domingo, 28 de diciembre de 2014

CUARENTA DÍAS DE LLUVIA: LA RABIA (1/3)

Todo parece haber terminado. En el comedor, unos tipos gritan como si la vida les fuese en ello. Salen de un viejo televisor que conserva la imagen gracias a un galimatías de cables enredados y polvo de varias semanas. Encima, un pequeño marco con un retrato recortado del padre ausente, aquel que había abandonado el hogar años atrás, desapareciendo para siempre. Más que un recuerdo, es ya una presunción, una especie de mito familiar que Rabia, la niña, ya no sabe si es real o fruto de la imaginación de su madre. Esta, sentada en el sofá, con gesto sobrio, impasible de nuevo, presta toda su atención a la pelea dialéctica entre personajes que debaten sobre cuestiones sentimentales intrascendentes. La vida de los otros, tan próxima. La propia, tan ajena.

Es media tarde y en la habitación de Rabia la luz del sol deja un reflejo sobre la colcha. Ella está encogida sobre la cama, en posición fetal, con un teléfono móvil sin batería bajo la almohada y las hojas de un cuaderno y un bolígrafo junto a su rostro. Ha redactado algunas líneas. Tiene faltas de ortografía y lo sabe. Es una razón más que le lleva a no proseguir con un cuento que lleva tiempo queriendo escribir. A ratos sueña con verse a través de una cámara, como si no fuera ella, como si fuese una espectadora de su propia existencia, para intentar ser capaz de ver algo bueno, algo valioso, algo que merezca la pena. Pero ya no tiene fuerzas. Ya no logra encontrar razones para seguir escribiendo. El cuento se ha terminado así, bruscamente. Como todo.

Ha fumado tabaco. Tiene papel de liar barato en el primer cajón de su escritorio. Cuando su madre lo encuentra, se lo tira. Odia que una mujer fume. Su hija debiera ser otra cosa, piensa. Lo que sea, pero otra cosa. Sería la vergüenza de su abuelo, un hombre musulmán que en su juventud coqueteó con el salafismo en su natal Oujda, cerca de la frontera con Argelia. Hace muchos años que ya no se ven. Reniega de su pasado, pero lo saca a relucir solo cuando quiere confrontarlo con su hija, cuando toca poner encima de la mesa el cesto de los reproches. Y ya rebosa hace tiempo.

En la habitación está la ventana abierta. Es un octubre luminoso, de viento fresco y chaqueta fina. Rabia lleva una camiseta de tirantes y unos pantalones pirata, pero no tiene frío. O tal vez lo tiene, mas no lo siente así. Muchas noches se sienta sobre la repisa y piensa en saltar. Ha figurado cómo sería la caída, ha anticipado el dolor que le asaltaría si se le partieran las piernas, o los brazos si no fuese capaz de controlar su cuerpo con la velocidad. Serían unos diez metros de distancia hasta el cemento, no más. Tal vez en ese margen el cuerpo no se desequilibrara tanto. O, quién sabe, tras el choque contra el suelo, viniera el reflejo vertiginoso de su cabeza, terminando con su vida al instante, sin sentir daño. Mira abajo y piensa que, una vez acabado todo, habría quien la culpara por haberse arrojado. Otros responsabilizarían al suelo, porque es muy duro. Otros a la ventana. Malditas casas de ventanas grandes y rejas invisibles.

Desde hace semanas, sufre fuertes ataques de pánico. Siempre acontecen inmediatamente después de un problema en casa o tras un disgusto con los compañeros del instituto. Una nueva discusión, un tortazo más, un empujón o una pelea. Un puñetazo sobre la agujereada puerta de su habitación. Otro objeto destrozado contra el suelo. Otra noche pasando frío en el banco del parque de siempre, esperando a que la policía aparezca para llevarle a una casa de acogida. Y volver a empezar, como si todo pudiera cambiar, sin más. Con unas palabras, con unos gestos. El vacío. La casa, la madre, la nevera, todo vacío. Todo nada, y siempre nada.

El último ataque lo sufrió en el peor momento posible, hace tan solo tres días. Estaban junto a cuatro conocidos compartiendo litrona en el banco de un parque, cuando apareció él, Álvaro, el chico más guapo del instituto. Por un segundo se sintió guapa y sonrió. A sus diecisiete años, en todas las relaciones amorosas habían buscado la aceptación del otro. De cualquier otro. No había aprendido a decir que no, porque no entendía que sirviera más que para volver a encontrarse sola. Pero sola se quedaba después porque, en realidad, no había tenido relaciones amorosas, sino sexuales. Algunos de los agraciados con su cuerpo habían dejado correr el rumor de que era muy puta en la cama. Una auténtica profesional, una comepollas que no pedía nada a cambio. Carne de cañón para una despiadada adolescencia. Y justo en ese momento, Álvaro conocía, en su presencia, aquella distorsionada versión de su intimidad que no tuvo fuerzas para desmentir. Si saber cómo reaccionaría, sin entender por qué era de nuevo objeto de burla, prefirió marcharse y no ceder. Por una vez, no quiso acostarse con aquel muchacho, aunque le gustara de verdad. No quiso ser de nuevo un trapo. No con él. Pero unos metros más allá, lejos de la mirada del grupo, sintió que le faltaba la respiración. Se mareó. Cayó al suelo y sufrió convulsiones. Vomitó sangre y no fue capaz de gritar. Una hora después era medicada en el servicio de urgencias de un hospital público del sur de Madrid, su ciudad, la que le había visto nacer a pesar de que siempre la llamaran "la mora" por los orígenes de su familia. Era una inmigrante de segunda generación, decían los entendidos. Pero era una madrileña más, del Madrid inabarcable, del que no sale en los periódicos salvo para las crónicas negras de peleas entre bandas, ajustes de cuentas y atropellos.

