miércoles, 11 de noviembre de 2015

HACIA UNA CALIFICACIÓN DE LAS ACTITUDES MACHISTAS

No miren la fecha de este Post. Da igual. Abran cualquier periódico, de hoy, de ayer, de mañana. Encontrarán, a veces más pequeño, otras más grande, según cómo les dé, alguna noticia relacionada con la violencia machista. Hablará de una mujer "que ha fallecido" en no sé dónde, que otra "ha aparecido muerta", se esquivará la palabra "asesino" por aquello de la presunción de inocencia, y mañana será otro día. Concentraciones de repulsa en su pueblo y ya. Silencio. 

Algunos periodistas explican que no se puede prejuzgar. Vale. Que tienen unos códigos éticos que salvaguardar. De acuerdo. Que eso les lleva a no ser contundentes en las noticias relacionadas con la violencia machista hasta que las investigaciones no aclaran cada caso. Puede valer. Pero ¿Saben lo que ocurre? Que cuando se aclaran los hechos, ya no queda hueco en sus periódicos para esa contundencia, porque nuevos casos saltan a la palestra, a los que les toca tratar de nuevo sin la contundencia necesaria. Y cuando digo "nuevos casos", me refiero a más mujeres asesinadas, cada una con su vida, con su historia, con sus madres, con sus hijos, con sus hermanos, con su trabajo.

Ojalá los códigos periodísticos permitieran ser más concluyentes con los asesinos (aunque en alguna ocasión les obligase a rectificar) y menos con el relato de los sucesos, porque para eso no tienen tantos miramientos. Cuchillo, escopeta, delante de sus hijos, hachazos, atropellada, desangrada, etc. Horrible, sí, pero a veces incluso innecesario porque pervierte el hecho en sí. La violencia es muy grave siempre. Sin excepción alguna. No necesita una descripción basada en el morbo del sufrimiento de la víctima y de la frialdad del criminal. Hay quien cree que así "se conciencia más". Para nada. Del mismo modo que ningún endurecimiento de un código penal ha prevenido la delincuencia, ningún relato escabroso conmueve al que agredirá esta tarde, mañana o pasado mañana. Por ejemplo, en España se suicidan diez personas al día. La OMS invita a informar de estos casos (aunqueno se hace), a concienciar del sufrimiento de los que se van y de los que quedan. Pero los expertos siempre piden que se evite explicar los métodos, que se centren en el drama que supone, pero que no den pistas sobre cómo se es más efectivo haciéndolo. Para querer morir, como para matar, hay métodos más eficaces que otros, y se trata de no estar dando pistas. Creo que nadie ha investigado si puede existir un efecto imitación en estas secuencias de hechos, pero sería interesante saberlo.

La violencia machista no es más que la punta de iceberg de un problema que afecta a toda la estructura social. Las propuestas políticas hablan de recursos, que siempre son necesarios y que han descendido. Los programas de los partidos hablan (los que lo mencionan) de cambiar la cultura de este país, pero nadie dice cómo. Recursos y educación, un magma extraño que no se traduce en nada concreto. La inacción, con resultado de muerte.

Si las cifras de asesinatos de mujeres fuesen a manos de ETA en vez de a manos de hombres, este país estaría en máxima alerta. Habría concentraciones cada media hora en todos los ayuntamientos. Tal vez, muchas de ellas contaran con escolta incluso (Solo los 11 guardias civiles al servicio de Esperanza Aguirre ya darían para prevenir unas cuantas situaciones). Se trata de desentrañar la madeja, con voluntad y con paciencia. Si se quiere dar el mensaje de que las mujeres "tienen que denunciar", hagamos eficaces esas herramientas. Si los agresores tienen que tener pulseras de localización, que las tengan. Si son muchas y muy caras, más dinero se gasta en otras cosas que no sirven para nada. Si a cada agresor hay que aplicarle un programa de tratamiento, que a veces funcionan, que sea obligatorio para todos ellos. Si hay un error judicial que lleva a que el agresor se pueda acerca a la víctima, que se sancione severamente a ese Juez. Y, claro, que se les forme, porque algunos no tienen ni idea de la dimensión del problema. O no quieren tenerlo.

