martes, 23 de abril de 2013

NARIZ TORCIDA


Como en otras ocasiones, os presento el primer capítulo de mi próxima historia.
Espero que lo disfrutéis.

UNO

Hicieron el amor durante toda la noche, y no fue suficiente. El cansancio, la tensión acumulada, las caricias como regalos desesperados y el ficticio remanso de paz en el que permanecieron durante aquellas horas de oscuridad les acunaron, por fin, al alba. Cayeron en la inconsciencia como dioses tras una ardua batalla, cuando comenzaba a anaranjarse el horizonte, cuando el sol amenazaba con asomarse con timidez sobre un Mediterráneo aletargado y perezoso.

Nato no durmió bien. Soñó con sus mil demonios internos. Entre sudores, se sacudió la sábana como por instinto, como si le estuviera atosigando, como si encima de él tuviera a todos sus enemigos y deseara quitárselos de una maldita vez. Pero, al instante, abrió los ojos y la encontró a ella, Nerea, desnuda, acurrucada, en posición fetal, pidiendo protección mientras viajaba en su nube. Tenía su larga melena rubia sobre la cara y las manos entrelazadas. Sus labios eran los de un infante que añora encontrarse cerca de los senos de su madre. Su espalda dibujaba un firmamento de lunares sobre una piel dorada. Y Nato, ante ella, recobró la respiración. Tomó la sábana que había apartado con violencia y la tapó por encima de los hombros antes de besar su frente y levantarse. Había dormido tan solo tres horas.

Se sentó en la terraza de aquel moderno apartamento enclavado en un monte frente al mar, en la línea que separa las concurridas playas de Mojácar y las estribaciones del cabo de Gata. Aquel fue un refugio efímero, de una sola noche, de camino a cualquier parte. Poca gente deambulaba a esas horas por el complejo de campos de golf, habitado sobre todo por ingleses que compraron las casas en propiedad y que, entonces, las alquilaban cuando se encontraban en su país. Entre las decenas de apartamentos quedaban pequeñas piscinas inhabitadas, como islas donde refugiarse un rato antes de volver a la realidad. En la zona central, había otra gran piscina junto a un bar, donde el diseño permitía tejer una línea de continuidad entre la caída del agua y el mar. A lo lejos, observó un barco de recreo que tal vez proviniera del puerto de La Garrucha. Allí había cenado algo de marisco barato la noche anterior.

Nato preparó el desayuno a Nerea y lo puso sobre una bandeja. Un zumo de naranja y un café con leche, junto con una pequeña bolsa de magdalenas que adquirieron la tarde anterior en un supermercado del pueblo de Mojácar. No comerían allí, a pesar de que disponían de una cocina moderna y perfectamente equipada. No volverían a dormir en aquel lugar, aunque, en ese momento, Nerea tal vez soñara con detener el tiempo y resguardarse entre aquellas paredes durante algunas semanas. Nato tenía otros planes y eran dolorosos, pero inevitables.

Apoyó su torso desnudo sobre la barandilla de la terraza, dejando que el sol, cada vez más alto, calentara los tres tatuajes que decoraban su cuerpo. Se había cortado el pelo. Lejos quedó esa melena revuelta, ingobernable, que le había caracterizado varios años atrás. El anillo que portaba en el dedo índice de su mano derecha, ese con el que golpeaba levemente la barandilla, era, a esas alturas, lo único que conservaba ya de sus padres.

Nerea se despertó dos horas después. Buscó una camiseta sencilla en lo más profundo de la mochila de Nato, que se complementaba a la perfección con las braguitas que había rescatado de debajo de la cama, expulsadas tras el revuelo nocturno. Le encontró impasible, con la mirada perdida sobre la línea del mar, absorto en sus pensamientos, y se acercó silenciosa hasta rodearle con sus brazos y apoyar su cabeza sobre su espalda. Nato, al sentir su tacto, rebobinó la catarsis de ideas que le atormentaban para volver al punto de partida. Aquella paz fugaz, tan solo unos minutos más en aquel junio fatídico.
  •         ¿Cómo has dormido, cariño? –Dijo ella.
  •          Bueno, ya sabes… Siéntate, te he preparado el desayuno.

