sábado, 30 de noviembre de 2013

MILIKI A LA TRENA

Me han robado la infancia. 

Recuerdo que una persona a la que quiero mucho siempre me decía que le encantaría hacer una guerra de tartas. Y yo, sin embargo, la miraba con cierta normalidad. Ni mucho menos se me hubiera ocurrido pensar que estaba delante de alguien que quería cometer un atentado terrorista sin el menor reparo. 


Claro, que ahora rebusco en Internet y me encuentro vídeos como este, en el que nuestros payasos favoritos nos enseñaban a dar tartazos sin compasión. Para que nos entendamos, los que nos gobiernan hoy debieron creer que Miliki era Otegui y Fofó era Al-Zawahiri pregonando la yihad en la televisión pública española del antecesor de ZetaP, de quien dicen las malas lenguas que dirigió otro grupo terrorista llamado GAL. Por fin la justicia ha puesto freno a ese sin dios, condenando a varios chicos a dos años de cárcel por lanzar una tarta.

Tartas de racimo, tartas lapa, tartas de fragmentación, tartas químicas, tartas nucleares... vivimos en un país que por fin ha descubierto que los pasteleros son más peligrosos que los fabricantes de minas anti-persona (como esas que decoran como un juguete para atraer a los niños) o los que las venden o vendían, como algún ministro de este gobierno. Así que confío, espero, que se persiga a los que cuelgan vídeos de terrorismo explícito como este de Miliki, y que por fin arresten a ese tal Alfonso Arús que en Vídeos de Primera no paraba de fomentar esa brutal forma de violencia.

Una vez que coges la lógica a todo esto ya lo entiendes mejor. Resulta que cuando era muy pequeño las calles se llenaron de carteles que rezaban "OTAN NO". Otros decían "OTAN SÍ". Y un mocoso como yo no entendía nada de nada. ¿Cómo alguien en su sano juicio iba a querer OTAN SÍ? Después lo comprendí. Confundía OTAN con ETA, eso me pasaba. Y, sin embargo, cuando me hice mayor me dí cuenta de que eran la misma cosa, mataban por igual, se organizaban de la misma forma, aunque buscaran objetivos distintos y el número de muertos no fuese proporcional. 

También nos enseñaron el terrorismo machista, entre mofas y gracietas. ¿No me creen? Vean:


Y, por fin, cuando todo encaja, cuando me doy cuenta de que mis paseos por Madrid eran entre escombros y flores por atentados de ETA, cuando mi línea de tren saltó por los aires porque unos tipos se enfadaron porque mi gobierno apoyaba una guerra, formando parte de la banda terrorista OTAN; e incluso cuando el terrorismo parecía haber muerto en este país, resulta que mi gobierno me arrojó la cruda realidad, esa que no me atrevía a ver: EL TERRORISTA ERA YO.

Así que ahora, si van a desahuciar a mi vecino y me siento en la puerta, me multan y soy un delincuente; si veo a un policía pegando a un ciudadano y lo grabo o lo fotografío, me multan y soy un radical peligroso; si no tengo un duro y busco comida entre la basura, me multan por antisocial; si airado porque me han rebajado legalmente un 40% el sueldo, me planto frente a la Cámara de Representantes de mi país a protestar, me multan por violento e irrespetuoso; y si ofendo a España, así en genérico, cometo un gravísimo delito y me vuelven a multar.  

Y mientras que el Presidente del Gobierno dice que no tiene datos que confirmen que la concertina hace daño, y el PSOE propone Drones para vigilar las vallas de la vergüenza, el TERRORISTA SIGO SIENDO YO. Aunque lo único cierto es que de las 450 detenciones entre miembros de movimientos sociales entre mayo de 2011 y mayo de 2013, ni uno solo ha sido condenado. La eficacia policial contra nuestro terrorismo es NULA.

Vuelve la picaresca. Tendremos que cagarnos en nuestro país de formas imaginativas. Seremos una patria de multas impagadas y metáforas divertidas. Eso sí, por evitarnos más sangre, y antes de que nos desarticulen, hagan el favor de no seguir escupiendo al cielo en las próximas elecciones, que todo lo que sube, baja.