Ahora, acurrucada, espera el siguiente ataque como quien aguarda la horca en el patíbulo. La última pelea con su madre ha acribillado la poca luz que le restaba. Da igual quién haya tenido la culpa esta vez. No importan los errores. No tiene que ver con un desafío cargado de hormonas. Es lo de siempre, desde que tiene capacidad para recordar, desde que aprendió a andar, desde que su madre consoló el abandono sufrido con cualquier borracho que pusiera algo de dinero encima de la mesa para disimular el vacío de la nevera. Comienza a llorar en silencio, para no molestar, para no escucharse a sí misma. Aprieta con fuerza sus puños y golpea después aquellos absurdos papeles que recogen el embrionario cuento, haciendo caer el bolígrafo al suelo. Después, los arruga y los lanza por la ventana. Caen suaves, balanceándose, como si no tuvieran prisa por vivir a merced del viento, o de un barrendero meticuloso. Se posan con dulzura sobre el cemento, pero Rabia no lo ve. Para entonces ya se encuentra en el comedor, frente al sofá en el que habita su madre.

·        ¡Mamá! ¿Puedo saber una cosa?

Su madre no contesta. Rabia, entre lágrimas, pregunta.

·        ¿Por qué me tuviste si no me querías?

No obtiene respuesta. En la televisión prosiguen las eternas discusiones. Al parecer, a una conocida cantante la quiere meter presa por robar el dinero a los contribuyentes y unos tipos la defienden. Un debate complejo y apasionante que justifica el silencio trágico que se posa sobre aquel pequeño comedor. Rabia enfurece y grita con fuerza, mientras corre hacia su habitación.

La ventana continúa abierta.

...

Dos meses después, aún sobre la cama de un hospital, Rabia recibe una visita inesperada. Es Álvaro



La segunda parte de este relato se puede leer aquí

sábado, 19 de julio de 2014

UN DIBUJO EN UNA PLAYA DE GAZA

Tenía siete años y le encantaba dibujar. Algunas tardes, tras jugar un rato al fútbol en una playa cercana, regresaba a casa, se tumbaba sobre el suelo de la habitación que compartía con sus dos hermanos pequeños y con el mayor, y comenzaba a pintar con aquellas ceras viejas que le había regalado un profesor de la escuela. 

A última hora de la tarde, su hermano mayor regresaba a casa tras una larga jornada de pesca con su padre. Ambos procuraban no contar las dificultades que encontraban cada día para sacar a la familia adelante. Entró a la habitación y encontró al pequeño con una pintura roja sobre su mano izquierda, trazando parte del dibujo.

-¿Qué haces, hermano? -Preguntó.
-Estoy pintando.
-¿Y qué pintas?.
-Un partido de fútbol. Juega el Madrid contra el Barcelona.
-¿Y con quién vas?
-Con el Barcelona. Juegan mejor...

Su hermano mayor se sentó sobre la cama. Estaba agotado. Le relajaba charlar con aquel pequeño.

-Un día me gustaría ver uno de esos partidos en directo. ¿Te imaginas? Un día me gustaría viajar a España. 
-¿Cómo son los españoles? -Preguntó el pequeño.
-¿Cómo son? ¿A qué te refieres?
- A cómo son con nosotros, los palestinos.
-Muchos españoles nos apoyan. Viene gente a ayudarnos, siempre han sido respetuosos y han tratado de colaborar.
-Pues entonces me gustaría que me llevaras contigo cuando puedas viajar, ¿Vale?


El hermano se levantó de la cama, le acarició el pelo y salió de la casa en dirección a la playa. Allí hizo un pequeño corro con otros amigos adolescentes. Cuando el pequeño terminó el dibujo, pintó una pequeña bandera de España en la esquina superior porque pensó que a su hermano le agradaría, y salió de la casa para regalárselo. Cuando caminaba hacia la playa, a apenas cincuenta metros de la puerta de la casa, se escuchó una aterradora explosión que le cegó por completo. Tumbado sobre la arena, abrió los ojos y se sintió fuertemente mareado. Sangraba por un oído y tenía un profundo corte en el brazo. El dibujo ardía a unos metros de distancia. 

La nube de polvo no le dejaba ver el lugar en el que se encontraba su hermano. Caminó dando tumbos hasta allí. Escuchaba gritos y otras explosiones más lejanas. Temió lo peor. En vez de un corro de adolescentes, encontró un profundo cráter sobre la arena y cuerpos desmembrados. Entre restos de tela, sangre y cascotes aún humeantes, reconoció parte de la ropa de su hermano. Comenzó a llorar y se tumbó junto a un trozo de metal esperando a que vinieran a socorrerle. No tenía fuerzas para andar.

A su lado había un trozo de metal. Parecía parte de la carcasa de un explosivo. Algo captó su atención. En la esquina superior ponía "Fabricado en España". Justo encima, una pequeña bandera como la que había pintado en el dibujo que iba a regalar a su hermano.


sábado, 31 de mayo de 2014

HÉROES

Él tenía aún restos de sangre en la palma de sus manos. Cuando empezó todo, encontró a un compañero con un corte en la ceja. Taponó la herida con un viejo pañuelo y siguió corriendo. Ahora estaba acurrucado sobre aquella pared, solo, hambriento y con un fuerte dolor de cabeza. Le abrasaba un raspón sobre el costado y sentía que algo no encajaba bien en su hombro izquierdo. Reconocía un hematoma en su pierna y una hendidura en aquellos pantalones vaqueros que le regaló su madre en su último santo. Al encontrarlo, y mientras jugueteaba con su diámetro, pensó en ella, en su modo de ser tradicional, en su forma de amar incondicional, en lo preocupada que se sentiría en ese momento, sin saber dónde se encontraba su hijo. Sintió una fuerte congoja que hizo brotar una lágrima caprichosa por su mejilla, hasta perderse en la comisura de sus labios. Después pensó en que faltaría al trabajo, que perdería días de sueldo, que le resultaría más difícil llegar a fin de mes. Todo pareció ser un desastre de pronto. Entonces cerró los ojos.