Nato marchó a la cocina mientras que Nerea se acurrucaba, sin terminar de desperezarse, sobre una silla de la terraza. Sentada, flexionaba sus piernas, apoyando sus brazos sobre ellas y, a continuación, su cabeza sobre los brazos, como si quisiera volver a dormir. Enseguida regresó Nato con la bandeja y el café ya caliente.
  • ·        Muchas gracias. ¿Había azúcar? Se nos olvidó comprar…
  • ·       Encontré un poco en el armario.
  • ·        ¿Tú has desayunado?
  • ·  Sí –Respondió mientras le trataba de desenmarañar el pelo con caricias que nacían en su nuca y se movían caprichosas por su cabeza –Voy a darme un baño rápido. Vigílame.

Desde la terraza, Nerea contempló sus pasos. Nato bajó unas escaleras que daban acceso a otra zona de apartamentos, dejó la toalla sobre un pequeño banco y se arrojó de cabeza sobre el agua. Nadó tranquilo durante un rato y se dejó llevar, tumbado boca arriba, el resto del tiempo. Nerea encendió un cigarro y trató de descifrar en qué se había convertido aquel niño malo del que un día se enamoró. Habían pasado muchas cosas, casi todas dolorosas. Pero estaban juntos y por nada en el mundo querría que eso cambiara. Su amor por Nato era fuerte. No era dependencia, aunque también. No era fragilidad, aunque también. Era un respeto a su lucha permanente, era domar a un caballo indomable, era sentirse importante frente a alguien que pareciera despreciar a todo el mundo, menos a ella. Era sentirse segura a pesar de todos los peligros. Era aferrarse a quien, de un modo contradictorio, consiguió sacarla de un bache infinito que alguien denominó “vida”.

Sobre la mesa, quedaba uno de sus dibujos habituales. Nato adoraba pintar. Un cielo claro junto a un volcán y un pequeño pueblo a sus pies. En el margen inferior derecho, había escrito: “El Paraíso”. Nerea lo recogió y lo guardó en su mochila.

Cuando Nato regresó al apartamento, frías gotas de agua se adhirieron a la piel de su espalda. Nerea cogió la toalla con la que envolvía su cintura y terminó de secarle.
  • ·        Tenemos que irnos –Dijo él.
  • ·        Vale –Respondió con resignación- Me doy una ducha y nos vamos.

Una hora después, entregaron las llaves a los guardas de seguridad del recinto, recogieron el Renault Clío blanco con el que habían emprendido viaje días atrás, y abandonaron Mácenas para siempre, en dirección al Cabo de Gata. Kilómetros más adelante, la carretera nacional por la que circulaban sorteaba los montes de la zona, dejando al margen de la carretera altos acantilados. Antes de llegar a la playa del Algarrobico, Nato decidió echarse al margen, frente a un majestuoso mirador, para observar unas espectaculares vistas de la zona norte del Cabo, con sus caprichosas formas volcánicas. Los dos bajaron del coche.
  • ·        ¿Te gusta? –Le preguntó a Nerea.
  • ·        Es precioso –Dijo tratando de retener en su retina la inmensidad de un paisaje árido y azulado- ¿Habías estado aquí antes?
  • ·        Una vez. De pequeño. Tenía un tío que vivía por aquí. Era pescador. Llevaba una vida sencilla, tenía su mujer y sus hijos, pero pasaba mucho tiempo en el mar.
  • ·        ¿No le has vuelto a ver?
  • ·        No. Está muerto.
  • ·        ¿Qué ocurrió?
  • ·        Que la pesca desapareció prácticamente y, mientras la mayor parte de la gente se dedicaba a potenciar el turismo, él decidió dedicarse al narcotráfico. ¿Qué le vamos a hacer? Murió en la cárcel, abrazado a la heroína.
  • ·        ¿Tienes primos entonces?
  • ·        Sí. Bueno… Supongo que sí. Pero no sé nada de ellos desde hace mucho tiempo.
  • ·        ¿No te gustaría verles?

Nato negó con la cabeza. Junto al coche, aparcó otro, del que descendió una joven pareja que, a escasos metros, comenzó a sacar numerosas estampas con su cámara de fotos. Nerea y Nato se abrazaban cuando los chicos se acercaron hasta ellos.
  • ·        Perdonad. ¿Podríais hacernos unas fotos?

Justo, en ese instante, Nato tuvo claro que acababa de encontrar en momento adecuado. No había marcha atrás.
  • ·        Házsela tú. Yo voy a mirar algo en el coche. Venía haciendo un ruido que no me gustaba nada. A ver si la vamos a liar.

Mientras Nerea se alejaba unos metros con ellos, para buscar la mejor perspectiva, Nato comenzó a interpretar una obra de teatro sencilla. Arrancó el motor sin pisar el acelerador, dejando que se ahogara solo. Lo volvió a intentar en varias ocasiones, hasta llamar la atención de Nerea y de los turistas. Después, bajó del coche, cerró la puerta de un sonoro portazo y abrió el capó.
  • ·        ¡Nerea! ¡Ven, por favor!