Un amigo me recordó este chiste de hace dos décadas. Esto es España. Porque, amigos, España se ofende sola. No necesita a nadie.

Caminen por la sombra. Así se van acostumbrando.









lunes, 11 de noviembre de 2013

QUIÉN FUERA PERRO

Se sentó sobre la cama. Abrió una vieja carpeta que guardaba bajo el colchón. Allí encontró centenares de manuscritos escritos con letra de mujer. Siempre la misma, Tatiana, la inmejorable compañera que tomaba los apuntes en clase, y que luego él pedía para fotocopiar.

Tardó seis años en terminar la carrera de Historia. Sacó buenas notas, estudió con beca, y trabajó al mismo tiempo. Repartió publicidad, sirvió copas, realizó estudios de mercado y fue dependiente en una tienda de ropa. Al finalizar la carrera, aupado por el impulso de quien quiere comerse el mundo, se independizó. Desde entonces, compartía piso con un par de amigos por el centro de Madrid.

Tan solo tres años después, las cosas habían cambiado demasiado. Sin trabajo y agotado el paro, renunciaba a regresar a casa de su madre. Pero no solo eso. Renunciaba también a darle el disgusto de saber que el primer universitario de la familia no tenía ni con qué comprarse la ropa. Decidió prescindir del teléfono y explicó que se trataba de una opción personal, de llevar la contraria a este estúpido sistema de esclavitud moderna. Fue, progresivamente, cerrando sus contactos, saliendo menos, esquivando a sus propias amistades. Se encerró. A nadie quería decir que no tenía forma de tomarse una cerveza.

La primera vez que pensó en salir a pedir por la calle lo hizo por hacerse daño a sí mismo. Fue muerto de rabia, tras no haber sido seleccionado en una oferta de empleo eventual. Nunca se lo hubiera imaginado. Pero aquella tarde, a espaldas de su familia, sin decir ni mú a sus compañeros de piso, la cuenta en la que guardaba los ahorros restantes se había quedado a cero. Nada, a partir de ese momento, podría costearse. Nada. Absolutamente nada.

Eligió la calle Fuencarral de Madrid. La frecuentaba tiempo atrás, cuando salía de noche o tomaba un café con su antigua novia a la salida de su trabajo, en un estudio de arquitectura cercano. En Madrid comenzaba una huelga de basuras y las temperaturas habían descendido. Por fin noviembre. Noche cerrada a las siete de la tarde.

Escogió un rincón. Se sentó. Sacó unos folios en blanco que había rescatado de la carpeta de los apuntes de la universidad. Cogió el bolígrafo y paró un instante. No sabía qué poner, cómo transmitir a la persona que pasara indiferente por su lado cuál era la situación en la que se encontraba. Miró a su izquierda. A varios metros, en una bocacalle, una mujer pedía de rodillas. Temblaba de frío. 

Justo enfrente de ella, una pareja salía de una tienda cercana. Reían a carcajadas. Llevaban un regalo envuelto dentro de una bolsa. Se trataba de una tienda de ropa de diseño para perros. Cazadoras, jerseys, camisetas, chubasqueros, gorros, minipantalones, calcetines, calzoncillos, incluso bikinis, a precios módicos que oscilaban entre los 15 y los 100 euros.

Desde su rincón, con el papel aún en blanco, rompió a llorar. Después, como por instinto, escribió: “Quién fuera perro”. Arrugó el papel y lo tiró. Se levantó y se acercó hasta aquella mujer. Quiso abrazarla, pero no se atrevió. Quiso darle dinero, que no tenía. Quiso pedirle perdón por atreverse a sentarse cerca. Él estaba bien abrigado y aún tenía un techo.

Se marchó.


Aquella noche, cuando sonó el timbre de la puerta, su madre le recibió con una enorme sonrisa. No le esperaba para cenar. 

Ni para dormir. 
Ni para desayunar.