudas se
habían resuelto esa tarde, solo me faltaba saber un poquito más de mi
abuela-hada. Estaba contento por tener una línea ascendente tan chula en el
árbol genealógico de mi familia pero, sobre todo, por saber que a mi abuelo le
salieron las cosas bien, de una vez por todas.
DOCE
Papá escogió a Marina, para cuidar al
abuelo. Tenía cincuenta y seis años, había nacido en Cartagena. Su padre
trabajaba en el Puerto de la ciudad, tan vinculado siempre al campo militar.
Escogieron aquel nombre para la primogénita por esa razón. Marina tuvo otros
dos hermanos, ambos varones, que en cuanto tuvieron ocasión, desaparecieron de
la ciudad. Fueron a trabajar uno a Argentina y el otro a Barcelona. Ella se
quedó a cargo de sus padres cuando envejecieron.
Se casó con un hombre de la ciudad que
trabajaba en el sector de la metalurgia. La relación no era mala, pero tampoco
excesivamente buena. Convivían con la premisa cultural de que él, como era
quien trabajaba, hacía y deshacía mientras que ella, ama de casa, se encargaba
de que todo estuviera a su gusto. Al fin y al cabo, así sucedía en la mayor
parte de las familias españolas. Tuvo dos hijos, los crió, los cuidó y los
perdió de vista cuando alcanzaron la mayoría de edad. Ambos habían terminado en
Madrid.
Su marido enfermó cerca de la
cincuentena, los médicos la dijeron que tenía el hígado hecho añicos y quedó en
cama hasta 1991, fecha en la que, finalmente, murió. Sola, con los hijos lejos,
con una pensión que le permitía sobrevivir modestamente y con un férreo patrón
de pensamiento tradicional, no se había planteado rehacer su vida. Una vez en
semana acudía al cementerio a limpiar la tumba de su marido y, todo lo más,
charlaba de vez en cuando con algunas vecinas. Decidió invertir su tiempo, ya
que para entonces nadie lo fiscalizaba, en ayudar a los demás. Así, comenzó a
colaborar con los Servicios Sociales de la zona, acompañando a ancianos a
realizar gestiones cotidianas o ir a los médicos. Salvo la satisfacción
personal, le generaban más gastos que otra cosa, porque solía renunciar a que
un determinado anciano, tal vez con mayores dificultades económicas que ella,
le pagara el transporte público en los acompañamientos.
Como nada la ataba especialmente a su
casa, le llamó la atención un anuncio que había visto en el tablón del hospital
de referencia, y decidió llamar. Sin un especial ánimo de obtener grandes
remuneraciones económicas, sino con un deseo real de estructurar su tiempo,
acudió a la entrevista con papá como quien quiere probar una cosa nueva, para
conocer las condiciones y después, en caso de ser seleccionada, tomar una
decisión definitiva. Le gustó la casa, papá le pareció una persona honesta
cuyos ojos contaban involuntariamente que tenía un grave problema entre manos.
Empatizó, pensando en la situación de sus hijos, también en Madrid, cuando
dentro de unos años les tocara pasar por lo mismo con ella. Además, aunque a
primera vista el abuelo pudiera parecer poco agradable, el comentario que
realizó mientras se entrevistaban en el comedor, pidiendo que no le molestase
nadie porque estaba con su nieto, le pareció enternecedor, la hizo sentirse
cómoda.
El domingo a mediodía dieron el alta
al abuelo y volvió a casa. Había recobrado energías, aunque algunos dolores
seguían siendo recurrentes a pesar de la medicación. Papá y Mamá se vieron con
Marina después de comer y estuvieron charlando largo rato. Finalmente aquello
no fue una entrevista sin más, sino una charla amena en la que mamá buscaba
desesperadamente que papá pudiera quedarse tranquilo a su marcha, que
encontrara en ella una persona sensible y atenta, que sabía la labor que le iba
a corresponder con el abuelo porque ya la había padecido anteriormente con su
propio marido. Y lo consiguió, porque buena parte de la conversación sirvió
para que Marina pusiera en bandeja el relato de su vida hasta ese momento y la
aceptación y el apoyo de los hijos, que implicaba el cambio de residencia, al
menos por un tiempo. No era del todo así, sus hijos hubieran preferido otra
cosa. Una nueva relación, una oportunidad distinta que no fuera cuidar a quien
todo lo tenía ya perdido. Pan
para hoy y hambre para mañana debían
pensar. No les faltaba razón.
