martes, 26 de mayo de 2015

LA CALLE DE LA LUZ

La última vez que te vi, sentada en aquel banco de la calle de la Luz, leías tan ensimismada que parecías imperturbable. Y aquella historia que te estaban contando se alió con mis ojos, que no merecían asistir a un espectáculo tan grandioso como el de verte sonreír. Me paré, no tuve otro remedio. De repente, no recordé hacia dónde me dirigía, ni para qué. Fui incapaz de acordarme si caminaba con prisas o sin ellas, si me esperaban en un trabajo, en una casa, en el médico, en una tienda. Solo quise imaginar qué historia te estaba narrando aquel libro negro de tapas blandas que devorabas sin piedad. Una novela de amor tal vez, o de reencuentros, de soledades, un personaje con sentido del humor, una situación inesperada, vete tú a saber. El caso es que sonreíste, y tus facciones me parecieron tan hermosas que quise saber tu nombre, tu vida, tu historia, tus manías, tus miedos y tus razones para estar allí, en aquel momento, justo cuando yo me dirigía a ninguna parte.

No sé cuánto tiempo pasó hasta que te levantaste y te fuiste calle arriba, con tus ojos claros, con tus sueños, con aquel bolso moderno con forma de transistor de radio y con tus hombros al aire, como si tanta belleza fuese algo que se pudiera permitir esta humanidad tan sórdida y cruel. Juraría que la calle de la Luz quedó vacía. Sin embargo, cuentan que pasaban personas por allí. Un hombre joven empujaba un carrito canturreando una canción infantil para agradar al bebé que paseaba, una señora mayor no acertaba a descolgar su teléfono móvil, unos adolescentes bromeaban a la salida del instituto, un transportista dejaba una pesada carga en un pequeño comercio, un conductor pitaba desesperado porque aquel transportista había dejado su coche en doble fila. Unos cuantos más deambulaban como zombies. Les miré a todos, atónito. ¿Cómo no podían haberse dado cuenta de que algo tan hermoso había pasado por su lado? ¿Cómo era posible estar tan ciego?

De regreso al centro en el que estaba ingresado, pasé por una librería. Pedí un libro negro con tapas blandas. La dependienta me preguntó el autor, el título o la editorial. "La que tú quieras" respondí "pero que sea negro con tapas blandas, por favor". Me miró raro, y no me importó porque ya estaba acostumbrado. 

A la mañana siguiente, el psiquiatra pasó a verme y le conté que la calle que colindaba con el centro había pasado a llamarse Calle de la Luz, porque había visto a una mujer tan luminosa que no había conseguido conciliar el sueño. También le conté que iba a escribir estas líneas, para imaginarme que ella eras tú, la que estás leyendo esto ahora mismo, y que descubrir que estaban escritas para ti te había hecho sonreír, como acabas de hacer, y como hiciste justo cuando yo te encontré leyendo la última vez que te vi, en aquel banco de la calle de la Luz. 

martes, 5 de mayo de 2015

EL MURO DE TAYYEB Y BENESH


Se llamaba Tayyeb, tenía siete años y vivía en Palestina. Aunque su nombre significaba "Bueno", no siempre lo era, sobre todo cuando se enfadaba porque su hermano pequeño Ibrahim le descolocaba los cosas de lo habitación, o le pintarrejeaba el cuaderno que le habían dado en el colegio y que utilizaba para hacer sus deberes.

En su casa vivían seis personas. Su papá, su mamá, él, que era el hermano mayor, Ibrahim, que era el trasto de cuatro años, y dos bebés preciosas que ya gateaban y que se llamaban Kalima y Aaminah. Como su papá trabajaba todo el día fuera de casa, cuando Tayyeb regresaba del colegio ayudaba a su madre a dar de comer a su hermano pequeño. Se comportaba como un pequeño adulto y su misión siempre era la de encargarse de Ibrahim. Como era travieso y no paraba quieto, a veces daba más la lata que las bebés. En la comida se manchaba, tardaba horas en tragar y se entretenía cantando cosas que se inventaba. Tayyeb le regañaba y, después de comer, le llevaba a la cama para que durmiera un poco. Ibrahim ya no conciliaba el sueño sin que su hermano le acariciara el pelo. 


Cuando los pequeños estaban ya acostados, hacía los deberes, ayudaba a mamá un poco más si lo necesitaba y, por fin, disponía de un rato para divertirse antes de anochecer. El problema es que no le quedaban muchos amigos con los que jugar. El último verano, el de 2014, había sido muy malo. Algunos ya no estaban y otros se habían tenido que marchar a otros pueblos o ciudades. Tayyeb correteaba por un descampado cercano tras una pelota  que le regalaron unos señores de la ONU una de las noches en las que tuvieron que esconderse en la escuela. Trataba de emular a los futbolistas de los grandes equipos de los que oía hablar a su padre, o que había visto alguna vez por televisión. 