Se abrió la puerta. Alguien empujó a una mujer dentro de aquel habitáculo oscuro. Cojeando, llegó hasta un rincón y apoyó su espalda contra la pared. Aún tenía la respiración entrecortada. Trataba de recobrar el aliento mientras se acariciaba el brazo derecho. Al descubrirlo, encontró un fuerte moratón que nacía sobre su codo y moría en su muñeca. Sentía un dolor persistente en su tobillo izquierdo que le recordaba a su adolescencia, cuando presumía de haber sufrido un esguince que le permitió que su vendaje atrajera la atención de los amigos durante un par de semanas. Y su pelo. Juraría que le habían arrancado de cuajo parte de su larga melena negra. Aún no llevaba allí el suficiente tiempo como para pensar en el miedo que estaría pasando su pareja, a quien perdió de vista durante la estampida. Aún no había valorado que a la mañana siguiente no podría acudir a esa entrevista de trabajo que había conseguido después de tanto tiempo intentándolo. Aún no había previsto qué explicaría a su padre, que siempre le advertía de que fuera con cuidado. Aún no había sentido ganas de llorar.

Fuera de la comisaría, varias decenas de personas pedían la liberación de los detenidos. La policía les pedía la documentación y ellos no paraban de gritar, con la ilusión de que ese aliento llegara hasta la celda en la que se encontraban los detenidos. 

Él y ella, un segundo después, consiguieron descubrirse en la penumbra. Se miraron. Y sonrieron. 

Él se levantó del suelo como pudo y se acercó hasta ella. Después, se abrazaron como dos hermanos que se reencuentran después de mucho tiempo; o tal vez como una pareja de novios que ansía demostrarse comprensión; quizás, como dos grandes amigos que omiten las palabras porque no resultan necesarias. Y como si la luz de ese instante de complicidad traspasara todas las puertas cerradas que les alejaban de la calle, una breve pero intensa ráfaga de viento sacudió a los que se solidarizaban a las puertas de la comisaría, haciendo que a uno de los agentes se le cayera de entre las manos el documento de identificación de uno de ellos.

Les habían detenido, sí. Habían caído derrotados, es cierto. 

Pero habían luchado con todo su corazón.
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lunes, 19 de mayo de 2014

ACUMULANDO CADÁVERES

Eran seis los comensales que degustaban una selección variada de marisco con vino de Jérez  aquel mediodía. Habían escogido un conocido restaurante de Madrid. Todos habían sido nombrados por el Gobierno en los últimos meses. Eran cargos intermedios, Secretarios o Subsecretarios de Ministerios, que habían medrado de distintas formas. Procedían de diferentes facciones del partido, apenas se conocían y organizaron el banquete para ir tomando confianza. 

Algunos relataban episodios de su pasado para buscar puntos de encuentro comunes. "¿Recuerdas las elecciones del 2.000?" Decía uno. "¿Y las que nos ganó el de la ceja? ¿Recuerdas cómo nos dejó el país el hijo de la gran puta?" Replicaba otro. "¿Y cuando tuvimos que llamar al orden a los socialistas? Eso coincidió con lo de Suárez si mal no recuerdo" Comentaba un tercero. En la otra parte de la mesa, sin embargo, preferían dialogar sobre mujeres. Sí, al parecer había grandes mujeres dentro del partido. Era innegable su valía a pesar de que a menudo eran "puñeteras" y de que todos preferirían poder mostrarse con la naturalidad con la que se expresaba Berlusconi años atrás. Pero no era políticamente correcto para alguien que estaba expuesto a los medios, aunque fueran los de los vecinos de enfrente. Al fin y al cabo, la chaqueta, los zapatos, las corbatas y los gemelos los compraban todos en la misma tienda. La misma que les suministraba los móviles, la misma que les hacía grandes descuentos en selectos restaurantes, la misma que les facilitaba billetes de avión a precios irrisorios, la misma que, años después podría llegar a contratarles como expertos en la distribución del gas y de la luz. 

A los postres, el vino sonrojaba las mejillas de los más orondos. Las copas les soltaban la lengua y el humo de los puros ennegrecía dientes superpuestos a golpe de talonario. Fuera del reservado, los chóferes de cada uno de ellos cambiaban impresiones sobre los fichajes que debería de hacer un equipo de fútbol, o sobre la mala gestión deportiva del rival. Alfonso, el guerrero combativo de noble familia, secretario en el Ministerio de Orden, fue al baño y les vio allí, joviales, intercambiando risas en ambiente distendido. Cuando regresó a la mesa con el resto de comensales, comentó despectivamente: "Estos tíos se pasan el día tocándose los huevos".

Alfonso sabía lo que era el esfuerzo. Aunque su padre fuera Senador, aunque incluso tuviera vínculos con el fundador del partido a partir de unos negocios de suelo en su Galicia natal, evitó ascender a dedo con rapidez. Quiso labrar su camino porque la segunda opción ya la tenía garantizada. Estudió Derecho en Santiago, se hizo patrón de barco y montó un negocio alrededor del club náutico de Sanxenxo. Cuando se fue girando la tuerca, cuando tocó recortar derechos y tomar decisiones férreas, entonces optó por asumir responsabilidades. Los primeros años daba indicaciones precisas a los jefes controlados de la policía. A veces, incluso, él mismo tomaba partido y rastreaba en redes sociales todas aquellas opiniones que le parecían vejatorias. Era terco y si se empeñaba en parar los pies a alguien, lo hacía. Al precio que fuera y siempre en nombre de la democracia. 

Aún, algunas noches, Alfonso se despertaba entre escalofríos. De nuevo, el mismo recuerdo. Era él, con el traje habitual, cogiendo cuerpos inertes desde atrás, y desplazándolos al rincón de una lúgubre sala de su Ministerio. Amontonaba cadáveres y se manchaba los zapatos de sangre.