Ella se aproximó corriendo.
  • ·        ¿Qué ocurre?
  • ·        El coche no arranca, se ha jodido. Sé lo que le pasa, no es mucho. Lo arreglaré, pero voy a necesitar un rato.
  • ·        Vale. ¿Puedo ayudarte?
  • ·        No. Vete con ellos, al pueblo más cercano.
  • ·        ¿Qué dices? No te voy a dejar aquí.
  • ·        Nerea –Dijo en voz baja, mientras tomaba sus manos- el coche es robado, lo sabes. Si por esta carretera pasa la Guardia Civil, estamos vendidos. Y sabes cuáles son mis reglas. No quiero que estés aquí si sucede. Aquí no hay escapatoria alguna. Así que hazme el favor, que esos chicos te dejen en el pueblo más próximo, lo arreglo y te recojo. ¿De acuerdo?

Nerea no estaba conforme. Algo le preocupaba. Nato trataba de aparentar normalidad, pero le conocía bien. Había esquivado sus ojos al relatar aquello. Máxime cuando, ante su tardanza en responder, insistió de forma precipitada.
  • ·        ¿De acuerdo, cielo?

Ella asintió. Sin convicción alguna, pero con la seguridad de que no podría convencerle de lo contrario.
  • ·        Disculpad. Se me ha jodido el coche –Dijo Nato dirigiéndose a aquella pareja.
  • ·        ¿Te puedo ayudar de alguna manera?
  • ·        No. No te preocupes. He avisado a la grúa. En un rato estarán aquí, me han dicho. Así que esperaré. Es por sí podíais acercarla a ella a algún pueblo cercano, y en un rato la recojo yo.
  • ·        Claro. Vamos hacia Carboneras, unos kilómetros más al Sur.
  • ·        Perfecto. Os lo agradezco mucho. Allí la recojo en un rato. ¿En qué sitio o en qué calle? No conozco bien Carboneras…
  • ·        Si queréis, en la plaza del Ayuntamiento.
  • ·        De acuerdo. Gracias, chicos.

Nerea se quedó fría. Cogió su bolso del asiento del copiloto y, mientras la pareja subía a su coche y lo arrancaba, se dirigió hacia Nato:
  • ·        No me gusta. ¿Qué pasa? Yo no he escuchado ningún ruido en el coche.
  • ·        No pasa nada, lo que te he dicho –Respondió con evasivas.
  • ·        ¡Mírame! ¡Mírame, Nato! ¿Qué está pasando? –Insistió tomándole por los brazos.

Quedaron frente a frente, en silencio. Nato tragó saliva. Sus ojos se enrojecieron. Verle al borde del llanto asustó a Nerea.
  • ·        Vete. Vete. No me hagas repetírtelo más veces. No pasa nada. En un rato estaré contigo. Luego te lo cuento, ¿De acuerdo?
  • ·        No te creo –Respondió secamente ella.
  • ·        Escucha –Dijo acariciando su rostro- Todo va a salir bien. Todo va a salir bien, ¿Me oyes? No tienes nada de qué preocuparte. Ahora vete, por favor.

Se dieron un largo beso, que a Nerea le sonó a despedida. Subió a aquel coche contrariada, sin entender por qué, de repente, todo se había torcido así. Pero no había nada que hacer.

Sorteando la montaña, entre revueltas, Nato tuvo la oportunidad de observar el recorrido del coche de aquellos chicos en dirección a Carboneras. Mientras lo veía alejarse, sacó de su bolsillo una pequeña piedra de hachís y lentamente, como con solemnidad, comenzó a quemarla, depositando ínfimos trozos sobre la palma de su mano. Después, lo mezcló con un cigarro y le dio forma. Cuando encendió aquel porro, el coche en el que iba Nerea había desaparecido.

Cerró el capó y se sentó frente al volante. Bajó una ventanilla y arrancó el motor. Dio marcha atrás, corrigiendo la dirección, hasta colocarlo frente al acantilado.

Minutos después, una familia almeriense que viajaba desde Carboneras hasta la pequeña localidad de Los Gallardos, llamó alarmada a la policía. Habían visto volar, literalmente, un coche, que había caído boca abajo sobre el mar, en una zona de difícil acceso.

1 comentario:

  1. Pues nada, ya me has enganchado... ahora a esperar el resto de la historia. :)))

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