Yo aproveché aquella distendida charla
para estar con mi abuelo. Hoy nos perdíamos una de las etapas clave de Tour de
Francia, pero teníamos entre manos menesteres de mayor importancia.
Mi abuelo y mi abuela-hada bajaron la
escalerilla del barco juntos. Para todo el mundo, era un misterio de dónde
había salido aquella compañera inesperada del hombre solitario. En Nueva York
permanecieron algunos años, los suficientes como para regalarse besos en el
desfile de la victoria, tal y como hizo aquella otra pareja de novios que quedó
inmortalizada en una fotografía famosa. Los dos estaban muy contentos y
consiguieron algún trabajo que les permitía vivir humildemente. Sin embargo,
ambos tenían en su cabeza la idea de volver a España. Cuando las cosas estaban
más calmadas y la sed de venganza inicial de vencedores a vencidos fue
saciándose muy poco a poco, decidieron retornar a Madrid.
Se instalaron en una modesta casa del
barrio de San Blas. Ella no podía trabajar, no estaba bien visto. Allí,
decidieron que naciera papá. De vez en cuando, mi abuela-hada seguía en
contacto con otras compañeras de su antigua profesión. Sus antiguos jefes la
habían tentado muchas veces para que volviera a ser un hada, pero ella solo
quería estar con el abuelo y con su hijo, cuidarles, abrazarles, hacerles
sentir bien.
Cuando el abuelo se jubiló, a mediados
de los años setenta, propuso a la abuela-hada ir juntos cerca del mar.
Compraron aquella casa para pasar su vejez juntos, ser felices, pasear por la
playa y disfrutar del resto de sus vidas. Papá se quedó estudiando en Madrid y
allí conoció a mamá. Años después se casaron y enseguida me tuvieron a mí.
- Pero no todo fue felicidad, Álvaro
–Dijo el abuelo, entristeciendo la mirada- porque un antiguo jefe de la
abuela, de mi hada, la exigió que volviera a trabajar porque necesitaban más
hadas. Le explicó no se qué de que el mundo se estaba torciendo y que
necesitaban trabajadoras con experiencia.
- ¿Con experiencia en hada, abuelo? –Pregunté
extrañado.
- Exactamente. La abuela tuvo que marcharse, tuvo
que irse para siempre, de nuevo. Me dolió mucho, muchísimo.
En ese momento, el abuelo se quedó sin
palabras. Se me ocurrían varias preguntas que hacerle, pero algo me dijo por
dentro que debía esperar a que se repusiera, para que pudiera seguir hablando.
- Se tuvo que marchar, rápidamente,
casi sin despedirse. Yo no puedo arrepentirme de nada. Siempre fue muy buena
conmigo. Aunque fuera mi mujer, siempre fue mi hada. Me cuidó toda su vida.
Pero, Álvaro, la abuela era un hada, eso yo no podía cambiarlo. Y tenía que ir
a ayudar a otra gente que lo necesitara.
- ¿Y por eso yo no llegué a
conocerla, abuelo?
- Sí, cariño, por eso no pudiste
conocerla. A ella la hubiera encantado, desde luego. La hubieras hecho muy
feliz.
- Vaya fastidio, abuelo. Entonces… -pensaba
yo- ¿Cuando te sentaste en esa
silla de ruedas?
El abuelo dudó un instante
y volvió sus ojos, como siempre, hacía el adosado de enfrente. Él solo, sin
decirme nada, sonrió. Después me contestó.
