sábado, 31 de mayo de 2014

HÉROES

Él tenía aún restos de sangre en la palma de sus manos. Cuando empezó todo, encontró a un compañero con un corte en la ceja. Taponó la herida con un viejo pañuelo y siguió corriendo. Ahora estaba acurrucado sobre aquella pared, solo, hambriento y con un fuerte dolor de cabeza. Le abrasaba un raspón sobre el costado y sentía que algo no encajaba bien en su hombro izquierdo. Reconocía un hematoma en su pierna y una hendidura en aquellos pantalones vaqueros que le regaló su madre en su último santo. Al encontrarlo, y mientras jugueteaba con su diámetro, pensó en ella, en su modo de ser tradicional, en su forma de amar incondicional, en lo preocupada que se sentiría en ese momento, sin saber dónde se encontraba su hijo. Sintió una fuerte congoja que hizo brotar una lágrima caprichosa por su mejilla, hasta perderse en la comisura de sus labios. Después pensó en que faltaría al trabajo, que perdería días de sueldo, que le resultaría más difícil llegar a fin de mes. Todo pareció ser un desastre de pronto. Entonces cerró los ojos.

Se abrió la puerta. Alguien empujó a una mujer dentro de aquel habitáculo oscuro. Cojeando, llegó hasta un rincón y apoyó su espalda contra la pared. Aún tenía la respiración entrecortada. Trataba de recobrar el aliento mientras se acariciaba el brazo derecho. Al descubrirlo, encontró un fuerte moratón que nacía sobre su codo y moría en su muñeca. Sentía un dolor persistente en su tobillo izquierdo que le recordaba a su adolescencia, cuando presumía de haber sufrido un esguince que le permitió que su vendaje atrajera la atención de los amigos durante un par de semanas. Y su pelo. Juraría que le habían arrancado de cuajo parte de su larga melena negra. Aún no llevaba allí el suficiente tiempo como para pensar en el miedo que estaría pasando su pareja, a quien perdió de vista durante la estampida. Aún no había valorado que a la mañana siguiente no podría acudir a esa entrevista de trabajo que había conseguido después de tanto tiempo intentándolo. Aún no había previsto qué explicaría a su padre, que siempre le advertía de que fuera con cuidado. Aún no había sentido ganas de llorar.

Fuera de la comisaría, varias decenas de personas pedían la liberación de los detenidos. La policía les pedía la documentación y ellos no paraban de gritar, con la ilusión de que ese aliento llegara hasta la celda en la que se encontraban los detenidos. 

Él y ella, un segundo después, consiguieron descubrirse en la penumbra. Se miraron. Y sonrieron. 

Él se levantó del suelo como pudo y se acercó hasta ella. Después, se abrazaron como dos hermanos que se reencuentran después de mucho tiempo; o tal vez como una pareja de novios que ansía demostrarse comprensión; quizás, como dos grandes amigos que omiten las palabras porque no resultan necesarias. Y como si la luz de ese instante de complicidad traspasara todas las puertas cerradas que les alejaban de la calle, una breve pero intensa ráfaga de viento sacudió a los que se solidarizaban a las puertas de la comisaría, haciendo que a uno de los agentes se le cayera de entre las manos el documento de identificación de uno de ellos.

Les habían detenido, sí. Habían caído derrotados, es cierto. 

Pero habían luchado con todo su corazón.
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lunes, 19 de mayo de 2014

ACUMULANDO CADÁVERES

Eran seis los comensales que degustaban una selección variada de marisco con vino de Jérez  aquel mediodía. Habían escogido un conocido restaurante de Madrid. Todos habían sido nombrados por el Gobierno en los últimos meses. Eran cargos intermedios, Secretarios o Subsecretarios de Ministerios, que habían medrado de distintas formas. Procedían de diferentes facciones del partido, apenas se conocían y organizaron el banquete para ir tomando confianza. 

Algunos relataban episodios de su pasado para buscar puntos de encuentro comunes. "¿Recuerdas las elecciones del 2.000?" Decía uno. "¿Y las que nos ganó el de la ceja? ¿Recuerdas cómo nos dejó el país el hijo de la gran puta?" Replicaba otro. "¿Y cuando tuvimos que llamar al orden a los socialistas? Eso coincidió con lo de Suárez si mal no recuerdo" Comentaba un tercero. En la otra parte de la mesa, sin embargo, preferían dialogar sobre mujeres. Sí, al parecer había grandes mujeres dentro del partido. Era innegable su valía a pesar de que a menudo eran "puñeteras" y de que todos preferirían poder mostrarse con la naturalidad con la que se expresaba Berlusconi años atrás. Pero no era políticamente correcto para alguien que estaba expuesto a los medios, aunque fueran los de los vecinos de enfrente. Al fin y al cabo, la chaqueta, los zapatos, las corbatas y los gemelos los compraban todos en la misma tienda. La misma que les suministraba los móviles, la misma que les hacía grandes descuentos en selectos restaurantes, la misma que les facilitaba billetes de avión a precios irrisorios, la misma que, años después podría llegar a contratarles como expertos en la distribución del gas y de la luz. 

A los postres, el vino sonrojaba las mejillas de los más orondos. Las copas les soltaban la lengua y el humo de los puros ennegrecía dientes superpuestos a golpe de talonario. Fuera del reservado, los chóferes de cada uno de ellos cambiaban impresiones sobre los fichajes que debería de hacer un equipo de fútbol, o sobre la mala gestión deportiva del rival. Alfonso, el guerrero combativo de noble familia, secretario en el Ministerio de Orden, fue al baño y les vio allí, joviales, intercambiando risas en ambiente distendido. Cuando regresó a la mesa con el resto de comensales, comentó despectivamente: "Estos tíos se pasan el día tocándose los huevos".

Alfonso sabía lo que era el esfuerzo. Aunque su padre fuera Senador, aunque incluso tuviera vínculos con el fundador del partido a partir de unos negocios de suelo en su Galicia natal, evitó ascender a dedo con rapidez. Quiso labrar su camino porque la segunda opción ya la tenía garantizada. Estudió Derecho en Santiago, se hizo patrón de barco y montó un negocio alrededor del club náutico de Sanxenxo. Cuando se fue girando la tuerca, cuando tocó recortar derechos y tomar decisiones férreas, entonces optó por asumir responsabilidades. Los primeros años daba indicaciones precisas a los jefes controlados de la policía. A veces, incluso, él mismo tomaba partido y rastreaba en redes sociales todas aquellas opiniones que le parecían vejatorias. Era terco y si se empeñaba en parar los pies a alguien, lo hacía. Al precio que fuera y siempre en nombre de la democracia. 

Aún, algunas noches, Alfonso se despertaba entre escalofríos. De nuevo, el mismo recuerdo. Era él, con el traje habitual, cogiendo cuerpos inertes desde atrás, y desplazándolos al rincón de una lúgubre sala de su Ministerio. Amontonaba cadáveres y se manchaba los zapatos de sangre.


Alguien le había explicado que no tenía nada que temer, que la democracia estaba en riesgo y que eso sucedía porque así Dios lo había querido. Y Alfonso añoraba la cocaína y las chicas fáciles de las discotecas de los viejos narcos gallegos, porque sabía que, tarde o temprano, le tocaría mancharse los zapatos de nuevo. 
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