miércoles, 11 de noviembre de 2015

HACIA UNA CALIFICACIÓN DE LAS ACTITUDES MACHISTAS

No miren la fecha de este Post. Da igual. Abran cualquier periódico, de hoy, de ayer, de mañana. Encontrarán, a veces más pequeño, otras más grande, según cómo les dé, alguna noticia relacionada con la violencia machista. Hablará de una mujer "que ha fallecido" en no sé dónde, que otra "ha aparecido muerta", se esquivará la palabra "asesino" por aquello de la presunción de inocencia, y mañana será otro día. Concentraciones de repulsa en su pueblo y ya. Silencio. 

Algunos periodistas explican que no se puede prejuzgar. Vale. Que tienen unos códigos éticos que salvaguardar. De acuerdo. Que eso les lleva a no ser contundentes en las noticias relacionadas con la violencia machista hasta que las investigaciones no aclaran cada caso. Puede valer. Pero ¿Saben lo que ocurre? Que cuando se aclaran los hechos, ya no queda hueco en sus periódicos para esa contundencia, porque nuevos casos saltan a la palestra, a los que les toca tratar de nuevo sin la contundencia necesaria. Y cuando digo "nuevos casos", me refiero a más mujeres asesinadas, cada una con su vida, con su historia, con sus madres, con sus hijos, con sus hermanos, con su trabajo.

Ojalá los códigos periodísticos permitieran ser más concluyentes con los asesinos (aunque en alguna ocasión les obligase a rectificar) y menos con el relato de los sucesos, porque para eso no tienen tantos miramientos. Cuchillo, escopeta, delante de sus hijos, hachazos, atropellada, desangrada, etc. Horrible, sí, pero a veces incluso innecesario porque pervierte el hecho en sí. La violencia es muy grave siempre. Sin excepción alguna. No necesita una descripción basada en el morbo del sufrimiento de la víctima y de la frialdad del criminal. Hay quien cree que así "se conciencia más". Para nada. Del mismo modo que ningún endurecimiento de un código penal ha prevenido la delincuencia, ningún relato escabroso conmueve al que agredirá esta tarde, mañana o pasado mañana. Por ejemplo, en España se suicidan diez personas al día. La OMS invita a informar de estos casos (aunqueno se hace), a concienciar del sufrimiento de los que se van y de los que quedan. Pero los expertos siempre piden que se evite explicar los métodos, que se centren en el drama que supone, pero que no den pistas sobre cómo se es más efectivo haciéndolo. Para querer morir, como para matar, hay métodos más eficaces que otros, y se trata de no estar dando pistas. Creo que nadie ha investigado si puede existir un efecto imitación en estas secuencias de hechos, pero sería interesante saberlo.

La violencia machista no es más que la punta de iceberg de un problema que afecta a toda la estructura social. Las propuestas políticas hablan de recursos, que siempre son necesarios y que han descendido. Los programas de los partidos hablan (los que lo mencionan) de cambiar la cultura de este país, pero nadie dice cómo. Recursos y educación, un magma extraño que no se traduce en nada concreto. La inacción, con resultado de muerte.

Si las cifras de asesinatos de mujeres fuesen a manos de ETA en vez de a manos de hombres, este país estaría en máxima alerta. Habría concentraciones cada media hora en todos los ayuntamientos. Tal vez, muchas de ellas contaran con escolta incluso (Solo los 11 guardias civiles al servicio de Esperanza Aguirre ya darían para prevenir unas cuantas situaciones). Se trata de desentrañar la madeja, con voluntad y con paciencia. Si se quiere dar el mensaje de que las mujeres "tienen que denunciar", hagamos eficaces esas herramientas. Si los agresores tienen que tener pulseras de localización, que las tengan. Si son muchas y muy caras, más dinero se gasta en otras cosas que no sirven para nada. Si a cada agresor hay que aplicarle un programa de tratamiento, que a veces funcionan, que sea obligatorio para todos ellos. Si hay un error judicial que lleva a que el agresor se pueda acerca a la víctima, que se sancione severamente a ese Juez. Y, claro, que se les forme, porque algunos no tienen ni idea de la dimensión del problema. O no quieren tenerlo.

Hace no mucho me contaban que la violencia de género entre adolescentes ha crecido mucho, pero que, sin embargo, algunos jueces y fiscales no le dan importancia, no imponen medidas, porque muchas víctimas se retractan y porque, en definitiva, las relaciones no son como antes. Son peleas de amigos, porque "hoy estás con una y mañana con otra". Ese es el germen de lo que ocurre después. Precisamente por eso, precisamente porque hay chicos que ya desde sus primeras relaciones afectivas muestran conductas de maltrato, y porque además tendrán una decena de parejas a lo largo de su vida, hay que ser contundentes desde el primer momento, que vean que no es una broma y que pasen por un tratamiento obligatorio. 

