miércoles, 2 de marzo de 2016

EL JUGUETE


Llevaba días sin poder conciliar el sueño. Por eso, aquella madrugada paseó hasta una playa cercana, para mirar el mar. Refrescaba, la marea estaba baja y un anaranjado sol comenzaba a aparecer tímido por el horizonte. Abrazándose a sí misma, se sentó en la arena a observar cómo la luz conquistaba metro a metro el cielo. Absorta, insomne, dejaba que el agua acariciara sus pies descalzos para volver, un segundo después, a recogerse hasta una nueva ola. Y otra vez. Una danza rítmica, una cadencia silenciosa, que siempre había buscado para protegerse contra el desasosiego, para encontrar el remanso de paz desde el que tomar fuerzas para afrontar todas las trabas que iba encontrando en el camino. La vida cotidiana... qué cosa más absurda, frente a aquel mar.

Ya no encontraba sosiego frente a las olas. Su mundo había cambiado. Su universo era otro. Todo comenzó un día, tras leer un artículo. Hablaba de un naufragio, a varios centenares de kilómetros de allí. Hablaba de un mar convertido en enorme sepultura. Hablaba de cómo ya no podía sería remanso de paz mientras que fuera el muro contra el que se estrellaban equipajes, historias, huidas, familias enteras que querían ganarse el derecho a sobrevivir. Hablaba del estrecho, de Lampedusa, de las islas Canarias, de cualquier lugar en el que una barca de gente desesperanzada llamara a las puertas de una sórdida y cruel Europa. 

Clareaba y a su espalda se escuchó el motor de un coche. Venían a buscarla. Desde la ventanilla, el conductor dijo: "Tenemos la primera, en una playa del norte. ¡Vamos!". 

Ella volvió la vista hacia el mar. No se sentía con fuerzas. No podía borrar de su cabeza cada sonrisa, cada mirada, cada gesto de las personas que lograban llegar con vida a la costa de aquella isla griega. Ella, que había viajado para intentar contar los granos de arena del desierto, para hacer recuento de sueños frustrados, para ofrecer una mano amiga, algo de abrigo y de comida, se sentía agotada. Le daba tanto miedo quedarse como marchar de vuelta a la normalidad. Le torturaba la idea de ver más sufrimiento pero, al tiempo, le angustiaba aún más ser capaz de volver e ignorar que aquello estaba sucediendo. 

El mar vomitó frente a ella. Las olas arrastraron un pequeño objeto que se depositó sobre la arena a escasos metros de donde se encontraba. Se levantó y afrontó los pasos que le separaban como si fueran en realidad diez mil kilómetros de distancia. Era un juguete. Uno más de los que llegaban en soledad a una costa a la que sus pequeños dueños no habían conseguido arribar.

Lo cogió entre sus manos. Lo abrazó. Y ocurrió de nuevo. Sintió como si una descarga eléctrica le recorriera el cuerpo entero. Recobró las fuerzas. A su espalda, le esperaba un coche en marcha, camino de otra playa, en la que otros niños soñaban con su mano tendida al llegar a la orilla con vida.

***fotos de @shul_evolution. Mil gracias a @refugee_care, a @proactiva_serv y a tantos otros, por hacer lo que hacen.