martes, 11 de febrero de 2014

UN SUSURRO

Me obligaba a desnudarme en casa. Me hacía pasar horas así. Y no me daba vergüenza por mis hermanos. Nunca me dio un tortazo. A veces, cuando más se enfurecía, me pellizcaba los pezones, sin más. Luego se marchaba a trabajar y yo me daba crema para intentar evitar que los pequeños moratones que me producía se notaran mucho. 

Lejos de ella, cuando ya no estaba, tampoco era capaz de incumplir su castigo. Seguía desnuda hasta la noche, a no ser que alguien viniera a casa a visitarnos. Una amiga de mi hermana, una vecina, mi tía. Mi madre y yo teníamos ese pacto. Sus castigos solo se podían eludir si alguien venía a vernos. Nunca tuve la sensación de que era un secreto. En realidad, siempre que uno tiene una visita, se quita el pijama, recoge la mesa, intenta adecentar el espacio que va a compartir, aunque tenga que dejar cerrada la puerta de la habitación porque no se ha hecho la cama. 

Años después, me han preguntado que por qué lo consentía, que por qué me comporto como ella, que por qué me negué a denunciarla. También me han acusado de promiscua, de puta, de guarra, de follarme a todo el que se movía, de utilizar mi sexualidad para atraer al primero que pasaba. Me dicen que estoy loca y que mi madre era mala. Pero no es verdad. Mi madre no podía ser mala. Nadie puede ser malo cuando se ha pasado la vida sufriendo, como ella. Nadie puede ser malo cuando no ha conocido otra cosa que el maltrato. Uno hace lo que ve hacer, cuando no conoce otras herramientas para conseguir lo mismo.

Ahora me dicen que si sigo por este camino, si continúo buscando relaciones sentimentales a vida o muerte, si mantengo este horroroso miedo al abandono, si sigo pensando que tengo que darlo todo aunque no me den nada, tal vez cuando sea madre repita con mi hija lo que mi madre hizo conmigo. Así que eso me dicen, la pequeña pobrecita que pasó a ser una guarra de adolescente y que puede acabar siendo una maltratadora de adulta. 

Señores y señoras que juzgan. Señores y señoras que opinan. Los que creen que soy una víctima. Los que piensan que tenía que haber sabido reaccionar. Los que me auguran mal futuro. Los que desean que me vaya bien. Ayúdenme a entenderlo. Ayúdenme a mejorar. Abran una puerta, una sola, para que las personas que han pasado por cosas como las mías no dependan de cincuenta euros semanales para un psicólogo privado. Para que los servicios de salud mental no citen para los próximos seis meses. Para que me quiten pegatinas de buena o mala. Para que pueda seguir adelante siendo buena para alguien, y sabiendo encontrar a alguien bueno para mí.

sábado, 1 de febrero de 2014

PROSIGUE LA SANGRÍA DEL SUICIDIO EN ESPAÑA

Dicen los que ni sienten ni padecen que somos unos exagerados, que las cifras de suicidio en España están por debajo de la media de otros países y que esto ha pasado toda la vida. Y bueno, tal vez exageremos todo lo que nos duele, es cierto que nuestras cifras siguen a años luz de las de países como Japón o Corea y sí, esto ha pasado toda la vida. Pero quien piense que los datos que ha publicado el INE no nos deben alarmar, ha perdido el norte o ya no tiene corazón. Y a menudo ambas. 

Algunos medios de comunicación se han apresurado a explicar que los suicidios han subido un 11.3%, así, sin más. Lo que esos medios no han destacado es lo que significa. Son 359 personas más que se quitaron la vida en 2012, con respecto a 2011. 

359 personas, repito, para hacer un total de 3539 personas, es decir, 9.7 personas al día, 68 personas a la semana o 291 personas al mes. Por cierto, ya casi el doble de suicidios que de muertos por accidente de tráfico.

En algunos tramos, como los varones de entre 25 y 34 años, es la primera causa de muerte.

Hablamos de más de 3500 familias rotas por un dolor del que apenas se habla en este país. Ese es el segundo suicidio personal de cada familia. Afrontar el silencio, sin ayudas, y con sentimiento de culpa de raíz católica que sigue envenenando el progreso en este país. Hace ya tiempo, el periodista Antonio Maestre y un servidor hablábamos de ello en este artículo.

Vuelvo a denunciar ese silencio, quien lo consiente, quien lo celebra. Quien sigue interpretando que es mejor no hablar de suicidios por si se contagia y hay más, es un ignorante que está condenando al dolor a miles de familias. Quien sigue interpretando que suicidarse es cosa de locos, demuestra que en este país hay más gilipollas que locos. No hace falta ser un experto para leer las recomendaciones de la Organización Mundial de la Salud al respecto. No hace falta tener una carrera para saber que lo que el periodismo no puede hacer es callar o, si habla, describir los métodos del suicida. Denunciar el drama sin caer en el amarillismo es la clave de cómo se puede aportar algo de luz y algo de ayuda a los familiares de este chorreo indecente de víctimas. Pero la duda es si tenemos un periodismo capaz de comprenderlo. La duda, la mía, es si este periodismo que se queja amargamente de que ha caído tan bajo, no se dará cuenta de que nunca demostró volar tan alto como se piensa. Y el ejemplo es la violencia de género, donde día sí y día también cometen el gravísimo e innecesario error de contar a todos los ciudadanos qué métodos usó el agresor para acabar con su víctima, como si eso aportara un valor adicional al dolor y a la injusticia que representa ese acto de cobardía que es asesinar a alguien. 

La relación indirecta entre crisis y suicidio es evidente. No tiene discusión. Y, por supuesto, había muchos suicidios antes de la crisis también. Pero los recortes en atención pública a nivel de salud o de servicios sociales por ejemplo, están dificultando gravemente la labor de muchos profesionales para detectar situaciones de riesgo e intervenir sobre ellas. Parece que se trata de que la crisis no mate a la gente, porque la gente se mate sola.

Hay comparaciones odiosas, pero las haré, solo para tratar de que nos demos cuenta de la dimensión del problema. En España ya mueren el doble de personas por suicidio que por accidentes de tráfico. Ahora, comprueben los medios económicos destinados a prevenir lo primero y lo segundo.

Aún peor, por cada víctima de violencia de género en 2012, hubo 70 suicidios. Eso no significa, por supuesto, que haya que reducir un ápice los presupuestos para tratar de erradicar esa siniestra lacra. Todo lo contrario. Pero nos pone sobre la pista del modo en el que desde la política se está ignorando todo esto (a pesar de que en 2012 los partidos se comprometieron a comenzar a desarrollar mejores herramientas de prevención). Desde entonces, para no hacer nada, ha habido miles de muertos.

Y, con todo, ¿Cuál es la cifra oscura? Si se suicidan casi 10 cada día, ¿Cuántos lo intentan? ¿Cuatro veces más? ¿Diez veces más? ¿Veinte veces más? Algunos expertos hablan hasta de cincuenta, muchos hospitalizados, algunos irreversibles que morirán como consecuencia de la evolución de sus lesiones y que, para entonces, ya no contarán como suicidios. Porque esa es la otra trampa de nuestros datos. ¿Cuántos suicidios no son contados como tales?

Seguiremos denunciando. Nuestro corazón no se puede permitir otra cosa.