Alguien le había explicado que no tenía nada que temer, que la democracia estaba en riesgo y que eso sucedía porque así Dios lo había querido. Y Alfonso añoraba la cocaína y las chicas fáciles de las discotecas de los viejos narcos gallegos, porque sabía que, tarde o temprano, le tocaría mancharse los zapatos de nuevo. 
http://mavalo.artelista.com/


miércoles, 23 de abril de 2014

ESCAPAR POR LA VENTANA

Tenías las manos calientes, las mejillas sonrosadas y los labios ingenuos. Eras una princesa, pero aún no lo sabías. A ratos,  me sonreías. Otras veces incluso me hablabas. De cuando en cuando, ni siquiera me mirabas, o lo hacías con ese gesto de enfado tan infantil que te hacía fruncir el ceño. Y a veces, despacio, te acercabas hasta mí y me susurrabas: "No sé quién eres, pero me haces bien. No te marches lejos". Y volvías a dormir.

Alguien me explicó después que ya no sabías muy bien lo que decías, que llevabas un millón de batallas libradas, que las fuerzas ya no se renovaban con tanta facilidad, que te había tocado, sin más, ser una desafortunada, que muy pocos solían venir a verte porque hacerlo les hacía sufrir, que no te quedaba tiempo para remontar el vuelo y escapar por la ventana, que la literatura te había hecho feliz tiempo atrás, y que vivir había sido un desconcertante sueño del que, en el fondo, no querías despertar.

Yo, solo pasaba por allí. A mis cosas, ahogado por un coche en el taller, una empresa de telefonía móvil que quería hacerme un infeliz y con el alma en vilo por miedo a perder el trabajo. Echando quinielas para encontrar alguien que me quisiera, intentando ser mejor hermano, un buen hijo, un amigo en el que poder confiar. Y entré para retirarte una gasa, porque aquel día faltó alguien y me encargaron cuidarte.

Así te vi, tumbada, con los ojos más hermosos que haya visto en mi vida y con las llagas más dolorosas que se pueden sufrir al llevar meses postrado sobre una cama. ¿Que si me enamoré? No. Eso es poco. Eso no es suficiente. Eso es insignificante para lo que sentí cada día que conseguía verte.

¿Sabes? Te fuiste sin saber mi nombre.

Te hice caso, no me marché lejos. Te cuidé hasta el final. Ahora, te encuentro en todas partes. Viajas conmigo y ya no te duele nada. Sonríes, hablas, me susurras y a veces incluso sueño con que me das un beso en la mejilla.

Tengo toda la vida por delante para echarte de menos.


Para los enfermeros y las enfermeras.
Para los que nos cuidan. 



sábado, 5 de abril de 2014

EL VERDUGO

I
Un colchón sobre el suelo. Una gotera que va haciendo un pequeño charco en la esquina de la habitación. Una puerta cerrada. No hay ventanas, no hay muebles, no hay armarios.

Un reloj de pared. Son las cinco de la tarde.

II
Se abre la puerta. Un hombre alto y fornido accede a la habitación. Lleva una pistola en la mano. Se trata una Glock 17 con capacidad para otros tantos cartuchos. Juega con ella, realiza acrobacias volteándola sobre su dedo índice.  Después bosteza y se sitúa frente a su víctima. Ésta, aturdida, levanta la vista hacia él.
  • ¿Cómo he llegado hasta aquí?
  •    Anoche, de madrugada. Te dormimos con cloroformo. Por eso has tardado tanto en despertarte.
  •    ¿Dónde estoy? ¿Me habéis traído muy lejos?
  •   ¿Quieres que te dé la dirección? ¿Tienes algún lugar pensado para morir? No me hagas preguntas que no tienen sentido. Tengo una pistola apuntándote a la cabeza.
  •    ¿No puedo escapar de ningún modo?
  •     No.
  •    ¿No puedo negociar nada?
  •    Yo no me encargo de eso. Es demasiado tarde.
  •     Pero… ¿Qué he hecho mal? –Pregunta entre lágrimas.
  •    No lo sé. Tampoco me importa. Yo no soy tu juez. Solo me han ordenado matarte –El hombre mira el reloj- Te quedan cuatro horas de vida.
El hombre sale de la habitación.

III
Veinte minutos después, la víctima rasca la pared con la uña de su dedo. Ha dado vueltas por la habitación tratando de buscar una idea, algo, cualquier cosa que le haga creer que existe escapatoria, que podrá continuar viviendo. Sin embargo, resulta imposible. Todas las opciones caen por su propio peso. Por eso, llora desconsolado.

Recuerda la época en que leía mucha literatura. Trata de diseccionar en su mente cómo afrontaban aquellos personajes su muerte inminente. ¿Mirará el botón de la camisa de su asesino para distraerse? ¿Es sensato pedir clemencia e insistir en ello? No. Ya no. Le van a matar. Esa gente no perdona una deuda. Maldice su suerte. Años de penumbra, demasiado alcohol, asumiendo riesgos innecesarios, a lomos de la codicia. Pensó que podía venir la cárcel, pero no esto. No puede dar marcha atrás y lo sabe. Por eso su llanto cada vez es más sonoro. Tanto, que se vuelve a abrir la puerta.
·        ¡Escúchame! –Le dice el hombre muy enfadado- No soporto los gritos. ¡Deja de llorar o te tendré que dar una paliza para que llores con motivo!
·        ¿Con motivo? ¿La muerte no te parece suficiente motivo? –Pregunta la víctima.
·        La muerte es una ley. No te dolerá. No te enterarás de nada. Lo que no duele, no hace llorar.
·        Eres un asesino. Eres un verdugo. ¿Cómo puedes vivir con eso?
  •     Es un trabajo más, como cualquier otro.
  •     No. ¡Tú matas a la gente!