Pero el problema lo encontramos mucho antes. El problema lo tienen los niños, que consumen cuentos gravemente machistas, que reciben el catálogo de juguetes en casa con páginas para niños y para niñas (salvo uno que yo haya visto) y que llegan a la adolescencia escuchando canciones que les explican que hay que darlo todo en el amor y a toda costa ("Toda, de arriba a abajo, Toda, entera y tuya, toda, aunque mi vida corra peligro, tuya" que decía Malú, una artista admiradísima por muchos chavales). Que les dicen cómo vestir, qué enseñar, dónde y cuándo, que golpean su autoestima, que les hacen dependientes, frágiles y obsesivos, con pánico al rechazo y al abandono, y que utilizan todas las herramientas informáticas modernas para ejercer el control que no están dispuestos a perder porque "no tienen otra cosa".

¿Cómo llegamos a, al menos, intentar cambiar esto? Pues poco a poco pero sin perder el tiempo. Yo, como padre, exijo para mis hijos lo que no tuve en mi infancia, y que ahora trato de alejar de mí poco a poco. Creo que muy pocos hombres pueden presumir de no tener, en mayor o menor proporción, rasgos claramente machistas en su lenguaje o en su forma de comportamiento. Esos detalles, esas frases hechas, esos comentarios que forman parte de nuestra cultura desde pequeños son, precisamente, lo que no podemos permitir que los niños asimilen, al igual que no han asimilado ya tener fumadores en casa o ir en el coche sin cinturón de seguridad.

Normalizar la igualdad pasa por hacer frente a todo tipo de expresiones artísticas o de publicidad que la contravengan. No pido censura, ni vulnerar la libertad de expresión. Cada uno que publique las mierdas que quiera. Pero, del mismo modo que si vas a un cine, en función de la cantidad de sexo o violencia te recomiendan que su visionado sea a partir de una determinada edad, o cuando compras una cajetilla de tabaco, que te informa de que te estás envenenando, este país necesita un medio, algún tipo comité, que califique los contenidos y que informe a los consumidores de si esos contenidos respetan la igualdad. Tal vez, si el infame catálogo de juguetes de El Corte Inglés tuviera un letrerito que indicara, en colores o con un texto, que no respeta la igualdad, el siguiente catálogo, o la misma disposición de la zona de juguetes de ese sitio o de otros, cambiaría. Y si cambia, los niños, que son esponjas, tendrían menos condicionantes en un futuro. Y quizás, si tú le vas a comprar a tu hija un disco que reproduce todo el surtido de insensateces del ejemplo anterior, y ese disco viene marcado con un indicador que te explica que le estás regalando contenido inadecuado, te lo replantees. Y hasta el afamado artista de turno se dé cuenta de que no le compensa escribir sobre príncipes azules que someten a sus princesas a cambio de un amor de mierda. 

Tal vez todo esto te parezca excesivo, complejo o intervencionista. Pues sí, lo es. Porque si aceptamos un modelo social de buenas palabras, concentraciones de repulsa y mensajes huecos, los asesinos seguirán matando, las mujeres muriendo y los niños seguirán quedándose huérfanos y traumatizados para toda la vida. Incluso aunque incrementemos los recursos de protección a las víctimas sin afrontar otras medidas. Porque para comprender el origen de esta lacra, no hace falta abrir los periódicos y leer sobre juzgados y hospitales, ni ver el (los) programa(s) infame(s) de turno de TeleCinco. Solo basta con recoger el buzón y ver qué modelo de igualdad les proponen a nuestros niños mientras nosotros miramos agilipollados todo lo anterior



***Las fotos igualitarias son del catálogo de Toy Planet. 

viernes, 18 de septiembre de 2015

LAS COSAS PENDIENTES


A su edad, aquello no debía ser bueno. Pero qué más daba ya. Frente al espejo, mientras se ajustaba una de esas camisas de algodón que siempre creyó que nunca formarían parte de su vestuario, notaba cómo las pulsaciones golpeaban contra sus sienes, como si su ritmo cardíaco le estuviera advirtiendo de que, a esas alturas, decir una verdad equivalía a perder la cordura restante; que era mejor dejarlo estar; que para qué levantar tierra quemada; que solo iba a causar un daño innecesario.

Estaba nervioso como un adolescente que se dispone a llamar al telefonillo de la chica de la que se ha enamorado, para disfrutar de su primer encuentro en la intimidad. Había tomado una decisión. Y la había tomado como se toman las grandes decisiones. Porque sí. Sin más. Sin medir ni pesar nada. Porque las emociones no se atienen a los rigores de lo formal. No tienen un tamaño físico, ni una carga determinada, no son líquidos, ni sólidos, ni gaseosos, ni se evaporan para después llover sobre nuestras cabezas. Las emociones subsisten dentro de cada uno, se esconden. A veces en un rincón del cerebro, otras, más cerca del corazón. Y porque después de la muerte no hay nada más que la memoria de los que quedan, y eso no le sirve de nada a los muertos.