- Uno, Álvaro, tiene que defender sus
derechos y los de los demás siempre que pueda, siempre que uno esté seguro que
lleva razón, que es justo hacerlo. Yo no podía quedarme quieto tras la decisión
de sus jefes. Tenía que protestar de alguna manera, ya que no podía oponerme.
Entonces, mi forma de protesta fue sentarme en esta silla de ruedas. Decidí
quedarme sentado toda la vida reivindicando que la abuela se fuera para siempre
de mi lado. Así que, ¡O bien me la traen aquí ahora mismo! O ¡Que me lleven con
ella! Pero yo de aquí, Álvaro, no me levanto.
Me encantó la idea de protestar tan a
lo bestia. Y yo que pensaba que papá era un poco cabezón. Por fin mi abuelo me
había puesto todas las cartas encima de la mesa, por fin podía saber quién era
y a qué se dedicó toda su vida. El misterio estaba resuelto. Era un hombre
bueno y se dedicó a amar siempre a mi abuela. Y como los jefes siempre lo
complicaban todo, pues toma protesta. Casi veinte años allí sentado. Eso,
también, era tener mucho valor.
Cuando acabaron la entrevista, Marina
estuvo un rato hablando con el abuelo y haciéndome carantoñas. Después se
marchó. Empezaría a trabajar el día siguiente y, según escuché, nosotros
abandonaríamos Murcia el martes. Mamá, sin embargo, tuvo que volver sola en el
coche aquella misma tarde.
TRECE
Marina se apañaba sorprendentemente
bien con las tareas de la casa y con las cosas del abuelo. Pasaba más apuros
cuando le tenía que coger. Las primeras horas, si mi abuelo necesitaba ir al
baño, por ejemplo, papá le ofrecía su ayuda pero ella la desestimaba rápidamente.
Quería adaptarse cuanto antes a la nueva situación. Todo aquello dejó tranquilo
y contento a papá, que decidió que fuéramos de nuevo a la playa para
despedirnos de ella hasta más ver. Se sentía liberado en cierto modo.
Preocupado por el estado de salud que tenía, pero confiado en que iba a estar
bien atendido.
Esa tranquilidad la percibí
rápidamente en el agua, porque papá estuvo más juguetón que nunca, enseñándome,
por ejemplo, distintos estilos de natación. Compramos unas gafas de bucear y me
enseñó a mirar por debajo del agua desde la superficie. A mí me daba un miedo
espantoso abrirlos a pesar de llevarlas puestas pero, por un momento, pensé en
qué tontería más grande sabiendo las cosas a las que se había enfrentado mi
abuelo, y allí estaba. Finalmente, pude disfrutar de un fondo marino
desalentador y sucio, por el que, muy de vez en cuando, pasaban un grupito de
peces aburridos. Tal vez papá me quisiera concienciar de lo mal que cuidamos el
medio ambiente, siguiendo la poderosa regla de aprende jugando.
Por la tarde, hubo muchos silencios.
Estábamos los tres, así que no tuve ocasión de hablar nada más con mi abuelo.
Él estaba apenado con nuestra marcha, lo que no significaba que no la
entendiera. Suficiente culpable se sentía ya con que papá y mamá hubieran
tenido que rehacer todos los planes veraniegos. Todos nos acostamos rápidamente.
Por la mañana, Marina estaba en casa
con la maleta a cuestas, cuando prácticamente no habíamos comenzado a
desayunar. Nosotros hicimos lo propio con la nuestra. Solo cuando vi aquella
mochila llena y el patio sin rastro de mis juguetes es cuando realmente me di
cuenta de que nos marchábamos, de que no volvería a ver al abuelo hasta vete tú
a saber cuándo. Papá se acercó a por el coche y lo dejó en la misma puerta. Era
el momento de la despedida.
- Abuelo. Muchas gracias por haberme
dejado tu patio para jugar y, sobre todo, por haberme contado tus secretos.
Siempre que tenga una pesadilla en la que me vaya a pasar algo malo, pediré a
mi hada que venga a salvarme. No se me olvidará nunca.