Se hace el silencio. El verdugo parece enfadado. La víctima teme haber desatado su ira, así que trata de distraerle.
  • ·        ¿Te gusta leer?
  •       No. ¿Por quién me tomas?
  •     Pardo Bazán escribió una novela en la que relataba la vida de un verdugo. Es horrible ser quien aprieta el gatillo, quien hace girar el garrote.
  •    ¿Y ese tío cómo sabe cómo se siente un verdugo si no ha matado a nadie? O… ¿Acaso lo hizo?
  •     Es una mujer. Es una escritora. No ha tenido por qué matar. Puede haber usado su imaginación. ¿Tú no la usas?
  •     A veces –Bosteza de nuevo.
  •    Es maravilloso usar la imaginación. Te puede llevar a lugares imposibles. Te puede hacer sonreír en los momentos más duros. Puede hacerte confiar en alguien al que ni siquiera conoces.
  •    Eso es muy bonito –Responde el verdugo, dirigiéndose hacia la puerta- Pero no. Tú puedes imaginarte que saldrás de esta habitación, incluso puedes pasarte estas horas sonriendo. Pero no saldrás de aquí, eso tenlo claro. Morirás igual. Piénsalo si quieres, suéñalo, pero no llores a gritos. Me pone dolor de cabeza y tendré que pegarte. Y no tengo nada contra ti.
  •    ¿No tienes nada contra mí pero vas a matarme? ¡No te entiendo!

El verdugo no responde y abandona la habitación.

IV
Dos horas después, a la víctima no le quedan lágrimas. Está tumbada boca abajo y tiene la boca seca. Le arde el paladar y le duele la cabeza. Intenta proyectar cómo se tomará su familia su desaparición, idea su sepelio si es que consiguen dar con el cadáver, si es que no es desmembrando y arrojado a cualquier vertedero, o enterrado en algún recóndito paraje. En realidad, ni siquiera odia a su asesino, porque sabe que va a ser disparado. Ha oído hablar de torturas, de baños en ácido, de palizas brutales, de ahogamientos simulados. Existen muchas formas de morir peores que la que va a vivir. Se da por vencido y desea que llegue la hora cuanto antes.

La puerta vuelve a abrirse.
  • Explícame eso de antes –Le dice el verdugo.
  • ¿Lo de la imaginación?
  • No. Lo de la confianza. Has dicho que se puede confiar en un desconocido. ¿Tú podrías confiar en mí?
  • Por supuesto –Responde sentándose sobre el suelo y apoyando su espalda contra la pared.
  • ¡Si voy a matarte!
  • Sí, pero me has dicho que no me dolerá. Eso es un alivio.
El hombre parece comprender ahora. Se hace un silencio entre ambos. La víctima escudriña a su verdugo. Le imagina tosco, obcecado y muy limitado intelectualmente. ¿Quién, si no, podría dedicarse a algo así?
  • Dime, ¿A cuántos has matado? –Pregunta la víctima.
  • No los cuento.
  • ¿Y qué es lo que más odias de matar?
  • Limpiar la habitación. La sangre. A veces algunos vomitan justo antes de morir. Otros se ponen nerviosos y tratan de quitarme el arma y les tengo que dar una paliza antes de disparar. No me gusta gastar más de una bala, pero para eso necesito que os quedéis quietos, que no os mováis. Así mejor para todos. Pero… recoger el cuerpo y fregar el suelo es lo peor.
  • ¿Y qué harás con mi cadáver?
  • No lo sé. Lo que manden.
  • ¿Serás capaz de cortarme en cachos o enterrarme en cualquier lado?
El hombre se encoje de hombros.
  • ¿Y por qué no? No te dolerá…
  • No entiendo cómo puede existir gente como tú… -Comenta la víctima enfadada.
  • ¿Y cómo es la gente como tú? –Responde ofendido- ¿Acaso eres mejor que yo? ¿Por qué estás aquí? ¿Todo lo has hecho bien? ¿Por qué me juzgas?
  • Matar es malo, deberías saberlo.
  • Hacer daño es malo. Matar sin dolor no. Y tú estás aquí porque habrás hecho daño a alguien. ¿Me equivoco?
La víctima baja los brazos y acaricia el suelo con la palma de su mano. Está frío. Imagina su piel con la misma temperatura dentro de un rato y siente un profundo escalofrío.
  • Digamos que he hecho cosas que no debo, sí. He hecho daño a mi exmujer, a mi hijo pequeño, a… mucha gente. Una vez pagué a un tío para que le diera una paliza a otro. Casi le mata. También jodí la vida al que estafé en aquel puticlub, y a las mismas putas con las que me acostaba. A veces las pegaba –Hizo una pausa- Es verdad, a mucha gente.
  • ¿Y estás orgulloso?
  • La vida es muy complicada. Nacemos ingenuos, crecemos aprendiendo a mentir y cuando nos damos cuenta de que llevamos años y años haciendo el gilipollas, morimos. Como yo  ahora. Tal vez me lo merezca.
El hombre asiente levemente y permanece en silencio.