Al final del descampado, había un muro alto, tanto que no dejaba ver nada de lo que había al otro lado. Tayyeb no recordaba su ciudad sin aquella enorme pared enfrente, y tras la que se imaginaba que podrían ocurrir mil aventuras. A ratos, acercaba la oreja hasta el frío hormigón, tratando de escuchar qué sucedía al otro lado. ¿Habría una playa? ¿Otra ciudad? ¿Montañas de chocolate? ¿Un campo de fútbol de esos de verdad?

Pero aquella tarde, lo que Tayyeb escuchó fue un canturreo infantil que no lograba distinguir. Parecía la voz de otro niño. Sin dudarlo, gritó: 
  • ¡Hola!
Nadie respondió, así que decidió insistir:
  • ¡Hola! ¿Me escuchas?
  • ¿Quién eres? -Respondió la voz de otro niño al otro lado del muro.
  • Pues soy un niño. Tengo siete años. ¿Y tú?
  • ¡Yo también tengo siete años! Vivo en Israel, que es mi país.
  • ¿Y cómo te llamas?
  • Benesh. ¿Y tú?
  • Yo Tayyeb. ¿Sabes una cosa? Mi nombre significa "Bueno" porque soy muy bueno jugando al fútbol. ¿Y tú nombre qué significa?
  • "Bueno", también.
  • ¡Qué bien! ¡Nos llamamos igual pero diferente! ¿Quieres jugar al fútbol?
  • ¿Cómo? Tenemos un muro delante.
Aquello era un gran problema.
  • Bueno -Dijo Tayyeb- yo tiro al muro y tú me dices si la has parado o no, ¿De acuerdo?
  • Vale. 



Durante un rato, Tayyeb y Benesh jugaron al fútbol, únicamente separados por el muro. Cuando el uno tiraba, el otro simulaba que hacía una parada o, en otras ocasiones, reconocía que no había sido capaz de coger el balón. Metieron muchos goles imaginarios y, al final, quedaron empatados. Volvieron a casa, prometiendo verse a la tarde siguiente. 

Pasaron las semanas y Tayyeb y Benesh se hicieron muy amigos. Se acostumbraron a jugar sin poder tocarse, sin ver la sonrisa del otro, sin saber siquiera de qué color era el balón de cada cual o qué tipo de ropa llevaban cada día. Era lo de menos. Disfrutaban mucho con el juego de "Piedra, papel o tijera", se enseñaban canciones, confiaban el uno en el otro y, aún cuando llegó el invierno y el frío llenó de escarcha sus descampados alrededor del muro, no dejaban de querer hablarse para jugar un rato más. 

Un día, el papá de Tayyeb le regañó porque le escuchó tararear una de las canciones que le había enseñado Benesh. Y, aunque no lo comprendió, dejó de hacerlo.

En el mes de enero llegó el cumpleaños de Ibrahim. El trasto cumplía cinco años y, como regalo, Tayyeb convenció a su madre para que le dejara ir con él al descampado, y así presentarle a su amigo Benesh. El pequeño, feliz, dio la mano a su hermano y no se despegó de él. Pero cuando vio el muro y se dio cuenta de que no podía ver a Benesh, protestó:
  • ¿Y quién ha puesto este muro delante? ¿Por qué no lo tiramos?
  • No sé quién lo ha puesto ni para qué sirve, pero no lo puedes tirar, Ibrahim. Es enorme -Respondió Benesh desde el otro lado mientras reía con la ocurrencia de pequeño. 

Así que mientras los dos amigos jugaban a "Piedra, papel o tijera", Ibrahim golpeó con la pelota decenas de veces el muro, convencido de que cuando llegara a mil pelotazos, se derrumbaría. Tayyeb se lo llevó a casa después de un rato. Aquel trasto miraba incrédulo al muro, sin entender qué hacía en pie tras los poderosos golpes que le había propinado.

Por la noche, Tayyeb pensó en lo que había dicho su hermano. ¿Quién habría puesto el muro que le impedía ver a su amigo? Comenzó a sentir ganas de dar un abrazo a Benesh y de poder jugar de verdad. 


A la tarde siguiente, los dos amigos hablaron y, tras mucho reflexionar, idearon un plan: decidieron escribir una carta a los directores de sus colegios, que eran unos señores que mandaban muchísimo, pidiéndoles que hablaban con unos obreros que tuvieran una excavadora para tirar aquel muro que les impedía jugar juntos. Los directores, tras leer la carta, se entusiasmaron con la idea y hablaron con los profesores que, a su vez, hablaron con los padres de otros niños. Antes de llegar al verano, centenares de niños de distintos colegios de ambos lados del muro escribieron cartas a sus directores pidiéndoles que ningún muro impidiera jugar a los niños. 

Una noche, mientras cenaban, los papás de Tayyeb escucharon por la radio que unos hombres muy importantes hablaban de la carta de su hijo. Orgullos, le abrazaron. Él, muy contento, les explicó que, en realidad, la idea se la había dado el trasto de la casa, el pequeño Ibrahim, cuando le preguntó por aquel muro. Su hermano le había enseñado aquella tarde que uno no puede conformarse con las cosas cuando son injustas, que hay que intentar cambiarlas.

Aunque, a veces, convencer a los adultos resulta muy complicado.