Desde que un médico más que complaciente le había realizado una estimación vital, desde que sabía que con toda seguridad no llegaría a conocer un nuevo año, desde que esa enfermedad incurable había asaltado su organismo como un elefante en una cacharrería, tenía una agenda de lo más apretada. Su nivel de estrés se había incrementado. Pasado el shock inicial, la llorera de los allegados que no saben qué decirte y las condolencias por anticipado que te ofrecen los que, conociéndote, no te echarán demasiado en falta, se había propuesto dejar resuelto todo lo que quedaba pendiente. Tardó una semana en hacer un largo listado que rehízo en varias ocasiones. Tachaba y volvía a escribir. Un día, pensó que estaba dedicando demasiado tiempo a las formalidades, así que la línea donde decía “Ir a devolver al Presidente del bloque las llaves de la sala del trastero”, la cambió por “Averiguar el nombre de aquella película de Clint Eastwood que tanto me emocionó hace treinta años, para verla por última vez”. Donde había puesto “Llamar a mis primos, que nada saben, para, sin ofrecer detalles, despedirme a mi modo hablando de cómo les va la vida”, escribió “Mandar a tomar por culo al próximo que me llame para ofrecerme cambiar de compañía de gas”. Y aquello le pareció divertido, así que, como un niño que inventa un juego, siguió dando rienda suelta a sus ocurrencias con cosas como “Escribir una carta al Ministro del Interior para desearle mi misma suerte”, “Cuando vaya conduciendo y vea a la Guardia Civil, hacer como que hablo por teléfono y que me paren para romperle la multa en la cara”, y “Acudir a uno de esos locutorios modernos que tienen ordenadores para, con ayuda del dependiente, visitar páginas porno como hacen todos los chavales”. En su jolgorio personal, planeó asesinatos, hazañas gloriosas, quemar plazas de toros y robar el cepillo de la iglesia de su barrio para darle el montante económico al indigente que pedía en la puerta. Agotado de dar rienda suelta a su imaginación, volvió a tachar las sandeces, acabó compensando en el listado las cuestiones legales más importantes con algunas otras banalidades y, después, lloró durante horas sobre el papel.

Meses más tarde, con casi todo el trabajo hecho, frente al espejo, lavándose los dientes, rociándose de colonia, se disponía a salir para acometer su aventura. La penúltima línea de aquel fatídico listado. La que más le había costado preparar. En un gesto de rebeldía, desabrochó el último botón de esa maldita camisa de algodón, y por un segundo se sintió valiente, imponente, brillante. Salió a la calle.
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Ella echaba el cierre a la floristería a las ocho. Trabajar rodeada de flores era su vida, la que le enseñó su madre, y a la que ligó su existencia más por contentarla que por otra cosa. Había desarrollado un olfato sensible a todos los aromas. Sus manos trabajaban con paciencia, serenas, aunque cada vez más temblorosas por un incipiente mal de nombre impronunciable que le aquejaba desde hacía tiempo. Su vida era que cada cliente se llevara el mejor ramo posible, para que tras él sobreviniera una sonrisa, del tipo que fuera. Y, para dar ejemplo, se obligaba a mostrarse luminosa ante cada nueva persona que sobrepasaba el umbral de su puerta.

Pero aquel día, no supo cómo reaccionar. Como si se tratara de una aparición, de un milagro, quien accedió a su tienda fue él, aparentando tranquilidad, creyéndose dominador de la situación, pero colorado como un tomate. Como cuando era joven, guapo, viejo ya pero guapo, gracioso, generoso en los gestos de sus manos, apuesto aunque ingenuo, con una piel cuyas tonalidades le delatarían de los peores crímenes cometidos, y con una camisa espantosa. Él, el hombre que siempre quiso que traspasara aquella puerta, con el que llegó a soñar que podría conformar una vida feliz pero que nunca fue capaz de decirle nada, que delegó sus emociones latentes para que nadie saliera herido, porque era imposible, porque había otros implicados, el mismo tímido imbécil con el que había soñado tantas veces hacía más de tres décadas, aparecía de repente, antes de cerrar, como si no hubiera pasado el tiempo, como si la vida hubiese vuelto hacia atrás y las calles no olieran a contaminación y a asfalto, sino a las castañas asadas del puesto de la esquina. Como si todo cuadrara de repente, pero demasiado tarde.
·         ¿Me conoces? –Dijo él.
Ella asintió, muda, con los ojos brillantes.
·         Disculpa que no te haya traído flores después de tanto tiempo. Me parecía una imbecilidad.
Siguió muda, negando levemente con la cabeza, aún sin dar crédito a lo que tenía delante. Él sintió una fuerte palpitación en el pecho. Por un instante creyó que un infarto alteraría sus planes. Sin embargo, arrojó sus miedos de una vez y se susurró a sí mismo que no, que era su corazón, diciéndole que hablara de una maldita vez, que dijera lo que había venido a decir, que hiciese lo que no hizo tantos años atrás. Sí, era su corazón, gritándole por fin.
·         Yo… lo siento mucho. Te he querido toda mi vida y nunca me atreví a decírtelo. He estado enamorado siempre de ti.
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Recibió el beso que esperó toda su vida, Abandonó la tienda feliz, caminando a dos palmos del suelo, y por primera vez en años dejó de sentir dolor. Ese que arreciaba cada minuto, que aparecía en sus piernas, que se posaba sobre su espalda, que arañaba su estómago, que martirizara su cabeza. Se olvidó de él, como si todo hubiera sido tan sencillo como eso.