El abuelo no era capaz de contener las
lágrimas. Yo tampoco. Recordé el primer día que le vi, aquel cinco de julio, y
me sentía estúpido cuando le di un beso por compromiso mientras él intentaba
darme más. Ahora era yo quien le dio cinco, diez, quince, hasta que papá me
dijo que me metiera en el coche y le esperara allí.
Subí al asiento del copiloto. Las
lágrimas me caían por las mejillas y volvía a moquear. Siempre que me pasaba
temía la cara de disgusto de mamá, pero como estaba solo en ese momento, moqueé
a gusto. Mirando por la ventanilla, veía al abuelo llorando. Marina le agarraba
de la mano, como si le conociera de toda la vida. Papá le hablaba muy de cerca,
casi podían chocar las narices. Algo importante le estaba diciendo. Algo que yo
no podía entender.
Cuando papá subió al coche, arrancó
rápidamente. No quiso perder más el tiempo. Yo bajé la ventanilla con el
moderno sistema automático del coche, y grité:
- ¡Adiós abuelo! ¡No te levantes
nunca de la silla, sigue protestando!
Papá no entendió nada, pero la verdad
es que tampoco me hizo mucho caso. Los primeros veinte minutos de trayecto, el
silencio era total. La cara de papá estaba tensa, parecía estar aguantando la
respiración. Finalmente, decidí decirle algo:
- Papá, si tienes que llorar, pues
llora. No pasa nada.
Entonces él me sonrió, me dijo que me
durmiera un rato, y yo lo hice.
El cartel rezaba que faltaban aún
sesenta kilómetros para Madrid. Hacía ya un rato que me había despertado. Papá
había decidido no parar a descansar, pero yo me estaba haciendo pis, así que le
fastidié los planes. Cuando entramos al bar, me dejó tomarme un Trinaranjus de
Naranja mientras él tomaba un botellín de cerveza. Era buen momento para
satisfacer más curiosidades, porque le veía más tranquilo.
- Papá, ¿Desde cuándo está el abuelo
en esa silla de ruedas?
- ¿No te lo ha contado? ¿Con todas
las cosas que habéis estado hablando, que miedo me dan, no te ha contado eso? –Preguntó
sorprendido.
Yo negué con la cabeza.
- Pues toda la vida.
- ¿Toda la vida? ¿Cómo que toda la
vida, papá?
- Álvaro, cuando el abuelo tenía unos
treinta años más o menos, trabajaba en una fábrica donde todo era muy duro. Un
día tuvo un grave accidente, y quedó en coma.
- ¿Qué es quedarse en coma?
- Quedarse en coma es estar vivo,
pero dormido, sin poder hablar, sin poder comer, sin poder ver nada, sin poder
oír, sin poder ir al baño…
- ¿Como si estuvieras muerto, papá? –Dije
interrumpiendo.
- Deja eso, Álvaro. Es estar muy
malito, pero como tu abuelo era muy fuerte, se recuperó, pero no del todo. No
pudo volver a andar y entonces tuvo que llevar una silla de ruedas siempre.
Me quedé un rato pensando.
Antes de volver a subir al coche, pregunté otra cosa.
- ¿Y la abuela? ¿Qué fue de ella? Porque
yo no la he conocido…
- La abuela, Álvaro, murió hace
muchos años.
- ¿Y cómo murió? ¿Qué la pasó?
- Tuvo una enfermedad muy mala, se
fue muy rápidamente, ni se enteró ella, ni nos enteramos nosotros. ¿Tú no sabes
eso de que cuando uno se muere se convierte en una estrella? Tu abuela es una
estrella, Álvaro, una estrella del cielo.
- No, papá –evidentemente o estaba mal informado
o no se había enterado del todo bien- la
abuela se convirtió en un hada, en el hada del abuelo.
No volví a hablar en todo el camino.
Estaba un poco enfadado. Mi abuelo se había inventado todo, aunque, en el
fondo, la historia era tan bonita que no hubiera podido reprocharle nada.