Hace no mucho me contaban que la violencia de género entre adolescentes ha crecido mucho, pero que, sin embargo, algunos jueces y fiscales no le dan importancia, no imponen medidas, porque muchas víctimas se retractan y porque, en definitiva, las relaciones no son como antes. Son peleas de amigos, porque "hoy estás con una y mañana con otra". Ese es el germen de lo que ocurre después. Precisamente por eso, precisamente porque hay chicos que ya desde sus primeras relaciones afectivas muestran conductas de maltrato, y porque además tendrán una decena de parejas a lo largo de su vida, hay que ser contundentes desde el primer momento, que vean que no es una broma y que pasen por un tratamiento obligatorio. 

Pero el problema lo encontramos mucho antes. El problema lo tienen los niños, que consumen cuentos gravemente machistas, que reciben el catálogo de juguetes en casa con páginas para niños y para niñas (salvo uno que yo haya visto) y que llegan a la adolescencia escuchando canciones que les explican que hay que darlo todo en el amor y a toda costa ("Toda, de arriba a abajo, Toda, entera y tuya, toda, aunque mi vida corra peligro, tuya" que decía Malú, una artista admiradísima por muchos chavales). Que les dicen cómo vestir, qué enseñar, dónde y cuándo, que golpean su autoestima, que les hacen dependientes, frágiles y obsesivos, con pánico al rechazo y al abandono, y que utilizan todas las herramientas informáticas modernas para ejercer el control que no están dispuestos a perder porque "no tienen otra cosa".

¿Cómo llegamos a, al menos, intentar cambiar esto? Pues poco a poco pero sin perder el tiempo. Yo, como padre, exijo para mis hijos lo que no tuve en mi infancia, y que ahora trato de alejar de mí poco a poco. Creo que muy pocos hombres pueden presumir de no tener, en mayor o menor proporción, rasgos claramente machistas en su lenguaje o en su forma de comportamiento. Esos detalles, esas frases hechas, esos comentarios que forman parte de nuestra cultura desde pequeños son, precisamente, lo que no podemos permitir que los niños asimilen, al igual que no han asimilado ya tener fumadores en casa o ir en el coche sin cinturón de seguridad.

Normalizar la igualdad pasa por hacer frente a todo tipo de expresiones artísticas o de publicidad que la contravengan. No pido censura, ni vulnerar la libertad de expresión. Cada uno que publique las mierdas que quiera. Pero, del mismo modo que si vas a un cine, en función de la cantidad de sexo o violencia te recomiendan que su visionado sea a partir de una determinada edad, o cuando compras una cajetilla de tabaco, que te informa de que te estás envenenando, este país necesita un medio, algún tipo comité, que califique los contenidos y que informe a los consumidores de si esos contenidos respetan la igualdad. Tal vez, si el infame catálogo de juguetes de El Corte Inglés tuviera un letrerito que indicara, en colores o con un texto, que no respeta la igualdad, el siguiente catálogo, o la misma disposición de la zona de juguetes de ese sitio o de otros, cambiaría. Y si cambia, los niños, que son esponjas, tendrían menos condicionantes en un futuro. Y quizás, si tú le vas a comprar a tu hija un disco que reproduce todo el surtido de insensateces del ejemplo anterior, y ese disco viene marcado con un indicador que te explica que le estás regalando contenido inadecuado, te lo replantees. Y hasta el afamado artista de turno se dé cuenta de que no le compensa escribir sobre príncipes azules que someten a sus princesas a cambio de un amor de mierda. 

Tal vez todo esto te parezca excesivo, complejo o intervencionista. Pues sí, lo es. Porque si aceptamos un modelo social de buenas palabras, concentraciones de repulsa y mensajes huecos, los asesinos seguirán matando, las mujeres muriendo y los niños seguirán quedándose huérfanos y traumatizados para toda la vida. Incluso aunque incrementemos los recursos de protección a las víctimas sin afrontar otras medidas. Porque para comprender el origen de esta lacra, no hace falta abrir los periódicos y leer sobre juzgados y hospitales, ni ver el (los) programa(s) infame(s) de turno de TeleCinco. Solo basta con recoger el buzón y ver qué modelo de igualdad les proponen a nuestros niños mientras nosotros miramos agilipollados todo lo anterior



***Las fotos igualitarias son del catálogo de Toy Planet.