Al llegar a casa, revisó el listado de cosas pendientes. Solo le restaba una, y no dependía de él. 

martes, 26 de mayo de 2015

LA CALLE DE LA LUZ

La última vez que te vi, sentada en aquel banco de la calle de la Luz, leías tan ensimismada que parecías imperturbable. Y aquella historia que te estaban contando se alió con mis ojos, que no merecían asistir a un espectáculo tan grandioso como el de verte sonreír. Me paré, no tuve otro remedio. De repente, no recordé hacia dónde me dirigía, ni para qué. Fui incapaz de acordarme si caminaba con prisas o sin ellas, si me esperaban en un trabajo, en una casa, en el médico, en una tienda. Solo quise imaginar qué historia te estaba narrando aquel libro negro de tapas blandas que devorabas sin piedad. Una novela de amor tal vez, o de reencuentros, de soledades, un personaje con sentido del humor, una situación inesperada, vete tú a saber. El caso es que sonreíste, y tus facciones me parecieron tan hermosas que quise saber tu nombre, tu vida, tu historia, tus manías, tus miedos y tus razones para estar allí, en aquel momento, justo cuando yo me dirigía a ninguna parte.

No sé cuánto tiempo pasó hasta que te levantaste y te fuiste calle arriba, con tus ojos claros, con tus sueños, con aquel bolso moderno con forma de transistor de radio y con tus hombros al aire, como si tanta belleza fuese algo que se pudiera permitir esta humanidad tan sórdida y cruel. Juraría que la calle de la Luz quedó vacía. Sin embargo, cuentan que pasaban personas por allí. Un hombre joven empujaba un carrito canturreando una canción infantil para agradar al bebé que paseaba, una señora mayor no acertaba a descolgar su teléfono móvil, unos adolescentes bromeaban a la salida del instituto, un transportista dejaba una pesada carga en un pequeño comercio, un conductor pitaba desesperado porque aquel transportista había dejado su coche en doble fila. Unos cuantos más deambulaban como zombies. Les miré a todos, atónito. ¿Cómo no podían haberse dado cuenta de que algo tan hermoso había pasado por su lado? ¿Cómo era posible estar tan ciego?

De regreso al centro en el que estaba ingresado, pasé por una librería. Pedí un libro negro con tapas blandas. La dependienta me preguntó el autor, el título o la editorial. "La que tú quieras" respondí "pero que sea negro con tapas blandas, por favor". Me miró raro, y no me importó porque ya estaba acostumbrado. 

A la mañana siguiente, el psiquiatra pasó a verme y le conté que la calle que colindaba con el centro había pasado a llamarse Calle de la Luz, porque había visto a una mujer tan luminosa que no había conseguido conciliar el sueño. También le conté que iba a escribir estas líneas, para imaginarme que ella eras tú, la que estás leyendo esto ahora mismo, y que descubrir que estaban escritas para ti te había hecho sonreír, como acabas de hacer, y como hiciste justo cuando yo te encontré leyendo la última vez que te vi, en aquel banco de la calle de la Luz. 

martes, 5 de mayo de 2015

EL MURO DE TAYYEB Y BENESH


Se llamaba Tayyeb, tenía siete años y vivía en Palestina. Aunque su nombre significaba "Bueno", no siempre lo era, sobre todo cuando se enfadaba porque su hermano pequeño Ibrahim le descolocaba los cosas de lo habitación, o le pintarrejeaba el cuaderno que le habían dado en el colegio y que utilizaba para hacer sus deberes.

En su casa vivían seis personas. Su papá, su mamá, él, que era el hermano mayor, Ibrahim, que era el trasto de cuatro años, y dos bebés preciosas que ya gateaban y que se llamaban Kalima y Aaminah. Como su papá trabajaba todo el día fuera de casa, cuando Tayyeb regresaba del colegio ayudaba a su madre a dar de comer a su hermano pequeño. Se comportaba como un pequeño adulto y su misión siempre era la de encargarse de Ibrahim. Como era travieso y no paraba quieto, a veces daba más la lata que las bebés. En la comida se manchaba, tardaba horas en tragar y se entretenía cantando cosas que se inventaba. Tayyeb le regañaba y, después de comer, le llevaba a la cama para que durmiera un poco. Ibrahim ya no conciliaba el sueño sin que su hermano le acariciara el pelo. 


Cuando los pequeños estaban ya acostados, hacía los deberes, ayudaba a mamá un poco más si lo necesitaba y, por fin, disponía de un rato para divertirse antes de anochecer. El problema es que no le quedaban muchos amigos con los que jugar. El último verano, el de 2014, había sido muy malo. Algunos ya no estaban y otros se habían tenido que marchar a otros pueblos o ciudades. Tayyeb correteaba por un descampado cercano tras una pelota  que le regalaron unos señores de la ONU una de las noches en las que tuvieron que esconderse en la escuela. Trataba de emular a los futbolistas de los grandes equipos de los que oía hablar a su padre, o que había visto alguna vez por televisión. 