V
  • ¿Por qué me preguntaste lo de la confianza? ¿Tú confías en alguien? –Pregunta la víctima.
  • ¿Yo? No.
  • Entonces, ¿Por qué te interesaba?
  • Da igual. Háblame de ese verdugo de la escritora. ¿Tenía hijos?
  • Si mal no recuerdo, uno.
  • ¿Y mujer?
  • Sí.
  • ¿Y qué pasó?
  • El pensaba, como tú, que no era culpable de nada. La gente le odiaba por ser verdugo pero, en cambio, no odiaba a los que condenaban a muerte. Alguien tenía que hacer ese trabajo, pero nadie quería reconocer su vida, sus ideas, su sociedad en ese espejo del verdugo.
  • Él era quien aplicaba la ley, ¿No?
  • Exacto. Nadie se cuestiona si el juez es responsable por condenar a muerte a alguien, o los políticos que las acuerdan, o los ciudadanos que las votan. En el fondo, nada ha cambiado. Antes era así, ahora sigue igual. Con las guerras, con el hambre, con todo. No nos creemos responsables de nada y solo criticamos a quien hacen lo que nosotros mismos pedimos y consentimos.
  • Entonces, ¿En realidad no era culpable de nada?
  • No. Es verdad, no lo era. Y creo que en el fondo tú tampoco. No te reprocharé más lo que vas a hacer. Seguro que preferirías vivir de otro modo, estoy convencido de que mil cosas difíciles te habrán traído hasta aquí. Habrás sufrido mucho. No puedo juzgarte.
  • ¿Y a quién le importa lo que sufre alguien como yo? Te diré algo. Vivo aquí, esperando a que me traigan uno. Le mato, hago desaparecer el cadáver y como con el dinero que me dan. Después, otro. Y así siempre. Tú vienes bien, pero algunos traen heridas, gritan de dolor, piden clemencia, me ofrecen dinero, cualquier cosa con tal de que no lo haga. Y no saldré de aquí, me matarían a mí también si lo hiciera. No puedo cambiar de vida. Estoy tan muerto como tú lo vas a estar dentro de algo más de una hora.
Los dos miran el reloj. El segundero avanzaba lento pero inexorable. El verdugo bosteza de nuevo.
  • ¿Tienes sueño?
  • Tengo trabajo esta noche –Respondió.
  • ¿Conmigo?
Asiente.
  • ¿Y por qué a las nueve?
  • Porque está más oscuro.
  • ¿No puedes matarme ya?
  • No. Cumplo órdenes, ¿Recuerdas?
  • Tengo sed.
El verdugo abandona la habitación.

VI
Faltan treinta minutos. El verdugo le trae una botella de agua.
  • Tengo dinero guardado –Le dice la víctima.
  • ¿Quieres comprarme tú también?
  • No. Mátame si quieres. Ya lo he asumido, es lo que me he ganado. Pero tú aún puedes huir. No estás muerto. Bueno, no tanto como yo cuando ese reloj marque las nueve. ¿Eres puntual?
  • Por supuesto.
La víctima esboza una pequeña sonrisa.
  • Piénsalo. Yo te digo dónde lo tengo. Lo coges y desapareces de esta casa, de lo que sea esto. Te vas y comienzas a vivir, para que puedas encontrar a alguien en el que confiar, y para que veas lo bonito que es que otro confíe en ti. Pero entonces no hagas lo que yo, no les falles.
El verdugo reflexiona unos segundos. Después niega con la cabeza y dice:
  • ¿Con quién te gustaría hablar ahora mismo? ¿Tú última conversación antes de morir?
  • ¿Por qué me preguntas eso?
  • Por curiosidad. Siempre lo pregunto.
  • ¿Me dejarías llamar?
  • No.
  • Con nadie –Responde.
  • ¿Ni siquiera con tu hijo? ¿O con tu mujer? ¿No les pedirías perdón?
  • No. Prefiero que mantengan el recuerdo que ahora tienen. No quiero que cambien de opinión por una llamada desesperada. Si lo hiciera, sufrirían. Mejor así.
  • Nunca me han respondido eso.
Cierra de nuevo la puerta.

VII
El tic tac constante, tímido, atronador, le conduce a la hora señalada. Como una gota de agua que mana de un grifo mal cerrado, penetra en lo más hondo de su corazón. La víctima ya no se siente mal. No llora. No necesita pedir explicaciones a su verdugo. Está impaciente por morir. Ha concluido que lo merece, que es lo mejor.

Son las nueve.

Son las nueve y cinco.

A las nueve y quince minutos se abre la puerta.
  • Llegas tarde –Le reprocha la víctima.
El hombre mira el reloj.
  • Sí. Lo siento. Me he entretenido. ¿Tanta prisa tienes por morir?
  • Sí. Ahora sí. Acaba cuanto antes.
  • Nunca tenemos lo que queremos. Eres un cadáver muy extraño. Toma esto, lo vas a necesitar.  

El verdugo le entrega una fregona y un cubo lleno de agua con lejía. Después, saca su arma, le da un giro completo con el dedo índice de su mano derecha, apunta por debajo de su barbilla y dispara.  

viernes, 28 de marzo de 2014

EN LA CAFETERÍA DE UN IMPROVISADO TANATORIO

En la cafetería de un improvisado tanatorio, varios poderosos que en público se declaran enemigos, toman ginebra y acuerdan cómo dejar todo atado y bien atado. Primero han besado a los hijos; después han lamentado que la memoria y la mala salud se hayan cebado con una familia ejemplar; a continuación han lanzado loas al difunto; y, por último, se han retirado a aquel reservado para tomar posiciones. 

Un ejército de hombres de corbata y gafas de sol, neutros, aspirantes a grandezas ridículas, rodean la pequeña mesa en la que los jefes de los partidos políticos mayoritarios, en representación de sus clientes y de otros poderes del Estado, llegan a puntos en común para que la Transición siga siendo sacra, para que todo lo que emana de ella sea vestido con el traje de luces, y para que nada, absolutamente nada, pueda interrumpir el rugido de los dos leones que aguardan en la escalinata exterior.

Solo queda uno por morir. Es el Rey y lo saben. Les preocupa porque está viejo y dice necedades. Cualquier cosa que se publique de él y del resto les puede entorpecer. Por eso han apartado a su hijo, para que salga indemne de todos y cada uno de los disparates que se van conociendo. La monarquía es fundamental para conservar sus privilegios. Saben que no es discutible, que la República se asocia a la izquierda, que nadie en su sano juicio saldría a reclamarla con la bandera rojigualda, porque eso sí les generaría problemas. Saben que la rojigualda genera recelos en la izquierda, y que sus estómagos están bien alimentados. Son escrupulosos con los colores, anteponen sus egos, se pierden en batallas internas, antes de formar un bloque unitario. Todo son divisiones y así es muy fácil obviarlos. 

