jueves, 3 de octubre de 2013

UN NIÑO EN LAMPEDUSA

No tiene precio esta tumba. No lo tiene, porque no dice nada. Nada dice sobre cómo te llamabas, dónde naciste, para qué viniste al mundo, o qué esperaba tu madre cuando quiso que le acompañaras, a pesar de tu corta edad, por montañas y valles, por desiertos de hambre y sed, camino de un mar, de una barca, de una vida.

Yo creo que te llamabas Javier. O Firás. O Alou. O yo qué sé.

El caso es que hubieras ido a un colegio. De eso se trataba. También de cama, de techo y de pan. No querías cambiar nada de lo que te rodeaba. No deseabas faltar al respeto a un país. No pretendías convertir a nadie a la religión que nunca tuviste. Solo comer, vivir, aprender, sentar las bases para poder soñar, para que un buen día descubrieras por ti mismo que ni Libia, ni Siria, ni Mali, ni Guinea, ni Somalia, ni ningún país merecía lo que estaba viviendo, que todo era mucho más complejo que aceptar las reglas del juego, que para que mi familia estuviera bien, con el calor del gas, con la luz, con la nevera llena de cosas innecesarias, tu familia tendría que pasar hambre, sufrir ataques de extremistas religiosos amaestrados con mis impuestos, o pagar las deudas de una extorsión colonial de siglos de antigüedad.

Ya no recuerdas tu viaje y me alegro. Todo fue rápido. No culpes a aquellos barcos pesqueros que vieron a los adultos de la barca pedir ayuda. Temían ser denunciados por dar soporte a inmigrantes ilegales. Temían ser personas en una sociedad que les deshumaniza. Temían volver a tener corazón, porque aquel con el que crecieron ya se lo habían comido las bestias, como decía Baudelaire.

No te prometo que nada vaya a cambiar. Tu muerte, la de los cientos que te acompañaban, mañana pasarán a un segundo plano, tras un titular deportivo o una noticia sobre corrupción. Aquí pasa igual. Tras cada patera, tras cada asalto a la valla de Melilla, cientos de noticias irrelevantes, patrias por conquistar, banderas para dividir, detenciones para prolongar guerras, policías armados para desahuciar niños, y cuántas cosas más.

Mira, tal vez mejor así. No merecemos tu compañía. No somos dignos ni de tu sonrisa, ni de tus ojos despiertos. No estamos a la altura de tus sueños. Olvídanos, hasta que cambiemos algo. Hasta que podamos poner un nombre a la tumba que ocupas. Hasta que podamos decir que luchamos para que tu vida fuera distinta.




Hasta entonces.