Al final del descampado, había un muro alto, tanto que no dejaba ver nada de lo que había al otro lado. Tayyeb no recordaba su ciudad sin aquella enorme pared enfrente, y tras la que se imaginaba que podrían ocurrir mil aventuras. A ratos, acercaba la oreja hasta el frío hormigón, tratando de escuchar qué sucedía al otro lado. ¿Habría una playa? ¿Otra ciudad? ¿Montañas de chocolate? ¿Un campo de fútbol de esos de verdad?

Pero aquella tarde, lo que Tayyeb escuchó fue un canturreo infantil que no lograba distinguir. Parecía la voz de otro niño. Sin dudarlo, gritó: 
  • ¡Hola!
Nadie respondió, así que decidió insistir:
  • ¡Hola! ¿Me escuchas?
  • ¿Quién eres? -Respondió la voz de otro niño al otro lado del muro.
  • Pues soy un niño. Tengo siete años. ¿Y tú?
  • ¡Yo también tengo siete años! Vivo en Israel, que es mi país.
  • ¿Y cómo te llamas?
  • Benesh. ¿Y tú?
  • Yo Tayyeb. ¿Sabes una cosa? Mi nombre significa "Bueno" porque soy muy bueno jugando al fútbol. ¿Y tú nombre qué significa?
  • "Bueno", también.
  • ¡Qué bien! ¡Nos llamamos igual pero diferente! ¿Quieres jugar al fútbol?
  • ¿Cómo? Tenemos un muro delante.
Aquello era un gran problema.
  • Bueno -Dijo Tayyeb- yo tiro al muro y tú me dices si la has parado o no, ¿De acuerdo?
  • Vale. 



Durante un rato, Tayyeb y Benesh jugaron al fútbol, únicamente separados por el muro. Cuando el uno tiraba, el otro simulaba que hacía una parada o, en otras ocasiones, reconocía que no había sido capaz de coger el balón. Metieron muchos goles imaginarios y, al final, quedaron empatados. Volvieron a casa, prometiendo verse a la tarde siguiente. 

Pasaron las semanas y Tayyeb y Benesh se hicieron muy amigos. Se acostumbraron a jugar sin poder tocarse, sin ver la sonrisa del otro, sin saber siquiera de qué color era el balón de cada cual o qué tipo de ropa llevaban cada día. Era lo de menos. Disfrutaban mucho con el juego de "Piedra, papel o tijera", se enseñaban canciones, confiaban el uno en el otro y, aún cuando llegó el invierno y el frío llenó de escarcha sus descampados alrededor del muro, no dejaban de querer hablarse para jugar un rato más. 

Un día, el papá de Tayyeb le regañó porque le escuchó tararear una de las canciones que le había enseñado Benesh. Y, aunque no lo comprendió, dejó de hacerlo.

En el mes de enero llegó el cumpleaños de Ibrahim. El trasto cumplía cinco años y, como regalo, Tayyeb convenció a su madre para que le dejara ir con él al descampado, y así presentarle a su amigo Benesh. El pequeño, feliz, dio la mano a su hermano y no se despegó de él. Pero cuando vio el muro y se dio cuenta de que no podía ver a Benesh, protestó:
  • ¿Y quién ha puesto este muro delante? ¿Por qué no lo tiramos?
  • No sé quién lo ha puesto ni para qué sirve, pero no lo puedes tirar, Ibrahim. Es enorme -Respondió Benesh desde el otro lado mientras reía con la ocurrencia de pequeño. 

Así que mientras los dos amigos jugaban a "Piedra, papel o tijera", Ibrahim golpeó con la pelota decenas de veces el muro, convencido de que cuando llegara a mil pelotazos, se derrumbaría. Tayyeb se lo llevó a casa después de un rato. Aquel trasto miraba incrédulo al muro, sin entender qué hacía en pie tras los poderosos golpes que le había propinado.

Por la noche, Tayyeb pensó en lo que había dicho su hermano. ¿Quién habría puesto el muro que le impedía ver a su amigo? Comenzó a sentir ganas de dar un abrazo a Benesh y de poder jugar de verdad. 


A la tarde siguiente, los dos amigos hablaron y, tras mucho reflexionar, idearon un plan: decidieron escribir una carta a los directores de sus colegios, que eran unos señores que mandaban muchísimo, pidiéndoles que hablaban con unos obreros que tuvieran una excavadora para tirar aquel muro que les impedía jugar juntos. Los directores, tras leer la carta, se entusiasmaron con la idea y hablaron con los profesores que, a su vez, hablaron con los padres de otros niños. Antes de llegar al verano, centenares de niños de distintos colegios de ambos lados del muro escribieron cartas a sus directores pidiéndoles que ningún muro impidiera jugar a los niños. 