El resto de mi verano en Madrid lo
pasé jugando con Mario y en la piscina con mamá. Un fin de semana fuimos a ver
a mis primos, y la verdad es que lo pasé estupendamente. Pero echaba de menos
estar con el abuelo. Pronto comenzaría el curso, pero antes, todavía nos
quedaban unos días de vacaciones juntos por delante.
Una mañana de agosto, el día
veinticuatro, sonó el teléfono de casa. Era Marina y lo cogió mamá. Enseguida
se puso a llorar. Papá se asustó mucho y mamá le contó que el abuelo había sido
ingresado y que se encontraba muy mal, que los médicos habían pedido que los
familiares viajaran cuanto antes allí. Tenía que pasar.
Prepararon las cosas a toda prisa y,
con los nervios, no cayeron en la cuenta de que no sabían muy bien qué hacer
conmigo. Comenzaron a discutir. Mamá pensaba que no debía de ir con ellos, que
mejor que me quedara con los otros abuelos. Papá pensaba parecido pero en el
fondo no se regañaban entre ellos. Eran sus nervios los que estaban a flor de
piel. Yo, entre las voces de ambos, levanté la voz.
- ¡Quiero ir! ¡Dejadme ir a ver al
abuelo!
Los dos se quedaron parados por un
momento. Por lo menos sirvió para que se callaran un instante.
- No puedes venir, cariño. El abuelo
está muy malito.
- Pues si está muy malito, me quedo.
Pero si se va a morir, quiero ir, mamá. Tenéis que dejarme ir.
No llegamos a tiempo, aunque lo cierto
es que papá corrió más de lo habitual. Mamá le decía que estuviera tranquilo y
le acariciaba la mano y el pelo mucho. Pero al llegar al hospital,
prácticamente de noche, el abuelo se había marchado con su hada, por fin, para
siempre.
Recuerdo el llanto de papá, la
supuesta entereza de mamá y la sensibilidad de Marina, que era en definitiva
quien le había visto marcharse. Papá fue muy cariñoso con ella en el tanatorio,
del que no se movió ni un solo instante. Recuerdo el frío que hacía en la sala
de espera, y también las caras de los vecinos del abuelo. Recuerdo que
llegaron, al día siguiente, mis abuelos, y que acompañé a papá a recoger unas
cosas a la casa del abuelo. Le dejé que paseara por dentro, a solas, para que
hiciera todo lo que tuviera que hacer. Yo, me senté en la silla de al lado,
como siempre, mirando hacia el adosado de enfrente. Miraba al lado, pero no
estaba. Volvía a hacerlo, pero era inútil. Después, como quien hace una
travesura, me senté en su silla y me sentí él, me deseé la misma valentía, la
misma bondad y la misma capacidad de amar que él había tenido toda la vida.
Papá me regañó cuando me vio, pero yo estaba muy orgulloso por haberlo hecho.
Del entierro, no consigo recordar casi
nada pero, en cambio, sí del trayecto de regreso a Madrid.
- Papá, el abuelo sabía mucho
de sitios, de viajes, de guerras, ¿Verdad?
- Sí, cariño, el abuelo sabía muchas
cosas –Me respondió.
- ¿Y cómo podía saber tanto si nunca
pudo viajar a ninguna parte porque estaba en esa silla de ruedas?
- Álvaro, leyendo se puede viajar a
cualquier parte. Y el abuelo leía mucho. Por cierto, ¿Me contarás alguna vez
que historia os traíais el abuelo y tú cuando estuvimos en julio, o es un
secreto tan secreto que no me lo dirás nunca?
Yo me eché a reír, y mi risa les
contagió a los dos.
- A mi es que me gustaba su aburrimiento.
- ¿El qué? –Preguntó mamá sin
entender mis palabras.
- Nada, mamá, cosas mías –Dije
sin querer darle importancia- Además,
el abuelo siempre me contaba la misma historia, de una manera, de otra, una
vez, otra vez, pero siempre lo mismo.
- ¿Y qué era si puede saberse?
