jueves, 29 de enero de 2015

CUARENTA DÍAS DE LLUVIA: DON ENRIQUE (3/3)

Piel de gallina. Eso le ocurre a Enrique cuando marca el Rayo y a su alrededor se produce una explosión de alegría. Bufandas, gritos, canciones y un speaker emocionado le levantan del estrecho y sucio asiento del estadio. 

Enrique lleva treinta años en aquel lugar. Siempre tribuna baja, siempre cerca de los del fondo, siempre con el asiento de su izquierda vacío. Ha visto pasar a tanta gente, que apenas es capaz de recordar. A menudo se abstrae del juego y rememora pasajes de su vida. Ha visto crecer a los muchachos de la fila de adelante. Ha visto morir al abuelo que les contagió el fervor de barrio humilde. Cuando mira unas filas más arriba, encuentra a una preciosa chica que sale en televisión, aunque en realidad es la misma niña que grita cuando marca su equipo. El hombre del puro le llama Don Enrique. Dice que le recuerda a Tierno Galván, y presume de haber militado algún tiempo en el Partido Socialista Popular, antes de que todos se dejaran caer en las redes del PSOE. Le gusta que le pongan un "Don" delante. Pero eso solo le ocurre en el campo del Rayo.

Terminado el partido, las emociones poco a poco vuelven a la normalidad. Abandona el estadio y tras escalar la Sierra del Valle, Enrique se siente agotado. A veces lee noticias de personas que sufren infartos en los campos de fútbol y teme que un día le ocurra lo mismo. No es temor a la muerte, es miedo a molestar a los muchachos que le rodean. Es sentirse inservible. Es tener que depender de su mujer. Es darle una mala noticia. Es no querer molestar. 

Unos centenares de metros más allá queda su primera casa de casado, aquella que habitó cuando escapó de las fauces del campo andaluz de la mano de Teresa, la hija del alcalde del pueblo, el ricacho, el inmoral, el indecente, el déspota que despojó de las tierras a sus padres cuando su bando ganó la guerra. El tipo que nunca aceptó que su hija pusiera por delante el amor mudo, inválido pero airado y temerario, a sus parabienes y negocios de misa de los domingos. Enrique trabajó duro, muy duro para que aquellas barriadas fueran dignas para una mujer que lo dejó todo y que aprendió a coser con tal de ser feliz a su lado. La vida les trajo a otra Teresa, la pequeña, la rubia, la que ponía patas a arriba a todo el vecindario con sus bailoteos, la que entraba al bar de la esquina y pedía, deslenguada, un vaso de agua y unas aceitunas, antes de volver a los viejos columpios del parque. 

Fue entonces cuando Don Enrique se hizo socio del Rayo y adquirió el abono de su hija, para que lo acompañara, siempre sentada a su izquierda, en los mediodías luminosos de cada domingo.

Teresita volvió a esos columpios años después, sí. Los mismos, fríos al tacto y dolorosos al contacto inesperado, que compartía con otros cadáveres del barrio, cuando no tenía dónde caerse muerta y de sus brazos colgaban los restos de una jeringuilla. Una expectativa. Un comerse el mundo. Un ser libre y tener todo a tu alcance. Una estafa. Un engaño masivo. Centenares de kilos de heroína asaltando las casas de familias humildes que habían soñado con una vida digna para convertir a sus esforzados padres en los padres de nadie, a sus voluntariosas madres en las madres de nadie. Para poblar hospitales y cementerios. Para llenar cárceles en las que mitificar motines a la sombra de los enriquecidos, de los insolentes, de los nuevos mandamases del país. Para descubrir aquellas nuevas enfermedades. Para morirse de pena viendo como tus hijos se escapaban entre tus dedos. Para siempre.

Cuando antes de entrar a casa, Enrique vio caer a aquella muchacha por la ventana, intentó gritar, pero no le salió la voz. Corrió cuando pudo y creyó ver a su niña entre sus brazos, cualquiera de aquellas tardes que la encontraba en las Entrevías, semiinconsciente, irreconocible, extraña. Sacó fuerzas de donde pudo y consiguió pedir auxilio, intentando que sus ojos no se cruzaran con la mirada perdida de aquella chica. Enseguida, un ángel apareció por allí, le dijo que se apartara y comenzó a realizar ejercicios de reanimación sobre su joven cuerpo. Enrique se echó a un lado y escuchó a alguien decir que la ambulancia ya estaba en camino. Unos minutos después, sin aliento, abrazó a aquella mujer cuando advirtió que un halo de vida regresaba sobre la pobre muchacha. El dueño del bar de siempre, en el que tomaba cada tarde un religioso descafeinado con sacarina para cuidar la salud, le recogió de la calle y le hizo hueco en una de las mesas de su negocio. 

  • Ahora aviso a Teresa -Le dijo- Anímese, Enrique. La chica está viva, esa doctora la ha salvado y... y encima ha ganado el Rayo, aunque no haya jugado del todo bien.
Enrique necesitaba el consuelo de su mujer. Su abrazo. Su forma de comprenderle sin decir nada. Su aliento, su estar, su presencia, como toda la vida. Rebuscó en su cartera y sacó su abono del Rayo. Justo debajo tenía otro. El de su hija, ese que había renovado todos los años para que nadie ocupara el asiento de su izquierda, ese que había quedado vacío desde que el SIDA matara a Teresita. 
  • ¿Sabes una cosa? 
  • Dígame, Enrique.
  • Si esa niña sale adelante - Dijo secándose las lágrimas con un pañuelo- si la vuelvo a ver por aquí, un día le dejaré este abono para que vaya con quien quiera y sea capaz de sonreír. Al menos durante un rato. Otra cosa ya no puede hacer un viejo como yo.
El dueño del bar se acercó hasta él, le pasó la mano por el hombro y le dijo:
  • Eso es mucho, Enrique. Créame. Es mucho.

CUARENTA DÍAS DE LLUVIA: LA RABIA.
CUARENTA DÍAS DE LLUVIA: ANNA

No hay comentarios:

Publicar un comentario