Una noche, mientras cenaban, los papás de Tayyeb escucharon por la radio que unos hombres muy importantes hablaban de la carta de su hijo. Orgullos, le abrazaron. Él, muy contento, les explicó que, en realidad, la idea se la había dado el trasto de la casa, el pequeño Ibrahim, cuando le preguntó por aquel muro. Su hermano le había enseñado aquella tarde que uno no puede conformarse con las cosas cuando son injustas, que hay que intentar cambiarlas.

Aunque, a veces, convencer a los adultos resulta muy complicado. 

jueves, 5 de febrero de 2015

UNA LISTA DE MIEDOS

Ese lunes me tocaba reírme de mí misma. Tenía la tarde libre y estaba aburrida, aunque creo que si la hubiera tenido ocupada, me hubiese agobiado. Nunca tenemos exactamente lo que queremos.

Me pegué una ducha, me puse cómoda y  cogí un folio y un bolígrafo. Primero dibujé una cara, que se transformó en un cuerpo, que se transformó en una niña que tenía dos coletas. Siempre pintaba a esa niña de ojos grandes, tez clara y pelo rizado. A su lado, hice una lista. La titulé “Mis miedos”. Y comencé a escribir:

Tengo miedo a no callarme a tiempo, miedo a no decir nada cuando merece la pena decirlo, miedo a quedarme sola, miedo a estar rodeada de gente en un espacio cerrado, miedo a las cosas que me dan miedo, miedo a lo desconocido, miedo a perder lo que tengo, miedo a no conocer lo que no tengo, miedo a que te marches, miedo a cambiar, miedo a que cambies, miedo a que me cambies.

Miedo a no ser lo que yo espero de mi, miedo a no saber qué decir, miedo a hablar en público, miedo a perderme, miedo a conocerme más, miedo a la infidelidad, miedo a la infelicidad, miedo a lo premeditado, miedo a lo espontáneo, miedo a que este bolígrafo se le salga la tinta y me tenga que volver a duchar, miedo a no encontrarte, niña de ojos grandes”.

Volví mis ojos a la niña de las dos coletas, y la pregunté:
-          Y tú, bonita ¿A qué tienes miedo?

Y como si de un cuento se tratara, de la boca de la niña salió un pequeño bocadillo en el que se escribieron las siguientes letras:

-          Yo tengo miedo a que tu miedo te impida ser tú misma.

jueves, 29 de enero de 2015

CUARENTA DÍAS DE LLUVIA: DON ENRIQUE (3/3)

Piel de gallina. Eso le ocurre a Enrique cuando marca el Rayo y a su alrededor se produce una explosión de alegría. Bufandas, gritos, canciones y un speaker emocionado le levantan del estrecho y sucio asiento del estadio. 

Enrique lleva treinta años en aquel lugar. Siempre tribuna baja, siempre cerca de los del fondo, siempre con el asiento de su izquierda vacío. Ha visto pasar a tanta gente, que apenas es capaz de recordar. A menudo se abstrae del juego y rememora pasajes de su vida. Ha visto crecer a los muchachos de la fila de adelante. Ha visto morir al abuelo que les contagió el fervor de barrio humilde. Cuando mira unas filas más arriba, encuentra a una preciosa chica que sale en televisión, aunque en realidad es la misma niña que grita cuando marca su equipo. El hombre del puro le llama Don Enrique. Dice que le recuerda a Tierno Galván, y presume de haber militado algún tiempo en el Partido Socialista Popular, antes de que todos se dejaran caer en las redes del PSOE. Le gusta que le pongan un "Don" delante. Pero eso solo le ocurre en el campo del Rayo.

Terminado el partido, las emociones poco a poco vuelven a la normalidad. Abandona el estadio y tras escalar la Sierra del Valle, Enrique se siente agotado. A veces lee noticias de personas que sufren infartos en los campos de fútbol y teme que un día le ocurra lo mismo. No es temor a la muerte, es miedo a molestar a los muchachos que le rodean. Es sentirse inservible. Es tener que depender de su mujer. Es darle una mala noticia. Es no querer molestar. 

Unos centenares de metros más allá queda su primera casa de casado, aquella que habitó cuando escapó de las fauces del campo andaluz de la mano de Teresa, la hija del alcalde del pueblo, el ricacho, el inmoral, el indecente, el déspota que despojó de las tierras a sus padres cuando su bando ganó la guerra. El tipo que nunca aceptó que su hija pusiera por delante el amor mudo, inválido pero airado y temerario, a sus parabienes y negocios de misa de los domingos. Enrique trabajó duro, muy duro para que aquellas barriadas fueran dignas para una mujer que lo dejó todo y que aprendió a coser con tal de ser feliz a su lado. La vida les trajo a otra Teresa, la pequeña, la rubia, la que ponía patas a arriba a todo el vecindario con sus bailoteos, la que entraba al bar de la esquina y pedía, deslenguada, un vaso de agua y unas aceitunas, antes de volver a los viejos columpios del parque. 

Fue entonces cuando Don Enrique se hizo socio del Rayo y adquirió el abono de su hija, para que lo acompañara, siempre sentada a su izquierda, en los mediodías luminosos de cada domingo.