Además, saben que mientras haya monarquía, la iglesia mantendrá su posición. Que mientras haya Ley Electoral, será muy difícil que otros escalen para ponerles en riesgo. Que nadie se pregunta por qué ningún español menor de 50 y pico años pudo votar la Constitución. Que el desafío catalán refuerza la postura que mantienen en el resto de España, que mientras que se hablan de patrias, la gente descuida la comida de su nevera. Saben que la desaparición de ETA es un inconveniente que la burguesía catalana ha venido a suplir de un modo eficiente, y que eso nada tiene que ver con legítimos sentimientos identitarios. Saben que tienen que agotar el ciclo. Porque son conscientes que son ellos, y solo ellos los que llevan copando los puestos de responsabilidad de este país en los últimos 40 años. Han repartido una gran tarta durante casi cuatro décadas y ahora quieren dejar todo el pescado vendido.

Lo llaman convergencia, concordia, reconciliación, lo que quieran. Lo dicen una vez y todos los medios de comunicación lo repiten. Saben cómo hacerlo. Si salen un millón de personas a la calle, hablaremos de violencia. Si no hay violencia, generaremos violencia. No es difícil. Nada nuevo. Tenemos experiencia suficiente. Hay coincidencias caprichosas. Marchas de la Dignidad el día de la muerte del hacedor de la gran mentira. Pero solo conviene hablar del cambio de nombre de un aeropuerto y de policías. 

No han olvidado invitar a comer a los grandes representantes de los sindicatos mayoritarios. Ellos saben estar siempre que se les necesita. Sentido de Estado, lo llaman. 

En la cafetería de un improvisado tanatorio entierran a un muerto, pero acuerdan cómo seguir maniatando los derechos de todos los demás. No por maldad, ni tan siquiera por ideología. Solo por mantener lo que creen que les pertenece. Los niños de España son ya los segundos más pobres de Europa, pero no importa porque no son sus hijos, y porque han quemado un contenedor de basura en algún lugar.

Se levanta la sesión, dice un poderoso entre bromas. Salen del congreso y el muerto se queda dentro. Desde la ventanilla del coche oficial, el poderoso observa cómo a las puertas, centenares de ciudadanos aguardan cola para rendir su pequeño tributo, para presentar sus respetos al difunto. 

"¿Lo ves? Todo sigue en su sitio" comenta a su asesor.  

lunes, 3 de marzo de 2014

11M. 10 AÑOS DESPUÉS



Cuando las bombas explotaron, yo aún dormía. No trabajaba aquel jueves. Mi pareja, que solía coger el tren de cercanías en Vicálvaro para desplazarse hasta el Paseo de la Castellana a esas horas, tampoco. Le habían cambiado la fecha de un examen. Lo mismo ocurrió con algunos amigos. Había huelga en la universidad y muchos no se levantaron de la cama. Detalles mínimos que permitieron a mucha gente seguir con vida.


Minutos después me despertó el teléfono. En Televisión Española decían que una bomba había explotado a quince metros de mi puerta. Me asomé y no vi nada. "Mienten" respondí. Era premonitorio. Aquello fue un error, pero luego mentirían mucho más. Una hora después, aparcaba mi coche en las calles de Santa Eugenia. Recuerdo el olor a hierro quemado, a medida que me acercaba a la casa de un familiar, junto a la mía antigua, a escasos metros de la estación. La Avenida de Santa Eugenia era una exposición de coches fúnebres y ambulancias. Después, busqué a mi amigo del que nada sabía. Estaba bien. Cogí un autobús, fui a Sol, donde las colas para donar sangre eran interminables, y luego a la calle Téllez. Fue un día angustioso, pero solo eso, porque no hubo fallecidos en mi entorno próximo. Callaré otros detalles, porque no proceden.


Han pasado 10 años, en los que de un modo u otro he tenido ocasión de repensar aquel día, de conocer testimonios de primera mano (no solo de víctimas) de acudir a clases sobre terrorismo islamista, de leer, de odiar a todos y cada uno de los que han hecho de aquel día un eslogan para obtener rentabilidad política o mediática. Detesto a los de la teoría de la conspiración porque no saben el daño que hacen. Aborrezco a los que han insinuado que había víctimas que no lo eran. La miseria moral. La mala memoria. La indolencia. 

Diez años después, tras las mentiras, tras la sorpresa de ver cómo algunos sectores de este país deseaban que los autores de los ataques fueran otros, tras contemplar las vulnerabilidades judiciales para procesar a parte de los autores, un experto en terrorismo, el profesor Fernando Reinares, cierra el círculo de la rumorología publicando un libro de portada hiriente y título doloroso. "¡Matadlos", por fin, explica con detalle, de forma exhaustiva y analítica, cómo se organizó aquel ataque. 

