viernes, 18 de septiembre de 2015

LAS COSAS PENDIENTES


A su edad, aquello no debía ser bueno. Pero qué más daba ya. Frente al espejo, mientras se ajustaba una de esas camisas de algodón que siempre creyó que nunca formarían parte de su vestuario, notaba cómo las pulsaciones golpeaban contra sus sienes, como si su ritmo cardíaco le estuviera advirtiendo de que, a esas alturas, decir una verdad equivalía a perder la cordura restante; que era mejor dejarlo estar; que para qué levantar tierra quemada; que solo iba a causar un daño innecesario.

Estaba nervioso como un adolescente que se dispone a llamar al telefonillo de la chica de la que se ha enamorado, para disfrutar de su primer encuentro en la intimidad. Había tomado una decisión. Y la había tomado como se toman las grandes decisiones. Porque sí. Sin más. Sin medir ni pesar nada. Porque las emociones no se atienen a los rigores de lo formal. No tienen un tamaño físico, ni una carga determinada, no son líquidos, ni sólidos, ni gaseosos, ni se evaporan para después llover sobre nuestras cabezas. Las emociones subsisten dentro de cada uno, se esconden. A veces en un rincón del cerebro, otras, más cerca del corazón. Y porque después de la muerte no hay nada más que la memoria de los que quedan, y eso no le sirve de nada a los muertos.

Desde que un médico más que complaciente le había realizado una estimación vital, desde que sabía que con toda seguridad no llegaría a conocer un nuevo año, desde que esa enfermedad incurable había asaltado su organismo como un elefante en una cacharrería, tenía una agenda de lo más apretada. Su nivel de estrés se había incrementado. Pasado el shock inicial, la llorera de los allegados que no saben qué decirte y las condolencias por anticipado que te ofrecen los que, conociéndote, no te echarán demasiado en falta, se había propuesto dejar resuelto todo lo que quedaba pendiente. Tardó una semana en hacer un largo listado que rehízo en varias ocasiones. Tachaba y volvía a escribir. Un día, pensó que estaba dedicando demasiado tiempo a las formalidades, así que la línea donde decía “Ir a devolver al Presidente del bloque las llaves de la sala del trastero”, la cambió por “Averiguar el nombre de aquella película de Clint Eastwood que tanto me emocionó hace treinta años, para verla por última vez”. Donde había puesto “Llamar a mis primos, que nada saben, para, sin ofrecer detalles, despedirme a mi modo hablando de cómo les va la vida”, escribió “Mandar a tomar por culo al próximo que me llame para ofrecerme cambiar de compañía de gas”. Y aquello le pareció divertido, así que, como un niño que inventa un juego, siguió dando rienda suelta a sus ocurrencias con cosas como “Escribir una carta al Ministro del Interior para desearle mi misma suerte”, “Cuando vaya conduciendo y vea a la Guardia Civil, hacer como que hablo por teléfono y que me paren para romperle la multa en la cara”, y “Acudir a uno de esos locutorios modernos que tienen ordenadores para, con ayuda del dependiente, visitar páginas porno como hacen todos los chavales”. En su jolgorio personal, planeó asesinatos, hazañas gloriosas, quemar plazas de toros y robar el cepillo de la iglesia de su barrio para darle el montante económico al indigente que pedía en la puerta. Agotado de dar rienda suelta a su imaginación, volvió a tachar las sandeces, acabó compensando en el listado las cuestiones legales más importantes con algunas otras banalidades y, después, lloró durante horas sobre el papel.

Meses más tarde, con casi todo el trabajo hecho, frente al espejo, lavándose los dientes, rociándose de colonia, se disponía a salir para acometer su aventura. La penúltima línea de aquel fatídico listado. La que más le había costado preparar. En un gesto de rebeldía, desabrochó el último botón de esa maldita camisa de algodón, y por un segundo se sintió valiente, imponente, brillante. Salió a la calle.
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Ella echaba el cierre a la floristería a las ocho. Trabajar rodeada de flores era su vida, la que le enseñó su madre, y a la que ligó su existencia más por contentarla que por otra cosa. Había desarrollado un olfato sensible a todos los aromas. Sus manos trabajaban con paciencia, serenas, aunque cada vez más temblorosas por un incipiente mal de nombre impronunciable que le aquejaba desde hacía tiempo. Su vida era que cada cliente se llevara el mejor ramo posible, para que tras él sobreviniera una sonrisa, del tipo que fuera. Y, para dar ejemplo, se obligaba a mostrarse luminosa ante cada nueva persona que sobrepasaba el umbral de su puerta.

Pero aquel día, no supo cómo reaccionar. Como si se tratara de una aparición, de un milagro, quien accedió a su tienda fue él, aparentando tranquilidad, creyéndose dominador de la situación, pero colorado como un tomate. Como cuando era joven, guapo, viejo ya pero guapo, gracioso, generoso en los gestos de sus manos, apuesto aunque ingenuo, con una piel cuyas tonalidades le delatarían de los peores crímenes cometidos, y con una camisa espantosa. Él, el hombre que siempre quiso que traspasara aquella puerta, con el que llegó a soñar que podría conformar una vida feliz pero que nunca fue capaz de decirle nada, que delegó sus emociones latentes para que nadie saliera herido, porque era imposible, porque había otros implicados, el mismo tímido imbécil con el que había soñado tantas veces hacía más de tres décadas, aparecía de repente, antes de cerrar, como si no hubiera pasado el tiempo, como si la vida hubiese vuelto hacia atrás y las calles no olieran a contaminación y a asfalto, sino a las castañas asadas del puesto de la esquina. Como si todo cuadrara de repente, pero demasiado tarde.
·         ¿Me conoces? –Dijo él.
Ella asintió, muda, con los ojos brillantes.
·         Disculpa que no te haya traído flores después de tanto tiempo. Me parecía una imbecilidad.
Siguió muda, negando levemente con la cabeza, aún sin dar crédito a lo que tenía delante. Él sintió una fuerte palpitación en el pecho. Por un instante creyó que un infarto alteraría sus planes. Sin embargo, arrojó sus miedos de una vez y se susurró a sí mismo que no, que era su corazón, diciéndole que hablara de una maldita vez, que dijera lo que había venido a decir, que hiciese lo que no hizo tantos años atrás. Sí, era su corazón, gritándole por fin.
·         Yo… lo siento mucho. Te he querido toda mi vida y nunca me atreví a decírtelo. He estado enamorado siempre de ti.
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Recibió el beso que esperó toda su vida, Abandonó la tienda feliz, caminando a dos palmos del suelo, y por primera vez en años dejó de sentir dolor. Ese que arreciaba cada minuto, que aparecía en sus piernas, que se posaba sobre su espalda, que arañaba su estómago, que martirizara su cabeza. Se olvidó de él, como si todo hubiera sido tan sencillo como eso.


Al llegar a casa, revisó el listado de cosas pendientes. Solo le restaba una, y no dependía de él. 

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