Teresita volvió a esos columpios años después, sí. Los mismos, fríos al tacto y dolorosos al contacto inesperado, que compartía con otros cadáveres del barrio, cuando no tenía dónde caerse muerta y de sus brazos colgaban los restos de una jeringuilla. Una expectativa. Un comerse el mundo. Un ser libre y tener todo a tu alcance. Una estafa. Un engaño masivo. Centenares de kilos de heroína asaltando las casas de familias humildes que habían soñado con una vida digna para convertir a sus esforzados padres en los padres de nadie, a sus voluntariosas madres en las madres de nadie. Para poblar hospitales y cementerios. Para llenar cárceles en las que mitificar motines a la sombra de los enriquecidos, de los insolentes, de los nuevos mandamases del país. Para descubrir aquellas nuevas enfermedades. Para morirse de pena viendo como tus hijos se escapaban entre tus dedos. Para siempre.

Cuando antes de entrar a casa, Enrique vio caer a aquella muchacha por la ventana, intentó gritar, pero no le salió la voz. Corrió cuando pudo y creyó ver a su niña entre sus brazos, cualquiera de aquellas tardes que la encontraba en las Entrevías, semiinconsciente, irreconocible, extraña. Sacó fuerzas de donde pudo y consiguió pedir auxilio, intentando que sus ojos no se cruzaran con la mirada perdida de aquella chica. Enseguida, un ángel apareció por allí, le dijo que se apartara y comenzó a realizar ejercicios de reanimación sobre su joven cuerpo. Enrique se echó a un lado y escuchó a alguien decir que la ambulancia ya estaba en camino. Unos minutos después, sin aliento, abrazó a aquella mujer cuando advirtió que un halo de vida regresaba sobre la pobre muchacha. El dueño del bar de siempre, en el que tomaba cada tarde un religioso descafeinado con sacarina para cuidar la salud, le recogió de la calle y le hizo hueco en una de las mesas de su negocio. 

  • Ahora aviso a Teresa -Le dijo- Anímese, Enrique. La chica está viva, esa doctora la ha salvado y... y encima ha ganado el Rayo, aunque no haya jugado del todo bien.
Enrique necesitaba el consuelo de su mujer. Su abrazo. Su forma de comprenderle sin decir nada. Su aliento, su estar, su presencia, como toda la vida. Rebuscó en su cartera y sacó su abono del Rayo. Justo debajo tenía otro. El de su hija, ese que había renovado todos los años para que nadie ocupara el asiento de su izquierda, ese que había quedado vacío desde que el SIDA matara a Teresita. 
  • ¿Sabes una cosa? 
  • Dígame, Enrique.
  • Si esa niña sale adelante - Dijo secándose las lágrimas con un pañuelo- si la vuelvo a ver por aquí, un día le dejaré este abono para que vaya con quien quiera y sea capaz de sonreír. Al menos durante un rato. Otra cosa ya no puede hacer un viejo como yo.
El dueño del bar se acercó hasta él, le pasó la mano por el hombro y le dijo:
  • Eso es mucho, Enrique. Créame. Es mucho.

CUARENTA DÍAS DE LLUVIA: LA RABIA.
CUARENTA DÍAS DE LLUVIA: ANNA

martes, 27 de enero de 2015

CUARENTA DÍAS DE LLUVIA: ANNA (2/3)

A Anna le encanta hacer el amor por las mañanas. Los días que libra se despierta tarde, perezosa. Desayuna, fuma un cigarro y se sumerge en la bañera. Allí da rienda suelta a sus pensamientos. Cuando vive épocas complicadas o tiene cotidianidades que atender, no puede reprimir su genio. Maldice, a veces en voz alta, aunque nadie le escuche. Se acuerda de lo más sagrado y llama a su madre para quejarse amargamente de lo mal que le va la vida allí sola, en esa casa de tres habitaciones que tenía que ser para una familia, y que mora desde hace dos años. Quiere cambiarse pero le produce un enorme desasosiego afrontar una mudanza. O así se justifica cuando sus dos hermanas insisten en sacarla de aquel barrio empobrecido y echar el candado a la última cosa que le queda en común con el idiota de Óscar, aquel camello de barrio que llegó a policía local y que desapareció cuando Anna entró en depresión tras realizarse unas pruebas médicas y saber que no podría quedarse embarazada. Sobrevivió al bache gracias a los amigos y a una enorme voluntad por afrontar los dos últimos cursos de Medicina. Volcó toda su frustración en la sala de una biblioteca pública y consiguió ser médico residente en un hospital público. El diseño ideal, el juego completo con el que responder a las expectativas creadas, salvo por aquellas paredes que olían a Óscar y sus habitaciones vacías, que tanto había soñado con llenarlas de cunas, cambiadores y juguetes.