- Sí, que quería mucho a la abuela,
que la amaba con locura.
CATORCE
¿Sabes una cosa? Mi abuelo no me
mintió, no lo hizo nunca, no se inventó esa historia que debía aburrirme y que
me llenó el corazón. Fue real, y yo lo supe años más tarde.
El abuelo trabajaba en una fábrica que
se dedicaba a montar máquinas para obras. Era duro y llevaba desde los
dieciséis. No había conocido a su padre o, al menos no lo recordaba. Su madre
le tuvo a él y a cuatro hijos más. Dos de sus hermanos cayeron a comienzos de
la Guerra Civil peleando por lo que creían. Otro más, también varón, salió del
país y de Europa cogiendo un barco en Lisboa. A los pocos años, cayó enfermo.
La única hija se exilió a comienzo de la contienda. ¿Adivinas adónde se fue? A
Suiza.
Él decidió no separarse de su madre.
No se involucró en política y, como único sustento económico para ella, le
permitieron no ir obligado al frente. Siguió trabajando desde la retaguardia.
Sin embargo, un día, antes de terminar la Guerra, sufrió un gravísimo
accidente. Salvó la vida milagrosamente pero, en el hospital, cayó en coma
profundo. Aunque había pocos medios entonces, consiguieron mantenerle así, con
los cuidados mínimos. Al cabo de cinco años, seguía en la misma cama del mismo
hospital, pero España había cambiado muchísimo. Había épocas en las que todo
estaba perdido, y la obcecación sobre todo de una de sus enfermeras hacía que
no se tomaran medidas drásticas que, si bien la moral cristiana rechazaba
tajantemente, se practicaban de manera habitual en muchos hospitales.
Aquella enfermera era su hada, por eso
llevaba siempre un vestido blanco. Hubo numerosos momentos durante aquel
periodo en el que estuvo a punto de morir, de apagarse de manera sencilla. Su
enfermera no se despegaba ni un momento, le hablaba, le contaba cosas, buenas y
malas, pero cosas, pensando que tal vez podría escucharlas. Había entablado una
relación muy afectuosa con la madre de mi abuelo. A través de ella, supo en
secreto, ya que por las implicaciones políticas no podía ser de otro modo, qué
había ocurrido con el resto de hermanos. Y después, a solas, por las mañanas,
se sentaba a su lado y le contaba las historias que se inventaba sobre ellos en
Suiza, en Portugal, en las Américas. También añadía las propias, explicando su
vida en un pequeño pueblo del norte de Jaén. En todo aquel proceso, que duró
cerca de siete años, mi abuelo se quedó sin madre también.
Una mañana, como si se tratara de un
milagro, el abuelo dio mayores muestras de estar vivo. Abrió los ojos. Su
enfermera, en ese momento, el acariciaba el pelo. Sorprendida, entusiasmada,
avisó a los médicos, que la explicación que había que ser cauteloso. Pasó
varios días sin dar nuevas muestras. Sin embargo, ella, que se había enamorado
perdidamente de aquel cuerpo que yacía sobre la cama semimuerto, tras conocer
su historia y haber visto marcharse antes a su madre, volvió a ser testigo de
cómo emitía un leve sonido para, a continuación, abrir los ojos de par en par y
encontrar sus ojos, sus manos, su pelo rubio cayendo sobre los hombros y su
sonrisa de nuevo.
Durante los tres años siguientes, el
milagroso proceso de recuperación tuvo altibajos grandes. La enfermera le fue
enseñando a hablar, a comer, a mover los brazos, a absolutamente todo. Sin
embargo, a medida que fue retomando el habla, comenzó a hacer preguntas. La
enfermera tuvo que ser honesta y explicarle todo. El abuelo fue capaz de
aprender a volver a llorar por sí mismo, sobre todo, cuando escuchó cómo su
madre había muerto, sin separarse un solo día de su lado en aquel hospital. Una
noche que no estaba la enfermera, preso de la angustia, incrédulo ante los
zarpados que había recibido al reabrir los ojos, al volver a ser consciente de
la crudísima realidad familiar, intentó como pudo quitarse la vida. No lo
consiguió. Aquel día mi abuelo soñaba que estaba en un monte y que provocaba a
la Guardia Civil para que lo mataran de una vez por todas. Cuando ella, su enfermera,
su hada, se enteró, le echó una terrible bronca. Le dijo que si volvía a
intentarlo, dejaría el hospital para siempre. Sí, tenía mucho genio.