A pesar de que echo de menos un pequeño mapa de nombres y conexiones al que recurrir durante la lectura por la complejidad de siglas y apodos para quien no está habituado, confirma de un modo demoledor una serie de ideas que se dispersan entre el ruido de las mentiras y de los ataques malintencionados. Pondré algunos ejemplos, a los que incluyo mis propias valoraciones:
  • Que la red del 11M no conformaba una célula aislada, sino que tenía un conexión plena y constatada con la matriz de Al Qaeda; 
  • Que la decisión de atentar contra España se tomó en diciembre de 2001 en Karachi, Pakistán, por venganza a las operaciones policiales desarrolladas contra la primera célula vinculada a Al Qaeda; 
  • Que quien la toma es Amer Azizi, adjunto a Hamza Rabia, Jefe de Operaciones externas de Al Qaeda, quien había residido y huido de España, aunque se contempla la posibilidad de que regresase apenas dos meses antes para supervisar los preparativos del atentado. 
  • Que se hizo viable el ataque en febrero de 2002, cuando tras una reunión en Estambul en la que participaron miembros de los grupos GCT (Túnez), GICM (Marruecos) y GICL (Libia), se autorizó planificar atentados en suelo europeo.
  • Que Amer Azizi mandó organizar dos grupos, uno para atentar en Marruecos (atentados de Casablanca con 45 muertos en mayo de 2003) y otro en Madrid.  
  • Que hay constancia de que el día del atentado (11 de marzo) se conocía, al menos, desde el 19 de octubre de 2003, fecha en la que uno de los terroristas la utilizó al rellenar los datos administrativos para adquirir un teléfono móvil en Bruselas. 
  • Que, por tanto, el atentado no es consecuencia de la Guerra de Iraq, aunque este hecho favorece la narración de los terroristas tras la ejecución. 
  • Que, además, tampoco hubo una previsión electoral como se ha dicho, para influir en el resultado de las elecciones, porque incluso cuando se manejó la fecha, aún no habían sido convocados los comicios. 
  • Que es evidente que los atentados influyeron en el resultado electoral, y que los terroristas instrumentalizaron la retirada de tropas (anunciada en campaña) para apuntarse una victoria, en forma de cesión, que no era tal. 
  • Que ETA no aparece ni debajo de la mesa, por más que algunos, que deberían estar deseando que desapareciera para siempre, quieran hacerle promoción, bien por afán de venganza (comprensible en víctimas), bien por pérdida de negocio y/o rentabilidad electoral (que también).
  • Que se buscó un segundo 11M, en enero de 2008, que se iba a desarrollar en el metro de Barcelona mediante suicidas, y que fue abortado gracias a un topo de los servicios de inteligencia franceses (lección para patriotas paletos, por cierto). Para este segundo atentado se elegía el metro porque, al parecer, en el 11M aprendieron que los servicios médicos actuaron demasiado deprisa, salvando muchas vidas. Bajo tierra resultaría más complicado. 

Y con las aclaraciones, surgen otras mil preguntas, porque a nivel 
policial a uno le queda la sensación de que el único que hacía bien su trabajo era el gobierno sirio, que detenía a buena parte de los terroristas que pasaban por su territorio en dirección a Iraq. Sí, Siria, repito. El mismo lugar en el que nuestra prensa banaliza a los terroristas denominándolos "rebeldes". No aprendemos.

El autor habla de "desajustes judiciales" porque nuestra legislación no estaba adaptada al terrorismo internacional. Tardaron seis años y medio desde que volaron las vidas de casi 200 personas en ponerle remedio. También cuenta cómo hasta dos meses después de los atentados, no se creó el Centro Nacional de Coordinación Antiterrorista que permitía, como cosa básica, que las distintas unidades policiales utilizaran, al menos, la misma base de datos. En tercer lugar, habla de la insuficiente cooperación intergubernamental a este respecto. Y esto, que de nuevo es valoración mía, resulta sangrante. Acostumbramos a ver a nuestros gobiernos ponerse de acuerdo para participar en guerras, para distribuir territorios, incluso para entregar nuestra soberanía a grandes empresas, pero para proteger la vida de los ciudadanos no estaban preparados. O no tan bien si se trataba de tipos que no estaban tan escondidos en cuevas remotas o montañas lejanas, parafraseando a uno de los responsables de todo eso. Nuestros políticos miraban a Euskadi, como siguen haciendo diez años después, mientras se preparaba una sangría en nuestras calles. Así de simple. 

Se entiende que algo ha mejorado la cosa, que nuestros expertos en inteligencia están mejor preparados ahora; que los recursos entre el terrorismo de ETA y el internacional están más compensados; que no deberían suceder cosas ridículas como que la Guardia Civil pare el coche de los terroristas que traen explosivos a Madrid, estos le paguen la multa en el acto y sigan camino, por poner uno solo de los errores fatídicos que acontecieron en las fechas previas; que no debe de ser tan fácil que terroristas renombrados entren y salgan de España como les dé la gana porque, en este sentido, también tenemos responsabilidad previa en el 11S; que seguramente la policía hizo cuanto supo y pudo y que son otros, que no han pagado responsabilidad alguna, los que tenían que haber estado a la altura en vez de poniendo los pies encima de cualquier mesa. Tienen una responsabilidad, repito. Tienen que rendir cuentas de no haber puesto los medios para prevenir ese horror, que también afectó a la propia policía*. Porque hoy conocemos que mientras no sabíamos por dónde nos andábamos, apunto estuvo de volar un tren de alta velocidad solo unos cuantos días después. O que mientras nuestra prensa nacional se dedica a criticar a los franceses por cuestiones deportivas, fueron sus servicios de inteligencia los que nos avisaron de que el metro de Barcelona saltaría por los aires. 


Por ejemplo ¿Sería mucho pedir que un país "soberano" como España estimase oportuno decirle a los Estados Unidos que no practique asesinatos extrajudiciales de ideólogos y autores materiales del 11M, para que este estado democrático pueda juzgarlos tal y como dice la Ley? Hoy sabemos que Amer Azizi fue asesinado junto a Hamza Rabia en FATA en diciembre de 2005. Son muchas las preguntas a las que debía haber respondido antes de irse a su paraíso. Algunos dirán que mejor está muerto. Tal vez. No lo sé. Lo que sí sé es que los muertos del 11M y sus familiares no merecen que su gobierno, el que sea, no trate de garantizar que todos y cada uno de los involucrados se sienten frente a un tribunal legítimo. Eso es, sorprendentemente, la democracia.



*Una de las víctimas de aquella secuencia fue un miembro de los Grupos de Operaciones Especiales, que murió como consecuencia de la explosión provocada por los suicidas del piso de Leganés.