Cuando está tranquila, Anna sabe que hace pagar demasiado caro a su madre todos sus malos ratos. No comprende por qué razón siempre acaba siendo el objeto de sus iras personales. Trata de racionalizarlo. Pero en el momento de mayor frustración, siempre marca el teléfono de la casa que le vio crecer para poner el cuerpo del revés a una mujer que alcanza los sesenta años con una salud delicada, que no tuvo la mejor vida posible, y que siempre trata de desarmar a su hija con una sonrisa triste, profunda, abnegada, pero continua.

Otros días, Anna consigue darse ese baño sin reparar en conflictos o disgustos. Entonces, más relajada, deja volar su imaginación. Y, como si lo esperara, le sobrevienen todas sus fantasías sexuales. El morbo maneja su mano, bien para acariciarse ideando cualquier escenario en la cabeza, bien para tomar el teléfono y llamar a su vecino, como llama coloquialmente a un hombre algo más joven que ella, con el que ha entablado una relación esporádica, desprovista de total compromiso, pero placentera para ambos. Solo han de coincidir. Y esa mañana, Anna opta por humedecer la pantalla táctil del móvil para escribir un mensaje al muchacho. Un rato después, él se sumerge entre sus piernas llevándole a ese infinito íntimo, personal, en el que una decide morderse los labios y cerrar los ojos, como si nadie en el mundo pudiera sentir lo mismo.

Vuelve a ducharse, se prepara una ensalada, come con el ordenador portátil encendido sobre la mesa del comedor y el sonido de la televisión de fondo, y se echa una siesta ligera. No sueña. Por hoy, no es necesario. Dos horas después, se pone esa estrafalaria indumentaria para correr por la calle que incluye zapatillas, mallas negras, camiseta transpirable, gafas de sol, pelo recogido, pulsera retro-reflectante, medidor de pulsaciones, bidón de agua, cascos y ipod, y sale a dar zancadas por las calles del barrio como si la vida le fuera en ello.

Unos minutos después, un grito penetra en su oído asaltando el alegórico final de "Present Tense" de Pearl Jam. Se gira y detiene sus pies. Un hombre mayor, desde una bocacalle cercana, pide ayuda a gritos. Corre hasta él sin dudarlo. No piensa en qué puede encontrar. No maneja el concepto del miedo como el resto de los mortales. Anna solo teme el silencio prolongado de las paredes de su casa. Convive con enfermedades, ve morir pacientes jóvenes, a menudo da las peores noticias de sus vidas a familiares angustiados que buscan en sus ojos una salvación que no llega. Su piel se ha endurecido, pero su corazón es más frágil. Ahora duerme abrazada a una almohada y procura ayudarse de relajantes musculares para conciliar el sueño más profundo. Hace ejercicio para agotarse, para que su cabeza no dé vueltas. Y se siente útil solo cuando consigue ayudar a alguien.

Encuentra a aquel hombre con las manos sobre la cabeza. Varios vecinos asomados por la ventana. Otro, que se aproxima, marca con su teléfono al servicio de urgencias. Pero la doctora ya ha llegado. Una muchacha, adolescente, parece haber caído por una ventana. Está en parada cardiorespiratoria. Solo cabe actuar de forma decidida y hacer un brindis al sol para conseguir reanimarla mientras llega una UVI móvil. Ni siquiera repara en la pierna desencajada que el hombre que colabora con ella trata de no mirar para controlar su ansiedad. Llora como si fuera su hija, aunque no la conoce de nada. Unas vecinas comentan el nombre de la chica, hay un revuelo de voces a su alrededor, pero Anna ignora todos los comentarios. Sigue obcecada en dar vida a quien parece haberla perdido, sin reparar en causas, en motivaciones o en responsables.

Cuando llega la ambulancia, la chica vuelve a respirar. El médico da la enhorabuena a Anna, quien además recibe un inesperado abrazo del hombre que descubrió a la muchacha. Es entonces, cuando ha de marcharse de allí, cuando ya no tiene sentido seguir corriendo porque se siente agarrotada, cuando cae en la cuenta de lo que ha hecho, de lo que ha servido escoger ese recorrido al azar aquella tarde de octubre. Sube las escaleras de casa como quien asalta el cielo. Busca desplomarse sobre el sofá, y siente ganas de llorar.

Entonces coge el teléfono y llama a su madre. Sí, es cierto, siempre es su escudo. Siempre le llena la cabeza de preocupaciones. Siempre le cuenta lo mal que le va, lo desafortunada que es, lo que le duele su soledad, sus dificultades para ser madre, su mala estrella. Siempre habla, pero nunca escucha. Nada sabe del sufrimiento de aquella mujer que pena en silencio las tristezas de su hija, tratando de responder asertiva, positiva, hasta que cuelga el teléfono y queda anulada por el desasosiego.
  • ¿Qué te pasa, hija? ¿Estás llorando?
  • Sí, mamá. Pero no te preocupes. Hoy no. Hoy estoy muy feliz y solo quería que lo supieras. Te quiero, mamá. 
Cuelga el teléfono. Respira hondo. Sonríe. Se abraza a un cojín y cae rendida. Mañana le espera una larga jornada de trabajo.



(La primera parte de este relato se llama Rabia, y se puede leer aquí)