A mi abuelo solo le ataba a la vida
ella, realmente. En otra ocasión, poco tiempo después, sufrió una neumonía que
casi da al traste con su vida después de tanta lucha. Mi abuelo me habló de
aquello ese verano, cuando tosía frente a la Torre de Belem y el hada apareció
calmándole, curándole, con paciencia y con mucho amor.
Finalmente salió adelante, aunque
quedó inmovilizado de por vida. Sus piernas habían muerto definitivamente en el
proceso. Tras casi diez años en aquel hospital, llegaba el momento de
abandonarlo y, antes de hacerlo, mi abuelo quiso declararla su amor. Para
entonces, su enfermera llevaba largo tiempo sabiendo que aquel era el hombre de
su vida, al que debía cuidar, al que debía amar. Horas, días, semanas y meses
observándole, hablándole, dentro y fuera de su horario laboral. Porque ella,
que fue mi abuela, también fue el hada que con su magia, con su luz, le sacó
adelante y le dio ganas de vivir de nuevo. Le sacó de la muerte y construyó una
vida con él.
El tiempo había pasado, mi abuelo
pasaba los cuarenta años y mi abuela tenía treinta y ocho. Tuvieron un hijo, mi
papá, mi padre. Leía mucho, sobre todo acerca de la Segunda Guerra Mundial, que
había dejado millones de muertos mientras él solamente dormía, en manos de su
hada. Le dieron una pensión con la que se mantenían mal que bien. Sin embargo,
quisieron apostar fuerte y marcharse a vivir juntos a una casa en la playa, en
una zona tranquila. No llevaban mucho tiempo allí, cuando sobrevino la
desgracia. Porque la enfermera aceptó la propuesta de mi abuelo, y los dos
salieron juntos de la mano de aquel hospital. Pero estaban juntos de la mano
también, cuando una enfermedad se la llevó de manera fugaz, casi imprevisible.
Mi abuelo perdió a su hada, pero
luchó. Luchó por no morirse de pena; luchó porque era lo único que sabía hacer;
luchó porque después de haber contemplado la bronca que le echó cuando intentó
suicidarse, cualquiera iba a aguantar la que viniera después si tenían ocasión
de reencontrarse en la otra vida. Luchó porque era mi abuelo, porque era él y
porque eso era lo que ella hubiera querido.
Mi abuelo no me mintió. Tal vez
soñase, tal vez en su inconsciente su enfermera tuviera alas, seguro que ideó
el viaje en barco de su hermano, aprendió muchas cosas sobre Suiza, donde huyó
su hermana. Tal vez, pensase mucho en el final desesperado de sus dos hermanos,
perseguidos por los fascistas en zonas boscosas que él situó en el centro de
Francia o en la frontera con Portugal. Quizás residió en su imaginación un
tiempo en el Norte de Jaén porque realmente escuchaba a su enfermera hablarle
de su infancia en aquel pueblo. No lo sé, no puedo saberlo. Pero no me
mintió.
No quiso marcharse de esa casa hasta
el último día. No hay nada que más me alegre, que haber tenido la oportunidad
de escuchar su historia tan solo un mes antes de que se marchara con su hada.
¿Recuerdas lo que te dije al
principio? Mi historia es sencilla, no tiene grandes pretensiones. Pero ahora
que tú la sabes, ahora que has buceado conmigo por ella, quiero recordarte que
es mi manual de intenciones, mi propósito casi religioso, el ejemplo perfecto
de lo que me gustaría ser capaz de hacerte sentir a mi lado.
Te quiero, mi hada.