domingo, 28 de diciembre de 2014

CUARENTA DÍAS DE LLUVIA: LA RABIA (1/3)

Todo parece haber terminado. En el comedor, unos tipos gritan como si la vida les fuese en ello. Salen de un viejo televisor que conserva la imagen gracias a un galimatías de cables enredados y polvo de varias semanas. Encima, un pequeño marco con un retrato recortado del padre ausente, aquel que había abandonado el hogar años atrás, desapareciendo para siempre. Más que un recuerdo, es ya una presunción, una especie de mito familiar que Rabia, la niña, ya no sabe si es real o fruto de la imaginación de su madre. Esta, sentada en el sofá, con gesto sobrio, impasible de nuevo, presta toda su atención a la pelea dialéctica entre personajes que debaten sobre cuestiones sentimentales intrascendentes. La vida de los otros, tan próxima. La propia, tan ajena.

Es media tarde y en la habitación de Rabia la luz del sol deja un reflejo sobre la colcha. Ella está encogida sobre la cama, en posición fetal, con un teléfono móvil sin batería bajo la almohada y las hojas de un cuaderno y un bolígrafo junto a su rostro. Ha redactado algunas líneas. Tiene faltas de ortografía y lo sabe. Es una razón más que le lleva a no proseguir con un cuento que lleva tiempo queriendo escribir. A ratos sueña con verse a través de una cámara, como si no fuera ella, como si fuese una espectadora de su propia existencia, para intentar ser capaz de ver algo bueno, algo valioso, algo que merezca la pena. Pero ya no tiene fuerzas. Ya no logra encontrar razones para seguir escribiendo. El cuento se ha terminado así, bruscamente. Como todo.

Ha fumado tabaco. Tiene papel de liar barato en el primer cajón de su escritorio. Cuando su madre lo encuentra, se lo tira. Odia que una mujer fume. Su hija debiera ser otra cosa, piensa. Lo que sea, pero otra cosa. Sería la vergüenza de su abuelo, un hombre musulmán que en su juventud coqueteó con el salafismo en su natal Oujda, cerca de la frontera con Argelia. Hace muchos años que ya no se ven. Reniega de su pasado, pero lo saca a relucir solo cuando quiere confrontarlo con su hija, cuando toca poner encima de la mesa el cesto de los reproches. Y ya rebosa hace tiempo.

En la habitación está la ventana abierta. Es un octubre luminoso, de viento fresco y chaqueta fina. Rabia lleva una camiseta de tirantes y unos pantalones pirata, pero no tiene frío. O tal vez lo tiene, mas no lo siente así. Muchas noches se sienta sobre la repisa y piensa en saltar. Ha figurado cómo sería la caída, ha anticipado el dolor que le asaltaría si se le partieran las piernas, o los brazos si no fuese capaz de controlar su cuerpo con la velocidad. Serían unos diez metros de distancia hasta el cemento, no más. Tal vez en ese margen el cuerpo no se desequilibrara tanto. O, quién sabe, tras el choque contra el suelo, viniera el reflejo vertiginoso de su cabeza, terminando con su vida al instante, sin sentir daño. Mira abajo y piensa que, una vez acabado todo, habría quien la culpara por haberse arrojado. Otros responsabilizarían al suelo, porque es muy duro. Otros a la ventana. Malditas casas de ventanas grandes y rejas invisibles.

Desde hace semanas, sufre fuertes ataques de pánico. Siempre acontecen inmediatamente después de un problema en casa o tras un disgusto con los compañeros del instituto. Una nueva discusión, un tortazo más, un empujón o una pelea. Un puñetazo sobre la agujereada puerta de su habitación. Otro objeto destrozado contra el suelo. Otra noche pasando frío en el banco del parque de siempre, esperando a que la policía aparezca para llevarle a una casa de acogida. Y volver a empezar, como si todo pudiera cambiar, sin más. Con unas palabras, con unos gestos. El vacío. La casa, la madre, la nevera, todo vacío. Todo nada, y siempre nada.

El último ataque lo sufrió en el peor momento posible, hace tan solo tres días. Estaban junto a cuatro conocidos compartiendo litrona en el banco de un parque, cuando apareció él, Álvaro, el chico más guapo del instituto. Por un segundo se sintió guapa y sonrió. A sus diecisiete años, en todas las relaciones amorosas habían buscado la aceptación del otro. De cualquier otro. No había aprendido a decir que no, porque no entendía que sirviera más que para volver a encontrarse sola. Pero sola se quedaba después porque, en realidad, no había tenido relaciones amorosas, sino sexuales. Algunos de los agraciados con su cuerpo habían dejado correr el rumor de que era muy puta en la cama. Una auténtica profesional, una comepollas que no pedía nada a cambio. Carne de cañón para una despiadada adolescencia. Y justo en ese momento, Álvaro conocía, en su presencia, aquella distorsionada versión de su intimidad que no tuvo fuerzas para desmentir. Si saber cómo reaccionaría, sin entender por qué era de nuevo objeto de burla, prefirió marcharse y no ceder. Por una vez, no quiso acostarse con aquel muchacho, aunque le gustara de verdad. No quiso ser de nuevo un trapo. No con él. Pero unos metros más allá, lejos de la mirada del grupo, sintió que le faltaba la respiración. Se mareó. Cayó al suelo y sufrió convulsiones. Vomitó sangre y no fue capaz de gritar. Una hora después era medicada en el servicio de urgencias de un hospital público del sur de Madrid, su ciudad, la que le había visto nacer a pesar de que siempre la llamaran "la mora" por los orígenes de su familia. Era una inmigrante de segunda generación, decían los entendidos. Pero era una madrileña más, del Madrid inabarcable, del que no sale en los periódicos salvo para las crónicas negras de peleas entre bandas, ajustes de cuentas y atropellos.

Ahora, acurrucada, espera el siguiente ataque como quien aguarda la horca en el patíbulo. La última pelea con su madre ha acribillado la poca luz que le restaba. Da igual quién haya tenido la culpa esta vez. No importan los errores. No tiene que ver con un desafío cargado de hormonas. Es lo de siempre, desde que tiene capacidad para recordar, desde que aprendió a andar, desde que su madre consoló el abandono sufrido con cualquier borracho que pusiera algo de dinero encima de la mesa para disimular el vacío de la nevera. Comienza a llorar en silencio, para no molestar, para no escucharse a sí misma. Aprieta con fuerza sus puños y golpea después aquellos absurdos papeles que recogen el embrionario cuento, haciendo caer el bolígrafo al suelo. Después, los arruga y los lanza por la ventana. Caen suaves, balanceándose, como si no tuvieran prisa por vivir a merced del viento, o de un barrendero meticuloso. Se posan con dulzura sobre el cemento, pero Rabia no lo ve. Para entonces ya se encuentra en el comedor, frente al sofá en el que habita su madre.

·        ¡Mamá! ¿Puedo saber una cosa?

Su madre no contesta. Rabia, entre lágrimas, pregunta.

·        ¿Por qué me tuviste si no me querías?

No obtiene respuesta. En la televisión prosiguen las eternas discusiones. Al parecer, a una conocida cantante la quiere meter presa por robar el dinero a los contribuyentes y unos tipos la defienden. Un debate complejo y apasionante que justifica el silencio trágico que se posa sobre aquel pequeño comedor. Rabia enfurece y grita con fuerza, mientras corre hacia su habitación.

La ventana continúa abierta.

...

Dos meses después, aún sobre la cama de un hospital, Rabia recibe una visita inesperada. Es Álvaro



La segunda parte de este relato se puede leer aquí

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